EJERCICIOS DE PISCINA

A R.S.E.

«La cura fue muy dolorosa. Todo lo que me sucedió desde aquel día fue doloroso».

̶ Demian. Herman Hesse

 

Allá en la superficie de la piscina flota un cuerpo. Lo observo desde el fondo. Parece atrapado entre una fuerza que lo sumerge y otra que quiere expulsarlo, liberarlo. Es la atmósfera de este lugar, que ahoga a cualquiera.

El silencio absoluto no existe, ni siquiera bajo el agua. Aquí en la profundidad las palabras son murmullos graves, engañosos. Yo le hablo: «Matías, ven conmigo.» Sé que lo desea pero está aterrado. El líquido cubre sus oídos. Vivo o muerto, él sabe que pronto llegarán las otras voces, y que el agua traicionera amplificará los gritos. «Vente conmigo, si no, será insoportable.»

¿Cuánto tiempo lleva flotando? ¿Minutos? ¿Horas? ¿La vida entera? Pobre, está paralizado. Quiere diluirse y desaparecer conmigo. Lo sé, yo siempre he sabido los deseos de Matías. Lo necesita.

¡Ah, ahora se mueve! El pie derecho tiembla. La superficie se llena de ondas. Patalea suavemente, desea girarse, escapar. ¿Me quiere decir algo? Falsa alarma, vuelve al estado inerte. Matías naufraga. ¿Se ha rendido y espera que vengan a buscarnos?

 

Crecimos en este lugar costeño donde el calor es casi perpetuo y el verano invade los meses reservados a las otras estaciones. Aunque cada casa en el barrio tenía piscina, todos los de la cuadra nos reuníamos en casa. Cuando papá nos veía pegados al PlayStation, gritaba: «¡Apaguen eso, que les mete malas ideas! ¡Váyanse a nadar!» Tenía razón. Para sobrevivir en este infierno hay que domesticar al mar, a nuestros demonios.

Desde niños, Matías y yo conseguíamos nadar en ríos, piscinas y en cualquier mar. Pero él siempre fue más rápido, más fuerte. Papá contrató a uno de los mejores entrenadores del estado y durante casi ocho años nos preparó para competir. Ambos éramos veloces, pero él además era elegante y escurridizo: un pez. La natación me convirtió en su sombra.

A los 13 años, llegaron las competencias serias y casi enseguida las medallas. La estrella sin duda era él. Nadie en la región era mejor en los 100 libres y en el trampolín de 5 metros, no había uno que le ganara. Matías era impresionante. Hace una semana, mientras celebrábamos con la familia nuestro cumpleaños, llamaron a casa para confirmar que Matías fue seleccionado de para los Panamericanos. Mis padres organizaron una fiesta inolvidable.

Sin duda, la familia está orgullosa de lo que hemos logrado en el equipo de natación y se esfuerza por no hacer comparaciones vergonzosas. O, mejor dicho, busca evitar que mis defectos salgan a la superficie. Sin darse cuenta, nuestros padres nos empujan a ser un dúo indivisible, un todo; como si mi propia existencia dependiera de Matías, el perfecto. Por eso, cualquier oportunidad es buena para pavonear nuestros éxitos y corregir a quien, sin desearlo, pudiera herirme.

—¡Felicidades, Matías, leí la nota en el diario, eres el mejor de entre todos los muchachos! —celebraba mi tío durante la fiesta de cumpleaños

—Sí, estamos felices por sus éxitos —intervino mamá—. ¿Sabes que las muchachas ya andan detrás de ellos?

—¡Pero claro!, ¡andarán locas por el gran campeón!

—Por supuesto, compadre —dijo papá con esa voz lenta y rasposa que esconde agobio—. ¡El problema de estos muchachos es a cuál de ellas elegir!

Nuestros padres no han entendido nada. O más bien no quieren darse cuenta. En realidad, yo no necesito de tantos cuidados. Sé que él es mejor que yo y lo acepto; hacer lo contrario resultaría absurdo. Es natural. Las verdades absolutas son así, tajantes, incuestionables.

A Matías le gusta ser el centro de atención, que lo idolatren. Las chicas en el colegio lo persiguen y hasta los profesores le tienen un especial respeto. Pero lo que más goza es que lo adoren los hombres, claro, porque ellos lo excitan. Él lo sabe y yo también. Lo hemos sabido siempre. Me suplicó guardar el secreto desde chicos y así lo hice. Hasta hoy, que he roto nuestro pacto y Matías se volvió un tiburón furioso. Furioso y, ahora, herido.

 

Tomaba la ducha después del entrenamiento cuando Efrén entró en los vestidores. «¡Ni ruido haces, cabrón! ¿Qué, tú también traes prisa?» Nuestro amigo guardó silencio y avanzó hacía mí, desnudo y amenazante. Luego de empujarme hacia la pared, chilló: «Yo no voy a los Panamericanos, en cambio el gran Matías es el primer seleccionado.» La reacción fue inmediata: en cuanto lo sentí cerca, la sangre bajó a mi pene. La sorpresa me llevó a la confesión: «Me gustas.» Él, con una sonrisa, acercó su rosto al mío. «Lo sabía.» Y me besó. Era el resultado de un largo juego de insinuaciones y coqueteos que había durado meses. Excitados, Efrén me empujó contra la pared, me besó de nuevo y me mordió el cuello mientras jalaba mi pelo. Luego se separó de mí y me alejé del área de las regaderas. Tomé conciencia: había roto mi promesa y Matías no lo perdonaría. 

Efrén terminó de ducharse y regresó a los vestidores. Estaba frente a su casillero cuando gritó con tono juguetón y cómplice: «Eres el mejor nadador del equipo, seleccionado nacional y guapísimo. Además, besas rico. ¿Qué más puedes pedir, Matías?” Entonces sentí cómo el viejo arpón que guardaba dentro de él, y que yo retenía, se tensó.

Matías emergió furioso. Nosotros éramos el mejor nadador del equipo, cierto, pero también el chico más codiciado por las mujeres. ¿Qué diríamos cuando se nos acusara de besar hombres y de calentarnos en la ducha? ¿Con qué pinche cara podríamos ver a la familia, al entrenador y a los otros nadadores? Imposible imaginarlo. Además, la atracción por los hombres desaparecería tarde o temprano. Pronto Matías tendría ganas de cogerse a todas en el barrio y la primera sería la hermana del puto de Efrén, porque ese sí era puto. A ese hijo de la chingada le encantaba vernos desnudos. Lo disfrutaba sin vergüenza, sin remordimiento. Por eso yo debía callarme: todo iba a resolverse, Matías lo tenía bajo control.

Pero yo, el imperfecto, el raro, el que debía ocultarse detrás del Matías sin mancha, eché a perder el plan. Lo traicioné, y el maricón de Efrén era el culpable. Cómo evitar que se corriera el rumor. Tenía que jurarnos guardar el secreto de nuestro encuentro. Aún con el cuerpo mojado y la toalla al hombro, Efrén se acercó dando pasos seguros. Se puso una mano entre las piernas, apretó su sexo erecto y nos provocó: «Si quieres, te dejo probarla.» Se carcajeó sin dejar de mirarnos. El arpón fue disparado.

Matías se abalanzó sobre él y lo empujó con fuerza. La inercia y la sorpresa hicieron que nuestro amigo se desplomara sin resistencia. Al caer, Efrén se golpeó la cabeza contra en la pared rasposa. La sangre se mezcló con el agua sucia del piso y su cuerpo musculoso daba brinquitos como un pescado moribundo sobre los azulejos. Lo miramos con morbo, temblando. Matías entró en pánico. Se apretó a sí mismo con ambos brazos, buscaba consuelo. Por primera vez en muchos años decidí tomar el control.  

Oímos voces y luego un grito llamando al entrenador. Empujé a Matías y salimos corriendo.  Sin saber a dónde ir anduvimos hasta la Carretera Nacional. Mi angustia crecía con cada paso; Matías, en cambio, parecía vaciar su mente por el camino. Al ver las instalaciones del nuevo centro deportivo, supe lo que teníamos que hacer. Expliqué a Matías el plan lo más calmado que pude, y saltamos la barda ignorando el anuncio de No Traspase. Próxima inauguración.

Nos quitamos la ropa mientras corríamos hacia el corazón del balneario. Al llegar a la piscina principal, nos tomamos de la mano y saltamos desnudos a la parte más profunda. De golpe el agua tapó mis oídos. La presión del líquido y el murmullo acuático me hicieron creer que era un buen plan: «Será mejor que muera ahora. Debo llevar a Matías a un mejor lugar.» La idea de abandonar este espacio asfixiante me trajo serenidad. No más miedos, no más esconderse, no más dar explicaciones. Cerré los ojos y me dejé mecer hasta llegar al fondo de la alberca. Poco a poco mis pulmones se llenaron del transparente fluido.

Las verdades absolutas son así, tajantes, incuestionables. Por primera vez desde que tengo conciencia, Matías no me sigue. Su cuerpo sigue allá arriba flotando. Parece ser más ligero. Inmóvil, en silencio, desde la superficie, creo que me grita: «Vete. Ya no te necesito.»

 

∗Pintura de portada: Mark Tennant

 

∗Francisco Garo Benavides (Monterrey, 1978). Estudió Relaciones Internacionales y Políticas de Desarrollo. Ha vivido en Francia, Panamá y Tailandia trabajando en temas educativos. Ha publicado en diversas revistas nacionales e internacionales, como Punto de Partida y Neotraba.