El cuerpo

(Inspirado en el cuadro de Kirchner, Female nude)

Negro, blanco y un cuerpo compuesto por ambos. Miro apenas la mitad de su rostro, la que no está poseída por sombras y apresada por miedos. El cabello, extraño cómplice de un secreto que guarda la piel, se esconde detrás de la oreja que no oye. El brazo huye de la luz, tal vez resguarda algo en su mano, tal vez toca su pecho mientras una lágrima nace para morir en el espacio que el cuerpo apenas ocupa. El muslo izquierdo se alza en un discurso mudo, en una queja sin voz. ¿O acaso es una señal de algo nuevo? ¿O tal vez es el primer paso de un nuevo vuelo?

El brazo derecho se planta en el suelo, como si fuera un árbol de frágil tronco, un árbol sin fruto, ramificado en extrañas formas que crean un hombro. La columna, con franjas negras que emulan un tigre de bengala, se une en esta ramificación del brazo, pero algo sucede con su rectitud, el árbol se curva en su copa, a lo lejos, se escucha el rumor de un fuerte viento, un viento de desdicha y de tormento.

El cuerpo descansa sobre lo que parece un capullo abierto, una cuna, una cama que soporta más que un cuerpo. Soporta el peso de los sueños del cuerpo, de las pesadillas del cuerpo, de los traumas del cuerpo, de las obsesiones del cuerpo, además claro, del cuerpo. Una pared se descarapela al fondo, custodiando tablas de una madera que se rompe. Tal vez el entorno del cuerpo del que hablamos se descarapela a un ritmo que no entendemos, tal vez toda destrucción lleva una sinfonía de fondo, tal vez.

El cuerpo es cubierto por una segunda piel, una piel con la que no se nace, una piel que puede pensarse como un caparazón que se crea a lo largo del tiempo o como los vestigios de viejas batallas. La piel es un testigo de la historia del cuerpo, un cuentista de las historias más reales, las que penetran la piel y llegan hasta el corazón enfermo. Esta piel está mancillada por formas irregulares, por pequeños fantasmas aprisionados en la piel que no olvida. Y de noche los fantasmas saltan desde la piel hacia el exterior que habitaron en algún momento. Cumplen la promesa del recuerdo y acosan el cuerpo que habitan. Los recuerdos son los parásitos, la piel es su alimento.

Una habitación descarapelada, un capullo sobre el que se descansa, una segunda piel hecha de fantasmas, la desnudez que no ha sido protagonista, pero que es obvia y que hace más sincero todo, un cuerpo curvado, una cabeza perdida en el espacio.

 

*Luis Lerín (Puebla, 2001). Cuentista, ensayista y poeta de medianoche. Ha publicado el ensayo El dios del mundo onírico en el diario poblano El Popular. Actualmente forma parte del taller de creación literaria del escritor Alejandro Badillo.