De humanidad y ratas

La rata está plagada de humanidad, la carga de simbolismo mediante la cual es nombrada dice muchos sobre nuestra moral, nuestra conducta y nuestra condición. Hay que reconocer que el ser humano, en términos de paleontológicos es un arribista y un recién venido, todavía no termina de asimilar su condición, y así, desconfiado, cuestiona su posición en el planeta y teme la pérdida de sus privilegios, de ahí su paranoia y temor. Decir que se es pobre como una rata o manifestar que estos roedores serán los primeros en abandonar el barco es un poco sincronizar las motivaciones de ambas especies separadas, ambas temerosas, ambas taimadas. Ambas historias van en paralelo, ambas especies se ven de sesgo, adivinándose las intenciones. Estos roedores, en sus oscuras líneas de tiempo nos intuyen, se saben habitantes del mismo barco que han decidido no abandonar, son los supervivientes por excelencia y representan la picardía y libertad, el play fast and loose shakesperiano que las vuelve resilientes y adaptables a cualquier circunstancia, un poco como los seres humanos.

De la picaresca y la simpatía hasta el temor y la fobia, la rata y nosotros hemos vivido siempre en habitaciones separadas, sus defensores y apologistas hablan de sus antepasados roedores que se alimentaban de huevos de dinosaurio para allanar el camino a los seres humanos. Sus detractores no olvidan la peste bubónica, las afrentas personales, la insalubridad de la que se rodea, las enfermedades que transmite. A este roedor lo asociamos con la oscuridad, lugar al que lo hemos condenado y temer la noche es tan arraigado que no nos alcanza la memoria para dilucidar cuándo empezó esto. En la Antigüedad, el factor de oscuridad total nos hacía temblar de miedo. Nos preguntamos qué fue primero, la oscuridad o lo que pensamos está detrás de esa cortina negra, bosque encantado, murmullos del viento que rozan las ventanas y golpean la puerta, rechinidos que nos acechan cuando la noche recupera su silencio y vienen los otros ruidos, los vedados por la luz y por las jornadas diarias, el sonido de las ratas contumaces inventadas por nuestros miedos.

La cultura crea ciertas palabras para la ausencia de color, se dice black en inglés, para referirse a carencia de la misma, pero lo opuesto, que es blanc en francés, también es una forma de nombrar la ausencia, el vacío, el blank anglosajón o espacio en blanco, la nada. Lo que tememos es lo que hay dentro, la boca del lobo, el tupido bosque, la selva negra; al final, la ausencia del color tiene que ver con la incertidumbre y el desconcierto. Las mitologías vienen de nuestra ausencia de luz, en sentido literal y metafórico. El proceso racional es posterior, es el otro mito que vuelve comprensibles ciertos fenómenos. Y en mitos anteriores, también debe haber algo que explique las sequías, los truenos, los animales feroces y las plagas. Eliano, en el siglo II, decía que cuando llovía en Egipto y empezaban a caer las primeras gotas, entonces nacían ratas al instante. La idea de la generación espontánea también es muy característica de la Edad Media, para la mente medieval, la rata se engendraba sola en las acumulaciones de basura. Si un poeta como José Carlos Becerra hablaba de los gatos como «sucesos imprevistos de la ceniza», la rata es la condensación de los detritos y de los caldos de cultivo en nuestras acumulaciones y desechos. La presencia del ser humano está asociada a los vertederos, ambos presencias se dan de manera automática, la existencia de los múridos anuncia la presencia del ser humano y viceversa, porque ambas especies son enemigas y contiguas.

Pero la contigüidad de nuestros miedos también tiene relación con los estamentos sociales propios, un grupo social es la rata del otro. Una clase social no quiere saber de la que está al lado y a la que condena al ostracismo, al patio trasero donde está la basura. Así como las ratas, los pobres de este mundo viven en el hacinamiento. Alguna vez saludé a un mendigo, noté que su mano era blanda y cartilaginosa, tanto que parecía deshacerse tan sólo de apretarla; además, la cubría una pátina viscosa hecha de capas geológicas de añosa mugre. Era como si en aquella mano el detritus del mundo se hubiera coagulado en una infeliz licencia para saludarme. Fue en esa coincidencia brutal y anodina de infortunios diarios donde me di cuenta de que se desmerecía del mundo y de nosotros. Imaginé que los mendigos, como las ratas, surgían como un Golem de los desechos del mundo que se apelmazaban, se me hacían improbables y absurdos como sacados de ninguna parte. Pensé que eran el producto de nuestro consumo conspicuo y desenfrenado. Sólo tuvo que sacudirme un poco y salió de mí el metálico que buscaba. Comprendí que para algunos somos simple dinero contante y sonante, y para otros, simples ratas que provienen de la basura.

Un poco más de etimología para seguir con esto. Así como owl o búho viene de la onomatopeya del sonido del animal que aúlla, tal y como howl, denota el aullido de auxilio animal y personal, y la palabra «ayuda» puede sonar como el ruido de una persona mandando un «ay» como señal de alarma. La palabra rata, según el libro de Bourdon de Sigrais, en su Historia de las ratas (1783), deriva de otra onomatopeya, rat, que viene de rasser, rasurar o rasiller, rastrillar, en el lenguaje parecen coincidir los momentos del acto, el sonido trae aparejada la actividad y la identidad de quien la realiza. La palabra rat lleva con ella el acto de roer, el miedo al animal y su rechazo. Al silencio lo interrumpe el martilleo de unos sonidos que también son palabra. La hipótesis más extendida, es que la palabra puede venir del bajo bretón raz, o ractz, y del alto alemán ratz, el sonido de quien «roe, raspa o escarba». Como el sonido de un taladro neumático que no nos deja dormir e interrumpe la tranquilidad del sueño. El campo semántico relacionado con los ruidos de la rata abunda en aliteraciones que reproducen esa inquietud: rata, roer, murmurar, escarbar, raspar, corromper, rodear, rastrillar…La rata habita en el inconsciente del hombre desde su lenguaje.

Es en el submundo de las ratópolis donde habita el llamado «rey de las ratas», más no se trata un líder de la sociedad ratonil que vive en alguna oscura alcantarilla y que tiene el tamaño de un capibara, sino que es un cuerpo hecho de otros muchos cuerpos de ratas que entrelazan sus colas para formar por medio de una red de colas unidas, una sola entidad. El fenómeno no se entiende y permanece como uno de los grandes misterios de la naturaleza, el tamaño de estas formaciones y acoplamientos varía, según el libro de Michel Dansel, Nuestras hermanas las ratas (1979), entre seis y doce individuos y han llegado hasta treinta y seis, y se han encontrado en algunos países europeos. Kathrin Passig y Alex Scholz en su Enciclopedia sobre la ignorancia (2008) aborda este fenómeno como una de sus cincuenta cuestiones cuyo misterio nos desconcierta. Por fortuna es un fenómeno muy raro. Como el rey de las ratas no puede desplazarse, es alimentado por los miembros jóvenes de la familia. Se sabe poco sobre este fenómeno, o sobre la matemática de sus anudaciones, tampoco se la razón por la cual no existe un rey de las ratas formado por seres humanos o por canguros, o si esta formación rateril tiene el objeto de darle la forma a un trono destinado a una rata gigantesca y mesiánica esperada por miles de años.

Pero no hay nada de majestuoso en la carga de significaciones que le hemos dado a este animal. Sus connotaciones son bastante negativas. Las palabras no pueden separarse de su semántica. Así, aseveraciones como aquella que dice que «los cerdos son animales muy sucios, no en balde se llaman cerdos» viene a representar la idea de que las palabras pueden llevar en sí mismas la carga de un estigma del que no podemos sustraerlas. Llamar rata a la persona que roba, hurta, rapta, o un mafioso que traiciona (como en la cinta de Scorsese, Los infiltrados, que juega con el simbolismo de esos roedores), o uno de nuestros políticos venales, viene de esa seña imborrable, de la suma de malos entendidos que ha condicionado nuestra relación con las ratas, y también, es una forma de especismo, que considera a los otros animales como seres inferiores. Un ejemplo de esto se encuentra en Sector 9 de Neil Blomkamp, los extraterrestres, es decir, los extraños, los otros, son llamados «gambas» o «langostinos», que tienen un poco de insectos y un poco de cucarachas, se practica una discriminación moral al asociarlos los animales podrían repugnarnos. La civilización ya eligió a su enemigo desde hace tiempo y no hay mucho que podamos hacer para remediarlo.

Mido 1.60 de estatura así que en algunas culturas soy una especie de pigmeo, esto me hace recordar a un compañero de la universidad preguntando por mí: «Pero, ¿quién es esa ratita?», aludiendo a mi estatura. No lo dijo con mala intención y no debe resultar extraño ser llamado rata, ratón, rato o ratesa si somos un tanto atípicos, ya que no se le puede pedir a una sola persona que vulnere, con un golpe de cincel, muchos siglos de condicionamiento social que se refiere a lo distinto, en ocasiones, en términos despectivos. Los alemanes llamaban ratas a los judíos que se escondían en la campiña francesa durante la Segunda Guerra Mundial y los estadounidenses llamaban ratas amarillas a los guerrilleros del vietcong. Los mexicanos llamaban «caballos» y «bolillos patones» a los gringos, un poco para devolverles el favor por tantas humillaciones e invasiones en el siglo XIX, y siguen los malos entendidos y la mala leche: los mexicanos somos para algunos de ellos, una versión de la rata. Es muy conocida aquella escena de Quentin Tarantino en Bastardos sin gloria que abre la cinta con el personaje de Hans Landa (interpretado por Christoph Waltz e inspirado en Reinhard Heydrich) cuando llega a una cabaña en Francia buscando a un grupo de judíos que se esconden en el sótano. Como es propio de esas escenas donde abundan las digresiones y las argumentaciones interminables que solo contribuyen a crear maliciosamente tensión en el espectador, Hans Landa empieza a realizar una larga perorata sobre los judíos y sus muchas semejanzas con estos animales, la escena termina en una carnicería en donde los judíos son perseguidos a punta de metralla y cazados como alimañas.

Es claro que para los alemanes no solo eran ratas, usaban otros nombres; un ejemplo, en los campos de concentración, para despersonalizar a los individuos que asesinaban usaban términos como «piezas» y «muñecos» pero también se referían a ellos como Ungeziefer que es la palabra para designar cualquier plaga, en términos generales; ésta es la misma palabra que usaba Kafka cuando hablaba del insecto de su transformación. Kafka pudo intuir este menosprecio sobre las personas y que la historia validaría. Así como las ratas que no pueden abandonar el barco cuando empieza a hundirse y como los perros de Constantinopla deportados en 1910, los judíos de los guetos serían deportados o morirían de inanición y de enfermedades en esos asentamientos. Mur y mus se usaban en el antiguo castellano para referirse tanto a ratas como a los ratones y ese tratamiento de ratas dado al pueblo judío inspiró a Art Spielgeman, a través de la novela gráfica Maus (1977-1991), a representar la historia del Holocausto con personajes animales, en ese cómic, los judíos son ratones, que para la sociedad, son menos repugnantes, pero no por ellos dejan de ser vistos como plagas; y los alemanes son gatos, el autor narra las experiencias de su padre durante el Holocausto, en Polonia. Maus es considerada por la crítica como una de las mejores novelas gráficas de la historia.

La rata nos habita en nuestros miedos más profundos, tal vez nos recuerda lo que no queremos ser o nuestra indigencia en los albores de la civilización y de la cual no queremos acordarnos. Se queda a la deriva, en la periferia, alimentándose del subproducto de lo que somos. Su vida inicia donde termina la de nosotros. Algún día nos iremos de aquí, mientras tanto, ellas esperan con paciencia su turno para quedarse con todo. Sus defensores arguyen que es el buitre de las alcantarillas que se encarga de nuestras carnes muertas y desechos, y que esa tensa relación con las sociedades humanas es fruto de un malentendido que es preciso erradicar. Siempre nos empeñamos en no escuchar ese mur o múrido, ese murmullo en las sombras del que roe y que está debajo de la escala. Tal vez la rata fue inventada para calibrar y medir nuestros niveles de intolerancia.

 

•Noé Vazquez (Puebla). Es escritor y ensayísta