Panthro, el auténtico

 

En 1996 entré a una preparatoria que se llama Cobach Norte acá en Hermosillo. Este plantel estaba en un territorio ambiguo. Quiero decir, su ubicación era confusa, porque estaba realmente al norte de la ciudad pero no al Norte Simbólico. Este conflicto semántico fue un desastre in situ. Los estudiantes huíamos de la escuela, diariamente, porque los cholos de esa zona sentían una aversión territorial por nosotros, los alumnos de uniforme gris con blanco. Los cholos, en ese tiempo eran bastante testarudos y obsesivos con el tema de la semiótica. En esa década, la ciudad estaba partida, territorialmente, entre el Norte y el Sur. Como veremos en el siguiente mapa:

 

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Como se puede ver, quienes decidieron poner el plantel en esa zona geográfica seguían su instinto topográfico. Efectivamente, el Cobach Norte estaba en el norte. Sin embargo, los cholos de ese lugar asumían estar en el territorio Sur. A la fecha, los estudios culturales no han podido definir con asertividad cuáles son las razones para que los pandilleros de ese lugar se asumieran como sureños, si estaban ubicados en el terreno norteño.

 

Como sea, con todo y error semántico, los cholos creían que su dignidad estaba en juego. “Si no podemos destruir una escuela llamada Norte en nuestro terreno Sur (territorio simbólicamente sur, porque sí está ubicado geográficamente al norte), entonces, aterrorizaremos a sus estudiantes”. Este era el pensamiento reinante en sus cabezas de cholo.  Y bueno, fue una maldita pesadilla. Los pandilleros de ahí se hacían llamar los Pelones. Solían raparse la cabeza para ser distinguidos de los otros clanes y porque, como se ha dicho antes, tenían un trastorno intenso con el signo. Ninguno de ellos podía ser de su banda si tenía cabello. Aunque claro, tenían sus restricciones y marginaban a los ancianos y a quienes padecían alopecia. Solían rayar las paredes con las iniciales HPP (Hermosillo Puros Pelones). Tres años pasé ahí. Y sobreviví.

Hace unos meses me encontré con uno de ellos en una fiesta. Terminamos sentados en la misma mesa (el cholo que me encontré, el cholo de los HPP y yo). Estaba mi amigo Franky, que también estuvo en ese Cobach y experimentó las persecuciones de manera sistemática. El hombre, frente a nosotros, no tenía cabello en la cabeza y le pregunté si era calvo. Lo cuestioné sólo por hacer plática, porque en ese momento yo no sabía que era, o había sido, de Los Pelones. Respondió con una anormal satisfacción onomástica: “Yo era de los HPP”. El gran hijo de puta, seguía rapándose porque había pertenecido a una de las bandas más peligrosas de los años noventa. Y aquí estaba, frente a mí, un matón de mi juventud. Frente a mí y frente a mi amigo Franky. Y era mi turno para contragolpear.

 

—Ah, con que eras uno de esos pelones artificiales.

—¿Cómo que artificiales? Si me rapo todos los días.

—Eso mismo. No eres pelón natural. Mi abuelito era pelón natural. Tú y todos tus secuaces eran pelones postizos. Panthro es un pelón natural.

—Eso qué.

—Pues eso, que me los imagino a todos juntos, a las nueve o diez de la mañana, rasurándose la cabeza. ¿Puedes verlo? ¿Recuerdas? Seguro te levantabas y le hablabas a uno de tus amigos cholos para preguntarle si ya se había rasurado para poder salir a la calle. Y muy posiblemente, se quedaban con el teléfono en la mejilla compartiendo códigos de cholos, mientras se untaban crema de afeitar en el cráneo y se veían al espejo.

—…

—¿Imaginas a Panthro en el tocador pasando una navaja por su cabeza? No. Panthro no era ningún farsante. Era un mecánico con atuendo sadomasoquista y nada más. No era el personaje principal, pero era auténtico y natural. No como ustedes.

 

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El excholo con cabeza rapada se levantó y se fue, mirándonos con desagrado. Porque, claro, estábamos diciendo estupideces en su universo. Un universo semiótico que discrimina la irracionalidad. Mi amigo Franky y yo saboreamos la venganza con una cerveza y seguimos hablando de la historia de los Thundercats. Luego me puse a llorar, porque suelo llorar por razones absurdas. Traté de explicarle a mi amigo, con lágrimas en los ojos, que Panthro, desde el Cubil Felino, nos había salvado. “Un pelón de caricatura le acaba de dar una patada en el culo a un pelón de carne y hueso, Franky. Y ni siquiera necesitamos pedir ayuda con la Espada Mística del Augurio”. Revisamos en Internet la historia de Panthro y descubrimos que una de sus frases más significativas en la caricatura fue: “Estás pensando lógicamente, hijo, y algunas veces la lógica, no funciona, entonces se usa la inteligencia”. Una aporía ochentera más. Una contradicción como postura filosófica. Los viejos temas de abstracción de nuestras series animadas. Una invitación velada a abandonar la razón. ¿Cómo no me va a gustar Beckett? Gracias, Panthro.

 

Franco Félix