El cine maya: nada de qué avergonzarse

¿Qué es un cine que se dedica a proyectar películas pornográficas? ¿Un lugar para romper tabúes o para reforzarlos? El cine Premier, más conocido como cine Maya, emplazado en el centro de la ciudad, sobre la Avenida Cuarta, es un espacio cercano al olvido. Socialmente es aceptado a medias. A medias, pues la aceptación se hace con los ojos cerrados: lo que no veo no existe. Y cuando existe es por un asombro momentáneo —«¡¿Un cine porno en Ensenada?!»— que rápidamente se convierte en asunto traspapelado.

Yo supe de él hasta hace unos meses cuando, después de un partido de fútbol, caminaba junto a un amigo y me dijo, «Mira, ése es el Maya». Me sentí ante un animal exótico, viejo. Había escuchado una o dos veces sobre un cine que proyectaba porno en Ensenada, pero, debo decir, lo imaginaba en un lugar periférico y no en pleno centro —aunque el centro de Ensenada, con locales arruinados y desatendidos que hablan de tiempos más felices que los actuales, es una «periferia céntrica»—. No lo podía creer.

Paradójicamente este cine es el único refugio cinematográfico que ha sobrevivido al monopolio de Cinépolis en Ensenada. Quizá la respuesta a la paradoja sea su particular oferta. Visto por fuera, el Maya, derruido y oscuro, ha asumido el lugar que la sociedad le ha dado; pareciera avergonzarse de sí mismo. Las vitrinas opacas en donde deberían ir los estrenos, están vacías. Las dos columnas rojizas que sirven de soporte del pabellón de la entrada dan la impresión de estar a punto de desfallecer. Al estar ahí es fácil preguntarse si la siguiente semana será desmantelado. Sin embargo, no es así. Resiste. Respira pausadamente, sin llamar la atención, a la sombra de la primicia.

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El cine Maya abrió sus puertas desde 1938, me comenta Miguel Moreno, el gerente del cine Premier. Dice que hasta el mismo Pedro Infante lo visitó. Se especializaba en películas de comedia, según recuerda. Moreno, que está en el recibidor, de corta estatura y afable, gentil y de fácil trato, con una serenidad típica de quien parece asiático y tiene el pelo cano (pues Moreno parece asiático y tiene el pelo cano), me recuerda más a un maestro de secundaria que a lo que me esperaba del encargado de un cine pornográfico. ¿Qué esperaba? No lo sé. Pero pese a lo indefinido de la imagen, sí algo distinto de lo que encontré.

Foto: Sofía González.

A la par de la rara sorpresa que es saber de un cine pornográfico surge la siguiente pregunta: ¿quién asiste? O, como mi abuela me preguntó al decirle que pensaba escribir sobre este cine, «¿Quién irá, si ya en la tele se puede encontrar de todo?». «Gente de todas clases sociales. Reservada. No quieren que nadie los vea», según Moreno. Y añade, con un dejo de incredulidad, «Vieras en Puebla, una ciudad donde hay una iglesia en cada esquina, allí van parejas y de todo. Allá son más liberales. Aquí la gente es muy persignada». En respuesta a la pregunta de mi abuela, habría que decir que el cine Maya ofrece algo que la televisión no: un descuento a las parejas, del 2 x 1, los martes y los miércoles. Le pregunto a Moreno qué tan frecuente es que una pareja entre a una función, a lo que me responde que esto es muy raro, no pasa.

Podría decirse que el cine Maya es un filtro de posturas conservadoras y aburridas. Pues si se lograra convencer a la respectiva pareja de ir y hacer de esta salida un encuentro romántico, ¿no se tendría la total seguridad de que se está en una relación abierta y ciertamente entretenida? Yo no corrí con esta suerte: invité a la chica que me gusta (encanta, para ser exacto) y me respondió, alterada, «¡Detente!» En Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Travis, el protagonista, invita a Betsy a una proyección del mismo género y es abandonado a los cinco minutos. No aprendí la lección.

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La entrada cuesta cuarenta pesos y, si se quiere, se puede estar desde las 2 de la tarde, hora en que abre, hasta las 9: 30 p. m., con un solo boleto. Decidí entrar, pues no había de otra, a la función de  La trampa —título discreto y enigmático para la acostumbrada falta de pudor de los nombres de las películas porno (Cachorritas, Ricas y mojadas). Al entrar a la sala, la total oscuridad del lugar me resultó abrumante. Sin ninguna luz que me permitiera ver dónde sentarme, estuve parado cerca de quince minutos. Me moví con el mayor sigilo posible, pues tropezar e interrumpir intimidades era lo menos que quería hacer. Como si se tratara de una aparición, un caballero, en medio de la penumbra, se materializó frente a mí con un rollo de papel higiénico en mano; fallé en discernir si lo ofrecía, gentilísimo, para quien, víctima de la gripe, se quisiera sonar la nariz, o si era para uso propio y oculto. Decidí que lo mejor era no preguntar.

Todavía de pie, me encontraba enfrascado desentrañando la trama de la película, pero no me dio ninguna pista concluyente la felación en la pantalla, aunque sí me percaté de que los protagonistas eran rubios, hablaban en inglés, el presupuesto era bastante bajo y los diálogos fueron escritos sin ningún afán literario; más bien como un mal necesario que precede a lo verdaderamente importante:

—¿Tienes alguna verga? —pregunta una trigueña despampanante con acento ruso.

—No, pero sí una excelente panocha —responde una rubia estupenda con acento californiano.

Pasados unos minutos, ya más dueño de mí, pude ver el pasillo y caminé hasta una butaca lo más aislada posible. De la atmósfera llamó fuertemente mi atención la concentración y solemnidad que se percibía en el lugar. En ningún otro cine, e incluso teatro, había sentido tanto respeto por parte del público hacia la proyección y los otros concurrentes. Un silencio total que producía la sensación de lazos de camaradería íntimos y patéticos. Inhalé con fuerza pero no reconocí un olor en particular, quizá sólo ese ambiguo tufo «a cerrado». Los espectadores eran pocos. Quizá unos diez en una sala en la que, afirma Moreno, caben hasta trescientos. Los asistentes se movían frecuentemente de lugar. Parecía que querían apreciar la obra desde distintos ángulos; desde todos los ángulos. Aunque, eso sí, sin importunar a los demás. Con la excepción de cuando en el ala izquierda vi un cigarro encenderse. Uno de los presentes se revolvió en su asiento y, mientras yo pensé que éste iba a regañar al de enfrente por fumar en un lugar público, convirtiéndonos al resto de los asistentes en fumadores pasivos y por esto mismo expulsarlo de la sala, la situación tuvo otro cauce: le preguntó al que fumaba, «¿En cuánto uno?», el otro, sin cobrarle, le pasó un cigarro.

Con el transcurrir de los minutos la trama se volvió más clara. Era un asunto de doble espionaje, de la KGB, de la Guerra Fría y de mujeres androides cuyas piernas están hechas en Singapur y sus «tetas en Hollywood». Cabe decir que si uno no tenía cierta noción de lo sucedido entre la Unión Soviética y Estados Unidos, antes de que cayera el Muro de Berlín, no pasaba nada, el director había logrado transmitir el mensaje sin pretensiones eruditas. Soporté cuarenta minutos. No fue el lugar ni la concurrencia lo que me hicieron salir, simplemente la pornografía, ya sea en la comodidad de mi hogar o en el Maya, la tolero en dosis pequeñas. Al salir de la sala me di cuenta de lo que por nerviosismo no noté en un inicio. En el mostrador se venden botellas de agua, Coca-Cola y café; palomitas, no. Retomé la plática con Miguel Moreno.

—Miguel, ¿me puede contar de la historia del lugar?

—Es muy viejo este cine. Inició en 1938. Después continuó así hasta que por ahí de 1985 comenzaron a pasar películas de sexo. Sin trama. Nada más a lo que se va. En el 2000 quisieron hacerlo un cine familiar.

—¿Tuvo éxito?

—No. Nadie venía, y es muy caro tener la concesión de los estrenos. Sólo duró tres meses así. La pornografía estaba ya muy arraigada. La gente como que no quiso venir.

—¿Cuántos asistentes vienen en promedio?

—Unos cuarenta. Antes venían más. Unos cien diarios.

—¿Lo recolectado en la taquilla es suficiente para mantener a flote este cine?

—Casi no hay gastos y el dueño tiene otros cines en Tijuana, Puebla y el D.F.

—El lugar desde fuera pareciera abandonado. ¿Qué sucede?

—El patrón hasta el siguiente año va a aprobar el presupuesto para que se pinte.

—Señor Moreno, ¿ha sufrido por su trabajo algún tipo de incomprensión, de prejuicio social?

—No, es un trabajo y no tiene nada de malo. Mucha gente me conoce. Mis familiares lo saben. Yo me dedico a lo mío: abrir y cerrar, y hasta ahí.

—¿Desde hace cuánto trabaja aquí?

—Dieciséis años.

Le pregunté que dónde estaba el baño. Me señaló que a mi derecha, con cierta sorpresa de que no lo hubiera visto, pues no hay mucho en la antesala aparte de paredes descascaradas… y baños. Entré, oriné y al intentar lavarme las manos me di cuenta de que no salía agua del lavabo. Me acerqué al señor Moreno y, por decencia, no estreché su mano. Algo en su mirada y en sus manos guarecidas en los bolsillos de su chamarra me hizo pensar que él, por decencia, pero sobre todo por conocer el estado de los baños, tampoco pensaba estrechar la mía. Nos despedimos, le agradecí, y al salir del cine lo hice con la frente en alto. No había nada de qué avergonzarse.

 

*Asael Arroyo (Ensenada). Estudió en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es director de la revista “El Septentrión”. Ha publicado en Apuntes de Rabona y Pez Banana. El texto que presentamos es un adelanto del libro Viaje de un ensenadense inocente, con el que ganó el Premio Estatal de Literatura de Baja California 2016, en el rubro de Periodismo Cultural.