De frente con el adversario

Es una idea extendida que la innovación en literatura se debe al juego y la irreverencia con la que son tratados temas, técnicas y procedimientos que lucían agotados, prisioneros dentro un marco rígido como el corsé de agujeta de la Marquesa que siempre sale a las cinco a comprarle a su dealer. Temas, técnicas y procedimientos, decía antes de desviarme un poco pero nunca lo suficiente como Sterne, cautivos dentro de un bonito cristal a la espera del muchacho terrible que habrá de romperlo. El iconoclasta, pues. Esta idea extendida a menudo mete en problemas a quienes se ponen a darle vueltas. ¿Qué fue primero, el ícono quebrado o el iconoclasta?

Por eso a menudo me he preguntado si la experimentación en literatura, que ha llevado, entre otras muchas cosas, a cruces de caminos, es decir a la combinación de géneros, se inicia con una duda acerca de la capacidad del que escribe y no con un afán de no usar lo ya usado y de innovar. No estoy seguro de que el objetivo sea la innovación debido al hartazgo de modos y formas manidas. Antes bien, pienso que es el respeto (y cierto temor ante el propio talento) lo que lleva al uso de técnicas y procedimientos nuevos, a la mezcla de géneros, por ejemplo, porque se intuye o se cree que no es posible decir o comunicar con la misma efectividad con la que anteriormente se ha hecho. Porque el objetivo siempre ha sido, ese sí, comunicar, decir algo y que dentro de lo dicho lleve su propio mecanismo para la comprensión.

¿No es el asombro, que suele dar paso al respeto y admiración, lo que nos embarga cuando leemos un libro que señala aspectos de la vida que hasta ese momento creíamos indecibles o prácticamente incomunicables (por sagrados y graves; aunque el recurso que mejor los represente a veces sea el humor, no importando que se hable de la muerte)? Pienso lo anterior cuando reviso obras como El adversario (1999), de Emmanuel Carrère (París, 1957), y me queda más que claro que la forma en la que eligió desarrollar el tema fue la más indicada.

El adversario (no creo que a estas alturas incurra en adelantos o spoilers, pero por si las moscas, los que no hayan leído el libro o averiguado en internet de la vida que trata o incluso visto la película, pueden dejar de leer en este momento) cuenta la vida de Jean-Claude Romand, un francés estudiante de medicina que a punto de terminar sus estudios decide abandonarlos, posteriormente hace creer a su familia y amigos que es médico investigador de la Organización Mundial de la Salud y mantiene la mentira por más de quince años. Cuando está a punto de ser descubierto, asesina a su esposa, a sus hijos y a sus padres.

Habituados como estamos a un mundo de violencia, donde gracias a internet nos enteramos casi en tiempo real de los hechos más atroces, quizás un parricidio y un filicidio no nos sorprenda o nos conmueva como debería, porque lo que atrae de este caso es el tiempo tan largo (dieciocho años) que un hombre más bien apocado pudo sostener una mentira de tal magnitud, porque no sólo decía que era médico de la OMS, económicamente se comportaba como si lo fuera. Y ya sabemos, en este mundo lo único que no se puede esconder es la falta de dinero. Esos dieciocho años (una vida) de mentira debieron ser un infierno para alguien que era un pobre diablo.

La vida de Jean-Claude era oro molido tanto para novelistas como para biógrafos: personaje y trama sin igual no iban a encontrar. Esos dieciocho años eran la ballena blanca del capitán Ahab y Carrère se traga el anzuelo, supongo que atraído por justificaciones como las que dio Romand cuando lo interrogaron por sus crímenes: “Su familia no aceptaría la verdad”.

El autor retrata la vida de Romand con el respeto que le merece el caso y con el afán de, además de contar, comprender al hombre. Mantiene entrevistas, hace investigaciones y todavía dudando, todavía con el temor de banalizar el tema, de no llegar a decir lo que hizo Jean-Claude (no sus asesinatos, sino todo, incluido el acto previo a los crímenes, lo que lo llevó a esos momentos) se pone a escribir un libro lineal, sin alardes técnicos, sin afanes retóricos, incluso sin distancia moral, para acercarse de la forma más directa posible al tema que lo escogió para ser contado al mundo. El resultado es, por algunos momentos (porque de otra forma sería inaguantable, insostenible), un encuentro con el mal, un encuentro con un pobre diablo que brevemente se convirtió en Satanás. En manos de un escritor menos capaz o con otros afanes menos humildes, sólo hubiéramos tenido un caso más de la deprimente nota roja.

A lo largo de estos años he revisado el libro varias veces, ya sea de principio a fin u hojeado ciertos pasajes, tratando de detectar en qué momento el autor me enfila hacia las escenas donde más temor siento, tratando de detectar cómo lo hace, qué dice, cómo lo dice, y no acabo de pescar el truco. Igual siento la ansiedad ante al hombre, el temor, como si vislumbrara cosas prohibidas. Me respondo provisionalmente, siempre provisionalmente, que no hay otra cosa más que palabras diciendo los hechos sin ningún afán de engaño, luego dudo y me pregunto si no son los hechos los que van dando forma a esas palabras para toparnos de frente con el Adversario.

 

∗Alfonso López Corral (Navojoa, 1979). Autor de La noche estaba afuera (Tres Perros, 2011) y Musiquito del Talón (Tierra Adentro, 2013).