La región habitada

Prueba gratis. Maduras cerca de ti, sin trucos. ¿Por qué tan solo? ¿Quieres conocerme? Entra a una de nuestras salas y visita mi webcam en tiempo real. Frente al monitor, una mujer intenta bailar sin salirse del marco. Cuerpo pixelado, movimientos toscos, intermitentes. Oculta el rostro, lo mejor que puede, con su cabello. Su escenografía, un cuarto venido a menos: cama, ventilador encendido y pantalla de plasma sobre un ropero. Podría ser el de cualquier hotel, algún fraccionamiento junto a la carretera. Descubre la mitad de su rostro, toca sus pechos, los besa, me mira. ¿Te gusta, papi? Quieres ver mis nalgas, ¿verdad?

Afuera, la puerta del zaguán entreabierta, suspendida en una región de la memoria. Sigo sin atreverme a cerrarla por completo, pues sería confesar ―más que a Dios, a mí― que no has regresado y él sigue aquí, conmigo. Porque saliste sin más, y el eco de tus pasos en el andador, como hojarasca, no acaba de llegar a ningún sitio. Yo aún intento gritar “quédate”. Entre nosotros, su cuerpo cual grieta en las esquinas de la recámara. Está ahí, de pie, bajo el umbral de la puerta; su silueta se dibuja tras las cortinas.

Tu voz, tenue, llega desde una lejanía que no alcanzo a nombrar; tan cerca y, al mismo tiempo, dos seres imposibles, remotos.

― ¿Quieres de almorzar? ―la pregunta reverbera en el pasillo que da al comedor. Hablas con algún familiar que sólo conocemos por teléfono―. Es que está trabajando. Sí, gracias a Dios. Desde casa. No, sí le están pagando. Ya vez que no se puede salir ahorita. Pero aquí estamos. Nos tenemos.

La mujer toma un dildo. Posa su lengua sobre el glande y, poco a poco, lo cubre con sus labios y los retrae. Repite. Escurre su saliva por el miembro de plástico y lo coloca frente a su vientre. ¿Lo tienes así, amor? ¿Como negro? ¿Quieres ver cómo me entra toda? Se mete tres dedos a la boca y frota el paño que cubre su vagina. Gime. Bajo el volumen. Suena como ese día que no acaba.

Aquí, en este lugar, los edificios oscurecen el horizonte. No sabemos si amanece ni cuándo se oculta el sol; para ello, tendríamos que conocer la diferencia entre las horas del día. La jornada se sigue de largo y las obras jamás terminan de construirse. Taladros y martillos se suceden hasta dejar en carne viva la piedra, pulsante, como si todo edificio fuese herida. A veces escucho los cimientos suplicar. Están agotados de seguir en pie, de tener atestado el pecho de varillas, y lo único que piden es desmoronarse.

Da palmadas sobre la humedad de su vagina. ¿Escuchas? Tengo oídos para hacerlo. Mi cuerpo entero lo hace; la piel recuerda todo, se estremece al tacto, aunque sea mínimo. Estos son mis ojos y carecen de párpados para cerrarse. Con ellos vi a Campos cruzar la penumbra de la sala y sentarse en el sillón frente a la tele. Más que una criatura viviente, una evocación sin rostro ni edad. Encendió el cable y subió el volumen a la novela ―¿De dónde saliste?―. Todo lo veo. Todo lo escucho.

― Gil, ya está servido. Tú sabes si vienes.

Puta madre. ¿Por qué me hablas? Lárgate de aquí. ¿Por qué estás tan cerca? Cállate. No vuelvas a dirigirme la palabra. Pero no puedo desear eso. Ella sólo quiere que coma. Piensa que valgo la pena, que soy lo único bueno en su vida. No sabe. Le basta su fe. Cree en Dios y en las personas. No me atrevo a gritarte. Porque, si alcanzara a rozar tu mano en la niebla del pasillo, te darías cuenta de que ninguno de los dos vive más en esta casa, que los cuartos se inundan con una sola presencia. Tu hermano, mi tío ―¿Es así? ¿Eras aquello? Bien podrías ser el novio de mamá, un amigo de la escuela. Porque no te reconozco―. Y no habría rezos suficientes para abrir las paredes. Escuchar de tu boca el padre nuestro, de rodillas ante la ceguera de los altares de la sala, con la voz a punto de quebrase, quiere decir que ya hace rato te sabes a la deriva. Que Dios no contesta. Bienaventurados los que entren a la casa del Señor. De ellos será el reino. Reza por nosotros.

¿Te excita? ¿La tienes dura? Antes de la grieta en las paredes, del abismo que crece como humedad, habías acabado de bañarme en una tina de aluminio. Sumergía a mis luchadores de plástico e intentabas verter agua sobre mi cabeza. Me vestías con un pijama amarillo. Estaba en tus brazos y olías a perfume. Antes de salir, cobijaste tiernamente a tu hijo y besaste su frente. Tanta es tu fe. Es tanta que creerías que alguien también cargó a esta mujer en sus brazos y abrazó su cuerpo desnudo con inocencia, solamente para cubrirlo. Quizá lo recuerda, por eso se detiene y mira fijamente a la cámara.

En el chat le suplican seguir, acabar de desnudarse, enseñar la pulsación de su vagina. Suben fotos de vergas duras y le preguntan si le gustaría tenerlas dentro, si caben completas en su boca, en su ano hasta dilatarse. Su mirada continúa clavada, pero ella hace rato que no está ahí. Escriben “Ojalá fueras mi niña”. La mujer agacha la cabeza y se pone de pie; da la vuelta y tantea sus nalgas. Nos mira de reojo. ¿Soy tu niña, papi? ¿Tu bebé? Lentamente, con cierta cadencia, hace resbalar su tanga entre los muslos. ¿Quieres que juguemos?

Campos pone música y entra a mi cuarto ―”Campos”, esa memoria apenas delineada y, sin embargo, inminente―. Desde el marco de la puerta, una sonrisa amable, violenta. Me pregunta si me bañé; entonces ya no podíamos jugar. Le digo que sí, que no se vaya. Él venía dos o tres veces a la semana; o vivía en esta casa incluso antes de que nosotros. Le tenía cariño. Jugábamos a las luchas y podía golpearle con la seguridad de que resistiría. Me tomaba de los pies, de los brazos, de la cintura. Elevaba mi cuerpo y lo arrojaba a la cama. Me quería. Por eso se quedó ahí de pie, inmóvil. Yo fingí cansancio. De repente, le embestí con una de mis almohadas. Tomó la otra y nos azotamos con ellas hasta sudar ―¿Sucedió así?―. Entonces era valiente, aun cuando los nervios me delataban bajo las cobijas. Entonces podía gritar y sentir los pulmones desgarrarse, la fatiga en los brazos, la pulsación del cuerpo, la mano que recorre el vientre hasta lo húmedo. El gemido.  

Mete palmo a palmo el dildo en su vagina y se restriega el clítoris con violencia. Parece sufrir, como si quisiera llorar. Eres mi puta, le escriben. Imagina que te estoy reventando la vagina. Sigue. ¿Dónde quieres mi leche? ¿En la boca? Quieres que te deje embarazada, ¿verdad? Pídemelo, puta. Pídeme más verga. Arrecia contra su cuerpo, cierra los ojos, pierde el equilibrio. Todo ella es el pulso de la carne viva y sin aliento.

Tiran pisos para volverlos a levantar, los cuartos se hacinan jadeantes, nada termina. No puedo sentir mi pulso. ¿Por qué este vuelco en el pecho? Escucho los gemidos, los golpes que atraviesan la carne y las paredes. ¿Dónde estás, Campos? El ruido no me deja encontrarte. Dios: no respondas, ahora que necesito de silencio. ¿Eres tú lo único en mí? Campos le sube a la música y cierra la puerta de la habitación con seguro. La mujer apenas puede respirar, su vientre es presa de contracciones. Madre, ¿me escuchas? Dime que tus pasos regresan para encontrarme. Sácame de aquí. Ven a vernos.  

Ambos estamos de rodillas sobre la cama. Se desprende de su playera y me ayuda a desabrocharme el pijama. ¿Bailamos? Me abraza, canta a mi oído, nos mecemos. Luego besa mis párpados, una mejilla, la boca. Pide que la abra, me prende del cuello. Respiro más rápido. Sus manos son parte de mí, se aferran a mis nalgas. Tócalo, me pide. Hazlo. Su mano cruza mi cabello. No estés nervioso. ¿Te gusta? Es porque también me quieres.

La mujer termina por orinarse ―¿Como yo?―. ¿A dónde fuiste después? Siempre has estado aquí, te llevo encima, pegado a la piel. Tal vez estás en el chat. ¿Me miras? ¿A la mujer? Podría bailar como ella. ¿Te gustaría? Podría esconderme el miembro entre las piernas, como me pediste esa vez, y abrir mucho la boca hasta rasgar las comisuras. La punta de tus dedos dibuja su contorno. Porque esto es todo lo que soy. Y así como las lágrimas caen del rostro de ella y apaga la cámara, yo también me quiebro.    

― Es la última vez que te grito, Gil.

Quisiera gritarte de vuelta. No tengo hambre, espérame unos minutos. Pero las palabras se hacen lágrimas en los labios. Ahora que la pantalla de la mujer se fue a negro, veo mi imagen reflejada. Distante, apenas humano, un ente amorfo con orificios por los cuales respira y jadea. Un gemido hecho carne, incapaz de evocar recuerdo alguno que no sea esta eternidad que atosiga, el día que no acaba. 

― Gil, contesta.

Deambulamos por esta casa que erige ella misma más paredes y cuartos, en un ensimismamiento profundo, irreversible. Tu voz todavía se cuela por las grietas. Es tanta tu fe. Es tu aliento el que mueve montañas. Antes de que estos muros fueran el miserable testimonio de nuestro paso, eran piedra y serranías. Desde sus cumbres contemplabas la franja horizontal del cielo. ¿Qué viste? Si nací de ti, ¿es que pudo mirar la existencia con tus ojos? Tu voz entra a mi cuarto como la última luz de la tarde. Sé que no quieres seguir gritando: los pulmones se cansan, más los tuyos. Recuerdo ―¿lo hago?― que, una vez, intentaste contarme la razón de tu fatiga, como si al inhalar levantaras el peso de nuestros errores. Eran los edificios ―estas torres inacabadas― lo enfermo. Te llevaron a provincia, con familia de allá, entre colinas y arroyos, para curar tu anemia. Desde esas cimas, decías, las nubes cruzaban tus manos, como hilo enredado entre los dedos. Todo en la tierra eran cordilleras. Era silencio. Sólo en él es posible reconocer la ternura en las cosas, en la estela de polvo, en el musgo que crece en los caminos sin transitar. Me contabas esto tras cada baño en la tina, como a orilla de un río. ¿Crees que podamos vivir allá?, pregunté ―pero ni siquiera estoy seguro de haber pronunciado tal cosa―. No respondiste. Nadie lo hace. Ni aun Dios a su hijo en la muerte. Bienaventurados los que callan. Reza por nosotros, madre. Puedo sentir tu mejilla a través de esta pared hostil. Cierro los ojos y escucho, entre la niebla, tus pasos enloquecidos en el andador. No sé si alcances a llegar, ni si mi voz alcance para una palabra. Pero la puerta del zaguán seguirá entreabierta, esperándonos a que salgamos de aquí.    

El monitor se enciende, un mensaje privado en el chat. ¿Eres tú el único que responde? ¿Es tu jadeo absoluto el que abarca la vida y perfora los oídos? Sólo tú sales a mi encuentro. Eres la región que habito. Y yo siento temor de perderte, porque no tengo lo que se necesita para estar con alguien más; porque, si decidieras levantarte y dejar el cuarto, entonces, no me quedaría nada. Soy tuyo. Acostado en la cama, sin camisa, escribes que me veo lindo en mi foto de perfil. Quieres platicar, saber si aún siento algo. ¿Quieres que esté contigo? ¿Qué quieres que te haga? Dímelo. Siento tu aliento en todo mi rostro, el sudor de tus manos en mi cintura, tu boca comiéndome los gritos.

Enciendo la cámara.

― ¿Te gusta bailar?

 

 

*Eduardo Robles Gómez (Ciudad de México, 1994). Licenciado en Derechos Humanos y Gestión de Paz en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Asiste al Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes desde 2016. Ha colaborado en revistas digitales como A buen puertoNocturnarioOperación MarteEl Septentrión, Palabrerías, NoFM Radio y Noche Laberinto