‘La fila india’, entre la denuncia y el arte

Editorial Océano, 1era edición 2013, 232 p.

Un rápido vistazo a las reseñas que han sido publicadas sobre La fila india de Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) muestra una preferencia a la veta social, de denuncia, de la novela. Algunos apuntan que la obra muestra lo que otros quieren ocultar. Otros destacan su mordaz crítica a las instituciones del país. Me parece que estas lecturas caen en el territorio demasiado fácil, incluso obvio, de esta novela: el cruel retrato de los migrantes centroamericanos que cruzan territorio mexicano en busca de llegar a los Estados Unidos. Es decir, hay un consenso sobre los problemas que afrontan los migrantes: vejaciones, secuestros, asesinatos, violaciones. Casi cualquier escritor puede recolectar datos, empaparse un poco de las últimas noticias y escribir una novela en la que deje mal parado al gobierno y, por supuesto, no escatime adjetivos para describir la dura vida de las víctimas. Destaco esta perspectiva porque me parece que la obra de Ortuño debe analizarse desde el terreno literario sin poner en primer plano la denuncia implícita que, efectivamente, existe en la historia. Si sólo se pone en relieve la novedad del tema, la sentencia de que “pocos escriben sobre los migrantes centroamericanos”, la obra de Ortuño quedaría corta ante estudios académicos o, incluso, trabajos periodísticos que retratan de forma más amplia y sistematizada el dilema de estas personas. La literatura, por supuesto, se nutre de estos temas, pero nunca debe olvidar su prioridad: contar una historia, crear un mundo, un lenguaje que vaya más allá de una postura social o política. Pienso en algún relato fallido de Cortázar en el que intentó hacer una elegía de la revolución cubana o la ahora casi desconocida “Trilogía bananera” de Miguel Ángel Asturias que pretendía denunciar la explotación de las compañías norteamericanas en los países centroamericanos y que palidece ante libros mucho más redondos como Hombres de maíz o El señor presidente.

La fila india es, por vocación, una obra que trata de equilibrar el tema y la forma de contarlo: la forma y el fondo. A riesgo de equivocarme ya que es el primer libro que leo del autor y apoyándome en algunos textos que reseñan su trabajo anterior, parece que en esta novela Ortuño rompe con algunas líneas que lo identifican: el humor negro, una prosa directa y ácida que se mantiene en los límites de lo funcional y que no se desborda en la experimentación. La fila india –si mis suposiciones son correctas– busca su propia estética desde la estructura del texto hasta los tonos y matices del lenguaje. La historia, contada por varios protagonistas, tiene vertientes que tratan de construir un escenario coral en el que cada voz cuenta desde su experiencia. La línea más clara y que lleva la voz cantante es la de Irma, una mujer que llega a Santa Rita –pueblo imaginario que busca representar la provincia mexicana abandonada a su suerte entre autoridades corruptas y grupos delincuenciales– con su hija para trabajar en la atención de víctimas de la Conami (Comisión Nacional de Migración). La primera anécdota, surgida casi inmediatamente en las primeras páginas, involucra un atentado con fuego contra un refugio que acoge migrantes. A partir de ese momento Irma se involucra con Yein, una mujer sobreviviente. En los capítulos siguientes se desarrolla una serie de intereses de las autoridades que buscan minimizar o manipular la noticia. También Irma lucha por encontrar a los familiares de la víctima. En medio de estos elementos salen a la luz personajes que juegan papeles engañosos: funcionarios que buscan sacar ventaja de los centroamericanos, delincuentes coludidos con el sistema que enturbian y llenan de sangre las supuestas investigaciones de la Conami. Intercalada aparece la voz de la expareja de Irma, un académico, que desde el rencor y la rabia se dedica a exponer sus ideas sobre el país, la violencia y los migrantes centroamericanos que llegan en oleadas cada vez más nutridas. Me interesa detenerme en este personaje porque en él el discurso se exacerba, utilizando como anzuelo el abandono de su mujer y un viaje a Estados Unidos que él paga pero que ella no realiza con su hija por su compromiso en Santa Rita. Después de contar su vida diaria emprende una crítica despiadada de las personas que lo rodean y de su mujer que lo ha abandonado. Más adelante el hombre encuentra a una centroamericana cuya necesidad le lleva a tocar su puerta en busca de ayuda. Él primero la toma como sirvienta para después someterla a distintas vejaciones. Aquí el lenguaje lleva la trama a una atmósfera que apela a lo grotesco. En esta parte el autor da rienda suelta a la mordacidad y encadena largas frases las cuales, más que una historia, encadenan sentencias, agresiones que se regodean en el absurdo y que forman el retrato de un hombre culto que no tiene empacho en confesar sus prejuicios. Analizado de forma independiente encuentro valioso el papel de este personaje, pero en el contexto de la novela vuelve demasiado explícitas las críticas que se desprenden de los acontecimientos que rodean a los otros protagonistas. Pareciera que el autor se apropia de esa voz y quisiera remachar, una y otra vez, la pudrición de la sociedad mexicana y, sobre todo, la doble moral que enmarca las acciones del gobierno que, escudado en la retórica de los comunicados que condenan los estropicios que causa la violencia, fingen que emprenden acciones para combatir los males del país. La intención es clara: llevar al límite este aspecto de la novela con la provocación. Quizás otro factor que incomoda en esta parte es que el hombre no añade gran cosa al desarrollo de Irma y el resto de los personajes; los fragmentos en los que participa sirven como un añadido demasiado visible, con un peso que debería ser menor para que no perdieran fuerza las escenas de los migrantes, de Yein y de su exmujer. Esto no sería percibido como un defecto si La fila india planteara de inicio romper completamente con cualquier linealidad y proponer un collage en el que la visión general, de larga distancia, es la que gana; sin embargo el autor tiene muy claro su foco narrativo en Irma y dispone escenas que concentran la atención en lo que le va a ocurrir, si va a cumplir su misión y qué obstáculos encontrará en el organismo en el que trabaja.

A pesar de estos desencuentros que tuve con la La fila india destaco su capacidad plástica, la recreación de imágenes que llevan la narración a un nivel que se ve pocas veces en la novelística que trata la violencia en sus distintas manifestaciones. Ortuño sabe que se ha intentado todo o casi todo en la escritura de novelas y que las vanguardias de hace décadas parece que agotaron la sorpresa, sin embargo, a pesar de esto, intenta ofrecer una visión que rete al lector, un diálogo en el que se sienta incluido. Al terminar el libro se tiene la seguridad de estar ante una obra literaria que evita caer en maniqueísmos y que muchas veces adquiere la textura de un documental. Mención aparte merece el tema del lenguaje: párrafo tras párrafo, página tras página, el lector disfruta una prosa muy cuidada que, por momentos, lleva más allá su pericia y endilga frases demasiado elegantes a contextos que no lo ameritan por su crudeza o por su oralidad. En Ortuño encontramos a un autor que atiende el detalle, el ritmo y la forma, logrando que muchas de sus escenas, a pesar de su cuota de sangre, destaquen también por su estética verbal. De esta manera el autor se separa de aquellos que sólo piensan en contar una historia efectiva, con personajes creíbles, dejando para el último la prosa cuyo mecanismo se limita a lo estrictamente funcional. La fila india se une a obras como Trabajos del reino de Yuri Herrera o Falsa liebre de Fernanda Melchor que, además de explorar un tema socialmente relevante, se esfuerzan en crear un mundo, un lenguaje que muchas veces retrata la realidad de mejor forma que los medios habituales y cuyas palabras llegan a niveles más profundos.

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977). Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Ella sigue dormida (Tierra Adentro), Tolvaneras(Secretaría de Cultura de Puebla. Reedición Cuadrivio), Crónicas de Liliput (BUAP), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y la plaquette Ajuste de cuentas (Paraíso Perdido). También ha publicado las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Ficticia Editorial/UAN. Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo) y El último día de septiembre (Libros Magenta/Secretaría de Cultura de Puebla). Coordinador de talleres literarios.Ha participado en varias antologías de narrativa y en publicaciones como Casa del tiempoLuvina y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador dela revista Crítica y exbecario del Fonca. El texto publicado aquí es un adelanto de su próxima novela, la cual saldrá a las librerías a inicios del 2021 por la editorial Ediciones de Educación y Cultura.