INTERLUDIO EN HEILIGENSTADT

En Heiligenstadt, Probusgasse 6,[1] un tilo preside el patio de la vieja casona. Madera y piedra; paredes revestidas de cal. En algún lugar de la planta superior, no se sabe bien dónde, el compositor ocupó un espacio de no más de cuarenta metros cuadrados entre mayo y octubre de 1802. Por no dejar, un letrero pintado a mano propone “Beethoven Wohnung frente a la entrada de dos habitaciones estrechas.[2] Dentro hace frío, las paredes son gruesas y las ventanas pequeñas. El piso cruje. Sí, aquí pudo ser, el sitio en que el músico decidió “coger el destino por la garganta”[3] y amistarse con el silencio.

Exhausto, enfermo, recaló buscando tregua de la irritante vocinglería vienesa. Entre  idílico y un poco turístico, el retiro prometía quietud, aguas medicinales y largos paseos en solitario entre arbustos, hayas y robles; ideal para recuperar el ímpetu, quizá para aliviar viejas dolencias ventrales.[4] Con sólo 31 años y una carrera en ascenso, también trajo consigo música que comenzaba a nublarse de metafísica y un secreto deshonroso.

Me cuesta trabajo enfocarlo bien. La fábula lo ha vuelto una figura grotesca, ese energúmeno que va por ahí apartando a manotazos y gritos cualquier obstáculo que le impida garabatear su música. Otra imagen, más ñoña y desinformada —aunque, eso sí, muy actual— lo reduce a una suerte de Prometeo discapacitado o, peor aún, a un bobo paladín del emotional resilience y la autogestión.

Viena era donde tenía que estar. Capital de jolgorio y postín, tradicionalista y pagada de sí misma, emporio del vals y del Apfelstrudel mit Schlag, era también una sociedad melancólica y bipolar que incubó abismos en los que no pocos se despeñaron. Una cultura melosa que comenzaba a ser crepuscular y que a la vuelta del siglo se convertiría en el célebre laboratorio del fin del mundo.[5]  Beethoven amó y despreció Viena a partes iguales, según le iba a su bolsillo y según se enamoraba y desenamoraba. Ahí estaban los mejores pianistas, los grandes maestros. Moraba en ella el espíritu de Mozart —convertido sólo tras su muerte en hijo predilecto de la ciudad— y la sombra alargada y benéfica del anciano Haydn.

Papá Haydn: Una inteligencia mayor que asiente al mundo y juguetea a gusto en él. Lógica, mesura, urbanidad. Alborozo. Su música es brillante y saludable como una manzana fresca. Por eso nos agrada y asombra. También encontró en Viena un tropel de aristócratas con mucho miedo al aburrimiento y ganas de lucirse como protectores de algún talento nuevo. Waldstein, Lichnowsky, Fries, Lobkowitz, Kinsky, Swieten, Browne-Camus, Pasqualati. Apellidos rutilantes que hoy apenas recordamos porque alguna vez ampararon a Beethoven o porque figuran, borrosos, en muchas dedicatorias del compositor.

A pesar de sus devociones políticas, cómo deseó pertenecer a ese mundo. Pero se apellidaba “van” y no “von”, era provinciano y de malos modos. No podía bailar y bebía algo más de lo apropiado.[6] Tirándole a feo, bajito, nariz ancha, la cara salpicada con cicatrices de viruela y una cabezota como de calabaza coronada con un matojo de pelos revueltos. Y encima moreno, en una sociedad en que los semblantes cadavéricos eran de lo más distinguido. Debió parecer un vándalo en aquellos delicados salones, donde por lo general fue bien tratado y hasta mimado. Pero, ¿no lo habían escuchado con cuidado? ¿Cómo es que aún lo consentían? Tanto furor contenido apenas por la cordura de la forma sonata. Haydn sí que prestó oídos, y sugirió que aquello estaba a punto de estallar.

No olvido que Ludwig fantaseó con la idea de casarse con una mujer de la nobleza que fuese joven, bella, virtuosa, de corazón sensible… y completamente inalcanzable. Se apasionó con muchas, se desengañó de todas y a cada una erigió como efigie de su exilio espiritual. La última de muchas había sido una tal Giuletta Guicciardi, la damigella encantadora a quien dedicó la sonata Claro de luna —un obsequio turbador, como regalar una muñeca sin cabeza a una pequeña—.[7] En una carta a su amigo Wegeler habla de felicidad restituida, de gusto por la vida, de una niña mágica a la que ama pero que, por desgracia, “no es de mi clase” y con la que, por supuesto, “nunca podré casarme”. El hecho de que olvide mencionar que el plebeyo es él resume lo que pasaba en su relación con la aristocracia vienesa: una mezcla de gratitud y resentimiento, y un desprecio por la institución de la nobleza hereditaria.[8] Él también se consideró noble, sin títulos ni ascendencia añeja ni nombres rumbosos, sólo por la majestad de su mente y de su corazón. Al fin y al cabo, príncipes hay y habrá miles, pero Beethoven gibt’s nur einen.[9]

Me pongo a escuchar la sonata para piano en re menor, con Claudio Arrau.[10] Discurre enérgica y nerviosa. Dos motivos —un arpegio ascendente que pregunta; un motivo agitado que responde— propulsan casi toda la pieza. El preámbulo es ya intranquilo y movedizo,[11] un anticipo ominoso del tobogán frenético en que de pronto ya vuelo y me aviva con fuerza y me marea con sus  montuosidades y me empuja hacia dentro, muy adentro, donde arrumbamos esos anhelos disparatados y los miedos más feroces para que ahí cojan polvo y se nos olviden, pero que nos hostigan de nuevo apenas los removemos un poco. ¿Quién había transcrito antes la angustia de forma tan orgánica? Una coda algo escueta, con un motivo turbulento con la mano izquierda que vaticina más nubarrones, remata el primer movimiento. Con cosas así, Beethoven comenzó a desvencijar con sus furias el hasta entonces sereno y noble basamento de la música clásica para adulterarla con una sensibilidad más honda y un sentido generoso de trascendencia. Pero, claro está, escanciar el nuevo y glorioso vino que embriagará espiritualmente a la humanidad para sacarla de su miseria[12] no podía ser obra de un simple animador de fiestas. Había que ambicionar la libertad del genio, renunciar a ser dichoso y abismarse en esa fuente primigenia que precede a todas las leyes y a todas las complacencias. Sólo que ya no era joven,[13] no había escrito nada aún que lo encumbrara[14] y encima se estaba quedando sordo. ¿Sería preciso que lo que constituía su felicidad fuera también la causa de su miseria?[15]

Sobre la muerte, una canción compuesta por ese entonces, dice mucho sobre aquello que lo abrumaba.[16] Los versos son sencillos, acaso demasiado directos y casi didácticos, pero la música los bruñe con un cavilar lento, lúgubre, como una góndola entrevista apenas en la niebla. Se perciben armonías suspendidas, una melodía que se balancea grave y un tono epigramático:

Los años de mi existencia se escurren,
con cada hora me precipito a la tumba;
¿Y qué es aquello que, quizá,
aún debo cumplir en vida?
Piensa, Hombre, en tu muerte;
No te demores, ¡sólo eso importa![17]

Un Dios ceñudo, más ecuánime que amoroso, le hincó entre las sienes el afán por lo irrealizable y la ansiedad del deber. El consuelo es una leche tibia que adormece la conciencia y entume el nervio. ¡Actúa en vez de suplicar! ¡Sólo la virtud nos hace felices! Pero vivir así debe ser demencial. Te colocas frente a un espejo que sólo te riñe; nada es suficiente, todo es acuciante. Observas con sospecha cada uno de tus movimientos y de pronto no eres otra cosa que un soplón de ti mismo. Los amigos siempre te decepcionan y cuando te enamoras entras en pánico y todo se descarrila. Algo así era con Beethoven. Incapaz de aflojar el cuerpo, de complacerse con la increíble y simple casualidad de estar vivos.

La famosa anécdota del pastor puede relatarse así. Una mañana de junio o julio, Ferdinand Ries[18] visitó a Ludwig en su escondrijo de Heiligenstadt. Llegó temprano y algo hambriento, a buena hora para ponerse al día con su amigo frente a un buen desayuno. “Pero antes —sugirió el compositor—, una pequeña caminata por el bosque.” Y ahí van. Dicen que Beethoven fue de los primeros músicos en comulgar con la naturaleza. Al menos sabemos que ahí encontraba sosiego. Lo veo caminar hacia ella con brío, el cuerpo inclinado hacia adelante y las manos entrelazadas tras la espalda; un alud de energía. De seguro departe más consigo mismo que con su camarada, convertido pronto en receptáculo inerme de —literalmente— kilométricos sermones morales, regañinas y arengas mordientes contra la musiquilla de moda. Pero pronto la fatiga y el bosque ejercen su efecto lenitivo. Beethoven busca un buen punto para descansar, algún tronco retorcido, y fija sus sentidos en la posada luminosa que los acoge. Enmudece y su mente, su cuerpo completo, se somete al laborioso flujo mineral y vegetal compuesto de rigores y gozos, como los de una sonata bien escrita. En momentos así, aseguraba, podía percibir en las rocas y los árboles ese eco que todos anhelamos escuchar y caía en una suerte de embeleso tarareado, para emplear el verso preciso de un poeta luminoso.[19]

El vagabundeo se prolongó hasta las tres o cuatro de la tarde, para desconsuelo del pobre huésped del compositor. Durante el regreso las palabras menguaron, aunque Beethoven no dejaba de mostrarse inquieto y de cuando en cuando se detenía para trazar con rapidez dos o tres bocetos en una pequeña libreta que siempre traía consigo. Pasaban en silencio por un claro cuando de repente Ries escuchó a lo lejos a alguien —quizá un pastor— tocando con gracia una flautita de sauco. Sin pensarlo, alabó al rústico intérprete y reparó en el encanto bucólico de la escena de la que repentinamente formaban parte, pero Beethoven no parecía tan conmovido. “¿De dónde dices que provienen esos sonidos tan dulces?” preguntó. “¿Estás seguro? Vamos pues, busquemos al artista”. El instrumento siguió sonando por un tiempo, cada vez más lejos, pero por más que anduvieron el misterioso flautista no apareció. Ries asegura que el compositor luchó durante media hora por percibir esos sonidos que, aunque distantes, eran perfectamente audibles. Se detenía y se concentraba con la mirada fija en el suelo y la cabeza inclinada; se llevaba el cuenco de la mano a uno y otro oído; se daba pequeños golpes con los dedos en las sienes; se jalaba discretamente los pelos. Nada. Después de eso, guardó un firme silencio y cayó en una profunda depresión.[20]

Agazaparse; desdibujar las raíces, nacer de nuevo. O aflojar los puños, no sentir pena por el pasado y desplomarse en el silencio. La vida puede ser atrozmente injusta y tiene más maña que la música. Ni el renombre ni la transfiguración mendaz pueden contra la insistencia de las cosas. Menos aún si lo que está en juego es un sentido, el oído, “que en mí debería ser más refinado que en los demás hombres”. La vida puede ser atrozmente injusta y dejarnos solos, muy solos. Varado entre su corazón y las estrellas, Beethoven se enfila hacia dentro. Con un gesto típico, elige escalar la montaña por el lado más difícil y bregar con las moiras. Se aísla cuanto puede, trabaja y redacta un documento notable, el “Testamento de Heiligenstadt”. Al final del dolor nos espera la soledad completa. Y con ella intenta reconciliarse Beethoven. El “Testamento de Heiligenstadt” es un texto equívoco, encontrado entre sus papeles después de su muerte. Es una excusa torpe y una botella lanzada al mar. No es tan sencillo captar el tono del escrito y lo que esconde; por un lado es una confesión íntima para sus hermanos —Carl y Johann—, por otro es un mensaje al futuro. Se revelan además pensamientos suicidas, en una forma un tanto melodramática y por ello no muy convincente. Se mezclan en forma penosa un tono sincero con trazas del hombre rígido, puritano, que se pinta más como querría ser visto y recordado que como en realidad era. Pero ante todo se percibe al individuo terriblemente solo y desesperado que clama por ternura y atribuye su retraimiento y rudeza, sus nulas destrezas sociales, a su incipiente sordera.[21] También manifiesta dudas respecto a su capacidad para cumplir su misión como artista antes de que lo pescara la muerte y la certeza de que nunca podrá vivir una existencia dichosa.

Para entonces le resultaba obvio que su sordera no tendría remedio, que sólo iría empeorando y que habría entonces que pactar con el silencio más profundo; no el que antecede a los sonidos, no el que rompe la música, sino el silencio más impasible, el de los témpanos, el del miedo y el de las cosas que ya no existen.  La ceguera nos separa de las cosas, pero la sordera nos separa de las personas.[22] Beethoven exigió la gloria como artista, pero sabemos —lo sabemos por sus muchas cartas— que quizá prefirió ser reconocido más como Ludwig el esposo, padre amado, el tío, el amigo más generoso, el buen vecino. Y sí, también el gran compositor, pero convertirse en ogro espantoso no formaba parte de sus planes. Beethoven no se reinventó; se agarró del único madero que quedó a flote tras el naufragio.

En algún momento decidió que era el momento de volver a Viena y tomar la ciudad por asalto. Se llevó consigo un ánimo estrambótico y una tonadita simplona, pam, pim, pam, pom, rebotando como una pelotita entre las paredes de su cráneo una y otra vez. No era un motivo nuevo, pero seguía obsesionándolo.[23] Comenzó a bosquejar algo con él durante su estancia en Heiligenstadt y hacia el verano de 1804 logró concluir su colosal Sinfonía Eroica.[24] Y ahora sí, puede decirse que Ludwig dinamitó la presa para que fluyeran todas sus ideas. De nuevo, el sentido de la música despliega la mitología del héroe que lucha, sucumbe, muere, renace y triunfa, pero está vez en una escala sin precedentes. El segundo movimiento es una marcha fúnebre en la que mueve con numen las palancas del terror y del dolor más intensos y, tras una muy breve y tormentosa introducción, en el último movimiento vuelve a aparecer la tonadilla de la que germinó todo y de pronto pareciera que se trata de algo chusco, un scherzo para que podamos irnos a casa felices, pero después cobra fuerza y se convierte en un tour de force que nos arrastra de asombro en asombro desde lo más prosaico a lo más noble hasta la apoteosis final y por último a una coda un tanto brusca que parece decirnos “Bueno, ya basta. Hasta aquí por hoy. Yo soy Beethoven y puedo crear esto y más”.[25] Como se sabe, la sinfonía originalmente se llamaría Bonaparte y estaría dedicada al primer cónsul francés. Sin embargo, tras enterarse de que Napoleón había aceptado convertirse en emperador,[26] borró enfurecido el título de la partitura y la sustituyo por la leyenda: “Sinfonia eroica, composta per festeggiare il sovvenire d’un grand’uomo”. Una vez muerto Napoleón, o al menos su espíritu, queda claro que el verdadero héroe de la Eroica es Beethoven mismo.

El periplo Beethoven. Se equipara demasiado con lo más elevado, con lo más sublime, con un puente magnánimo entre la persona y lo divino. Se diluyen así sus aspectos paganos, carnavalescos. Apoteósico, muchas veces sus desenlaces suenan más a una danza furiosa alrededor del fuego, al bramido del chamán desquiciado, antes que al triunfo de la abnegación y de la concordia. Pero quizá Beethoven nos hace mejores. Nos gusta creer que Bach, Haydn, Mozart, Beethoven y Bruckner  nos hacen mejores, más humanos. No es una experiencia inusual. Al menos mientras dura la música, mi conciencia se ensancha y yo y el mundo somos distintos, más dichosos, más palpables. O más míseros, cuando las notas nos sumen en la indecisión, la oscuridad y la amargura. Pero Beethoven se alza de puntillas para alcanzar la luz, levanta el puño y entonces nos invade la aurora; rechinan fanfarrias y crujen los chelos y la plenitud nos roza en la frente y en el pecho y por unos instantes somos héroes. Me niego a creer que todo eso sólo sea un agasajo de mis endorfinas o la ridiculez de un carácter sensiblero. Tampoco se me escapa que las potencias que desata la música pueden ser muy ambiguas y que la exaltación que provocan no siempre se aviene mal con el delirio de la brutalidad. No sé qué sean esas fuerzas que la música vuelve audibles y que los filósofos desairan; sólo sé que me someto a ellas, acojo su fragosidad y elijo refulgir en la música incombustible de Beethoven; entonces, y sólo entonces, soy distinto y quizá un poco mejor, una versión menos deshonrosa de mí mismo.

¿Cómo consigue conmovernos la música? ¿De qué astucias se vale? Si oímos música triste, ¿es ella misma la que es triste? ¿O es triste porque nos pone tristes? Pero con Beethoven es él quien nos conmueve; sólo escuchamos su corazón. El primer Tondichter,[27] el primer compositor que nos confiesa su vida con su obra. Recrea una y otra vez un drama personal que, de manera intrigante, termina siendo el de todos los que lo escuchamos.

*Héctor Islas Azaïs (Culver City, 1966) es filósofo, traductor, ensayista y editor en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa), en el Instituto Tecnológico de Sonora, en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Cajeme y actualmente en la Facultad de Filosofía de la UNAM. Sus intereses se centran en la ética moderna y contemporánea, la filosofía de la religión, la música y el valor social de las artes y las humanidades.

 

[1] Antes Herrengasse 13. Heiligenstadt fue hasta 1892 un pequeño pueblo vinícola. Hoy es un barrio relajado de Döbling, el décimo noveno Distrito de la ciudad de Viena.

[2] La construcción ha sido objeto de diversas transformaciones. La primera de ellas fue una remodelación casi completa en 1807 después de un incendio, por lo que no puede haber certeza respecto a qué habitaciones exactamente alquiló el compositor. Durante mucho tiempo el edificio albergó una panadería y hasta 1967 se convirtió en el actual Beethoven Museum.

[3] “Ich will dem Schicksal in den rachen greifen […]”, carta de Beethoven a Franz Gerhard Wegeler, 16 de noviembre de 1801.

[4] Sabemos además por su correspondencia que se sometió a un tratamiento penoso para aliviar una tinnitus aguda, la primera forma en que se manifestaron sus problemas auditivos. Las molestias habían comenzado al menos tres años antes; es decir, cuando tenía entre 28 y 29 años.

[5] Según la famosa expresión del escritor y periodista austriaco Karl Kraus (1874–1936).

[6] Tomó clases de baile en más de una ocasión, al parecer con resultados nulos. Tampoco resultó ser un buen jinete —otra habilidad social apreciada en la época—. Con respecto a la bebida, tanto su abuela paterna como su padre fueron alcohólicos. En el caso de Ludwig, el exceso de vino pudo haber contribuido al desarrollo de la enfermedad hepática que lo mató a los 56 años.

[7] La sonata para piano no. 14 en do sostenido menor, opus 27 no. 2, Quasi una fantasia, más conocida como Claro de luna. Beethoven no eligió ese mote para la que es, sin duda, una de las piezas más sombrías que compuso. Sólo la banalidad más resuelta ha logrado consagrar esta obra, y en particular su primer movimiento, como una tonadilla de novios melosos.

[8] Se suelen distorsionar de manera anacrónica las opiniones políticas de Beethoven. Sin duda fue un adelantado para su época, un “progresista” que soñaba con una sociedad más justa y humanitaria, pero de ninguna manera un defensor de la igualdad social o de la democracia tal como la entendemos nosotros. Fantaseaba más bien con el retorno a —lo que él consideraba— los valores puros de la nobleza aristocrática y con la instauración de un despotismo ilustrado.

[9] “Sólo hay uno”, según se dice que afirmó, no sin razón.

[10] Sonata no. 17 en re menor, opus 31, no. 2, conocida como “La tempestad”, compuesta entre 1801 y 1802. Claudio Arrau (1903–1991), pianista chileno, fue uno de los artistas más grandes del siglo XX. Sus interpretaciones de las sonatas para piano de Beethoven bien podrían ser las mejores jamás grabadas.

[11] Sólo en primeros siete compases el tempo cambia cuatro veces: largo–allegro–adagio–largo.

[12] Así se describió una vez el compositor de acuerdo con el testimonio de Bettina Brentano, escritora y rompecorazones de la época que arregló un encuentro al parecer poco feliz entre Beethoven y Goethe.

[13] Se entiende que para los estándares de la época.

[14] No puede decirse que lo que había escrito hasta entonces fuera desdeñable, pero aún no era el autor de, por ejemplo, la sonata Waldstein, los conciertos para piano nos. 4 y 5, Fidelio, el concierto para violín, la Missa Solemnis, la sonata Hammerklavier, la sonata para piano nos. 31 y 32, las sinfonías 3, 5 y 9, los cinco últimos cuartetos para cuerda, la Große Fuge… y otras partituras esenciales.

[15] La pregunta que se formuló Werther, protagonista de Las penas del joven Werther de Johann Wolfgang Goethe, uno de esos libros como hachas que pedía Kafka. Publicado en 1774, fue una de las mayores influencias a fines del siglo XVIII en la Alemania del Sturm un Drang. Werther se enamoró perdidamente de Charlotte, una mujer comprometida con otro hombre, y optó por el suicidio.

[16] Resulta muy riesgoso seguir la biografía de cualquier músico a través de sus composiciones. Sin embargo, con Beethoven quizá valga la pena arriesgarse a hacerlo —tan ligadas parecen su vida y su obra—. Justo eso es lo que propone William Kinderman con cierta prolijidad técnica en su Beethoven, Oxford University Press, Oxford, 2009.

[17] De los Seis Lieder opus 48, completados probablemente en marzo de 1802. Los textos son de la obra Geistliche Oden und Lieder de Christian Fürtegott Geller, poeta sentimental y muy popular en su época. Escritores posteriores lo tildaron de mojigato y calificaron sus versos de “aptos para las hijas de pastores”.

[18] Ferdinand Ries (1784–1838), originario de Bonn, amigo, discípulo y secretario de Beethoven. Fue un compositor prolífico —ocho sinfonías, ocho conciertos para piano, tres óperas, veintiséis cuartetos de cuerda y otras obras—, aunque en la actualidad no se ejecuta ni graba mucho su música.

[19] El vallisoletano Jorge Guillén (1893–1984), del poema “El distraído”, Cantico.

[20] En el “Testamento de Heiligenstadt” menciona la gran “humillación” que experimentó durante esa ocasión.

[21] Como demostró el recientemente fallecido Maynard Solomon, los problemas de Beethoven para relacionarse con los demás de una forma normal empezaron mucho antes que sus dificultades para escuchar. El libro de Solomon sobre Beethoven, publicado originalmente en 1977, sigue siendo uno de los mejores estudios sobre el compositor, a pesar de su fatigoso psicologismo que lo hace a menudo presa de la curiosa superstición de que en la vida de una persona nunca pasa nada porque sí.

[22] Frase que se atribuye a Helen Keller (1880–1968). Escritora, activista y filántropa destacada, sufrió de sordera y ceguera totales desde los diecinueve meses, al parecer por una meningitis.

[23] Se trata del “tema de Prometeo”, que ya había aparecido en una de sus contradanzas (WoO 14, no. 7), en su música del ballet Las criaturas de Prometeo opus 43 y como el tema principal de las variaciones en mi bemol opus 35, las famosas Variaciones Eroica.

[24] Sinfonía no. 3 en mi bemol mayor, opus 55, llamada Eroica. Junto con la famosa Novena, la Eroica es la mejor sinfonía de Beethoven, y quizá le mejor sinfonía de todos los tiempos.

[25] Desde luego hay que mostrar cierta moderación a la hora de atribuir tantos contenidos extramusicales a una partitura. Max Steinitzer, en su clásica biografía de 1927 nos recuerda que Beethoven se limitó en sus sonatas y sinfonías a registrar el ritmo y la dicción con que han de ser ejecutadas. Y el famoso director de orquesta Arturo Toscanini criticaba a sus colegas por buscar siempre  “historias” en Beethoven. En cierta ocasión durante un ensayo, el maestro explotó: “No! No! Nein! Is-a not Napoleon! Is-a not ’Itler! Is-a not Mussolini! Is Allegro con brio! . . . Da-caaaaa-po! En el fondo de todo esto está el problema, muy actual en la filosofía, en torno a la naturaleza —y la posibilidad misma— de la experiencia “puramente musical”.

[26] En mayo de 1804.

[27] Término con el que prefería referirse a sí mismo. Aunque sinónimo de Komponist, una traducción literal de Tondichter sería “poeta de los sonidos”.