AURORA MISHINA

La vacuna Sputnik-Midori 33 nació con los ojos del mundo encima. La sustancia fue desarrollada por Rusia y Japón para salvar el 2022. Misha, que tenía 38 años, fue de las últimas personas en ser vacunadas en su ciudad. Al administrar un cat café y tener menos de cuarenta, las autoridades sanitarias la consideraron una persona que estaba en bajo riesgo de contagiar o contagiarse.

          Misha acudió puntualmente a la cita que le programó el centro de salud de su barrio. La enfermera que la pinchó dibujó una sonrisa en el papelito que tenía su número de paciente. La mujer tenía unas cicatrices de acné que coincidían con la mascarilla, pero se notaba que había dormido más de seis horas. No como aquella enfermera que una vez empujó a Mishina fuera del hospital porque tenía el cabello suelto.

        El virus había cedido. Muchos incluso no recordaban lo grave que fue, como si urgiera cambiar de página. En los diarios se utilizaba información sensacionalista, pero el morbo no encajaba ya en el sentir colectivo. Ya era posible comprar una mandarina en la calle o pisar una oficina de atención ciudadana en diez minutos. Las escuelas habían regresado tres días de cinco. Se programaron con certeza conciertos, obras de teatro, cinemas, y había ilusión para adornar las calles para cualquier fiesta patronal. Desde las siete horas se escuchaban risas y ajetreo, como un sueño lejano. Las mascarillas seguían presentes, pero los ojos que se asomaban no se veían ya angustiados.

          Lo que no volvía a la normalidad eran las asociaciones animalistas. Los voluntarios que desde antes ya cuidaban con limitaciones a gatos y perros, estaban a tope, en el borde. Fue más complicado para los que rescataban periquitos exóticos, los que cuidaban de los burros a las afueras de la ciudad, o de los que protegían a los caballos de morir de cansancio al pasear turistas.

          En una reunión pública por video llamada, los animalistas entendieron con serenidad que los centros de conservación de especies en peligro tenían prioridad. Los biólogos que anteriormente habían discutido con determinación la importancia del ecosistema completo versus las mascotas, empatizaron con los animalistas y veterinarios: sus enemigos naturales. Fueron dos cosas las que les dolieron al terminar la reunión: ver a los rescatistas asumir un papel marginado en el universo post pandemia del sálvese quien pueda, y saber que ahora las manadas de gatos ferales acabarían con las ardillas, lagartijas y aves, y que la ausencia de estas incrementaría las plagas. Cuando los biólogos escucharon cómo se le hizo un nudo en la garganta al fundador de Patitas.org, vocero de las iniciativas animalistas, al saber que no recibirían ningún apoyo, imaginaron las heces de perros callejeros en los parques, y cómo la Toxocara y la Escherichia coli serían los nuevos animalitos de compañía.

         Mishina estuvo conectada a esa reunión, con la cámara apagada. No esperaba nada de las personas, así que a ella no se le hizo ningún nudo. Misha se llamaba Aurora, pero se ganó el apodo de Misha o Mishina gracias a la asociación que fundó en el 2015. El ayuntamiento calculó que gracias a Mishina Cat café y amigos, se habían salvado alrededor de 2 451 gatos. Aurora prefería pensar que ahora 2 451 hogares conocían el amor verdadero, pero lo guardaba para sí misma por apatía.

          En este nuevo panorama, mantuvo el local a duras penas, y no podía darle lugar a muchos gatos y camadas de gatitos. Saturar el espacio también pondría en riesgo a los otros. Compraba alimento más barato, hacía rendir la arena. En el espacio tenía a un gatito que había sido maltratado por un hijo de puta, y este apenas se quería mover. Le ayudaban las caricias en la cabeza mientras tomaba agua. Aportaba bastante que un gato macho se hacía cargo de varios gatitos. Un estudiante de la uni había diseñado un artilugio para que los gatos adultos portaran unos reemplazos de tetillas con leche de fórmula, y así los cachorros sin madre se pegaban al sentir las barrigas suaves y calientes. Esto lo agradecieron la muñeca, las manos y la espalda de Mishina, que con el frío ya se habían entumido.

         También había un gatito que tenía una infección en el oído, así que se tambaleaba y estaba de malas al sentir el medicamento. Había dos que no se llevaban bien, y otros que solo querían sentir que alguien les pasara una mano en el lomo. Estaba también el Sr. Morales, un gato ciego que tendría como noventa años, y que necesitaba que lo ayudaran a comer alimento blando. Así, Mishina parecía un pulpo, un michi pulpo, que sin voluntarios y sin dinero, lograba que el proyecto no cayera. Sí caía, pero caía de pie. 

        Desde los trece años, Mishina supo que quería dedicarse a cuidar a las mascotas sin amo. Ya ni se le rompía el corazón cuando la gente le escupía frasecillas rancias sobre el sentido de la vida. Que si un novio, que si al menos un crío, que para qué cuidar a los gatos si había tanta gente sin hogar, que buscara un trabajo de verdad, que los animales no agradecían, y el cliché: que los gatos eran traicioneros.

       Misha nunca conoció a sus padres biológicos, pero tuvo dos padres adoptivos que la amaron el tiempo que la vejez les permitió. Luego vivió en una casa hogar, donde la trataron bien, aunque todo fue muy impersonal. A veces sentía que el ser étnicamente ambigua, y haber sido hija de dos personas mayores era algo así como ser una gatita rescatada.

        Horas después de que le aplicaran la vacuna, Misha observó una aurora boreal en su cocina. Tenía fiebre, un efecto secundario común de la Sputnik-Midori 33. Vivía en Badalona, lugar imposible para un fenómeno como ese, lugar imposible para muchas cosas. Cerca del techo humeaban los colorcitos a lo Lisa Frank, moviéndose con un ritmo que podía saborearse, incluidos todos los espeluznantes y fascinantes sonidos. A Misha le quedó un sabor cálido a bombones y cítricos, como si un montón de bolitas le saltaran en la boca.

        Mishina percibió un cansancio inmediato, se sintió drogada y se dejó llevar un poco. El brillo de la aurora boreal a escala casera estaba compuesto por decenas de gatitos que viajaban por el espacio. Los reconoció: eran aquellos que no pudo salvar. Los gorditos, los ariscos, los pelirrojos, los calicós, e incluso aquellos recién nacidos que no alcanzaron a abrir los ojos, volaban cerca del techo de la estufa con los brazos abiertos, en plenitud y con la gracia de los felinos que viven bien. Misha contempló todo el espectáculo, que también incluía una masa de turistas diminutos tratando de capturar el momento con cámaras invisibles.

        Este suceso, del cual no quedó muy claro su final, hizo que Misha se durmiera entre un montón de lágrimas asilvestradas. Hacía tiempo que no dormía bien, como los demás, pero ese día sintió como si le quitaran una mochila pesada de la espalda. Por la mañana estuvo intercambiando mentalmente las imágenes de los gatos que vio morir, por el cielo de colores con ronroneos. Pensó que los muertos, sus muertos humanos, quizá pasaban por una situación parecida. Tomó una ducha, un café y una tostada, y por primera vez en mucho tiempo se desenredó el cabello.

         Ya vestida, fue a preguntar a sus vecinos sobre los efectos de la vacuna. La del 43 le contó de una fiebre y dolor de huesos muy fuertes, y cómo había soñado con su difunto marido, en una descripción que se sobreentendía erótica. La familia del 25 le explicó a Misha que pensaban que iban a morir, porque les dio una calentura tan fuerte a ellos y a los niños y porque durante varias horas estuvieron riendo y bromeando con los abuelos, que habían fallecido algunos meses atrás a causa del virus. Mishina estuvo preguntando por los colores, y aun podía sentir el sabor. El rosa, el violeta, el verde, el verde azul, y el azul, fueron mencionados por todos sus vecinos.

        Ya en el local, llamó a una de las voluntarias que trabajaba desde casa: Irina. Ella le dijo, como si no fuera necesario preguntar, que la semana que le pusieron la vacuna había visto algo raro y hermoso. Irina le contó que había visto volar a unos niños y que estos la mimaron. Eran unos pequeños que volaban entre colores y le dijeron muchas verdades.

        La idea de repetir la experiencia le fascinó a Mishina, aunque no hubiese explicación lógica. Los últimos meses habían pasado las cosas más improbables, por lo que manejaba cierta apertura mental. Mishina recordaba el momento trágico en que millones de personas vieron morir a un periodista en una transmisión en vivo. El hombre había salido positivo, pero afirmó que se sentía bien y que seguiría trabajando porque el mundo no descansa. No imaginaba peor cosa que morir en un trabajo como ese. Al menos Mishina pensaba que si moría en el local, no sería algo así como trabajo. En el cat café no existían las mentiras, ni las poses, y si los gatos se comieran su cadáver tampoco estaría ya para juzgarlos.

Mientras recordaba que el mismo periodista dio una nota sobre un hámster que había hurgado en el cuerpo de su dueño fallecido, Mishina vio como un gato del tamaño de un ratón, aunque con proporciones adultas, aterrizó sobre su escritorio, dejando una estela de brillo. Era un gato feral, gris y atigrado, que hacía unos meses había sido atropellado por un autobús. En la asociación lo recogieron del asfalto con cuidado, pero el veterinario no pudo salvarlo. El cuerpecillo sin vida y aguado, estaba ahora firme y de buen humor. Las rayas del pelaje se le movían como música. Muy decidido le dijo a Mishina:

        —¡Hola! ¡Buen día! Qué hermosa te ves Mishina… prrrrr, que síiii que tengo ya tiempo queriendo hablar contigo y ya me han dicho que hasta ayer pudiste contactarnos. Prrrrr prrrrrr. ¡Ese ratón de fieltro me pone a cacarear!

        Mishina estaba más encantada que sorprendida. Matías, uno de los tantos gatos naranja del cat café, tenía las pupilas dilatadas porque le parecía que el mini gato parlante era un juguete nuevo. Saltó al escritorio, pero no pudo tocarlo, así que se conformó dando unas patadas y mordiendo su propia cola. Al gatito feral le hacía gracia el Matías, pero no se distrajo de lo que venía a decir.

        Le describió cómo mediante todos esos colores, formas y sonidos, los muertos se comunican a su manera, tratando de decir que están felices y que hay tanta alegría que explota todo.

        —Pero pocos lo entienden mi Mishina linda. A los muertos eso no les molesta, se conforman con que sus mensajes sean admirados por su belleza. Mishina, por cierto, ¿te gusta más que te diga miau o meow? Estás muy guapa.  

        Misha estaba muda. Iba hilando lo de su aurora boreal casera, pero de poco a poco. Soñaba despierta, pero tenía presente que era interesante ver la cara de un gato hablando con tanta soltura el castellano. Había que aguantar un poco la risa porque cuando el gato pronunciaba la e se le asomaban los colmillitos, vestigios de un depredador muy lejano. Lo escuchó con la seriedad que ameritaba el tema.

         Después de eso el gato feral se despidió, dándole un beso rasposo en la nariz. Le dijo que por la tarde vendría una colega suya a contarle más, y se esfumó dejando una estela pequeñita. Mishina nunca creyó que algo así le sucediera alguna vez, y ahora tenía más curiosidad. Le llamó de nuevo por teléfono a Irina.

        —No me cuentes si no quieres eh, Misha, ¿pero a quiénes has visto?

        —Hasta ahora a ninguno. Negri, es que sí he visto, pero no personas, no sé si me explico.

            A Irina le pareció lógico. Le daba gracia, y aunque a Misha también, se sentía culpable por no ver a sus padres o a otros amigos.

         —Pero no cariño, Misha, no te pongas así, es que no puedes ver… que no te lo han contado todavía. Mira, yo he visto bien de cerca la cara de los niños, y todos eran los de mi hospital. Uno me pidió disculpas por contagiarme, pero ya viste, que no me pasó na´, solo que todavía el café me sabe a agua caliente.

         —Ya sé, negri. Pero fíjate que no estoy asustada.

         —Yo tampoco, cariño.

         Por la tarde, un poco después de la comida, se le apareció una diminuta gatita carey que Mishina recordaba muy bien. Era uno de los casos del verano pasado, cuando nacen tantos gatitos y mueren gatitas al parir. Era Maraya, un nombre que le pusieron en broma ella y otro voluntario, porque quedaría Maraya Carey. La gatita había llegado por su cuenta al local, baja de peso y con parásitos. Mishina no sabía que Maraya estaba preñada, pero al verle la barriga abultada fue comunicándolo a posibles adoptantes. Sin embargo, Maraya no sobrevivió al parto, y de los cinco gatitos quedó uno vivo, que habitaba el local sin conocer todo el drama anterior. Era un gatito negro con las patas blancas, sin cola.

         De las antes manchas amarillas de la gata, destellaba ahora el dorado; de las blancas, un brillo tintineante. Mishina podía saborear el color café y negro del pelaje, como a chocolate fino.

         —Hola Mishina, te amo. Gracias por cuidar a mi bebé, por salvarnos de la calle… Mi amor, vengo a contarte una cosita.

         La garra del tamaño de un frijol, estaba ahora sobre la palma de Aurora, como si hiciera quiromancia. Kittymancia:

       —Antes de volver a nacer, estamos los muertos tan felices, no hay incertidumbre. Esa chispa es posible compartirla con aquellos que nos dieron amor. ¿Sabes, mi amor? Ya sé que en vida no tuve tanta suerte, pero quiero volver a ser un gato.

         —¿Cómo funciona lo del 2020?

         —Es que, parecen solo números, pero los usas. No es que al universo le importe, pero el mundo tiene ya un tiempo así. Si un amigo tuyo se fue en enero de este año, podrías verlo después de enero del año siguiente, esto funciona porque existe la palabra enero. Te amo.

         Después de un ratito de arrumacos, Maraya Carey se despidió de Mishina, abrazándola con todo su cuerpo. Le comentó que otro amigo suyo vendría en un rato. También se despidió de su cría a lengüetazos. El local quedó impregnado del aroma y calor de Maraya, como si ahí fabricaran chocolate.

          Ya por la noche, se presentó un gato que braceaba con fuerza para encontrarse con ella. Era Flash: un cachorrito negro que la desveló hace unos meses en el hospital veterinario. Una noche de esas, durmió con el cubre bocas y la careta puesta sobre dos sillas frías de metal. Como muchos mininos, a Flash no le funcionaban los riñones. A Misha esto le ocasionaba culpa, porque al comprar alimento más barato quizá había acortado su vida. Aunque ahora estaba hermoso: el pelo le brillaba con intensidad como si estuviera hecho de estrellas.

         — ¡Hola Misha! ¿Cómo estás? Vengo a decirte que te queda una larga vida para cuidar de los que no tienen voz. Ahhh qué bien se siente poder tener voz ¡Úsala más! Sirve. Usa el cat café para que vengan a ver a los colegas. Esa gente mayor que se siente sola. A los niños, para que sepan lo que es acariciar con cuidado a una pequeña bestia. Ahora que estoy muerto observo cada huequito posible para reunirnos. No tengas miedo, Misha, recuerda siempre que eres nuestra reina: cuando mueras tendrás un ejército que te enseñará a volar en todas las auroras boreales. Porque mira, en el cielo se está muy bien, pero te están diciendo todo el día que pobrecito que esto y el otro, mira, que lo atropellaron, que tenía piedritas en el riñón, y yo les hago así: ¡gggghhhh! ¡Eso de qué sirve! Ni a los perros les gusta tanto el cielo, hacen como que sí. Ahhh pero cuando nadie los ve hacen sus propias auroras. Un poco apestosas, por cierto, no las recomiendo.   

        Misha lloraba, entendía todo lo que estaba dicho entre líneas.

        —¿Has visto a mis padres o a mis amigos allá?

        Flash se acercó y le murmuró al oído:  

        —No te preocupes, todo va a estar bien siempre. Los que aman y son amados tienen su propia aurora boreal. Estoy seguro que tus papás tuvieron la suya, y quizá veas a tus amigos de este año pronto.

       Flash vio que Misha no se consolaba, y le pidió que se recostara en el sofá para amasarla y luego hacerse caracol en su regazo. Se puso a ronronear y vibrar hasta que ella dejó de hacer preguntas. Te quiero Aurora. Y le dio un besito en la boca para despedirse. Misha se durmió, así que los gatos vivos la arroparon, acomodando las patas debajo del cuerpo por lo que parecían panes de molde. Les dio gusto que Mishina no se fuera esa noche a casa. Durante la madrugada, los gatos muertos iban a besarla, hasta que se esfumaban, como si hubieran hecho una travesura.

        Mishina despertó con el primer rayo del día. Eso y que los maullidos reclamaban comida, de preferencia, húmeda y de ser posible, tres caricias en la barriga. Tres, no más o mordida. En las noticias había testimonios de decenas de personas que habían visto a sus seres queridos fallecidos volar entre colores y darles buenos consejos. Se especulaban historias tontas sobre la vacuna que se alejaban de lo que ella ahora sabía.   

         Aurora puso la cafetera. Dibujó la idea previa para unos carteles que invitaban a los vecinos al local. En uno ponía: “Noticias Flash!” una quedada para hablar de noticias buenas y cómo evitar los bulos de internet. En otro cartel organizaba un teatro guiñol, donde enseñarían a los niños a hacer su propia historia y confeccionar su marioneta; en otro sugería pintar un mural colectivo en la pared gris externa del local: “¡Hagamos una aurora boreal con gatos astronautas!” Entre tanta lucidez, Mishina recordó la cara dulce de sus padres y amigos. Puso unos girasoles en la ventana por Mita y Santiago que no pudieron despedirse de nadie. Pensaba que seguro, desde hace tiempo, sus padres ya habían nacido varias veces como gatos. Y que cuidaría de ellos, de otros o de los que llegaran, las veces que fueran necesarias.

*Liliana López León. (Mexicali, 1984).  Es Doctora en Medios, Comunicación y Cultura por la Universitat Autònoma de Barcelona. A veces encuentra un hueco apretado en la agenda para leer y escribir. Le gusta el cine de ciencia ficción y las bicicletas clásicas. Frecuentemente piensa dejar la academia e irse a vivir a un bosque.