Dos disparos. ¿De qué nos reímos?

Dir. Martín Rejtman.

Protagonistas: Rafael Federman, Benjamín Coehlo, Susana Pampim.

Duración 104 minutos.

Los dos disparos del título son los que Mariano, el protagonista, se pega cuando a la llegada de una discoteca se encuentra un revolver en casa de su madre. Aunque debió haber muerto con los dos proyectiles, sobrevive sin daño o secuela aparentes. A partir de allí seguimos a Mariano, pero también a su hermano Ezequiel y a Susana, la madre de ambos.

Cabría esperar que el punto de inflexión para la vida de ellos fueran los disparos, conocer los motivos por los que Mariano lo hace y la forma que esta decisión inesperada sacude su vida y la de su familia. La premisa es atractiva, pero no sucede así. Ante el psiquiatra que lo ve, Mariano confesará un argumento muy parecido al de Meursault, el protagonista de la novela El Extranjero, de Albert Camus, para justificar su acto. No volveremos a saber más al respecto. A partir de esta confesión se entiende que los dos disparos serán tan sólo una eventualidad, ni siquiera el hecho fortuito que marca un antes y un después.

Puede pensarse que esta inanidad, éste no pasa nada ni hay nada nuevo bajo el sol que me afecte, es un síntoma de la vida actual, donde nos protegemos y aislamos de tal manera ante el mundo para que no nos dañe que acabamos aislados y aburridos, incluso de nosotros mismos. Y si bien hay un par de escenas donde la madre de Mariano externa preocupación (ocultar los cuchillos de cocina y el revólver, por ejemplo), se agregan otro par donde dicha preocupación se diluye y acaba pareciendo una especie de comedia absurda más que una propuesta existencialista (dar el revólver a Ezequiel para que éste lo termine escondiendo en el único lugar donde sí lo puede encontrar Mariano). Los personajes entran y salen, van y vienen mientras se cruzan o topan con personas que acarrean extrañeza a sus vidas: no molestia ni hastío, pero tampoco felicidad. Sin embargo, existen momentos donde un humor, que se antoja más involuntario, nos contagia como espectadores y nos pone a reír. Luego nos preguntamos, ¿de qué nos reímos?

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En la cinta se mantienen elementos que, cabría pensar, están puestos allí con un fin determinado, pero tampoco se hace claro para qué. Estos son los timbrazos persistentes de los teléfonos que suenan y suenan en donde estén y a donde vayan los personajes. ¿Es el ruido que hace eco a los disparos o es el ruido que hace la vida para que atendamos al mundo, aunque no se pueda, aunque no haya saldo o crédito? Y otro, la gran cantidad de tomas en oscuridad que el director nos obsequia pero que tampoco logramos entender con qué fin, sin que quede claro lo que persigue con esta estética.

El director ha señalado que cuando se encuentra filmando y ya conoce todo lo que sucederá a sus personajes y en qué derivará la trama, cambia la historia de manera que él mismo no sepa bien a bien qué sucederá y de esta manera sorprenderse. Que esto es lo que le interesa como director. Como es previsible, su manera de filmar se vuelve un riesgo cuando el guion que debe soportar toda película no acaba de cuajar los cambios que se van haciendo al momento y pudiera dar la impresión de antojos más que de objetivos deliberados. Y más si los cambios no están justificados por una visión de conjunto que acabe de dar cuerpo al producto fílmico que ha de entregarse.

Alfonso López Corral. Es escritor e investigador.