La patota: el corazón de naturaleza humana

Dio inicio el VI Festival Internacional de Cine en el Desierto, cuyo país invitado es la Argentina. El marco de la inauguración, un teatro habilitado como la más cálida de las salas de cine, lució abarrotado. Lleno no sólo de chicos enterados y jóvenes hipsters. En el lugar había familias enteras, trabajadores, estudiantes y personas de la tercera edad.  Un público que parecía sobreexcitado con el inicio del evento y que manifestaba su emoción a la menor de las provocaciones. Gritos, aplausos por doquier. Hasta los funcionarios de gobierno que estuvieron junto a los comandantes del proyecto, Oliver Rendón y Fernando Álvarez, recibieron loas. Todo generosidad después de anunciarse cinco días de propuestas fílmicas de alta calidad, de las cuales Rendón asegura “deslumbrarán tanto por su factura formal como por su capacidad de invitarnos a la reflexión”.

En esta primera proyección, el vaticinio del organizador del FICD no ha quedado mal. Una película que recuerda la novela El corazón de las tinieblas (1902) de Joseph Conrad. La Patota (Santiago Mitre, 2015), cuyo personaje principal es Paulina, interpretada estupendamente por Dolores Fonzi, es una sonda fílmica que ingresa hasta donde Kurtz, el personaje enigmático de la novela antes citada, al no poder asir de dónde viene tanta maldad reconoce, ya en la incomprensible locura, el “El horror”, “El horror” que habita en la médula de la naturaleza humana. Aquí los dejamos con una reflexión de Venecia López* sobre La patota. Bienvenido el cine a la gran pantalla desértica! 

 

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La patota, el corazón de naturaleza humana

Siempre he pensado que podría ser alguien que cometió un crimen, y que el criminal podría ser quien ahora escribe estas líneas. Tan sólo si las circunstancias de ambos se invirtieran. Si esas elipses que nos rodean desde que nacimos como los aros a Saturno; si esos círculos concéntricos que giran desbocados definiendo quiénes somos, definiendo nuestra condición, indicaran que nací en extrema pobreza, que viví en desamparo y que he tenido una infancia colmada de violencia.

El largometraje La patota (Santiago Mitre, 2015), que dio inicio al Festival Internacional de Cine del Desierto, presenta la historia de Paulina, una joven que ha dejado sus estudios de doctorado en leyes para internarse en la selva a trabajar en una escuela rural, como parte de un proyecto de difusión democrática y formación de derechos. Paulina es violada por una patota, una pandilla de chicos entre los que se encuentran algunos de sus alumnos. A pesar de eso, Paulina decide seguir asistiendo a impartir clases.

A la protagonista -dice su padre- le ha sucedido lo más terrible que puede pasar a un ser humano. Sin embargo sus seres queridos, quienes la abrazaron pretendiendo acompañarla en su búsqueda de justicia, se van alejando, sumidos en la incomprensión y el rechazo porque Paulina no quiere ampararse en el sistema judicial de justicia. Ella quiere hacerlo a su manera y su manera es intentar comprender de dónde viene el mal.

La Patota presenta dos espacios simbólicos maravillosamente capturados por la fotografía de Gustavo Biazzi. Paulina viene de la ciudad, ese mundo civilizado, donde por medio de la urbanidad se ha supuesto un orden. Después, por convicción,  se marcha a la selva, ese otro mundo, el del caos, el de la vida silvestre. La casa de su padre está en la ciudad y durante el filme es el símbolo del refugio intelectual. Un lugar donde el ser humano ha ordenado sus ideas. Ha destinado un espacio para el bien y otro para el mal. Ha dispuesto un librero para los conceptos, un sillón para alienarse, una palabra para la justicia.

Sin embargo la narración nos lleva hasta la selva, y lo hace para internarnos en la propia entraña del personaje principal. Paulina acude a la selva porque quiere hacer un cambio real, una labor hormiga, pero la transformación sucede en ella misma. Paulina quiere poner el cuerpo y ayudar al otro, pero es ella quien termina apropiándose de esa realidad abigarrada y silvestre donde la naturaleza se consume así misma, para nacer de nuevo en medio de la naturaleza.

El producto de un acto terrible, de una violación, es su conexión con la realidad. Su búsqueda está en acudir a dicha realidad, enfrentarla en su propio territorio: una obra negra en medio de la selva donde la noche se alimenta de odio y violencia. La venganza consistirá en mirar los ojos de su agresor y tratar de comprender algo sobre la naturaleza humana. Un proyecto en el que quedará frente al abismo de la incomprensión, pero también, frente a la honestidad de una lucha salvaje, la de la vida misma.

*Venecia López es artista visual y académica.