Ideas complejas supuestamente divertidas

Hay una idea extraña, alimentada por ciertos prejuicios hacia la academia y la aridez de algunas de sus formas, que suele oponer a lo literario y lo filosófico. La idea prescinde de ciertos matices: lo literario, como disciplina artística, puede ser una herramienta de conocimiento tan funcional como lo filosófico; o viceversa, se tiende a olvidar que históricamente los filósofos han utilizado recursos literarios. Muchas veces la distinción entre “filósofo” y “escritor de literatura” sencillamente no opera. Es cierto, sin embargo: el carácter científico de la filosofía ha producido tratados escritos con un lenguaje altamente técnico y posiblemente árido (lo hemos visto en obras de Aristóteles, Kant, Wittgenstein; aunque ninguno de ellos dejó de usar metáforas y otros recursos literarios para exponer su pensamiento) pero debe recordarse, también, que mucha literatura es altamente técnica y difícil. En otros casos, la filosofía ha producido un lenguaje hermético (como en los libros más importantes de Heidegger) pero, de nuevo, lo mismo ha ocurrido en la literatura (como la estirpe de Beckett ha probado). También existen autores clásicos que han destacado por su estilo e ideas (como Platón o Hegel –se repite en los salones de las facultades de filosofía que su Fenomenología del espíritu puede leerse como una novela), aunque otros han cobrado popularidad por su estilo y vigor antes que por el cuidado de sus pensamientos (Schopenhauer, Nietzsche, ¿tal vez Kierkegaard?). La taxonomía se dificulta: la historia del pensamiento es laberíntica y enredada. Lo extraño de la idea que enfrenta a lo literario y lo filosófico, creo, es que aborrece lo complejo. Parece darse por sentado que lo literario es divertido y lo filosófico no; como si “divertido” fuera un término valorativo, desechando por completo el placer intelectual que produce enfrentarse a un pensamiento arduo y tedioso.

La idea no le parecerá extraña a los humanistas que encuentran en la literatura una forma de ilustrar ideas, como si se tratara de un atajo para la experiencia moral y los silogismos éticos de la filosofía práctica. Es una idea que goza de cierta salud: diariamente encontramos que un estudio descubre que leer novelas –y no es casual– nos hace más empáticos; como si la imaginación fuera siempre una fuerza positiva, o como si una disciplina artística tuviera propiedades inmunológicas.

La realidad es que la relación entre la filosofía y la literatura es compleja y permite múltiples formas de lectura. Si intentáramos esclarecer la forma en que el pensamiento de un filósofo, o una escuela filosófica, ha influenciado a un autor, podríamos realizar un análisis al estilo “parecidos de familia” sobre la ficción de Camus en referencia al existencialismo. Podríamos también leer La amante de Wittgenstein (1988) de Markson y la tetralogía de “novelas” que se desprende de ella en referencia a la obra Ludwig Wittgenstein. David Foster Wallace lo leyó así, en “The Empty Plenum: David Markson’s ‘Wittgenstein’s Mistress’ que apareció en The Review of Contemporary Fiction, en 1990; un artículo que puede leerse en línea.

Otro camino es tomar un problema filosófico y preguntarse cómo ha sido abordado desde la literatura y la filosofía. Tomemos aquí, por caso, la idea del infinito, y consideremos a dos escritores, Borges y Foster Wallace. El problema obsesionó al argentino, aparece en una parte importante de su ficción (“La biblioteca de Babel”, por mencionar uno solo[1]) como una aporía insoluble, aunque también la trató en breves tratados de carácter socarrón e histórico. Lo socarrón no es baladí y creo que da cuenta del tipo de lector que era Borges (parecido a los humanistas que mencioné hace un momento, que se enfrentan a ideas complejas oblicuamente, domesticándolas). Dos ensayos: “Historia de la eternidad”, donde se revisan las mutaciones de lo eterno, las distintas encarnaciones de la idea. Lo eterno no es exactamente lo infinito; o lo es, pero sólo en un sentido metafísico, no matemático ni material; una precisión que Borges parece interesado en eludir (considera a la eternidad como un «modelo y arquetipo del tiempo», que es una realidad física). Si en “Historia de la eternidad” Borges está más interesado en lo eterno como una idea metafísica de riqueza humanista, en otro ensayo, “La doctrina de los ciclos”, parece estar más interesado en aspectos materiales de ideas de apariencia metafísica (como la noción de un universo finito, condenado a repetirse infinitamente), aunque, erudito, no deja de enumerar varias instancias históricas de la  misma idea (desde los pitagóricos hasta Nietzsche, y su refutación en Cantor, y posteriormente, en un ensayo aún más breve que funciona como una especie de apéndice, “El tiempo circular”).

Como contraste, el caso de Foster Wallace es interesante. Como Borges, Foster Wallace obtuvo una formación en humanidades pero a diferencia de aquél comprendió a la filosofía como una disciplina científica que tiene, en su centro, lo analítico (entre sus posgrados se encontraba uno de lógica modal y matemática; su padre fue un alumno de un alumno de Wittgenstein). Es una comprensión de la filosofía opuesta a la continental (más parecida, creo, a la que tuvo Borges), típica de instituciones norteamericanas. Aunque apoyado por recursos también “socarrones”, su forma de abordar el problema del infinito (que no lo  eterno ni lo metafísico) es estrictamente filosófica (en el sentido didáctico y expositivo): lo trató, ya se sabe, en Todo y más. Una breve historia del infinito (2003), un tratado de unas 350 cuartillas que se concentra en problemas materiales (sin desatender explicaciones históricas). Aunque erudito, a diferencia de Borges, Foster Wallace no se regodea en lo libresco y se ofrece humildemente a la exposición del problema del infinito matemáticamente. Hay aquí, también, una actitud característica de Foster Wallace (quien era capaz de condenar una obra, como la de John Updike, por considerarla inmoral) que evoca al filósofo socrático, convencido de la importancia del argumento –el silogismo racional– para la vida práctica. Un pensador, en suma, que considera la exposición de un problema filosófico complejo (el infinito) no sólo como una cuestión placentera (como, creo, se aprecia en Borges) sino importante en un sentido ético.

[1] Visiten libraryofbabel.info, un proyecto de Jonathan Basile que emula, virtualmente, la construcción de la biblioteca de Babel imaginada por Borges. El sitio, además de contener la biblioteca y sus incontables disparates, contiene algo de teoría (una posible explicación de por qué la biblioteca está construida a partir de hexágonos, por ejemplo), si es que hacía falta alguna prueba de la potencia filosófica encontrada en la ficción de Borges. También conviene echarle un ojo a los expositivos libros de Juan Arana, donde se ahonda en los motivos filosóficos de Borges: La eternidad de lo efímero (ensayos, 2000) y El centro del laberinto (1994). Ambos pueden encontrarse en línea.

 

*Guillermo Núñez Jáuregui (Distrito Federal, 1982) es filósofo y escritor. Colabora con las revistas La Tempestad, Letras Libres, Tierra Adentro, entre otras