PROSA SONORA•THE FLAMING LIPS•OCZY MLODY

Todos en la alcoba traen audífonos, excepto los actores. El camarógrafo trajo sus wireless de chicharito. El vato que sostiene el boom se ha colocado unas minúsculas pastillas en el orificio auditivo, con el cable hecho un desmadre. Los del director son disquetas acolchonadas que captan la señal en Bluetooth, unidas por una elegante diadema negra. El asistente de iluminación se calzó un par de ornamentos voluminosos de altísima fidelidad. Llegado el punto, el director da la señal preventiva, se toman posiciones. Activa Spotify, lupa, teclado, play, emerge Oczy Mlody de Flaming Lips en la cabeza de todos. Con la nota inicial, grita: “¡Acción!” Tumbado en la cama, el actor aguarda. Pero ella sigue en el baño. Escuchó con claridad la señal; se toma unos segundos. La cinta corre. La chica recuerda bien sus líneas que no suman un párrafo. Estos segundos de resistencia son enteramente suyos; el resto no lo será. El margen de espera es una sustancial prerrogativa que tilda los porqués. Se acicaló con tiempo, media hora antes, y se vuelve a acicalar ahora, soberana, gozándose ante el espejo, jurándose cosas en silencio. En la habitación, el ansioso camarógrafo retira la mirada del visor y observa la puerta del baño, forzando guiños. Vuelve a su visor. Esto permite que el Oczy Mlody alcance su primera meseta, ‘There Should Be Unicorns’, un lienzo de fuzz atemperado por percusiones otoñales, venéreas. El actor estira el cuello y pronuncia los bíceps, parpadea, se toca el deste. El chamaco, bien dotado, mejor ejercitado, posee un rostro colegial del que no sabremos mayor cosa.

La sábana satinada cubre y, a la vez, advierte su miembro, que ya crece: por un instante él imagina que no están en el dúplex de Inglewood sino en un búngalo de la isla de Kasos, el recodo celestial del que se enteró al hojear una novela en paperback de Ian Fleming. Son las once de la mañana, el sol a plenitud, corre algo de viento. ‘Sunrise (Eyes Of The Young)’ viene a escorar la sensación veraniega, la brisa marina, el sol en cortinas de algodón vaporoso, la cabecera de caoba, una lámpara de buró como garza, el estuco que dulcifica los muros. The Flaming Lips en plan de acariciarlo todo, nunca a volumen excesivo. Cuando el staff de Pudendum Productions está por quebrar el silencio y reclamar el desacato de la actriz, entra en la habitación una florecilla de pradera americana, Karla Kush. Juguetea con los bucles, liviana de prendas. Es un pañuelo que mira de soslayo. Se detiene en la cabecera, fiel al libreto: suelta sus líneas de absurda chica dócil/estudiante/comehombres. Da un paso hacia el actor y él se descubre el miembro. Con las últimas dudas, ella se detiene y sonríe, atribulada, mueve los dedillos hacia cada hombro, liberando la bata de holanda en chorros de marfil. Columnas de luz artificial presagian su tez lustrada, se suman al breve granero del tórax ya expuesto. Apenas una sombra de maquillaje –azul cielo– merodea sus ojos. Acelera las cosas ‘One Night While Hunting For Faeries…’, emana la benigna ‘Do Glowy’. El chamaco pulsa el órgano regordete, sanguíneo, llamándola. Ella avanza, recula, juega al acecho, marmota alejándose del casquín de la guarida. Su mano de gorrión acomoda un chispazo dorado tras la oreja. Las uñas estilizadas con esmalte escarlata causan un efecto de suave galaxia, de fino trampolín. Cuando la rubia libera la última prenda los integrantes del staff cambian de posición, ya se cargan a una pierna, ya a la otra. Ella agrava la sonrisa, él se frota el troncazo. Al pie de la cascada se besan –se lamen, se beben–, y se sueltan: ella rompe la simetría, inclinada, se dispone a tutear la cabeza de hongo sonrosado. La escena se licúa al examen monográfico de lenguas sobre genitales. A la altura de ‘The Castle’ ella se deja horadar, lo monta, suplica grafías indecibles, ciega furia investida, fricción simulada, el vivo borbotón carmesí de la colmena que acabas de patear. El álbum cierra con ‘We A Family’, lo cual significa que la jungla se despilfarra en mangos y el desierto se suspende en cactáceas.

 

*Javier Fernández (Ciudad de México, 1971). Es escritor y docente radicado en Mexicali. Su primer libro Si tarda mucho mi ausencia (ICBC, 1993) obtuvo el Premio Estatal de Literatura en Baja California. En 2010 publicó El estadio que naufragó (CreateSpace, 2010) y Señora Krupps (Static Libros, 2010 / CONACULTA, 2013). Seguir a los gansos es su tercer volumen de cuentos.