Breve receta para femme fatale

Veo a la femme fatale como uno de los tres personajes más importantes del imaginario noir (al lado del detective y el psicópata), de la misma manera en que los vampiros cuentan con un papel destacado en el cine y la literatura de horror.

El antecedente inmediato de la mujer fatal que proliferó en los pulps y el cine negro es la esposa del soldado norteamericano que durante la Segunda Guerra Mundial construyó aviones y armas, mientras su marido peleaba en Europa o en el Pacífico. La inesperada independencia adquirida por estas damas, que luego de vivir subyugadas por años se dieron cuenta de que podían realizar trabajos que antes eran reservados solo para los hombres, las volvió peligrosas, misteriosas, pero sobre todo: atrayentes.

Algunos de estos soldados eran incapaces de reconocer a la señora emancipada con la que se encontraron al regresar del frente de guerra. Esto es precisamente lo que le ocurre al protagonista de The Blue Dahlia (George Marshall, 1946).

Otra película que ilustra este miedo/atracción por la mujer que se niega a ceñirse al estrecho plan de vida que le presenta su marido es Tension (John Berry, 1949). En esta obra Richard Basehart interpreta a un boticario que se parte el lomo trabajando doble turno para comprarle una bonita casa en los suburbios a su esposa, la exótica Audrey Totter. El problema es que la chica de los ojos grandes y el eterno puchero no desea una bonita casa en los suburbios y se decanta por un búngalo en la playa de Malibú, propiedad del gandalla que la corteja.

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Lo adivinaron, la trama deriva en un asesinato resuelto por el detective que narra la historia.

A este tipo de enredos es a lo que yo le llamo: mi mero mole.

Crear a una mujer fatal tiene su chiste y es muy fácil que salga mal. No me gusta cuando el artista retrata a una viuda negra sin una sola cualidad que la redima de sus crímenes y, al final, resulta una simple perra odiosa.

Por ejemplo, la bella y letal Cora Papadakis, de El cartero siempre llama dos veces, ganó un concurso de belleza en Iowa. Usó el dinero del premio para pagar el boleto de autobús que la llevó a Hollywood, donde esperaba convertirse en estrella de cine. Su acento provinciano no le ayudó en nada y terminó casada con un griego insoportable, muchos años mayor que ella, y sirviendo sándwiches en una carretera californiana. Hablo de esta clase pincelazos geniales, que dotan al personaje de una humanidad con la cual el público se puede identificar.

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Por otro lado, pasar por alto la promiscuidad de los personajes masculinos en este tipo de ficción sensacionalista y luego molestarse por esta misma característica en las mujeres, es algo que nunca entenderé.

*Hilario Peña (Mazatlán, 1979) es uno de los animadores más refrescantes de la literatura mexicana. Sus novelas Malasuerte en Tijuana (Mondadori, 2009), La mujer de los hermanos Reyna (Mondadori, 2011) y Juan Tres Dieciséis (Random House, 2014) han sido recibidas con entusiasmo por lectores de todo el país.