El castillo interior de «Solenoide» de Mircea Cărtărescu

La imagen que propongo viene de Santa Teresa (Las moradas del castillo interior, 1557), quien se veía a sí misma como una casa, una fortaleza, una antena receptora de la divinidad en cuyo castillo —ella misma— se daba un diálogo secreto entre el alma y Dios para lograr la salida del cuerpo físico y la salvación. Todo empieza y termina con ella en las paredes de su cráneo, otro polo magnético, otro instrumento para detener y encauzar fuerzas correspondientes a la otredad. «Yo soy mi casa», nos dice Pita Amor. Nos habitamos como una morada, nuestros pensamientos, pulsiones y lenguaje también forman el mundo. Pensar, escribir, ficcionar, es dotar de intimidad lo visto, habitarlo desde adentro. Hay algo de religioso en la articulación de aparatos literarios, cierta comprensión mística del mundo — la búsqueda de un mundo alterno, la ascensión y el escape— y así mismo, escribir es una forma de mudanza: creamos un espacio en el relato, en el discurso, en la selva de palabras. Es el tramado de un aparato de conceptos y símbolos que semejan una casa, un espacio seguro y habitable, un castillo al interior de nosotros. Asocio el verbo con el hecho de residir en algo, vivir lo que somos justo en medio del espacio virtual del lenguaje. De alguna forma, quien escribe se «queda» ahí, fosilizado en la marea de las palabras.

Esto es bastante notorio en la obra de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), escritor rumano considerado el más importante de su generación. Su obra, Solenoide es considerada por parte de la crítica como uno de los mejores libros del 2017, valoración que también ha sido reforzado por el entusiasmo de los lectores que, a través de la editorial Impedimenta y de la traducción al castellano a cargo de Marian Ochoa de Eribe, han podido conocer esta obra monumental. Así como Gabriel García Márquez cuando realiza un repaso de obsesiones, mitologías personales y líneas ficcionales que recapitulan sus obras anteriores en Cien años de soledad (1967), lo que aborda Cărtărescu con Solenoide es compendiar muchos de los temas que había planteado en obras previas como su poema «La caída» —que en la novela corresponde a uno de sus fracasos—, el relato «REM», los diarios y la trilogía Cegador o la novela Travesti. Nosotros leemos a un escritor de éxito llamado Cărtărescu que tiene un espejo y un reverso en ese narrador frustrado que escribe un diario monstruoso, es decir, las obras que leemos en donde un personaje se habita a sí mismo en sus sueños, remembranzas, digresiones y búsqueda de escapes:

«Vivo en mi cráneo, mi mundo se extiende entre sus paredes porosas y amarillentas y consta, casi en su totalidad, de un Bucarest que flota en él excavado como los templos tallados en la roca rosada de Petra. Pegado a la meninge como un fibroma, en el borde de mi lóbulo temporal izquierdo, está también Voila. El resto es especulación, fantasmagoría, la ciencia del reflejo y de las refracciones en medios en medios translúcidos. Mi mundo es Bucarest, la ciudad más triste que se haya erigido jamás sobre la tierra, pero, al mismo tiempo, la única verdadera».

Solenoide es narrado en primera persona, se trata de un metapersonaje, un profesor-narrador escribiendo un diario monumental de varios tomos —precisamente el libro que leemos—, técnica que también desarrolló Marcel Proust. A partir de este diario advertiremos que el personaje combina principalmente dos mundos. Uno, en donde es profesor de lengua y literatura rumana en Bucarest y otro mundo en cuyas líneas narrativas describe su atormentada infancia, vagos recuerdos de un hermano gemelo muerto, alguna misteriosa intervención quirúrgica de la que apenas tiene recuerdos, y su paso por hospitales para tratarse una enfermedad respiratoria, la tuberculosis —en este sentido es una reminiscencia a Hans Castorp, en La montaña mágica, 1924—. El narrador, siendo un joven maestro de la Escuela General número 86, compra una casa con forma de barco, dentro de la casa se encuentra un solenoide gigantesco en su centro y una silla de dentista rodeado de un tablero de mandos, un escenario casi salido de una cinta de superhéroes tipo Marvel. Todo alrededor de la casa es misterioso y lo habrá de ir descubriendo poco a poco. Al hablar de este objeto es importante mencionar que es adquirido a un anciano por una bagatela, Mikola, quien diseñó la casa y construyó el solenoide dentro, este anciano también fue discípulo de Nikola Tesla y al pensar en Tesla no podemos evitar reconocer sus dotes de místico o de iluminado, sus inventos estaban justificados en el estudio científico pero también son resueltos a partir de una intención y comprensión poética del mundo. Tesla tramaba sus creaciones casi a partir de lo onírico, eran el producto de una mente que conducía sus ensoñaciones hacia los límites del trance hipnótico. Esta casa va a operar como el centro neurálgico de la obra, como un polo magnético y un espacio mágico capaz de trastocar los límites dimensionales y del espacio-tiempo. El solenoide genera a su alrededor un campo de fuerzas, y esto se percibe en el discurso de la novela, es decir, todo alrededor del personaje-narrador forma un campo de superficies imantadas en donde cada concepto atrae el discurso hacia otras correspondencias, un tema que se hila o relaciona con otro, una exploración de vínculos. El autor encuentra nexos en todo, relaciones entre los objetos más disímbolos. El solenoide y la casa van a funcionar como una vía de escape, arrancarán a la ciudad de Bucarest de su superficie y será un sistema de ordenamiento de los distintos polos que se incluyen en la narración.

El narrador-niño ofrece la imagen de un mundo diáfano, una fantasía triste y grisácea en donde sus personajes, médicos, enfermeras, gordas mujeres cuidadoras capaces de golpearte por una mínima falta, parecen ser entidades robóticas y desalmadas, les inyectan a los niños dosis de penicilina y estreptomicina en tremendas agujas que parecen hechas para adormecer caballos. Son seres silenciosos como esfinges, incapaces de comunicar o transmitir algo, insensibles, automáticos e impersonales y cuya única función es causar terror y sufrimiento, estos médicos realizan misteriosas intervenciones y aplican medicamentos cuya naturaleza y función nunca queda clara. Tanto en las descripciones del personaje adulto, como las del niño, la ciudad de Bucarest es retratada como una fantasía de brutalismo arquitectónico comunista que para el narrador:

«…es el producto de una mente gigantesca y brotó de repente a partir de los esfuerzos de un solo hombre por engendrar la única ciudad que puede decir algo sobre la humanidad».

Bucarest es una ciudad formada por fábricas abandonadas, por construcciones suspendidas en el tiempo cuyo silencio y abandono les dan un aire de irrealidad; una ciudad en donde abundan antediluvianos «tranvías de óxido», «ridículos adornos de yeso», «adoquines hundidos», «patios tristes», «adelfas olvidadas», «marquesinas con cristales rotos», «estatuas cubiertas de cardenillo», «cúpulas oxidadas», «ascensores viejísimos», «escaparates con ropa pasada de moda», «cines cuyos techos se desploman», «peluquerías con secadores estropeados», «museos de cadáveres embalsamados», «álamos polvorientos»…La fantasmagórica ciudad de Bucarest que corresponde a esas descripciones de los sesenta y los setenta más que una ciudad es descrita como un estado del alma, «un gesto patético e inútil».

Solenoide es una gigantesca fantasía metafísica, filosófica, vivencial, poética, realista, científica. Es un inventario de sueños y de noches, un reporte onírico y alucinatorio, una organizada y apretada bitácora de viaje —cuando el viaje es mero perspectivismo, cuando la geografía de la realidad está centrada en la cabeza del personaje que narra, su castillo interior—. Cărtărescu deslumbra con una prosa trenzada con una filigrana muy fina. Abundan los despilfarros naturalistas, cuyas descripciones colisionan en la cercanía de los objetos, su aproximación al detalle es abrumadora, como una sucesión de imágenes en metástasis que parecen reproducirse en progresión geométrica; también hay algo de fractalidad, como de rosa mística que incluye una rosa adentro y luego otra, y otra. Descubro en la novela cierta familiaridad con Paradiso de José Lezama Lima, guardando las debidas proporciones.

Uno descubre que en Cărtărescu hay una suerte de repaso de toda una vida, mucho viene de la contemplación llevada a sus límites. Podemos abrir el volumen en cualquier página para encontrarnos con una remembranza en donde describe a un vagabundo, la soledad de las calles, o la forma de las casas, para luego entrar en una serie de divagaciones que privilegian el aforismo constante. Solenoide es muy atractivo para citarlo, el autor nunca pierde la oportunidad de definir, de conceptualizar. Cualquier pretexto es bueno para los grandes temas: lo transitorio del tiempo, el grito contra la oscuridad —haciendo una glosa de «Rabia contra la agonía de la luz» de Thomas Dylan—, la memoria, el amor, la muerte, la divinidad; sin embargo, no existe la tentación de usar un lenguaje filosófico especializado, sus digresiones están armadas con materiales sencillos, someros e identificables; la familiaridad de su prosa es tal que se las amaña para hablar de temas profundos con conceptos vulgares. Abundan las analogías y las metáforas para ilustrar alguna idea. Hay cierta visualidad en sus ejemplos como aquel que menciona el regalo de una medalla con dos lados incomprensibles que al girarla formaba la palabra: «amour». Y tal vez así sea Solenoide, hay que girarlo, hacer avanzar en el torrente de sus aguas, mover sus campos de fuerza y atracción, sus gravitaciones e imanes. La obra tiene algo de ensayo y de autoficción —no siempre el autor se va a parecer al personaje, hay muchas líneas que lo demarcan—, en apariencia es un diario personal que avanza como un caudal avasallador.

No se podría entender Cărtărescu sin Dante, sin Kafka, sin Borges, sin la geometría de cuatro dimensiones, sin la fractalidad del mundo, sin las paradojas visuales de Escher… Si Borges imaginaba laberintos externos, para Cărtărescu el laberinto está en uno mismo. Su escritura parece ahondarse en pasadizos secretos, corrientes sueño en oscuros habitáculos donde los objetos esperan en silencio, acumulan polvo y las telarañas parecen proteger su sueño, rígidos fantasmas de lo que fue alguna vez. Parece reescribir con Kafka, citando su diario como un texto especular del que quiere ser respuesta, su escritura parece ir acompañada por una tercera presencia. El narrador-personaje sufre la existencia de sus propias moradas:

«Me he preguntado siempre si la vida interior de la gente es tan agotadoramente complicada como la mía, si todo el mundo está colocado, como un ratoncillo blanco, en el centro de una mesa laberíntica por la que debe realizar un trayecto, uno solo, el verdadero, descartando todos los demás, que conducen a trampas inextricables».

Quien haya leído «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» (1940)de Jorge Luis Borges sabe de la invención de un mundo alterno al nuestro, desapercibido para nuestros ojos. Borges otorga algunas pistas dejadas como un mecanismo de entrada, pequeñas llaves colocadas en las puertas para ver quién se atreve a girarlas, guiños de ojo a los entendidos en geometría y metafísica, y Cărtărescu nos señala una de ellas: «En marzo de 1941 se descubrió una carta manuscrita de Gunnar Erfjord en un libro de Hinton que había sido de Herbert Ashe…». No es gratuito que cite esa frase del cuento borgeano porque Cărtărescu, a lo largo de las páginas de la novela hará mucho énfasis en el teseracto o la geometría de cuatro dimensiones planteada por ese Hinton mencionado por Borges, o bien, la relación que tienen las ideas de aquel con la invención del cubo Rubik. El autor empieza manifestando la perplejidad y la tremenda impresión que le causó la lectura de El tábano (1897), novela escrita por Ethel Lilian Voynich, y desde aquí, parte en una investigación que lo lleva a descubrir que Ethel Lilian fue hija de George Boole, padre del álgebra de Boole y la aritmética computacional; y que a su vez, Ethel Lilian se casó con Wilfrid Voynich, quien en su momento adquirió y estudió el manuscrito que lleva su nombre. Otra de las cinco hijas de George Boole, Mary Lucy Margret fue esposa de Charles Howard Hinton, quien propuso la existencia de la cuarta dimensión. ¿Pensaba Borges en sus cuentos acerca de una vía de escape hacia una dimensión alterna? Tanto la existencia del solenoide al interior de su casa con forma de barco como la visión de un Aleph casi al final de novela —una clara referencia borgeana en donde el narrador observa todos los objetos perdidos de su niñez—, la búsqueda y el estudio de la cuarta dimensión o la fascinación que ejerce sobre el narrador el Manuscrito Voynich son indicios que recibe el narrador para escapar de la cárcel del mundo, su salvación a través de la comprensión de la geometría, del arte, de la exploración onírica. El narrador tiene sueños inquietantes con seres extraños que parecen salidos de otra galaxia y lleva un registro o bitácora de sus incursiones en ese mundo. Para Cărtărescu se trata de:

«…esos viajes que te abren los ojos y la mente, como el vuelo de ese pájaro que otea desde la altura tierras lejanas. Tu pueblo no es el único en el mundo y no es el ombligo del mundo. Los sueños son mapas en los que aparecen los extensos territorios de nuestra vida interior. Son mundos con una dimensión más respecto al mundo diurno y, sobre todo, respecto a nuestro cerebro, que recorre los nuevos paisajes si poder entenderlos».

«Los sueños son planes de huida, al igual que la música, la metafísica y la trigonometría esférica. Todo lo que nos habla en este mundo nos dice lo mismo… ¡Sal de aquí! ¡Vete! ¡Tu sitio no es este! Todos los sueños te formulan con insistencia una pregunta. No lo entiendes cuando lo interpretas, sino cuando respondes. Siempre que oigas tu nombre en medio de la noche, no dudes en responder: “¡Estoy aquí, Señor!”».

Solenoide es una novela de una gnosticismo actual —en el sentido de la obtención de saberes que nos conducen a la iluminación, y como quiere el narrador-personaje de Solenoide, al escape— en donde los físicos y los cosmólogos hablan de un multiverso de once dimensiones, o bien, sobre una simulación del mundo, de una Matrix en donde somos nosotros quienes le imbuimos la realidad al entorno y la realidad es solo un simulacro del que podemos escapar y convertirnos en «programadores» tal y como un Neo transformado en The One; una presentaneidad donde se recuperan y revaloran los hallazgos de ese serbocroata genial que fue Nikola Tesla y se habla de la ecuación de Dirac sobre el entrelazamiento cuántico o los estados entrelazados de la materia. Ahora se estudia y trata de probarse una teoría de cuerdas que parece contradecir la teoría de bucles o de gravedad cuántica que propone que el espacio tiene una estructura bidimensional similar a un holograma. Marius Chivu en su postfacio a la obra relaciona la obra de Cărtărescu con Interestelar de Christopher Nolan, película que aborda la descripción de tiempos paralelos o dimensiones alternas en la deformación de la red del espacio-tiempo, o bien, con 2001: Una odisea en el espacio debido a una escena en donde el narrador persigue a Ștefana, su esposa enloquecida, través de las calles de la ciudad para ver que ella se encuentra consigo mismo de niño, una visión realmente alucinante e inquietante que nos recuerda ciertos momentos de la película de Kubrick. Le toca al lector penetrar los castillos y sus moradas interiores, los del autor y los propios, pensando en la lectura como huida, y también como salvación.

∗Noé Vázquez (Puebla). Es escritor y ensayista. Cuaderno navaja es su espacio en la pecera. Publica en la revista Crash.mx y otros medios.