Irineo*. Cap. 20. Caldo derramado

Capítulo 20

Caldo derramado

*Irineo, Novela ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2019. Publicada por CONECULTA Chiapas – Editorial Cuadrivio (noviembre, 2020).

 

La luz caía sobre la mitad de un limón al centro de la mesa. Entraba por la ventana y atravesaba la cortina, donde las moscas se quedaban quietas. Irineo las miraba. Del fondo del patio llegaban esos ruidos fatigantes, de gallinas enjauladas.

La niña se detuvo en el umbral, frente a su abuelo. Eréndira apareció detrás.

—¿Cómo está, pa?

Irineo no alteró el gesto. A esa hora las esperaba ahí, sentado, con los ojos idos.

—¿Ya tiene hambre? —la muchacha habló de nuevo—. Péreme, ahorita le caliento.

Irineo carraspeó.

La niña echó a correr al cuarto. Eréndira dejó su bolso en el sillón y entró a la cocina. Después de un rato, salió con un plato de caldo enchilado y tortillas envueltas en tela.

—Vente a comer, mija —gritó. Luego miró a Irineo—. ¿Cómo le fue en la mina?

Volvió con dos platos más, los puso sobre la mesa y se sentó frente a su padre.

—¿Qué dice Doña Queta? —preguntó Irineo como respuesta mientras tomaba una tortilla y la rompía por la mitad.

—Ahí anda, a veces se queja de su cadera —el aire de la muchacha era alegre—. ¿A usté cómo le fue en el cerro?

La niña salió del cuarto abrazando una muñeca y se sentó en el suelo de la estancia.

—El sol anduvo fiero, tuvimos que tronar más temprano.

—Hoy hizo harto calor —favoreció Eréndira—. Ahí hay más tortillas.

Irineo carraspeó y agarró el plato con ambas manos para sorber del borde.

El cuarto del fondo daba la impresión de estar vacío, pero si se le veía fijamente desde fuera, las cosas empezaban a dibujarse: una ventana, ropa abultada en el piso, una cama y un catre. En las paredes, reminiscencias colgando.

Eréndira removió el caldo de su plato con la cuchara. Se oyeron unos aleteos desde el patio. La niña miró el rostro deformado de su muñeca.

—Que te vengas a comer, hija —dijo Eréndira con tono serio. Sus senos redondos, delineados bajo la tela desgastada de su blusa, se oprimieron contra la mesa.

—¿No te da lata? —preguntó Irineo señalando a la niña con la barbilla. Una mosca se posó en su frente.

La fruta partida había estado ahí, secándose, en el centro, quién sabe desde hacía cuanto.

—Nada, ahí se está tranquilita mientras yo hago el quehacer —Eréndira recobró su tono alegre—, ¿verdá, mija?

Las palabras eran otras, eran vestigios de otros semblantes que, al pronunciarlos, retorcían el tiempo en vez de precisarlo.

—La gente habla mal de ella en el jardín —dijo Irineo—. De Doña Queta, digo.

—Si es rebuena persona —la muchacha seguía jugando con la cuchara dentro del plato—. Me dice que la meta a la escuela.

—¿Eh? —respingó Irineo. La mosca voló de su frente.

—Es lo que me anda dice y dice —Eréndira soltó el cubierto—, que metamos a la niña a la escuela.

Irineo hundió una tortilla en el plato.

—Eso le dije yo —se adelantó la muchacha—, que a duras penas hay pa la comida. Pero dice que ella me ayuda.

Irineo rebuscó en la servilleta de tela con la mano. Eréndira lo miraba con irremediable cariño.

—Ponme otra tortilla.

Afuera, un tendedero corría del limón al gallinero, de donde colgaba ropa percudida. Los frutos del árbol se entiesaban antes de desprenderse. Eréndira los arrancaba y los partía de cualquier forma, como alguna vez había hecho su madre. Adentro, el techo se achicaba conforme se deshilachaban las flores o se morían los que por allí rondaban. Irineo se detenía en sitios absurdos, se tropezaba con trozos de noche asidos al día. Había luz estancada entre el polvo, fantasmas gritando mediante la quietud de las moscas.

—Que te vengas a comer, chamaca jodida —espetó Eréndira.

El machete resbaló del sillón y azotó en el piso. La muchacha tomó la servilleta de tela y se levantó de la silla, reacomodó el instrumento de su padre y se dirigió a la cocina. Dispuso las tortillas en el anafre y se hincó para soplarle al carbón. El cuarto exhaló ruidos crepitantes. Indulgencias consumiéndose.

Irineo se limpió el caldo derramado en su barba, con los dedos.

El tiempo se había obstinado en extinguir las caricias. Las culpas seguían merodeando las conversaciones, escondiéndose tras la puerta, como si fueran niños. Por eso se hablaban a medias, se respondían otras cosas, se miraban hacer gestos que no les pertenecían; se oían aleteos agonizantes entre las frases. Por eso se respiraba una afinidad aterradora con la estupidez de las gallinas.

Eréndira sopló de nuevo y el carbón enrojeció frente a sus mejillas.

La niña se levantó y atravesó la estancia. Abrió la puerta detrás de su abuelo, la del patio, y corrió a lo largo del mecate, hasta el gallinero. Sus rodillas soportaron su peso al hincarse. Metió la cabeza de plástico por entre las rendijas y la movió de un lado a otro.

La mujer sopló más duro y su rostro se humedeció.

La niña se arrodillaba todos los días frente a las aves enjauladas.

La ropa colgada en el tendedero parecía sucia, pero Eréndira la había tallado hasta empaparse de sudor, hasta dejar la tela oliendo a la buena costumbre.

Había incertidumbres o pedazos de la memoria tirados en el aire. Se oían rezos cayéndose de las sillas, palabras enlutadas que deformaban el juicio.

La malla de la jaula estaba oxidada; la cara y uno de los bracitos cabían entre los recuadros. La gallina se plantó frente a la muñeca.

Irineo agarró un chile con la mano y masticó en silencio.

La mosca abandonó la flor para volver a su frente tatemada.

Las manchas sobre la tela eran visibles, aunque el tejido estuviese limpio. ¿Por qué la pureza debía responder al color blanco, a la textura nívea, a los errados sentidos de los hombres? El tiempo pasaba sin arrepentirse; con un bulto chillando en sus brazos, Irineo había vendido los becerros para pagar el entierro, y con el tiempo vería sobrecogido las facciones amadas encarnar la tez de una niña risueña, cuya piel se erizaba con el más liviano pasar del viento.

El ave martilló los huecos donde a lo mejor un día estuvieron sus ojos. La niña pegó un brinco, como cada vez que un picotazo dañaba las facciones de plástico. Sus reacciones inocentes discordaban con los huecos lastimados. El rostro iba deformándose con la agitación de las alas.

Los golpes no fueron premeditados, más bien la consecuencia de un dolor turbio, primitivo. El primero le inflamaría la cara y el segundo la tiró al suelo. Eréndira se quedó gimiendo, abrazándose el vientre. Porque de aquella niña vendría otra niña.

El ave lanzó otro picotazo, presa de la confusión ante el rostro de plástico y la risa infantil.

—Otra tortilla —gritó Irineo desde la mesa, mirando la cortina. Las moscas pasaban horas interminables sobre las flores. Y aunque ningún padre nuestro debiera atreverse a cuestionar la fuente, porque origen y continuidad brotan de la tierra, de la madre, Irineo se aferraba en querer saber:

—¡Quién es el padre! —había gruñido con rabia enloquecida.

Él fue el último en enterarse, cuando Eréndira ya no pudo disimular el vientre. Volvía de la mina con el aliento seco y los ojos ardiéndole y al ella preguntarle si ya tenía hambre, a él se le revolvían las tripas.

Eréndira volteaba las tortillas con sus manos tiernas. Sus rodillas anchas se doblaron más, para soplar en las entrañas del carbón. La niña saltaba aterrada, hilarante, y volvía a meter el rostro sin ojos en la jaula. Pecado y virtud eran la misma cosa si ocurrían con atroz inocencia, si se soportaban los picotazos y los juicios y el ardor.

Las coronas de sus pechos, tras la blusa deslavada, siguieron endureciéndose con cualquier roce, porque no había en ellas otra cosa que vida. Eran firmes y morenas y habían estado en la boca de muchos. Cómo sepultar las punzadas en las ingles si no tuvo madre que la golpeara, cómo sembrar el pudor en la piel cuando su único propósito era sentir. Eréndira había nacido sin temor a Dios o a cualquier otro señor, porque la insensatez no era congénita, sólo la pureza. Pero los arrepentimientos inculcados siguieron sentándose a la mesa, a la hora de la comida, agrandándole el vientre.

Hasta el día de gracia. Llena eres de…, murmuraban Doña Queta y las vecinas desde la estancia, con histeria colectiva, con las cubetas listas y el pavor bajo el cogote, aterradas ante la posibilidad de que, nuevamente, viniera con el nacimiento la muerte.

Irineo la miró desde el umbral del cuarto en penumbra. Vio el charco marrón expandirse entre los pliegues de la sábana, en medio de las piernas tensas de su hija. Recordó esa misma mancha entre las de su mujer, hacía tanto fallecida.

—Nosotros que te hicimos con harta carencia y amor —dijo Irineo y las palabras salieron abiertas por dentro, desgranándose por regresar al principio—, y tú que ni el padre sabes quién es.

A Eréndira se le iba saliendo la mancha del vientre.

—Ese día que nacistes —siguió su padre, roto ante la repetición aciaga de los ciclos—, mejor te hubiera llevado a ti en vez de a ella —y su cara se desencajó cuando peló los dientes—. El Cárabo.

La muchacha dejó escapar un berrido. Las mujeres entraron con toallas y botes con agua para recibir al pequeño alarido cubierto de culpas.

La vida y la muerte eran un charco oscuro, un pujido atrancado en la misma cama. El polvo mudaba de forma bajo la misma penumbra; las épocas no podían expiarse. Y el carbón volvía a arder, una y otra vez, con los mínimos soplos: su padre y los demás hombres eran puntos de una circunferencia en cuyo centro estaba ella.

Eréndira salió de la cocina y puso las tortillas envueltas en tela sobre la mesa. Irineo tomó una, la partió y agarró otro chile entre el caldo.

—Todavía queda mucho carbón, pa —dijo sonriendo, con la cara encendida. Después agitó su mano cerca de la frente de su padre. Irineo miró la fruta seca mientras la mosca tomó vuelo.

Afuera, se oyeron aleteos idiotas.

 

∗Alejandro del Castillo (1987). Maestro en Gestión del Arte por la Universidad de Melbourne. Fundador de la editorial Revarena. Beneficiario de Endeavour Leadership Program del gobierno Australiano y del programa Estudios en el Extranjero FONCA-Conacyt (2018). Su primera novela, Irineo (Cuadrivio, 2020) fue ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2019. Parte de su trabajo de narrativa, poesía y ensayo ha sido incluido en publicaciones nacionales e internacionales.