La pequeña parte de las cosas

Suelo decir que odio la playa. A veces, esta declaración me convierte automáticamente en un ser deplorable y amargado, cuando estoy charlando, por ejemplo, con un místico. O, en el peor de los casos, con un poeta. Primero el escándalo, los gestos, las muecas. Luego surgen las preguntas de cajón: “¿Qué te hicieron en el mar? ¿Te violaron? ¿Por qué?” Nunca respondo. Me pongo mis gafas y camino de espaldas hasta perderme en la bruma. No explico el origen de mi aversión porque me tomaría demasiado explicarle a un poeta* lo que es una metonimia. No quiero decir que sean idiotas, o lentos en todo caso, mis interlocutores líricos. Pero algo es bastante claro: la mayoría de los poetas tienen la metáfora en un pedestal. Eso. Ahí está de nuevo: “La metáfora está en un pedestal”. ¿Será hora de echarla abajo? Demos un salto de fe por su opuesto: la metonimia. Vamos a eso.

Odio la playa metonímicamente. Odio esa parte de la playa en la que se deposita una visión romantizada y espiritual. Y por tanto, odio el todo lingüístico de la playa.

Sorolla (1910)

Cualquier diccionario ofrecerá una definición más o menos así: La metonimia es un fenómeno de cambio semántico por el cual se designa una cosa o idea con el nombre de otra, sirviéndose de alguna relación semántica existente entre ambas.

La definición se queda corta. Pero no nos pondremos exigentes. Expliquemos esto. Por ejemplo, cuando decimos: “En la clase de Literatura Argentina, leí todo Borges de corrido”. Queremos decir que leímos toda la obra publicada (lo cual también es otra metonimia para referirnos a todos los libros de su autoría) de Borges, y no a Borges, el autor de carne y hueso. Por un lado, porque es imposible, ya que las personas no se leen (excepto que sean como mi amigo el poeta y digan cosas del tipo “se puede leer el alma de las personas en los ojos”, pero aun así, seguiría siendo falso. Falso y poético. Horror) y, por otro, porque somos personas más o menos racionales y echamos mano de un contexto, donde “la clase de Literatura Argentina” nos aporta la información suficiente para no caer en la ambigüedad.

Algo más sencillo: los apodos que nacen de los rasgos de una persona. Verbigratia: Narizón, Cabezón, Negro, Patuleco, Malasuerte, etcétera. Todos estos sobrenombres son elegidos por la relación semántica que hay entre un sujeto que tiene la nariz muy grande (o la cabeza enorme o una piel oscura o por sus tropiezos constantes o por sus infortunios) y la totalidad de su personalidad. Todos ellos, tienen otros rasgos, además de estos que seleccionamos para denominarlos. Seguro que el primer hombre, además de tener una enorme nariz, también es generoso, o sufre de esquizofrenia o tiene colitis, o es perversamente vanidoso, o es flaco, o es un gran pensador, o un actor sobresaliente (¿Adrien Brody, Gerard Depardieu?), o es flatulento o tiene un pensamiento profundamente matemático y racional, pero de todas esas características, elegimos lo que parece ser más evidente.

Y de entre todos los tropos, queridos poetas, la metonimia tiene un mejor lugar en nuestros corazones (ojo: uso su lenguaje para que me comprendan). Es la número 1. Porque es el recurso retórico que más utilizamos en nuestra comunicación diaria. Veamos. Todo el tiempo debemos discriminar información para poder comunicarnos con otros. Dice Jeannette Littlemore, que la metonimia es un recurso tan imperativo en el habla cotidiana que sin ella estaríamos perdidos, porque nos sirve para comprimir y desarrollar procesos cognitivos que nos organizan mentalmente. Nos ofrece un enorme marco de oportunidades de expresión. Por ejemplo, si pensamos en “París”, lo primero que viene a nuestra mente es la Torre Eiffel, el museo del Louvre, la Catedral de Nortre Dame, Monmartre, el Arco del Triunfo, etcétera, lugares icónicos o que conocemos empíricamente porque estuvimos ahí o porque lo vimos en un libro, o una película, etcétera: una calle, un café, un restaurante de la ciudad francesa, pero no todo París. Porque París incluye cada uno de los metros cuadrados de su ubicación geográfica, cada rincón y cada casa, cada loseta del suelo y cada parisino y todo eso. Y es imposible, mentalmente, recopilar toda esa información para hablar de París. No sólo inasequible fisiológica y químicamente, sino porque es una pérdida de tiempo y lo más probable es que no alcanzara una vida para decir, algo así como “Fui a la capital de Francia, la ciudad más poblada de ese país, situada a ambos márgenes de un largo meandro del Río Sena, en el centro de la Cuenca parisina, entre la confluencia del río Marne y el Sena, aguas arriba, y el Oise y el Sena, aguas abajo”. Porque además, se tendría que hablar de su situación política, su historia, su cultura, etcétera. Todo aquello que conforma “París”. Y otra cosa: el simple hecho de hacer esta pequeña acotación geográfica (“Fui a la capital de Francia, la ciudad más poblada de ese país, situada a ambos márgenes de un largo meandro…), convierte al interlocutor en un petulante de mierda. Así, pues, cada vez que hablamos, debemos echar mano de este proceso cerebral para conversar o escribir u opinar. Lo hacemos siempre. Para pedir una taza de café, no necesitamos decir “¿Me podrías proporcionar una taza de cerámica de color blanco que tienes en tu alacena y luego podrías verter en ella un poco de café de la marca X, que está a la temperatura tal en tu cafetera eléctrica que compraste no sé cuándo y que está conectada en la cocina?” No. Sólo decimos: “¿Me das café?” Esta contracción, este ahorro de información, esta eliminación de todos los otros rasgos para referirnos a algo en específico, es un proceso metonímico. No quiero decir que “¿Me das café?” sea una metonimia en sí misma, sino que se ejecuta lingüísticamente como un proceso metonímico.

No lo sabemos conscientemente, pero así nos conducimos por el mundo. Haciendo metonimia tras metonimia para que esto funcione. Y eso me hace pensar en algo. No todo lo que decimos o escribimos compromete la totalidad de lo que somos. Un tuitazo, una actualización de Facebook, un artículo, o incluso una columna (como ésta) no pueden, ni siquiera ahora que pasamos todo el día conectados, sugerir el conjunto humano en su totalidad de quien las expresa. Y más, ni siquiera un libro o la obra completa de un autor (un Borges, un Pynchon, una Atwood, etcétera) deberían reducirlo a un signo. Un hombre no es todos sus libros, o todos sus comentarios. Recordemos que todo lo que decimos que nos desagrada sobre algo o alguien no es sino sólo esa parte que nos desagrada de algo o alguien. Vamos por ahí, molestos, desconcertados por el texto y no por el hecho, lo fáctico (quizá deberíamos valorar las acciones reales, no los constantes debates de opinión). Y es importante que recordemos esto, ahora que el mundo virtual está tan susceptible y tan histérico. Aquel que escribe algo que nos desagrada, no sólo es humano y todas esas cosas que dicen los apólogos del infractor textual, sino que además, es sólo una parte diminuta de la vida real del hombre que escribe tal o cual cosa. Recordemos que un tuitazo o una columna o un libro no hacen al autor. Porque se margina información esencial que, por otra parte, también deberíamos intuir: Una nariz no hace al hombre. Excepto por la del cuento de Gogol.

*Excepto por los poetas metonímicos de los que hablaré en otra ocasión.

Franco Félix