Tres poemas de «La labor de un Bodhisattva»

Domingo veintinueve

La tarde escurre acuchillada

por el cielo

               -manchas en el piso,

tachones en las páginas

y nuestros pantalones

ensuciados con pintura-.

El lento crecimiento

de las plantas

nos enseña a respirar profundamente

y apreciarlas con paciencia,

a esperar que sus raíces

le succionen a la tierra

un poco de esa vida

que la nutre,

                  a absorber

algo de sol

con nuestros poros

y dejar que su energía

nos recargue.

Después,

              ponerse a meditar

               y cuestionarnos,

escupir algo de humo

y mirar entre sus hilos

un riachuelo,

un breve lago,

un sereno manantial.

Beber y alimentarnos,

entusiastas,

para despedir el día

con un dejo de armonía

en el ambiente

y una mueca de felicidad

que se dibuja

en nuestro estómago.

 

Mapaje de un vacío

Mientras nada pasa

en este lado de la vida,

afuera, eso que llaman

realidad

se sigue sucediendo

interminable.

Fumo por un rato

y escucho, a la distancia,

sierras eléctricas que cortan

y algunos martillazos

golpeteando entre metales.

Los hombres

que trabajan con paciencia

se entregan con dedicación

a sus tareas

y después descansan

un momento,

ingieren, alegrados, sus meriendas

(a veces preparadas

por sus madres,

sus esposas

o por ellos)

y las acompañan con refresco

y un instante

de conversación liviana,

de apariencia natural

y un poco vaga.

Las palomas los imitan

conversando entre sus vuelos

y yo sostengo entre mis dedos

un cigarro

y me concentro en su zurrar.

Un momento más

para apreciar las impresiones

de la Mente Primordial

y sus intentos

de comunicarse con el mundo

y darle forma a lo que pasa.

Convertirse en roca

por un tiempo

y permitirnos plenamente

presenciar el movimiento

de las cosas

y la vida que se agita.

Ser en un lugar

como los charcos

que reflejan la tersura

de los cielos

y el color de sus alrededores

cotidianos:

autos, edificios

y un montón de perros callejeros

dándose una vuelta por el barrio

y refrescándose en sus vientos.

Un grupo de personas

buscando calidez

en las cantinas

y otros que la buscan

en las bancas desoladas

de algún parque

o entre los estantes

de una librería

con sus lomos manoseados

y sus páginas dormidas.

Todos esos locos

que se entierran en las lluvias

o en el barro

para averiguar

qué rayos besan,

miran hoy en los tejados

la amplitud desparpajada

de los horizontes circulares

y lejanos.

Mímicas de un orden simultáneo

qué transforma lo que mira

en música de bosques

y metales que se funden.

 

Cubrimos unas grietas

en el techo

con un poco de sellador

para goteras

y ensuciamos nuestras manos.

Terminamos

y bajamos hacia la cocina:

el sellador secando

y nosotros disfrutando

un poco de café y algo de té,

charlando entusiasmados.

La tarde, a su manera,

también espera con paciencia

a que se sequen las fisuras

y nos ayuda un poco,

soplándoles un viento enfresquecido

que se le amontona

en los pulmones

y se escapa sin aviso.

 

9 am. La mañana

parece estar

siendo besada

           por las ramas

de los árboles

               y acariciada por

sus hojas.

Subo a barrer

     el techo.

Me siento

           en una rama enorme,

retorcida

y veo muy de cerca

algunos de sus brotes

(es una pingüica

y todavía están verdes)

colgar mecidamente

            quietos

-un montón de esferas

                       en reposo

saboreando el hálito

del viento

          y sus caricias estudiadas. –

 

Mis breves pensamientos

             parecen suspenderse

igual que ellos

en el horizonte amanecido

de esta mente

que los piensa.

 

Paro un momento

          y prendo un cigarrillo.

La escoba, inmóvil,

             parece reprocharme

mi pereza

      con la grácil inmovilidad

de los objetos

cuando los dejamos

                    en su sitio,

sin usarlos.

 

Desde aquí,

           observo un árbol

de naranjas

frescas y redondas,

muy brillantes.

 

Las naranjas

contienen en su centro

un néctar luminoso,

ácido y pesado,

pero de un sabor exuberante,

a contemplación

         y despertar primero,

a fruto apasionadamente

trabajado

y vida que aligera.

 

Un cucarachero

      revolviéndose en el techo

      busca huir

de mi manera despiadada

                         de barrerlas

y se ocultan bajo un par

         de hielosecos

que guardamos aquí arriba

(quién sabe para qué).

 

Me entrego

           a esta labor

con la dedicación gentil

                        de un río

que busca desprenderse

              de su cauce

y regresar a él, después,

                dispuesto a desbordarlo.

 

*Hiram Alejandro Elizondo (Hermosillo). Es poeta. La editorial Retina de Gallo ha publicado Tendré boca de profeta (2018) y recientemente La labor de un Bodhisattva.