Formas de volver a los libros de Alejandro Zambra

Tengo un par de buenos amigos. Todos de distintos círculos, sí. Pero si hay algo que aprecio de mis amigos literatos es que puedo intercambiar ideas interesantes con ellos: obsesiones, fantasías, viajes, borracheras maratónicas –ahora mismo padezco las consecuencias de una, por eso escribo desde casa, por eso no estoy como muchos de los habitantes de mi ciudad, en la plaza, comiendo un algodón de azúcar o un elote preparado; y siendo honesta, tampoco estaría ahí aunque no sufriera de este habitual mal que me aqueja los fines de semana–, … pero sobre todo valoro las recomendaciones que me hacen de libros. Claro, algunas veces resultan ser libros no tan bien logrados, o cursis, como lo es, desde mi punto de vista, Cuerpos sucesivos de Manuel Vicent, a quien mi amigo B califica como una obra maestra. Y es incongruente mi crítica, porque tengo, no uno, sino dos ejemplares de la novela. Bueno, pasa que soy una enferma, una acumuladora… pero exclusivamente de libros; buenos o malos, no importa, acumulo libros. Sin embargo entiendo que a B le haya gustado la novela de Vicent. Mi amigo es un tanto dramático –patético, diría él–; un día se lo iban a llevar a la comandancia por conducir en estado de ebriedad y B le dijo al señor oficial que su vida en ese momento era tan miserable, que le daba igual dormir en la cárcel o en cualquier otro lugar, que si se lo iba a llevar que se diera prisa. El oficial se compadeció de él y lo dejó ir. “Pobre diablo”, seguramente pensó el oficial. Así es B. Así lo quiero.

En fin, este texto no se trata de B, pero lo traje a colación porque a Alejandro Zambra (Santiago, 1975) precisamente lo conocí a través de tres amigos literatos, la santísima trinidad: B, S y D. Empecé con Formas de volver a casa (Anagrama, 2011). Libro que releí una y otra vez. Y que no prestaría ni obsequiaría jamás porque nunca me van a parecer suficientes las relecturas que pueda hacer de él. Primero, porque es una de mis novelas favoritas de escritores jóvenes; segundo, porque es una novela corta perfectamente pulida, en mi opinión; y tercero y más importante, porque me enamoré de su prosa tan fina, sencilla y sobre todo significativa. Si las palabras no significan nada o significan todo, si las frases están hechas para ser olvidadas, entonces no tienen sentido. Mi hermano mediano, quien recién partió a Francia de vacaciones patrocinado por una francesa (no quiero imaginar, porque sería inmoral de mi parte, qué encantos tiene mi hermano como para que una chica con la que convivió solo un día le haya pagado el viaje), días antes de su viaje entró a mi recámara y se interesó por el libro de Zambra. Su intención era leerlo para hacer las escalas del viaje menos extenuantes. Lo amo, pero no se lo presté. Le presté libros que sí podía perder, dentro de ellos el de Vicent. Es admirable cómo Zambra, en 168 páginas, aborda el tema de la dictadura chilena en Formas de volver a casa, pero desde la mirada de un niño, lo que nos muestra una versión distinta –una más inocente y honesta– de un acontecimiento tan deplorable, a la par que toca temas como el amor, el desamor utilizando la metaliteratura como eje de la historia. Me agrada también que no haya una pretensión del autor por hacer una obra para eruditos, para que nadie, salvo la élite, pueda entenderla. Eso la hace más asequible, por lo tanto más trascendente.

De sus novelas he leído también Bonsái (Anagrama, 2007), y La vida privada de los árboles (Anagrama, 2007), que junto a Formas de volver a casa bien podrían leerse como una sola creación, pues las tres comparten tópicos como la memoria, el retrato chileno, el tedio de la clase media, la metaficción. Todas tocadas por características como la brevedad, la precisión del lenguaje, el carácter autobiográfico y lo poético. Zambra empezó su carrera como poeta. Publicó a inicios de sus veinte años un poemario titulado Bahía Inútil. Los que hayan leído alguna vez su narrativa, no me dejarán mentir, hay sutiles tintes poéticos en su prosa, incluso en un par de entrevistas, Zambra habla de este vínculo que él aprecia, en cuestión de precisión, entre su narrativa y la poesía. Uno no deja de ser lo que es, simplemente se transforma, evoluciona. Zambra vuelve comprobable esta afirmación con esos tintes poéticos en sus relatos. Creo que ahí radica su estilo, su peculiaridad y de igual manera pienso que es así como logra construir textos tan reveladores, también vuelve comprobable la afirmación porque en la actualidad sigue produciendo poesía, su vena poética sigue latiendo. Lo que nos da la opción de disfrutar de su trabajo en diferentes formatos, en diferentes géneros. Además escribe crónica, ensayo y cuento.

La crítica especializada lo considera dentro de los mejores y más importantes escritores jóvenes. Su trabajo está siendo cada vez más conocido y elogiado en distintos países del mundo. Y estoy segura, de aunque a Zambra no le gusta que se le compare con su paisano Roberto Bolaño, porque lo considera “un escritor inmenso e irreductible”, tal y como lo dijo para una entrevista que Camilo Salas le hizo para Vice, con el paso del tiempo ha ido sumando muchos lectores simpatizantes de su obra, y de que algún día llegará a ser una referencia canónica de la literatura chilena e hispanoamericana, tal y como lo es el gran Bolaño.

Mi hermano ahora debe estar en Nueva York, esperando que pasen las horas para volar a Francia  mientras lee Cuerpos sucesivos. Me siento un poco culpable por no haberle prestado Formas de volver a casa. Pero mi amiga L, quien ahora hace su doctorado en Princeton y conoció y convivió con Zambra en Chile con motivo de su intercambio de maestría, y a quien envidio por eso con todo mi ser, me comentó que Alejandro recibió una beca de la Biblioteca Pública de Nueva York para trabajar allá por nueve meses en un nuevo proyecto de libro. Así que, pensándolo bien, tal vez mi hermano sea el que deba de sentirse culpable y no yo, pues tiene más probabilidades, por lo menos en este momento, de compartir con un escritor tan soberbio como Zambra. Quizá justo en este instante se encuentra frente a él pidiéndole una firma para mí (¡en un libro de Vicent!). ¡Sí! Eso quiero creer… ya veremos cuando mi hermano vuelva a casa.      

 

Alejandra Robles (Hermosillo, 1989). Poeta y narradora.  Mtra. En Humanidades. Actualmente estudia un Doctorado en Humanidades en la Universidad de Sonora.