La libertad del encino

Jelena está recargada en la banca de metal frente a las vías. Sus nalgas apenas tocan la superficie, lo mínimo para lograr que sus pies descansen un poco. A pesar de que hay una estación a unos minutos de su casa, prefirió caminar hasta ésta para evitar el trasbordo en Tacubaya y a los cientos de viajeros que transitan por ahí a todas horas.

–36 años, programadora, hablo tres idiomas –murmura entre dientes para sí– mis cualidades son la tenacidad, el orden y la honestidad. Trabajo muy bien en equipo. Mis defectos son que soy una perfeccionista, me obsesiona no hacer las cosas bien y a veces puedo ser brusca en el trato.

Como si se tratara de la presentación de otra persona que tuviera que memorizar, lo repite una y otra vez. La correa de su portafolios no resiste una vuelta más: arrugada y húmeda por la presión de sus manos que insisten en retorcerla, tiene un aire mucho más viejo y desgastado del que debería, como el de sus zapatos que, desde la pandemia, recorren más kilómetros que nunca.

La gente a su alrededor se acerca a la línea amarilla dibujada en el piso cuando se escucha la llegada de un tren. Pasajeros descienden del vagón entre empujones, otros lo abordan a punta de codazos y Jelena apenas logra despegarse por completo de la banca. Un par de pasos lentos y es demasiado tarde: otra vez perdió la oportunidad de subirse. Al regresar a su sitio, un hombre ya está sentado a sus anchas leyendo el Esto, y opta por caminar hacia el extremo vacío de la estación. Nuevos pasajeros bajan por la escalera eléctrica para llegar al andén; las risas, los murmullos y cuchicheos no se

hacen esperar: el cubrebocas y la careta de Jelena son, a estas alturas de la nueva normalidad, la vacunación y la ínfima estadística de contagios, ridículos.

Son las 10:17 de la mañana y será difícil que logre llegar a la entrevista de las 10:30. Se pregunta entonces si verdaderamente vale la pena abordar el vagón, presentarse tarde a solicitar un trabajo en una oficina donde estará rodeada de gente, donde deberá encontrar espacios para comer sola, aguantarse las ganas de ir al baño las 8 horas de su turno, desinfectar su escritorio al llegar. El celular en su pantalón vibra insistentemente hasta que consulta los mensajes recibidos: ¿Ya llegaste a entrevista? Jelena, contesta mensajes. ¿Ya estás en oficina? ¿Pudiste viajar en metro? Jelena, Ja sam tvoja majka. Jelena, contesta teléfono.

Entre las piedras que yacen bajo los rieles, alcanza a percibir destellos de colores, como cuando se le baja el azúcar. Concentrarse en ellas permite que se olvide de las decenas de pasajeros que están abarrotando el entorno y logra ver, en el fondo, pastitos verdes y diminutas hojas que resisten la lobreguez del subsuelo, hojas idénticas a las del encino que contempló durante los 50 minutos de su última cita con el Doctor Reséndiz.

–¿Qué extrañas, Jelena?– la increpó aquella vez.

–La vida.

–¿No te sientes viva?

Ante las preguntas que consideraba estúpidas, que no eran pocas, optaba por contemplar el jardín y encogerse de hombros. No entendía por qué su madre la obligaba a asistir a perder el tiempo en estas sesiones ni qué esperaban que sucediera:

¿que se le olvidaran los últimos cinco años? ¿Que se “curara”?

–Una vez, en la secundaria, mi mejor amiga y yo jugamos a ver quién se metía más chicles a la boca. Yo me metí 25 y ella 23. Después de eso, los juntamos en una gran pelota que mastiqué un rato y luego se la di para que la masticara ella. Otro día hicimos una competencia para ver a quién le cabían más duraznos en almíbar: a mí me cupieron 4 y a ella 2, los escupimos otra vez a la lata para comprobar que mis 4 no fueran más pequeños que los suyos y los intercambiamos. Le volví a ganar.

–¿Y te sentiste viva entonces?

–No sé. Simplemente me importaban otras cosas que no eran mi saliva, ni la de los demás, ni qué tan cerca estábamos, ni de qué me podía contagiar.

Entre las ramas del encino había otras que se colaban como si pretendieran agarrarse de él para no arrastrarse por el suelo. Pertenecían a un pirul brasileño que insistía en mantenerse en pie a pesar de que su tronco endeble no resistía la cantidad de follaje que cargaba, obligando así al encino a aguantarlo: un solo árbol medianamente robusto sostenía la carga de ambos. Jelena recordó las cosas que le importaban cuando era adolescente: comprar los discos de Blur, discutir sobre por qué eran infinitamente mejores que Oasis, tener el abdomen de Gwen Stefani, conseguir un novio guapo como Gavin Rossedale e irse de su casa.

–¿Qué te gustaría recuperar? ¿Qué te importa ahora? ¿Tu trabajo? ¿Tu independencia?

¿Tu tranquilidad? ¿Tu propio espacio?

Las ganas de dar un beso, pensó Jelena. Un beso largo y baboso, comerse la cara de alguien como cuando conoció a Lorenzo en la universidad con el pretexto de compartir el último cigarro para después robarle tragos a su cerveza y terminar

metidos en el coche tratando de encontrar la manera de coger sin que les estorbara el freno de mano en aquel Chevy tan azul como austero.

–Yo cogía sin condón, Doctor– soltó.

–¿Y ahora?

Las palmas de las manos se humedecieron tan sólo de pensar en un contacto así. Extrañó el cuerpo de Lorenzo, sus labios gruesos y el olor a sándalo de su crema de afeitar. Y pensar que el último beso había sido cinco años atrás, antes de darse cuenta de que él salía a la calle sin cuidarse, antes del sinfín de pleitos que el encierro trajo consigo, antes de que a ella le diera asco y a él le provocara una pereza infinita. Lorenzo, lávate las manos. Lorenzo, no saludes a la gente. Lorenzo, ponte el cubrebocas. Lorenzo, no salgas así. Lorenzo, qué puerco eres.

–Ahora ya no me interesa el sexo.

–¿Porque ya no te gusta o porque vives con tu mamá?

Jelena observaba con rabia al pirul brasileño preguntándose por qué sobrevivía un parásito como aquel, que evidentemente ya tendría que haber sucumbido a la gravedad y estar tirado, con las raíces al aire, seco por completo. Jelena, sal a calle. Jelena, no puedes seguir así, consigue trabajo. Jelena, vete a casa con Lorenzo. Jelena, ya estás vacunada, estás exagerando, han pasado años, ya basta. Jelena, yo sobreviví a guerra y crucé mitad del mundo para darte vida que estás desperdiciando. Jelena, yo fui viuda más joven que tú y te saqué adelante. Jelena, no puedes ser tan frágil. Jelena, deja ya tu drama. Jelena Peric, haz caso, ja sam tvoja majka.

–Porque es repugnante.

Aquel día –como todos los demás desde la contingencia- regresó caminando a su casa. Al notar que su madre la esperaba en la sala, se dirigió directamente a la cocina. Se sirvió un agua quina con mucho hielo y agregó un poco de vodka.

–¿Vas a tomar antes de comer?

–Tengo sed.

–Sírvele uno a tu majka entonces.

Llenó dos vasos y se sentó con ella. Hablaron brevemente sobre las recomendaciones de Reséndiz sobre conseguir un trabajo cuanto antes y asistir a entrevistas con la condición innegociable de viajar en transporte público. A decir del doctor, era inminente que empezara a salir de casa a convivir con gente para que viera que no había riesgo: parques, cafés, conciertos, lo que fuera.

–Tiene razón, pero antes de tantas salidas a pasear tal vez deberías conseguir trabajo. Yo ya no puedo mantener tu siquiatra y además tu diversión. Ja sam tvoja majka, pero no tu esposo ni tu proveedora.

Se levantó para dirigirse a su cuarto, apuró el vaso de un trago e hizo crujir los hielos entre sus muelas.

–No mastiques hielo, Jelena.

–El hielo, mamá. En español se dice «no mastiques el hielo». Llevas treinta años viviendo en este país y cometiendo los mismos errores.

La irrupción de un tren en las vías detiene el recuerdo. Otra oportunidad de abordar se desvanece dejando tras de sí una estela del particular aroma del subterráneo que mezcla la humedad, la fritanga, lo dulzón del plástico y el amargor del hule quemado.

Son ya las 10:38 y Jelena sabe que de ninguna manera se presentará tarde a una entrevista de trabajo. Ella no, porque no es así, porque no es una trabajadora mediocre que estará viendo el reloj para salir temprano y que cada mañana batallará para subirse al metro. Tampoco será el hazmerreír ni la comidilla de sus compañeros, ni explicará por qué sigue usando el cubrebocas cuando ya nadie lo usa, ni por qué se niega a saludar de mano, ni por qué ha decidido no acercarse a nadie. No seguirá pensando en su ex marido como si él también la extrañara a ella, como si hubiera sido muy difícil hacer el esfuerzo de cuidarse un poco para evitarle la ansiedad, las crisis, la hipocondría y los síntomas que tuvo recurrentemente cuando la cabeza le jugaba una mala pasada por verlo compartir vasos con sus amigos, abrazar a sus hermanas, comerse los cacahuates de cualquier vasito de bar. No volverá a casa de su madre para escuchar nuevamente el fracaso que es, lo lamentable que resulta que no heredara su determinación, su temple y el espíritu de lucha de todo croata que se respete y de todo sobreviviente a la muerte y la destrucción; ni para sentirse ingrata por las comodidades y los privilegios que ha tenido gracias a los sacrificios de su majka, que se avergüenza de verla derrotada por el circo del Covid porque es débil y nunca tuvo que vivir algo verdaderamente atroz como lo sucedido en sus Balkanski.

Ante la inminente llegada de otro tren, avanza decidida quitándose la careta y el cubrebocas para guardarlos en el portafolio. Sus manos, por fin relajadas, han dejado de sudar. Camina en contraflujo con el arrojo de quien no tiene nada que perder, ni el miedo, y reparte empujones entre los pasajeros que se abalanzan ansiosos por ser los primeros en abordar.

Con un pie en la escalera, su mirada se estanca en las piedritas de la vía. Mientras el metro abandona la estación sin ella, Jelena cierra los ojos y se eleva del andén para zambullirse entre las minúsculas hojas del encino que, por fin, han logrado liberarse de la invasión de las ramas del pirul brasileño.

*Ana Fuente Montes de Oca (CDMX, 1984). Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado cuento y ensayo en distintas revistas impresas y en línea. Fue beneficiaria del apoyo Jóvenes Creadores del FONCA en la disciplina de cuento. En 2018 publicó su primer libro Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso en Fondo Editorial Tierra Adentro. En 2019 recibió el Premio Dolores Castro de Narrativa por La Ley Campoamor. Se ha dedicado a la edición, la traducción, la corrección de estilo y la docencia. Radica en Ensenada, Baja California.