Aspiraciones simétricas

Así que es cierto, pensó Valeria, tuve una hermana gemela.

Sostuvo el frasco con sus dos manos. Lo giró para buscarle los ojos y, al ver que el feto se movía, gritó. Escuchó que alguien en la casa preguntaba qué había pasado, pero Valeria no respondía. Segundos después, escuchó la voz de su mamá detrás de ella y el frasco resbaló de sus manos. Los pedazos de vidrio cortaron sus pies y el feto estaba ahí, mirándolas. Valeria vio cómo la luz se iba de sus ojos.

Mamá gritó sin usar la voz.

Así que esta debe ser mi hermana, dijo Valeria sorprendida, y se llevó el frasco con el feto a su recámara. Lo puso en su escritorio y le hizo un retrato. El feto del dibujo parecía un camarón recién cocido.

Valeria se sentía completa. Poco después papá entró a la habitación. El susto hizo que Valeria tirara a su hermana. El frasco reventó en muchos pedazos. Valeria sintió cómo el feto se refugiaba entre sus brazos. Había sangre en el suelo. Papá subió las manos a la altura de la barbilla.

Valeria encontró el frasco y supo que tenía una misión. Lo metió en su mochila escolar. Lo llevó al parque que estaba cerca de su casa. Se escondió en el interior de la estructura de uno de los juegos infantiles y sacó el frasco. Estaba resbaloso. La tapa no cerraba bien. Le dio ligeros golpes en el cristal y miró sus ojos oscuros. Luego lo puso sobre la plataforma en donde estaba sentada.

Hermana, dijo Valeria, ya era tiempo de que nos conociéramos; hagamos un pacto:  que nunca dejaremos que nada nos separe. El feto movía el pliego de tejido donde se le había negado la boca. Valeria levantó el frasco para tratar de escuchar y antes de poder acercarlo a su cabeza, se le resbaló de las manos. La tapa se abrió cuando el frasco rodó por la plataforma. El feto cayó por un precipicio breve. Valeria se asomó y vio que el cuerpo de su hermana gemela estaba torcido y lleno de tierra.

Valeria miró el feto y no pensó en nada. Lo miró sin saber exactamente qué era. Luego lo abrió y sacó el feto del líquido en el cual estaba sumergido.

Cuando regresó a la recámara de sus padres, ninguno de ellos puso atención a lo que Valeria hacía. Papá leía un libro sobre arte clásico y mamá escribía en su lap top un correo para su hermano. La televisión estaba prendida y con un volumen alto.

Valeria se subió a la cama y se recostó en el hombro de su padre. Tenía el feto abrazado. Mamá se molestó porque la cama estaba mojada. Regañó a Valeria, pensando que se había orinado. Luego se dio cuenta de lo que su hija tenía en los brazos y gritó sin usar la voz. Papá soltó el libro para levantar los brazos a la altura de la barbilla.

Valeria cerró los ojos y abrazó con fuerza el feto hasta que algo tronó.

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Todo era oscuro y rojo. La pared se iluminaba a intervalos. El sonido del corazón era tan fuerte que podría volver loco a cualquiera. Valeria estaba ahí con otra Valeria, y el mundo de ambas compartía las mismas posibilidades. Entonces uno de los fetos, o una de las Valerias, estiró la extremidad que con el tiempo sería un brazo y tocó a su hermana gemela. Hasta aquí, no había complicaciones y nadie había perdido a nadie.  

 

*Luis Enrique Araoz (Hermosillo, 1992). Escribe ficción, crónica y ensayo. Alimenta los blogs: www.revistapiccarda.wordpress.comwww.castillitorojo.wordpress.com