El dentista y el junco

He crecido, pero sigo manteniendo una relación muy narcisista con los libros. Cuando un relato me invade, cuando su lluvia de palabras cala en mí, cuando comprendo de forma casi dolorosa lo que cuenta, cuando tengo la seguridad —íntima, solitaria— de que su autor ha cambiado mi vida, vuelvo a creer que yo, especialmente yo, soy la lectora a quien ese libro andaba buscando.

Durante meses de cuarentena he salido a las compras necesarias y he mantenido nula interacción social. Con más de diez horas frente al monitor, el trabajo ocupa gran parte de mi vida. Sin embargo, los libros han sido para muchas personas un refugio no sólo contra una enfermedad que muta rápido sino también contra la depresión y el aislamiento social. Conservar la cordura en tiempos arduos se ha vuelto una necesidad que nos obliga a echar mano del cine, la música o las letras. Por las fechas, en las que el semáforo estaba ya señalando que podíamos salir con más libertad a las calles, cuando los cines anunciaban la promesa abrir y los restaurantes tenían foro del treinta al cincuenta por ciento de ocupación, compré el libro de El infinito en un junco (2019). Era inicios de mayo. Semanas solitarias se fueron acumulando, como los libros que esperaban en la mesa a ser leídos. La demora parecía ser indefinida, pero muchas veces las lecturas nos llegan de manera involuntaria.

Sobre el ergonómico sillón dental reposa mi cuerpo, el dentista introduce una sonda de hoz para buscar huecos en el esmalte donde la caries ha hecho de las suyas. Mientras el odontólogo mueve el carro de instrumental buscando un espejo para la revisión, la luz de la potente lámpara llega de golpe. Cierro los ojos y evito pensar en la incomodidad y el temor de visitar el consultorio dental. Rememoro la escena de El náufrago, donde Chuck Noland, interpretado por Tom Hanks, se extrae una muela dañada con el cuchillo de un patín de hielo y una piedra. Frente a esas imágenes debo agradecer tener a un profesional hurgando mis dientes. También pienso en la frase Vae victus (¡Ay de los vencidos!) el dolor y la sangre de los derrotados tras la batalla que los convertirá en el botín de guerra, esclavitud segura. Pienso en el combate cuerpo a cuerpo y el temor de enfrentarse en el campo de batalla. Intento olvidar el simple dolor de una muela.

En el capítulo de “El éxito de las palabras díscolas”, en El infinito en un junco, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) menciona a Arquíloco, hijo bastado de un griego noble y una esclava bárbara que enfrentó al destino, aprobado por los hombres de su época, a través de las palabras: “El escudo que arrojé a mi pesar en un arbusto, una pieza excelente, ahora lo blande un tracio. Pero salvé el pellejo. ¿Qué me importa ese escudo? Que se pierda. Otro tan bueno me compraré”. El soldado dispuesto a la pelea prefiere escribir poesía, señalar con sus versos el anhelo y el amor por la vida; el guerrero que va a morir en batalla comprende que el éxito es un espejismo del  que no se debe de fiar, no hay nada mejor que la vida. “Nadie, después de muerto, es honrado por sus paisanos. Preferimos, vivos, la alabanza de los vivos”.  Es natural que en la utopía de La República se anule a los poetas porque no dan buen ejemplo de valor, como lo hacen Homero y Hesíodo al expresar en sus versos el miedo a la muerte: “algo que inquieta a Platón ya que, en su opinión, se debe procurar que los jóvenes mueran gustosamente en la batalla”.

El dolor de mi muela continua, no soy guerrero ni tengo escudo pero si lo tuviera seguro lo arrojaría, mientras el experto hace su trabajo, me indica que será más de una consulta y me explica el proceso de trabajo de las siguientes citas. Yo acepto sin alegar, sé de antemano cómo ocupar los minutos previos en las citas. Los tiempos de espera deben ser aprovechados y con gusto pienso en el libro de Irene Vallejo. Cada minuto de espera en el consultorio se colma de las numerosas descripciones históricas de Vallejo y su relación con los libros. El recorrido que nos propone, en más de cuatrocientas páginas de delicados ensayos, inicia con un grupo de jinetes que pasan aventuras en busca no de oro, ni joyas o mujeres, sino de libros. El viaje de la autora continúa con Alejandro Magno, la admiración que tenía por La Ilíada y los cambios que realizó en cada lugar que conquistó en sus años de batalla y que son determinantes para expandir su mundo de cultura. La creación de la biblioteca de Alejandría surge como un anhelo de contener todo el conocimiento del mundo, como símbolo de poder  y como el ferviente deseo de conservar en la memoria los relatos míticos. El lenguaje es trascendental, punto de referencia que nos distingue de los animales, en tanto la escritura y la lectura son elementos indispensables en la civilización humana. Sin la escritura no se guardaría la memoria de nuestra propia existencia social e individual. El infinito en un junco nos asalta a cada instante con esa importancia y trascendencia de los libros.

Me acomodo en el sillón, el dentista me termina de colocar adecuadamente para hacer más manejable su trabajo. Minutos después siento la aguja que busca el nervio sensitivo y pone el anestésico, me sondea con el instrumental, halla, raspa, limpia. Escucho el sonido del taladro, una leve molestia. Cierro los ojos, las gafas negras no cubren toda la luz de la lámpara. Siento el calor que se disipa sobre mi rostro, mi mente se bloquea ante la incomodidad y el ingrávido dolor. Repaso en mi mente los párrafos que recién leí sobre los primeros bardos y juglares, sus ejercicios con palabras, las alas otorgadas en cada ejecución, lo efímero de su arte. La poesía oral como un milagro que se repite siempre de manera original y única, cada melodía tiene sus variantes en las presentaciones, palabra viva sobre lo aprendido. Un poema oral es  lengua traviesa –como la mía que se mueve al sentir el instrumental que coloca el dentista–, incluso aún dicho de memoria tiene sus propias variaciones y es moldeable, en contraste llegan las tablillas, los papiros, luego los pergaminos para atrapar la palabra, hacerla estática e imposible de modificar si se desea. A su favor, tiene la capacidad de ser más grande y ser conservado. Todo escrito busca prolongar lo efímero, anhela ser conservado, por ello los libros son un milagro.

Escucho el sonido del motor perforando, quisiera olvidar el ruido del metal pegando en mis dientes, la lámpara, los movimientos del instrumental, la sensación del algodón sobre mis encías, el olor de la curación. Olvidar es bueno, pero recordar es mejor, por ello la escritura es importante, nos permiten conservar nuestras vivencias, como lo hago yo en este momento.  Los libros son extraordinarios amplificadores de nuestra mente, como lo expresó Borges: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

¿Cómo llegamos a ellos? Irene Vallejo lo narra bien: El papiro, el pergamino, la piel… me detengo a reflexionar en el dolor de los animales al ser sacrificados para poseer su piel y escribir en ella. Pienso que todo en esta vida es dolor, como este terrible dolor de muelas…  La escritura se queda, con parte del dolor de otros, para que los lectores lo experimenten desde su pasividad, aprendan y se eviten problemas; de cualquier manera, el dolor existe, es inevitable y en esta vida todo, o casi todo, es dolor.

Mi tercera cita con el odontólogo me llevó a los capítulos de los bibliotecarios, el papel de las mujeres en las bibliotecas como prototipos de seres amargados, y la presencia de las primeras féminas en los libros y la cultura griega. Safo como una mujer poeta de cuya obra apenas quedan fragmentos. Una lista de autoras casi borradas por la historia “Corina, Telesila, Mirtis, Praxila, Eumetis también llamada Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, Mero, Ánite, Mosquina, Hédila, Filina, Melino, Cecilia Trebula, Julia Balbila, Damo, Teosebia.” El papel de la mujer en Atenas no da muchos deseos de vivir en aquella época, casi todas fueron relegadas a la vida familiar. Las de posición social alta podían acceder a la educación, pero se quedaban en casa. Las más audaces, las hetairas que gozaban de un poco más de libertad, pero sujetas a los caprichos carnales de los varones atenienses, a veces se atrevían a hablar. En aquel mundo sólo había voz para la clase dominante. Leer estos capítulos me hace llorar por aquellas mujeres, por nosotras, la voz y palabra pertenecía sólo a los hombres de clase privilegiada. Tal vez hubo rebeldía femenina, tal vez no, lo que constan es que los nombres de pocas mujeres quedan escritos: Aspasia, Lastenia de Mantinea, Axiotea de Fliunte, Hiparquia de Maronea, reales tejedoras de la Historia, Elena de Troya, Medea, Penelope, Antígona, mujeres tejidas de mitología. 

 La esclavitud no es un tema que se pase por alto en este libro y su relación con la cultura de aquellas épocas. Una vez ya dominados los griegos por los romanos los centros culturales cambian geográficamente. Hay una reconstrucción del mundo antiguo. Casi toda Roma se asienta sobre el eje de la violencia mientras los libros aumentan y los clásicos se escriben en otras lenguas diferentes a su original. La historia de los libros va más allá de narración de la escritura en sus diversos medios, es la evolución de la convivencia social y el pensamiento humano. Regresó a la realidad, sobre el blanco sillón del consultorio, el trabajo del dentista ha terminado, no más historias sobre la lectura acompañada del instrumental, taladro y succionador. Estoy en el aquí y ahora y veo que no somos muy diferentes a los griegos o romanos, hay esclavos de este tiempo que buscan aprehender una perla de sabiduría en la brevedad de nuestra existencia. Los dispositivos electrónicos han multiplicado los mensajes, los textos, los libros. Vivimos tratando de obtener un poco de sapiencia entre un mar de información. Demasiados libros no nos salvan de nuestra ineptitud, paradójicamente, a pesar de siglos de civilización seguimos viviendo en la ignorancia.  

La lista de historias en El infinito en un junco de Vallejo es larga. Llevé el libro conmigo durante semanas y aprendí mucho de él. Ha valido la pena su lectura, tiempo invertido que ha fructificado. Yo elijo quedarme con aquella narración en la que cuenta sobre el Templo de Amon, ubicado en Tebas. En una biblioteca del antiguo Egipto existía una inscripción: “Lugar del cuidado del alma”. Así, la biblioteca, y por lo tanto los libros, son lugares para el cuidado del alma, como las iglesias o templos de oración. Pienso que están los consultorios y los médicos para ayudarnos al cuidado del cuerpo y la eliminación de las enfermedades; los dentistas alivian las molestias de los dientes y muelas, en tanto los libros son sanadores del alma, aquellos que nos aligeran el dolor físico y espiritual. No más consultas, no más espera. El extractor de saliva elimina la humedad acumulada, apenas cierro los labios siento que dolor se esfuma. Abro un libro y me pasa igual. ¡Que los infinitos mundos de los libros siempre nos salven del dolor!

 

*Fabiola Morales Gasca. Es Maestra en Literatura Aplicada en la Universidad Iberoamericana. Ha publicado en suplementos literarios como El BúhoAmaranto Arizona, el Sol de MéxicoRevista MonolitoRevista Bitácora de vuelosObservatorio Cultural Universitario BUAPEl creacionista, Suplemento de Cultura e-consulta y Revista 217. Autora de los poemarios Para tardes de Lluvia y de Nostalgia, Crónicas sobre Mar, Tierra y Aire” y los libros infantiles Frasquito de cuentos y Confeti, El mar a través del caracol y El niño que le encantaban los colores y no le gustaban las letras. Ha sido seleccionada en varias antologías en España, Paraguay, Chile, Colombia y México.