YO ESCRIBO PARA MÍ MISMO

“Yo escribo para mí mismo —afirmó el jovencísimo poeta— y si alguien dentro de muchos años dice así me sentí yo, pues bueno; si no, me importa una pura chingada”. El exabrupto del tierno estudiante de abogacía no deja de tener valedores, digamos, entre la mismísima Real Academia Española: la quinta acepción de lírica en el Diccionario de la lengua española es esta perla: “Que promueve una honda compenetración con los sentimientos manifestados por el poeta”. Se los diré antes de que se me pase: la lírica le ganó la batalla en la poesía a la épica y, por supuesto, a la dramática. De aquellas tres que proponía Aristóteles, ya nomás nos queda una, una, una. ¿Qué ocurre con esto? Hagamos una prueba: un novelista escribe que su personaje —incluso el protagónico— ultraja sexualmente a un niño. Ahora, un poeta canta la distensión de los esfínteres infantiles. El novelista conoce la condición humana. El poeta es un puto puerco y a nuestro futuro jurisperito se le haría tarde para terminar la carrera y poder enjuiciarlo: que se pudra en prisión (porque esa sentencia no la escribiría para sí mismo), al tiempo que recita: “yo escribo poesía pero eso son chingaderas”.

En esa misma mesa de lectura que les platico, una señora del público comenta que un vecino le dijo que no leía poesía porque aún “no había sufrido lo suficiente”. ¿Alguien buscaría un libro de versos cuando lo que verdaderamente necesita son analgésicos y ansiolíticos? ¡Ah!, pero resulta que vuelve la perversa lírica por sus fueros: para la adecuada transmisión de sentimientos del emisor, se requiere un receptor sensibilizado. Disculparán ustedes que estos asépticos términos para describir el circuito del habla en la comunicación humana me suenen extrañamente a sodomía. Ah, el poeta es un puto puerco.

Por lo general, un novelista es concebido como un demiurgo: crea mundos y a cada uno de sus pobladores. El poeta vive quemándose incienso en su ombligo, es ese borracho que no sabe sino hablar de sí mismo porque si no le ha ocurrido todo, sí le ha sucedido sólo a él lo único importante. Nadie me negará que es preferible abrazar un pararrayos en plena tormenta que hablar con una de estas torres de dios (que dijera Darío).

Volvamos a la mesa de lectura: uno de mis versitos (¡ah, qué pronto caí en hablar de mí mismo!, ¡jamás podré escribir una novela!, pero a cambio estoy autorizado a abusar de los signos de admiración) decía: “por supuesto / me drogo”. El magistrado en ciernes había jurado asesinar a su novia adorada en alguno de sus poemas… pero adivinen quién fue el tipo al que miraron con reprobación. Eso mismo: finalmente, él la amaba con pasión. Y yo soy una basura que se dedica a autodestruirse.

Terminé por decir que era una broma, que yo  no escribo eso pero el que sí lo hace me pagó para ir a leerlos porque tengo una linda voz.

Es todo lo que puedo decir al respecto del yo lírico, señorías.

∗Ángel Ortuño. (Guadalajara, 1969- \infty ). Es uno de los poetas más relevantes del México actual.  Algunos de sus libros son: Las bodas químicas (1994), Siam (2001), Aleta dorsal (antología, Ediciones Arlequín, 2003), Minoica (con Eduardo Padilla, 2008), Boa (2009), Mecanismos discretos (2011), Perlesía (2012), 1331 (2013), El amor a los santos (2015), Tu conducta infantil ya comienza a cansarnos (2017), Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas (2018).

 

Ilustraciones: Gerardo Williford (Yucatán, 1996). Diseñador y artista visual. Ha expuesto en diversos espacios como en el Museo Bécal, México. Museo García Ponce, Galería Punto Rojo, Escuela Superior de Artes de Yucatán, entre otras. Colabora con varios proyectos digitales.