Memorias de un teatro posible

El teatro en Sonora es un tema que genera controversia entre los gremios culturales. Están los que son aficionados por denostar los esfuerzos que se realizan en foros alternativos y, en otro extremo, los que señalan las puestas en escena ramplonas que buscan conectar con un público ávido de lugares comunes y comedia vulgar. Desde otra visión, una más radical y quizá podríamos decir aquí, underground, las compañías, directores y actores que se han sacado de la manga proyectos que, más que experimentales, responden a una situación particular: no existe, no se ha formado público para un teatro reflexivo, crítico y provocador. O por lo menos no un público amplio que pueda soportar la inversión que supone una puesta en escena. La Universidad de Sonora ha formado generaciones de actores y actrices que huyen del estado para buscar nuevos horizontes profesionales. Pero también hay los que entienden que es aquí donde hace más falta su labor. En el desierto, en todos los sentidos.

Existen propuestas interesantes, montajes de piezas dramáticas que reflejan experiencias estéticas reales. Como las realizadas por Rosa Vilà Font o la experimentación de formatos en las más recientes obras de Cutberto López. Ya ni se diga las puestas en escena de las destacadas compañías de danza contemporánea que hay en la entidad, que además de su disciplina se preocupan por generar dimensiones teatrales. Luego el trabajo de Sergio Galindo, del que muchos tienen la idea que su único disparo es la comedia Huevos Rancheros. Galindo, sin temor a equivocarnos, es uno de los dramaturgos más destacados del país. Sus obras son verdaderas piezas literarias que retratan las costumbres, lenguaje e ideas de los habitantes de la sierra sonorense. Si todavía piensa que sólo Huevos Rancheros representa el teatro del director de la Compañía Teatral del Norte, está muy atrasado en el tema. Habrá que leer, y si se vuelven a presentar ver, obras en las que resuena Cervantes y Shakespeare, como La siembra del muerto, Alonso del Saguaral, El último Vaquero, La bella Marcela, El mentidero de Chico Talegas, entre otras. Y en generaciones nuevas, el dramaturgo Carlos Iván Córdova está despuntando con obras que compiten, en calidad literaria, con cualquier nombre que podamos encontrar en la marquesina nacional.

Pero regresemos a ese teatro marginal (por decirle de alguna manera) que está cobrando fuerza en la ciudad de Hermosillo. Uno alejado de los foros oficiales y de los temas cómodos. Si alguien entiende la técnica para trabajar la madera es muy probable que asuma la profesión de carpintero. Si alguien estudia las técnicas de actuación, seguro no es para dedicarse a otra cosa que no sea presentar historias en movimiento en un escenario, o por lo menos, en un patio, en una azotea y, sabe qué, donde se pueda. ¿Quiénes estarían interesados en presenciar piezas dramáticas, monólogos y performance que se alejen de lo obvio? Sabe quién, los que están hartos de otra noche norteña. Los que buscan sorprenderse con propuestas arriesgadas. Los que quieren ser sacudidos con mensajes distintos. Los que buscan nuevos lenguajes. Si usted es de estos últimos, hay buenas noticias.

Esto se ha venido cocinando hace años en foros como Andamios, Casa Gregorio y ahora La Casa de Mariano y la Fábrica 40; además de otros espacios que aún no visitamos. Lugares donde se han atendido otro tipo de formatos para la representación teatral; además de los indispensables que marca la tradición. Presentaciones que resultan sorpresivas, extrañas, vanguardistas. Mezclas de géneros en atmósferas minimistas. Un público que es parte de la pieza y un trabajo actoral que se luce entre rincones cotidianos.

Es este contexto donde Mariano L. Sosa presentó, hace ya algunas semanas, y en aniversario número tres de esta revista, el monólogo El señor X. Los que asistimos a ese evento no esperábamos tanto. Muchos sabemos de las capacidades de Sosa en un escenario, pero acá nos dejó helados. En ese momento se trató de una adaptación de los poemas lacónicos de Ricardo Castillo. Mariano se paseaba, montado en su personaje, por el patio de su casa. Los presentes fuimos testigos de un acto fresco, desolador y al mismo tiempo, profundamente divertido. A partir de esa experiencia el originario de Esperanza, Sonora, comenzó a idear proyectos con ese mismo corte.

El día del estreno de El señor X, uno de los presentes fue el director  Dettmar Yañez, quien propuso a Mariano un monólogo basado en la novela de Jorge Ibargüengoitia, Los relámpagos de agosto. El tiro estaba cantado.

Apenas ayer fue el estreno de Memorias de un general en el Teatro íntimo de la Casa de la Cultura, en Hermosillo. Pez Banana asistió y pudo comprobar, a pesar que se trata de un montaje más tradicional que El señor X, la fuerza con la que Sosa interpreta y hace suya una obra literaria. En escena hay, por lo menos, media docena de personajes que son filtrados por un solo actor. Un desfile de nombres, tretas y batallas que recuerdan los diálogos del primer Tarantino.

Una de las características de este histrión Sonorense es su capacidad para generar comedia; aun cuando la obra no tenga que ver con el género. Un actor que se hace parte del ambiente teatral y que parece, en muchas ocasiones, un león ansioso que se pasea en la jaula de sus personajes. Un actor que tiene la intención de arder, al máximo, cuando está arriba de un escenario, sea éste un teatro, el patio de su casa o una banqueta a altas horas de la noche.

Redacción Pez Banana.