Chastity Belt y el eterno retorno por Alejandra Velázquez

No hay grises en una batalla de blancos y negros morales

Mi identidad musical se formó en la adolescencia, y yo fui una adolescente mega alternativa y ultra feminista. Bikini Kill era mi estandarte y juraba que el grunge no había muerto. Todo lo bueno salía de Seattle y el poder femenino era vida.

Luego crecí y esas luchas pasaron a ser las de alguien más, y al dejar de ser más mías las despersonalicé por completo hasta volverse luchas molestas, fastidiosas, feminazis peludas que no dejaban ser a los demás.

A lo largo de la vida he tenido una relación de amor-desprecio con el feminismo (odio es una palabra muy fuerte, odio a los nazis pero no a las feministas) y con la femineidad. Crecer en un hogar sumamente conservador te convierte en una más de la congregación de mojigatos que no teme decirle “puta” a quien elige libremente sobre su sexualidad, o en una puta que elige libremente sobre su sexualidad. No conocía grises en esta batalla de blancos y negros morales.

Deja que toque, pero no lo dejes entrar.

La primera vez que escuché a Chastity Belt iba en un autobús que salió de Guadalajara con destino a San Luis Potosí. He recorrido ese camino muchas veces; son poco más de cinco horas que el milagro de la tecnología nos ha hecho más fácil sobrellevar a través de el Wi-Fi y enchufes para aparatos electrónicos en el bus.

El camino era conocido pero el destino era nuevo y amargo. Me dirigía al funeral de mi abuelo. El viejo me había enseñado a jugar dominó, me dio mis primeros tragos de licor y mis primeras caladas de cigarrillo. También me enseñó por qué “pendejo” es un insulto (“…al pendejo lo pones ahí, y ahí se queda”) y que para la muerte uno debe estar siempre preparado y nunca temeroso.

A sus nietas en pleno despertar sexual nos dijo, una por una y en conjunto, “hijas, ustedes dejen que toquen todo lo que quieran, pero no los dejen entrar”. Y esa fue toda la educación sexual que recibí y que necesité. También, a su vez, mi abuelo nos enseñó a pasarla bien y a no temer el fin de esta, nuestra única vida.

Volvía una vez más a San Luis. De nuevo por la vía más económica y sencilla. Vuelo de Hermosillo a Gaudalajara, autobús desde ahí. Llegaríamos de nuevo a la misma casa, a dormir en la misma cama y a escuchar danzón otra vez, una última vez con el viejo.

Otro hombre tratando de explicarme algo

Me he ido y venido (ay, qué rico) del feminismo varias veces y ningún extremo me gustó. Cuando escuché Drone (Time To Go Home, 2015) noté una línea final que Julia Shapiro, vocalista de Chastity Belt, con su grave y atmosférica voz que para algunos recuerda un poco a Siouxsie Sioux, repetía: “who is just another man trying to teach me something”. Ay Dios, no. ¿Serán estas viejas otras feministas obsesionadas con el mansplaining? Tuve un inmediato rechazo.

Time to go home

Luego conocí el resto de la música de este cuarteto de Seattle, cuatro morras, dos discos: No Regerts (2013) y Time To go Home. El primero, intencionalmente mal escrito, dejaba ver el aire irreverente y despreocupado, constante hasta ahora en su música, de la banda. Y al prestar atención a temas como ‘James Dean’ (“cuando te cojo me haces sentir como una prostituta, cuando tú me coges a mí, te hago sentir como James Dean”) ‘Gian Vagina’ (“me fui a dormir sintiéndome pequeña, hoy desperté siendo una vagina gigante”) y ‘Nip Slip’ (“estoy muy borracha, solo quiero chips y dip… te puedo ver el pezón”), en contraparte y contraste con ‘Happiness’ (“prefiero estar sola a sentir que no estoy en casa”), me hizo tanto sonreír como pensar que, tal vez, no eran unas feminazis, sino simplemente cuatro morras que querían pasarla bien y que, de vez en cuanto, tenían sus malos viajes.

Dos años después, en 2015, Chastity Belt, conformado por la ya mencionada vocalista Julia Shapiro, Lydia Lund en guitarra, Annie Truscott en bajo y Gretchen Grimm en batería, lanzaron su segundo álbum, con un sonido claramente más maduro (musicalmente hablando). Las letras de Shapiro cada vez exploraban más sus momentos de soledad, que nivelaba con recurrentes chistes sobre marihuana (“nada es en serio, todo es un chiste cuando fumamos”) y con un vago pero presente discurso un poco parecido al feminismo sex-positive (temas como ‘Cool Slut’ se han convertido en emblemas de la banda y sus fans, hombres y mujeres; sí, acabo de reducir los géneros a dos).

Solo somos un par de putas

Chastity Belt recurrentemente hablan de lo que les ocupa: pasarla bien con sus amigas. Odas a la fiesta, la borrachera y el uso de drogas, sin enaltecer una vida de vicio, sino la unión de personas que viven ahora y se sienten libres, tan libres en sus gustos y pasatiempos, como en su sexualidad.

Siempre fui una mojigata. Imaginen mi escándalo al saber que estas morras se atrevieron a escribir algo como ‘Cool Slut’. Tiempo y eventos personales después, logré quitarme ese prejuicio y gran parte de la responsabilidad corre a cuenta de Chastity Belt: mujeres, está bien ser putas.

Y no lo dicen en función de protesta feminista contra la amenaza masculina; nunca en ese tema, y casi en ninguno salvo ‘Drone’, se ataca a la masculinidad o se culpa a los hombres de los problemas propios de la femineidad. Es más bien un llamado a la aceptación del propio apetito y libertad de elegir “vestirse muy bien para luego ser desvestidas”.

Al escuchar y entender bien lo que dicen en sus canciones Chastity Belt, uno puede encontrar una muy desesperadamente necesitada tierra neutral en la constante y agotadora lucha de los sexos y la superioridad moral. Y es que ellas no intentan cambiar al mundo y echarte en cara lo mal que estás al ser hombre y lo empoderada que puedes ser tú, como mujer. No hay agendas políticas ni sociales. Hay buena música hecha por cuatro amigas que tienen una excelente química personal y musical entre ellas.

Chastity Belt y el eterno retorno

La siguiente vez que fui a San Luis Potosí, y creo que las consecutivas por venir, escucho Chastity Belt. Y cada que el feminismo y el machismo me agobian, escucho a Chastity Belt. Y cada que la soledad aqueja, y cada que me siento culpable de mi sexualidad, y cada que quiero emborracharme y consumir drogas. Chastity Belt se convirtieron en un destino recurrente.

En vivo, se siente la atmósfera de amistad y femineidad. Todos, hombres y mujeres (lo hice de nuevo) salimos con ciclos menstruales sincronizados y flotando como si hubiéramos fumado la más fina hierba medicinal de California. Todos quedamos con ganas de volverlas a ver, y seguro todos lo haremos en cuanto tengamos la oportunidad.

Otra vez estaremos en el suelo, con el techo moviéndose, los colores mezclándose, nuestros amigos y nosotros. Solo queremos pasarla bien. Solo queremos papitas y dip. Solo otra noche, borrachos y confundidos. Con Chastity Belt lo real es lo que sentimos.

 

*Alejandra Velázquez (Hermosillo, 1988). Escritora Freelance. He colaborado con Altanoche, Código, varios blogs de música y videojuegos, y tiene un blog llamado La Niña y la Pinta (sobre cerveza artesanal).