Los abrigos

 

El remedio contra la tristeza

se llama tristeza.

-Francis Picabia

El señor Eleison estaba sentado en la cafetería a la que acostumbraba ir cada día de la semana. Eran las 11 AM, tomaba café y acababa de terminar un desayuno que no había consistido en más que cuatro panes tostados a los cuales les había untado diferentes tipos de mermeladas. Fresa, frambuesa, piña e higo. Hacía trazos en una servilleta. O al menos intentaba hacerlo, porque seguido se daba cuenta de que lo observaban. A veces incluso se percataba de que las personas murmuraban al verlo, decían algo entre ellas y al notar que el señor Eleison las veía, le sonreían. Algunos incluso se acercaban para decirle:

            –¡Señor Eleison, qué gusto verlo por acá! ¿Cómo ha estado?

            Él respondía:

            –Bien. Estoy bien. Gracias.

Y sin decir más, el señor Eleison volvía a su pluma y a los garabatos en la servilleta. Aun así, había quienes extendían su esfuerzo.

            –¡Ah! Veo que está escribiendo otra vez –su voz más aguda de lo normal–. Me da gusto. Pero, no tiene usted pensado volver al trabajo, ¿o sí?

El señor Eleison levantaba la vista y sonreía.

            –Yo le recomendaría, señor, que se tome el tiempo necesario. Por supuesto, claro que, bueno… ­­–se trababan después de este punto y, al ver que el señor Eleison volvía a los trazos de su pluma, se despedían.

La mayoría de los comensales sentían pena por él, querían ayudarlo, pero nadie sabía cómo. Esa parecía ser una verdad compartida entre aquellos que conocían al señor Eleison.

Con los días muy poco cambiaba. El señor Eleison llevaba años asistiendo como cliente a esa cafetería. Se sentaba donde mismo. Pedía lo mismo. La diferencia estaba en que antes solía tener con otros comensales conversaciones sobre todo tipo de temas. Y ahora solo se dedicaba a escribir en servilletas. Era todo.

Pensar en el desprendimiento de los glaciares.

Imaginar el frío.

El crujir del hielo.

El señor Eleison no era el único cliente que iba a aquella cafetería para sentarse solo. Había, por ejemplo, una mujer que veía los cubiertos que no usaba. Pedía jugo de naranja y dos huevos estrellados. Pero lo más importante parecía su contemplación de los cubiertos que había frente a las otras tres sillas en la mesa donde solía sentarse. Un día el señor Eleison se percató de que existía esa mujer y que iba a esa hora y a esa misma cafetería. Otra cosa: la mujer no comía en cuanto le servían, sino que esperaba. Por alguna razón, esperaba. Y seguro cuando daba el primer bocado su comida ya estaba fría y su jugo de naranja, tibio. Esto irritaba al señor Eleison. Y a veces pensaba que no sería mala idea dejar de ir diario. Qué mal podría hacerle no ir uno que otro día para evitar gente como esa. A la siguiente semana lo intentó. Terminó emborrachándose en su casa. Le habló a su exmujer. Y en un día destrozó la poca paz que había entre ellos. Discutieron la ausencia y las culpas. Además, la borrachera le causó una terrible indigestión. Le ardió el pecho y la cabeza durante todo el día siguiente. Así que decidió volver a su rutina diaria en la cafetería como si con ella alimentara su fe. Pero ahí estaba la misma mujer. Era sábado y ahí estaba. El señor Eleison se preguntó por el tiempo que la mujer llevaba visitando aquella cafetería. ¿Era nueva o es que llevaba mucho viniendo a este lugar? No la había notado antes. De eso estaba seguro. Pero bueno, ¿por qué le doy tanta importancia?, se preguntó él, y así fue como se convenció de que lo mejor era hacer lo suyo. Qué le importaba la vida de aquella mujer. Pidió café, mermeladas y una canasta de pan. Luego se entregó a la pluma, la servilleta, los garabatos.

Los trozos de hielo que se desprenden de los glaciares

 flotan a la deriva.

Fríos y silenciosos,

no pertenecen más a la enorme masa.

Por unos días, todo fue absorbido por la normalidad. El desayuno, la pluma sobre la servilleta, la intermitente interrupción de las personas, la mujer, luego la tarde, a veces las lágrimas, siempre la noche.

Y la verdad fue que en poco tiempo la mujer dejó de irritarle. Solo que la tranquilidad le duró poco.  Un día llegó alguien más. Era un hombre con un sombrero alto, oscuro y afelpado. El señor Eleison rechistaba cada que lo veía. Por fortuna, el hombre se sentó alejado de él, en un lugar en donde el señor Eleison podía darle la espalda.

Lo que llamó la atención del señor Eleison fue que Sylvia, la mesera que los atendía, lo saludó y le dio un abrazo. Un abrazo que se volvió recurrente cada día, pues el hombre tomó también el hábito de ir a la misma cafetería y sentarse en el mismo lugar. Poco a poco creció en el señor Eleison la curiosidad por saber si el hombre conocía a la mesera de otro lugar. O tal vez sea como esa otra mujer, pensó el señor Eleison, tal vez lleve años viniendo y yo simplemente no lo notaba.

En poco tiempo esta intriga hizo que el señor Eleison le pusiera mayor atención al tipo. De tal manera que en los días siguientes decidió sentarse en otra silla de la misma mesa, la mesa de todos los años, para ver mejor al hombre con el sombrero. Desde esta perspectiva, también podía observar a la mujer.

El hombre se sentaba junto a la ventana a leer el periódico y tomar café. Y un día, una corriente de aire le tiró el sombrero y el señor Eleison vio algo en su cabeza. Una malformación o tal vez una cicatriz. El señor Eleison no tuvo el tiempo de saberlo, porque el hombre levantó el sombrero y se lo puso. Tampoco fue que lo hiciera con prisa. Se tomó su tiempo. Luego cruzó su pierna y continuó leyendo.

El hombre con el sombrero era el último en llegar y el último en irse. Cuando el señor Eleison se acercaba a la salida, notaba que el tipo miraba por la ventana. Era una hora de la tarde en que una buena porción de la calle estaba ya ensombrecida y, al verla, los ojos del hombre del sombrero emitían un brillo durmiente. Luego comenzaba la noche.

Los clientes iban y venían, pero entre los tres formaban una especie de triángulo que permanecía estable durante el correr de las horas, desde la mañana hasta el atardecer.

El señor Eleison notó que la soledad de estas dos personas también era interrumpida por otros. No alcanzaba a escuchar lo que les decían, pero podía asociar que sus propósitos eran similares a los de aquellas personas que molestaban al señor Eleison con las mejores intenciones. Algo había en aquellos gestos. De cualquier forma, los solitarios apenas respondían con expresiones básicas, limitando su participación a una sonrisa y a respuestas que no requerían más que dos o tres palabras.

 Los fragmentos que se desprenden de los glaciares

llevan en sus partículas

la memoria del hielo

–¡Viejo gruñón! –le dijo un día una señora al señor Eleison. La voz aguda. La papada temblorosa–. Qué sorpresa verte aquí. No esperaba que… bueno. Me da gusto –el señor Eleison se limitaba a sonreír–. ¿Cuánto ha pasado ya? Ojalá no pienses que nos hemos olvidado de… Quiero decir que en casa pensamos todo el tiempo en ustedes. Y ya te conozco, viejo –el señor Eleison veía la sortija de matrimonio en la mano de la señora. Cuando ella se dio cuenta, la tapó con su mano derecha–. Pero dejando las bromas de lado, te veo muy bien y eso me da mucho gusto –la señora se quedó callada unos segundos. Su barbilla tomó de pronto la textura de un durazno podrido. Sus ojos se humedecieron–. No puedo siquiera comenzar a imaginar lo que debieron sentir tú y Martha. Era un chico apenas. Toda esa vida por delante, pero… listo. ¿Ves? Por eso no… Samuel tiene razón, mencionarlo es solo recordarles su dolor. No estás solo. No debes olvidarlo. Me tienes a mí. Y Samuel siempre estaría dispuesto a… Solo hace falta que lo llames y… No, ¿sabes qué? Yo misma le diré que te lleve a pescar este fin de semana. Seguro te caerá bien. Aire fresco. Compañía. Un cambio a la rutina siempre…

El señor Eleison levantó la mano, mostrándole la palma que en un año se había vuelto seca y arrugada.

            –No es necesario, Miriam –dijo–, no hagas nada. Por favor. Gracias. En verdad. Saluda a Samy por mí.

El señor Eleison hizo el intento por retomar su trazo sobre la servilleta y no pudo impedir el abrazo torpe, inesperado, de la señora Miriam. Tampoco pudo entender por qué le molestaba tanto recibirlo.

Ella se fue sin decir más. Y el señor Eleison contempló aquella silueta hecha a partir de bolsas de compras, cabello, contoneo de caderas y medias pálidas. Horribles zapatos. Las mejores intenciones. Tomó aire e hizo lo posible por retener el llanto. En ese instante notó que la mujer y el hombre del sombrero lo observaban. Tal vez lo habían visto todo. No era el mismo tipo de mirada que veía en los demás. Eso lo supo el señor Eleison. Y no solo eran sus ojos. Era algo en su presencia. Hacía toda la diferencia del mundo.

Foto: Graciela Iturbide

 

*Imágenes de portada: Manami Sasaki

*Luis Enrique Araoz (1992). Escribe ficción, crónica y ensayo. Alimenta los blogs: www.revistapiccarda.wordpress.comwww.castillitorojo.wordpress.com