Diógenes (el primer conceptual) y los perros del cinismo

Se dice que el arte conceptual es aquel que reflexiona sobre sí mismo. Un ente ideal más sustentado en el bagaje de su creador que en un producto final (o soporte). De allí que muchas de estas manifestaciones sean consideradas meras exégesis sobre temas determinados; y que para los desentendidos de las disposiciones contemporáneas, la mayoría de lo que se exhibe actualmente en museos y galerías sea una soberana estupidez. Globos que jamás se pinchan tendidos sobre una cama de cuchillos, un tiburón podrido en formol, imágenes desposeídas de significantes que se hacen acompañar de sesudos textos informativos, la foto de un cerro pelado. En la órbita en la que giran las obras conceptuales el registro referencial es la clave para mantener el sentido de su propósito.

Si bien el arte (entendido con la acepción que tanto defienden los puristas y académicos  como búsqueda de belleza a través de la técnica) está cobrando fuerza de nuevo, pareciera una exigencia de nuestros tiempos los tratados y elucubraciones especulativas que acompañan la narrativa de las obras. Ya no se trata de generar actos puros de habilidad y lirismo. Hoy esos actos tienen que ir acompañados de tesis formales o marcos teóricos: filosofía de acné, diría Vicente Gris*. Una filosofía que invariablemente está destinada a señalar los excesos del capitalismo. Uno de esos excesos, podríamos citar aquí: las expresiones creativas vacuas financiadas y premiadas por instituciones públicas.

Para llenar los moldes de la representación conceptual del arte, como lo es el performance, el happening, la intervención, la poesía visual, la instalación o la fotografía, entre otros; el creador inverna una idea, una metáfora a representar. Aquí la primer etapa, la del registro. Después de revisar el acervo con el que cuenta para desarrollar su temática, el autor crea su propia versión y en algunos casos, dicha versión resulta una mera apropiación de las ideas de otro autor (la apropiación sería la licencia poética de los creadores conceptuales).

Entendemos que con los ready-mades de Duchamp sucedió una especie de giro copernicano, esta concepción kantiana del conocimiento que explora más en el pensamiento que en el objeto del mismo. Al poner en tela de juicio el valor estético (y comercial) de la producción artística que se exhibe en los museos, La fuente (1917) no sólo evidenció el desgastado universo de las artes plásticas; de refilón puso de manifiesto la necesidad de cambio: un arte menos decorativo y efectista por uno cargado de cinismo y especulación intelectual. Pero hasta Duchamp sabía que los clásicos ya habían tenido esta reflexión (¿sobre qué tema no meditaron los helénicos?), y que la de ellos fue todavía más radical y punzante que la de él; por no decir que sucedió casi cinco siglos antes de nuestra era. Y para ser más específico fue con el discípulo de Antístenes, el gran cínico Diógenes de Sínope (412-323 a. C) que esboza con sus actos de sabiduría la manera conceptual de idear la manifestación creativa.

Si indagamos en Diógenes encontraremos que se le ha relacionado en estudios sobre el comportamiento de vagos y pirados que recolectan basura. Esos personajes que van desgarbados y sucios cargando una impresionante cantidad de bolsas con los objetos más inútiles. El síndrome de Diógenes, le llaman. Sin embargo este filósofo, de la vertiente socrática, era la antípoda de lo que hoy se presume. Sucede que el pensador, al contrario de compilar, se desprendía de cualquier artículo que no fuera absolutamente necesario para su existencia (aspecto que la conjura Shandy retoma). A Diógenes no sólo podríamos atribuirle el morral del primer artista conceptual y anticapitalista de todos los tiempos; también me atrevería a nombrarlo el primer anarquista punk de la historia. Pero ese es tema para otro artículo. Para el que nos ocupa basta con internarse en las fascinantes páginas de Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos ilustres, de su homónimo, el historiador Diógenes Laercio (Siglo III d. C) y Diógenes, el labrador del cinismo, de Xiniades (234 a. C.). También podemos encontrar referencias de sus performance en Los diálogos de Platón (427- 347 a. C), pensador que consideraba a Diógenes un Sócrates desquiciado; además de una constante piedra en su zapato.

Entre los happening más célebres de Diógenes, el que más se cita es en el que salió por las calles de Atenas, con lámpara en mano, buscando hombres honestos, ya que en su camino sólo encontraba despojos: la provocación como rasgo fundamental en sus actos. Otro más fue cuando acudió a la Academia de Platón acompañado de una docena de perros, sus files compañeros. Al lograr ingresar al recinto con todos sus canes, Diógenes comenzó a actuar como un perro rabioso: mordía los muslos de los discípulos de Platón y los correteaba por los jardines de la Academia. Cuando Platón le preguntó por qué hacía tal cosa, Diógenes le contestó: “para que tus discípulos aprendan a respetar a sus líderes”. La Academia de Platón era uno de sus lugares predilectos para fraguar intervenciones. Como la ocasión que lanzó pollos, que él mismo había desplumado, en el patio del liceo. Su finalidad era burlarse de la irónica definición de hombre que Platón le había dado a Sócrates: “el hombre: un bípedo implume”. “Platón, acá te he traído algunos hombres”, le dijo al finalizar su pieza.

Recordemos que Diógenes vivía en lo que hoy podríamos considerar una instalación. Rodaba con una enorme tinaja por las calles atenienses (de allí la idea de Chespirito en la configuración de su personaje más célebre, el Chavo del ocho). Resguardado en su tinaja escribía sentencias de las que no quedó registro. Cuando la gente le visitaba para pedirle consejo, se arriesgaban a ser perseguidos por sus perros o mirar rodar su tinaja y escuchar a la distancia alguna canallada que era tomada con humor y respeto. Se dice que cuando lo invitaban personas de clase alta a ofrecer algún discurso, Diógenes acudía solamente para humillarlos. Como la anécdota en la que se narra la invitación a cenar que le hizo un rico comerciante, con la única cláusula que no escupiera en el piso de su casa (Diógenes era un gran lanzador de esputos). Después de comer, el primer creador conceptual juntó todas las flemas en su interior y las lanzó de un certero escupitajo en la cara de su anfitrión, argumentando después que no había encontrado un lugar más infame dentro de la casa donde pudiera hacerlo.

Un crítico del poder, como queda registro cuando se le acercó Alejandro Magno, que lo admiraba en secreto, presentándose ante él y ofreciéndole que le pidiera cualquier cosa. A lo que Diógenes contestó: “Cualquier cosa, entonces apártate, me tapas la luz del sol”.

Un incisivo constructor de actos sin obra. De parábolas incómodas y certeras. El corrosivo instrumentador de ironías que todo artista conceptual, y filósofo contemporáneo, sueña con llegar a ser.



Concepción Matas-Arenas