El lector negro

El policíaco es el género literario por excelencia. El crimen es tan viejo como la ficción. El hijo predilecto que conspira contra el padre, el fruto robado del árbol de los dioses, un asesinato entre hermanos: tan viejo como el crimen es el detective que lo investiga. Si bien el crédito formal del nacimiento de la novela policíaca se le atribuye a Edgar Allan Poe, en realidad la narración del crimen es la primera narración que conocemos. El género suele festejarse como un espejo sin tapujos ni censura de nuestra sociedad, pero no suele mencionarse que es también un espejo de la forma en que leemos, es decir, de nuestra forma de pensar.

Toda narrativa es narrativa policíaca. En el centro siempre se esconde un crimen o un enigma criminal. Excepto en los malos escritores (en dónde el crimen existe en el editor que los publicó), bajo cada narrativa corre una historia secreta que el lector-detective debe tratar de descubrir antes de llegar al final. Esto es lo mismo ya se lea a Dostoievski, a Camus, a Cervantes o a Wallace. A veces el misterio es la voz del narrador, en otras, la intención de un personaje, en algunas más la comprensión de la misma realidad. El genio de la narrativa policíaca, desde Poe, es hacer explícita en la trama lo que en otros géneros es sólo metáfora. Por eso el lector tiende a identificarse con el detective y al autor con el criminal. Quizá esté de más decirlo, pero lo que busca un gran autor de cualquier género con sus obras es conseguir ejecutar el crimen perfecto.

No es de extrañar que Poe, maestro del cuento clásico, estudioso de su estructura, fuera quien ideara a Auguste Dupin. Sherlock Holmes es el ejemplo perfecto del lector del cuento clásico: un lector dispuesto a descubrir la historia secreta en los detalles más sutiles de la prosa y de revelar, cerca del final del cuento, las intenciones del autor en un momento de epifanía. No debería de extrañar a nadie, por eso, que la reunión de un círculo de lectura se parezca demasiado al final de una novela de Arthur Conan Doyle ni que Miss Marple, la más aventajada discípula de la novela tradicional de detectives, tenga todos los rasgos del lector clásico de estos círculos. Qué mejor grupo de lectores de Chejov podría exisitir que esta tercia de detectives.

Si miramos hacia el pasado, a los antecedentes de la novela del crimen, desde la novela gótica hasta el Antiguo Testamento, no debe extrañarnos que fuera hasta el siglo XIX que cuajara la imagen del detective literario. Con sus obvias excepciones, el lector anterior a este tiempo era demasiado inocente, podía ser un aventurero o un cazador de vampiros, más ocupado en disfrutar la trama que en notar las trampas que le tiende el autor, o estar acomodado en la placidez que le otorga la mirada omnisciente, para la que ningún crimen puede durar demasiado tiempo oculto, aunque los motivos no queden del todo claros. Son detectives el Fausto de Marlowe (¿de qué nos suena ese apellido?), el príncipe Mishkin y Sancho Panza. Son detectives Hamlet, Victor Frankenstein y el capitán Ahab, que buscan al culpable sin reparar en las consecuencias.

Con el siglo XX y la Primera Guerra Mundial llega un nuevo detective, el hard-boiled, el noir, que deja las grandes casas de los nobles y los ricos para adentrarse en los bajos fondos. En las novelas de Dashiell Hammett las tramas ya no ofrecen una resolución clara o llegan a una conclusión errónea, pero sí dejan un gran rastro de sangre y cadáveres que ya quisiera Quentin Tarantino. Sam Spade es el el perfecto lector del Ulises o de Virginia Woolf. Desconfía de las intenciones del autor, sabe que el camino está lleno de falsas pistas y aunque su sentido de la verdad y de la justicia lo impulsa a terminar, no espera que la conclusión sea satisfactoria, sólo necesaria. Raymond Chandler, quizá sea ocioso recordar, era un gran lector de Shakespeare y por eso Philip Marlowe tiene esa ambigüedad característica del más famoso príncipe de Dinamarca.

Dashiell Hammett

Así como todos los tipos de narrativa conviven en el siglo XXI, desde el costumbrismo más ramplón hasta el más refinado experimentalismo, los detectives van desde los modelos clásicos a los modelos duros. Imagino a Kurt Wallander sufriendo un ataque de risa con la lectura de La broma infinita de David Foster Wallace, de la misma forma que no imagino mejor crítico de Jorge Ibargüengoitia que Héctor Belascoarán Shayne. No sé si esto sea demasiado obvio, pero creo que vale la pena recordarlo. La novela negra no es la nueva novela costumbrista. El detective no es un personaje realista, sino una personalización del deseo de comprensión de una época. No es un retrato de un tiempo, sino de sus lectores. Y eso transforma al policíaco en género literario por excelencia.

∗René López Villamar. Aficionado a la cocina asiática, la literatura posmoderna y la música country. Escritor y editor, mantiene el canal de Youtube Teoría del Caos.