Monstera Deliciosa

Me levanto por el golpeteo de la puerta y me pongo los pantalones. Hago un gesto de putamadre y abro. Nicomedes tiene los ojos rojos y los labios pálidos y secos. Vente, me dice, ven a mi casa un rato. La Juana no está, pero te invito a desayunar unos huevos. Hace mucho que no pasas a verme. Nada te cuesta, Julio. Nada más un rato.

     Le cuesta mantenerse derecho y su espalda parece un gancho. Recordé todas las veces que lo miré desde la ventana, arrullando a la niña, asomándose cada tanto a la calle, tocándose la espalda baja por el dolor.

     Es verdad, tenía mucho sin visitarlo. No podía sostenerle la mirada desde que me acosté con Juana a finales del verano, cuando recién la aceptaron en la esquina de Constituyentes. Ella no tenía mucho de haberse aliviado de la niña y de que empezaran los pleitos entre los dos.

     Esos fueron los primeros meses que pasé solo luego de jubilarme y se me antojó revolcarme con alguna de las muchachas. Caminé entre ellas, sobándome la calva y arrugando la nariz, como siempre que estoy nervioso. Cuando Juana me reconoció, abrió la boca y los ojos como si yo fuera el papá. No pude sostenerle la mirada y sentí cómo se me ponía la cara roja. Juana lo notó y luego luego cambió de cara. Me sonrió, se puso de perfil, me enseñó las nalgas y dijo no se apene, vecino. Venga, acompáñeme que tengo algo que enseñarle. Y pues para qué me hago el santo; no me hice del rogar.

     Miro los zapatos de Nicomedes. Parece que van a reventarle de lo hinchados que están. Se me viene a la mente mi tía Aurelia y su pie diabético. Se le puso negro y poco después se lo tuvieron que cortar. ¿Todo bien, amigo?, le pregunto. Nicomedes mueve la cabeza de arriba abajo con una cara que dice lo contrario. Me empiezo a preocupar, a lo mejor está enfermo.

     Pérame, pues, le digo mientras me pongo una playera que está tirada en el suelo. Esa cara no se conocía. Nicomedes tiene un montón de muecas o máscaras como les digo yo, que me sé de cabo a rabo. A veces le miro más la cara a él que a mí.

     Me gusta mucho pasar el rato mirando por la ventana. Echarme unas fumadas mientras veo cómo pasa la gente apurada a sus trabajos, escuchar las mentadas de los vecinos o ver cómo Juana se va sin hacerle caso a mis chiteos cuando va para la esquina de Constituyentes.

     Así fue como los vi llegar al edificio de enfrente. Él venía montado en una bicicleta, guiando a un camioncito de mudanzas. Se veía que estaban empezando porque apenas bajaron una cama matrimonial con el logo de Coppel, un refrigerador usado, pero no jodido. Una estufita de cuatro quemadores y un montón de esas computadoras grandes y chatas.

     Juana se bajó del camión. Su pancita ya le estaba reventando. Nicomedes la cargó y le dio un beso en la boca como lo hace un recién casado. Yo calladito, nomás los miré desde arriba, pensando que ese hombre tendría más o menos mi edad y que era muy suertudo al conseguirse a una muchacha tan joven.

     Apenas nació la bebé, llegaron del hospital y empezaron los pleitos. Ella quería salir, se arreglaba, se ponía unos vestidos bien bonitos, pegados al cuerpo y se pintaba de rojo la boca. Yo me echaba mis caladas en la ventana, mirando cómo él abría las computadoras para desarmarlas y le decía que no, que mejor cuidara a la niña.

     Entonces la Juana se quitaba los tacones y se los aventaba, un cepillo y quién sabe qué otras cosas. Nicomedes le gritaba que se calmara. Se paraba encabronado y la despeinaba a jalones. Ella corría por la sala y él la perseguía con el cinto al aire. Muchas veces llegué a escuchar los golpes. Al rato Juana salía del edificio con el labial embarrado en la cara. Nicomedes corría tras ella gritando ¡perdóname, gordita! ¡perdón! ¡Tú sabes que no soy así!, pero Juana no volteaba ni a verlo y de ahí no regresaba a veces hasta por dos semanas completas.

     El hombre se pasaba los días en la ventana, con la niña en brazos, limpiándose las lágrimas. Pensaba en qué podía hacer aquel desdichado sin su mujer, solo, con una bebé recién nacida; si yo, un viejo que llevó su vida entre camaradas, dando mordidas y recibiéndolas, ahora entre fantasmas, no aguantaba la oscuridad de las noches, no podía imaginarme la angustia de aquel infeliz.

     Cuando su cara se topaba con la mía me daba un saludo y me gritaba desde el otro lado si no había visto pasar a Juana. Le contestaba que no y le preguntaba si no quería echarse una cerveza. Él me respondía que sí, pero, ¿y la niña? Entonces le decía que no se apurara, que yo iba a su departamento.

     En su sala se sentía un olor de medicina y pañales usados. Nicomedes me saludaba, tallándose las manos en el pantalón como si siempre estuvieran sucias y su frente brillaba con la luz de los focos. Sus ojos chiquitos me examinaban detrás de los cristales de sus lentes. Encorvado, el cabello canoso con las puntas negras. Miope, amolado.

     Sólo una vez tuve el valor de preguntarle por Juana. Me dijo que ella siempre se dedicó a esa vida. Así la conoció. La vendía una pariente suya desde muy chamaca hasta el día que quedó embarazada. Cuando se enteraron, le metieron una calentada que casi la deja con un pie en el cementerio. Nicomedes fue por ella y la llevó a su casa para cuidarla y hacerse responsable por la criatura. Fue la única mujer que conoció. Juana tenía diecinueve años. No estaban casados ni los unía nada legal, sólo el cariño que sentía por ella. El hombre se puso a llorar como un niño. Empuñó las manos y se dio de golpes en la cabeza como si fuera una piñata mientras le salía moco de la nariz.

     Yo me quedé espantado, viéndolo y no supe hacer otra cosa que darle un trago a la cerveza y bajar la cara por respeto.

     Después de esa tarde dejé de visitarlo y llegó aquella noche con Juana. Hasta pena me deba encontrarlo en la esquina de la calle para tirar la basura o topármelo en la ventana. Lo evité hasta que tocó la puerta.

     Cruzamos la calle y subimos al tercer piso hasta su departamento. Lo primero que veo al entrar es una maceta donde puede entrar un pino. La tierra casi se desborda y la alfombra, ya sucia de por sí, parece un chiquero.

     Nicomedes se quita los zapatos como si le ardieran por dentro. Volteo a ver sus dedos y me doy cuenta que parecen raíces. Me dan ganas de gritar, pero se me cierra la garganta. El vecino se quita la playera y de su espalda y costillas brotan tallos y hojas anchas con marcas que parecen hechas por la garra de un tigre.

     Sus ojos se humedecen y se mete en la tierra. Se va acomodando en la maceta como un criminal condenado a la silla. Me volteo para abrir la puerta y largarme de ahí, pero escucho su voz temblorosa que dice espérate. Yo tampoco entiendo lo que pasa, pero no hay de otra, Julio. No me quiero ir sin que nadie sepa que existí.

     El estómago de Nicomedes se abre y aparecen más hojas. Las manos verdes, la cara se vuelve verde y delgadita. Sus lentes caen al piso y su boca, cada vez más chica, me dice en el cepeu gris hay dinero escondido. Agárralo y ve que sea para la niña. Cuida a Juana, ya sé que tú sabes dónde está.

     No puedo hablar porque siento la quijada paralizada. Los ojos de Nicomedes me recuerdan a los tipos que nos madreamos una vez. Con ellos estaba un muchacho de catorce años que les servía de águila. Traía una pistola en la mano cuando lo encontré. El chamaco sabía que iba a dispararle, que no tenía de otra. Era mi deber como judicial. Le dio la cara a la muerte y sus ojos no parpadearon. Nicomedes es como ese muchacho. No parpadea, me mira fijo con los ojos lagrimosos.

     No me muevo hasta que me aseguro que ya no queda nada de hombre en la maceta. Abro la puerta y salgo corriendo hasta mi departamento. En la entrada del edificio alcanzo a ver que Juana se baja de un carro y acelero hasta que puedo encerrarme con llave.

Ha pasado una semana y no sé qué pasó con la planta ni con la niña hasta que veo salir a Juana con una maleta y con la bebé. En la esquina de la basura distingo las computadoras a medio componer y a un lado suyo la planta. Bajo, tomo el dinero del aparato gris y luego de mucho pensarlo, traigo la maceta a mi casa.

     Ahora los dos miraremos la calle, las tardes, los días. Él me acompañará en las noches y cuando se me suba el alcohol, le preguntaré cosas, le diré que me responda y le arrancaré las hojas como quien pelea en cualquier cantina. Le hablo, pero Nicomedes no dice nada, no escucha.

    Nicomedes es ahora una planta, como muchas otras que hay en tantas casas y que uno no sabe si alguna vez fueron hombres.

 

*Samanta Galán Villa (Moroleón, 1991) Cuentos suyos se publicaron en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Ha participado como promotora de lectura en la revista quintanarroense Materia Escrita. En la actualidad toma un diplomado de narración en Literaria, Centro Mexicano de Escritores y forma parte del taller de creación literaria del escritor Alejandro Badillo.