De batallas y desiertos

De abajo hacia arriba, de izquierda a derecha, ese fue el trazo. La ruta la llevo bien grabada. ¿Se puede volver alguna vez al mismo sitio? Sólo la nostalgia vuelve, supongo. Acomodada en un sillón que ahora está en el lugar donde antes se encontraba mi cama, veo un sinfín de palabras atravesar la madrugada. Duermo poco, luego recuerdo imágenes que aún no se desvanecen pero tampoco están definidas. Los primeros años fuera de casa extrañaba la comida, la comodidad, aunque no tanto porque todo era nuevo y yo estaba tan distraída. La primera añoranza llegó con el cielo, con la ausencia, algo inefable. Cuando mi abuela viajaba a Hermosillo, decía mi madre, se sorprendía de lo bajita que era esta ciudad, de la cantidad de terrenos baldíos que podían distinguirse desde que el avión descendía. Ya no hay tantos espacios desiertos. Hay más luces. Pero ahí siguen los cerros, más altos que el resto de la ciudad.

Batallas en el desierto. Supongo que compuse el título inconscientemente cuando la razón quiere ganar el territorio del sueño y empieza uno a darle sentido a una serie de fragmentos sin contexto. Como un señuelo, esta secuencia arrastró mi pensamiento a otros olvidos, espacios de reconstrucción. Hacía años había dejado en esta misma habitación una imagen por comprender y una crítica que nunca llegó a manos del responsable de aquel evento.

Viajé de la Ciudad de México dispuesta a instalarme, después de diez años fuera, en un lugar más tranquilo. No calculé que los espacios tranquilos están llenos de fantasmas. En diez años se había borrado la ingenuidad casi por completo. Decía una profesora que en el desierto uno debe hablar más fuerte, hacer más grandes los gestos, porque el espacio se come todo. Ahora pienso que también el silencio debe ser más intenso aquí porque los mensajes que se guardan tardan mucho en llegar. Hay ecos escondidos en el viento, pero aquí el viento corre tan caprichoso que es difícil saber si huye o se va burlando. Todo esto, de alguna manera, se mezcló con la sensación del Museo de la Universidad de Sonora. El espacio estaba cerrado por remodelación. Un grupo de danza contemporánea había solicitado el acceso para realizar una función.

Crecí deambulando el museo en ruinas, la remodelación no lo hacía más tenebroso de lo que siempre ha sido. Recordé todas las noches que pasé espiando en el brillo del linóleo el momento en que los artistas pisaran la escena, antes que la pesada cortina se abriera. Recordé la sensación en el estómago. Subimos tres pisos por la lúgubre escalinata. Sí, siempre fue así también: el chirrido de la madera, los rastros de las palomas se le quedaban a uno en la garganta. Después de una puerta de fierro oxidada estaba una pequeña terraza. Parecía que quedaban algunos recovecos por descubrir en mi viejo museo. Había una instalación de cuerpos, porque eso no era una función, era una instalación. Hubo que ponerse pegado a la pared para no estorbar en aquella escasa superficie.

Algo de música, poco a poco los cuerpos que pendían de un tubo envueltos en redes de pescar comenzaron a buscar los huecos para escapar. La ciudad bajita reposaba como siempre con las luces encendidas. Hubiera preferido que en vez de música fuera sólo el viento. Me deshice del piso. No podía ignorar la belleza del cielo limpio. Los cerros en la penumbra. Unos cuerpos flotando por encima de aquello como uno de esos cuadros sin perspectiva. Y el vértigo.

Entonces, por intercesión de un buen amigo, el coreógrafo me solicitó una crítica que pudiera incluir en su carpeta de presentación. Habría preferido no desarticular lo que había ocurrido. No tener que omitir los detalles que ensuciaban lo bien logrado. Pero era sólo cuestión de buena intuición, era una búsqueda, un trabajo en construcción. Me dije, escribe sobre la vulnerabilidad del cuerpo, incluso del cuerpo mejor preparado. Tremendo tema ese de la vulnerabilidad del cuerpo que se hace fuerte y ligero para ser manipulado. El medio de la danza es el cuerpo: el cuerpo se expone, hace presente la ausencia de los susurros y las indicaciones, el secreto de la obra. Comencé, me detuve. Ni yo ni la obra estábamos listos.

Pensé en conocer más de los involucrados. Temí ser injusta. Pero estaba en lo cierto, aquellas redes eran frágiles, vulnerables. La imagen se volvía vivencia. Dicen que uno siempre encuentra lo que busca, o que jamás escapa de ello. Yo no quería verme de frente con la docilidad del cuerpo ni con la tiranía de quien lo hace pender de un hilo. Sobre todo, no quería mencionar la huida artística de aquellos jóvenes, su falta de madurez respecto a la propuesta. Había tantos motivos abandonados, tantos elementos dejados en el aire. Faltaba llegar a las últimas consecuencias de la idea creativa, entender la red y el vacío.

Algo me ha susurrado que tengo una deuda. Confieso que desde entonces supe que aquel era un momento del que no volvería igual, así que la crítica a la propuesta artística es una imposibilidad ya. Ahora sólo puedo hablar de una obra que no finalizó y que yo sólo podría continuar creando al intentar reponerla. No sé cómo llamar a este documento: quizás un encuentro a destiempo. He aquí, sin embargo, algo que decir: la facultad artística es innegable, el cuerpo ante el vacío dice todo en cuanto a su intención; la búsqueda es limitada, se pierde en el riesgo, no se salva.

Un cuerpo que ha adquirido la conciencia de estar envuelto por algo que lo limita naturalmente, pondrá en juego una serie de tensiones: la representación da ese paso: el artista no va más allá. La desesperación de los seres colgando los llevaba a repetir una y otra vez movimientos que los llevaron a colarse por las intercesiones del contenedor, lo cual sólo propiciaba la deformación de la figura original. Potencialmente, podríamos imaginar que una cosa iba dar paso a otra. Hizo falta tiempo, paciencia para que silencio y vértigo formaran algo auténtico. El arte siempre oculta una verdad, pero ésta se encuentra únicamente presente en la inmanencia de la obra misma.

Las rupturas con las estructuras tradicionales del arte han descartado la necesidad de que el artista dimensione en su obra una vía de acceso y una vía de salida. Esto se ha considerado tan sólo un modelo superado. La obra puede presentar la estructura que mejor les plazca de acuerdo a sus propósitos, pero es preciso tener, al menos rozar, la conciencia de la obra. El tiempo de la obra, es el pulso. Cuando el artista da con el pulso de la obra lo puede romper, suspender, ocultar o resolverlo para tranquilidad del receptor. Si el pulso ha sido distinguido es cuestión del espectador descifrarlo, dar entre el tiempo de la obra y su presencia extemporal.

Hubo un tiempo para hacer algo más. Hubo un tiempo para crear algo realmente bueno. Han pasado cinco años y nunca he podido dar por terminada ninguna otra propuesta por parte del mismo equipo. Pero uno nunca sabe. Como ahora esa imagen ya es más mía que nada, cierro los ojos he imagino que estoy dentro la red: imagino que necesito la claridad de un cirujano para ubicar con exactitud cada parte de mí, incluso la actividad de mis órganos, el recorrido de la sangre, el paso del aire, el peso de mis huesos, la tensión de los hilos… volteo lentamente hacia arriba sin temor a descubrir el truco. He llegado a la conclusión de que el punto central de la instalación está en el nudo burdo y sin mayor atributo que sostenía cada cuerpo.

 

Ana Sordo (Hermosillo, 1983) Estudió historia y teoría del arte, centrada en el arte contemporáneo, sus relaciones con la cotidianidad y los espacios urbanos. Cocinera por vocación.