«Aurelia» de Gérard de Nerval: crónica de un viaje al inframundo

  1. En la Maison de Santé

Los antiguos manicomios tienen el estigma de haber funcionado como prisiones, antes que como sanatorios mentales. La crueldad positivista de sus médicos, y las terapias dolorosas y vanas que recibían los pacientes pueblan el imaginario colectivo. Hollywood se ha encargado de mitificar los manicomios con el expresionismo del thriller y del cine de terror. No es el caso de la Maison de Santé, en París, recordada como un refugio para intelectuales y artistas como Gérard de Nerval, Marie d’Agoult, Charles Gounod, Thèo Van Gogh, Jacques Arago y Guy de Maupassant.

En la Maison de Santé en Montmartre, a cargo del Dr. Esprit Blanche (1796-1852) desde 1821, se practicó el “tratamiento moral”, un antecedente del psicoanálisis practicado en Europa desde finales del siglo XVIII. En el tratamiento moral se evitaban la coerción y el maltrato, en favor de un trato humano y del diálogo con los pacientes, largamente ignorado. Los sangrados, purgas y vomitivos de otras instituciones fueron sustituidos por terapias enfocadas en las emociones y el intelecto, lo que significó un cambio de paradigma en cuanto a la salud mental: los enfermos ya no eran seres irracionales.

Gracias a su manejo del sanatorio, el Dr. Blanche se hizo de fortuna y renombre. En 1846 mudó la clínica de Montmartre a Passy, en la zona oriente de París. El Hôtel de Lamballe, una mansión del siglo XVIII que hoy alberga la embajada turca en Francia, era aún más espacioso, y tenía un manantial natural que servía para la hidroterapia. El Dr. Blanche vivió en la Maison de Santé con su familia, tanto en Montmartre como en Passy, por lo que estaban en contacto constante con los pacientes. La clínica fue el trabajo de vida de los Blanche por tres generaciones, hasta 1872, luego de la guerra franco-prusiana. Jacques-Emile, el último de los Blanche en haber fungido como director de la clínica, recordaba haber crecido entre conversaciones de pacientes y amigos como Eugène Delacroix, Camille Corot, Edgar Degas, George Sand, Théophile Gautier, Ernest Renan, Jules Michelet, Louis Pasteur, Franz Liszt, Hector Berlioz y Charles Gounod, quien fue un paciente y su maestro de piano.

Jacques Arago, novelista, dramaturgo y explorador que en 1811 circunnavegó el mundo a bordo de la corbeta Uranie, fue residente involuntario en la Maison de Santé durante dos meses. En 1832 publicó Un maison de fous, un testimonio de su estancia cuya subjetividad contrasta con la mirada aséptica de otros relatos. En él describe el sanatorio sobre la colina de Montmartre como un edificio irregular de tres plantas, elegante, de fachada blanca, con catorce ventanas protegidas por rejas o barrotes. Había dos alas a los lados del sanatorio, una de ellas habitada por la familia Blanche. Atrás había un pequeño y agradable jardín inglés donde paseaban a voluntad “los enfermos, los idiotas y los locos” (112). Al otro lado de una empalizada estaban los pacientes peligrosos. “Casi todas las habitaciones que visito recuerdan dramas para desgarrar el corazón” (117).

Arago describe al Dr. Blanche como un hombre de 35 años, de mirada falsamente penetrante y cuyo lenguaje, breve, rápido y agresivo, le helaba la sangre. “Me habló de muerte, de asesinato, de incendios […] Lo creí loco también”. Marie Bertrand, su esposa, le da una impresión muy diferente: “el sonido de su voz consuela; hay poesía en su lenguaje. ¡Ha visto tantas miserias, ha oído tantos gemidos! También sabe llorar. […] Usted siente por ella más que amistad, menos que amor” (27-32). Luego de la primera impresión, Arago elogiaría la caridad y la ética del médico por su apoyo a una mujer cuyo amante ocultó el embarazo, hizo desaparecer al recién nacido y la internó en el sanatorio, sin pagar. Arago reporta un feliz matrimonio entre víctima y victimario en el que hoy no podríamos creer.

Arago pasa en vela la primera noche en su habitación, mirando los muros y barrotes, sobresaltado por el movimiento de los guardias, alterado por los gritos de su vecino, un loco que pedía su libertad. A la mañana siguiente lo llevan a darse un baño, donde se echa a llorar y luego tiene un acceso de furia al sentir que nadie ahí le tiene piedad. Madame Blanche lo tranquiliza y él le pide libros. “Sus palabras razonables calmaron un poco la efervescencia de mis ideas: no pensé más en el suicidio” (98). Conversa luego con un hombre que declara ser hijo de Cristo y Josefina, y haber sido en otras vidas Gengis-Kan, Mahoma y Napoleón.

Los días pasan. Los pacientes desayunan a las diez y cenan a las cinco. Marie y Esprit sirven la comida personalmente, con puntualidad militar. El hijo de Cristo y Josefina toca el violín después de comer. Arago se encuentra con otros desdichados que conversan, ríen, se acarician, enfurecen o gritan de angustia, cada uno con su particular forma de locura, hasta que los Blanche restauran el orden. Censura el nombre de los pacientes de renombre, con la excepción de un general de Napoleón sentenciado a veinte años de prisión y enloquecido por la pena del encierro. “No trate de darle la mano al general Travot; él lo golpeará” (131).

Para Jacques Arago, que atribuyó su recuperación a la piedad de madame Blanche, la Maison de Santé era un lugar de duelo para algunos, de esperanza para la mayoría, de miseria para todos.

  1. Gérard Labrunie

Hay dos figuras clave en la formación de la identidad literaria de Gérard Labrunie (1808-1855), una de las figuras más relevantes del Romanticismo francés: Antoine Boucher, su tío abuelo por el lado materno, y el Dr. Esprit Blanche, en cuyo sanatorio estuvo internado en ocho ocasiones.

Craig E. Stephenson relata en su introducción a On Psychological and Visionary Art de C. G. Jung quecuando Gérard cumplió dos años de edad, sus padres lo enviaron a vivir a Mortefontaine, en la región de Valois, con Antoine Boucher. Ellos irían a Alemania, ya que el Dr. Etienne Labrunie dirigiría ahí hospitales militares. Marie Antoinette Laurent, su madre, murió dos años después en Glogau, Silesia, luego de pasar por un puente colmado de cadáveres, posiblemente de fiebre y fatiga. La guerra no dejó ni cementerio ni archivos en Glogau, y el Dr. Labrunie omitió el hecho en su dossier militar. También perdió todo memento de su esposa durante la caótica retirada de Rusia de Napoleón, y debe haber hecho un tabú de su muerte: en 1941, al hacer su genealogía, Gérard confundió las iniciales de su madre por las de su abuela, Marie Victoire.

Gérard permaneció con su abuelo hasta los seis años, en lo que fue una estancia breve, pero significativa. Los paisajes de Valois lo acompañaron siempre; el clos Nerval, del que tomaría su seudónimo, fue el campo que cultivó su tío abuelo. El recuerdo y la influencia de Boucher lo marcaron también: el viejo comerciante de tabaco fue un librepensador y lector de clásicos y libros de lo oculto, lo que sin duda contribuyó al rechazo del autor hacia el racionalismo de la ilustración.

Gérard estudió lenguas y humanidades en un prestigioso colegio, destacándose en el idioma alemán. A los dieciocho años hizo una traducción de Fausto, que elogió el mismo Goethe (después de leerla, Jung sospechó que el elogio no fue sincero). Publicó otras traducciones y ensayos sobre las leyendas y baladas de Valois, pero Labrunie no quiso saber nada de una carrera literaria y lo enroló en la escuela médica Clinic de l’Hôtel de Dieu. Gérard persistió en la escritura a pesar de la dependencia económica hacia su padre. En 1834, heredó treinta mil francos de su abuelo materno y abandonó la casa paterna. En los seis años siguientes, se mudó con amigos bohemios, se enamoró del teatro, fracasó como dramaturgo, fundó la revista Le monde dramatique, que también fracasó, fue negro literario de algunas de las obras teatrales de Alexandre Dumas, y tuvo una intensa infatuación con la actriz y soprano Jenny Colon, quien se casó con el organizador del tour teatral.

En 1840, a los treinta y tres años, Gérard viajó a Bruselas para ver una actuación de Colon. Regresó a París endeudado y devastado emocionalmente. Hasta entonces, no había dado señales de enfermedad mental. De acuerdo con Laure Murat, en La maison du Docteur Blanche, Gérard había sido un hombre dulce, cortés, caprichoso, un poco bohemio y sobre todo soñador; un amigo fiel y de amores sobre todo platónicos. En febrero de 1841, esa imagen se altera. Gérard actúa con exaltación y tiende a las alucinaciones. Como él mismo relata en Aurelia, una noche, en espera de la muerte, cantaba un misterioso himno y se quitó la ropa. Al encontrarlo desnudo, lo arrestó una patrulla nocturna.

Un día más tarde lo habían llevado a un “asilo de alienados”, donde se le admitió con un diagnóstico de meningitis, una enfermedad grave y entonces poco conocida. Murat cita el testimonio de Alexandre Weill. Su amigo de Gérard lo recibió cordialmente y le dijo que tenía una fiebre extática. Durante la conversación le aseguró conocer la ciencia oculta de las manos y los pies. Le pidió descalzarse y compararon sus pies. “Yo desciendo de Napoleón I, soy hijo de Joseph Bonaparte, el hermano del emperador, que recibió a mi madre en Dantzig; tú desciendes de Isaías, tienes todas las señales” (79).

Lo dieron de alta pasado un mes, el 18 de marzo. Para el 21 tuvo otra crisis e ingresó a la clínica de Montmartre, al cuidado del Dr. Esprit Blanche. Permaneció hasta finales de abril con camisa de fuerza y grilletes en los pies. Ya lúcido, ironizaba sobre estar rodeado de hidalgos, una reina de Escocia, un príncipe de Granada y un par de poetas. Blanche relajó “el yugo” y le permitió recibir visitas; sin embargo, al no ver una mejoría continuada, en junio lo declaró incurable. En una carta a Alexandre Dumas, aludiendo a Jenny Colon, Blanche escribió: “Nunca se cura completamente la locura que entra por el corazón, querido amigo. Él tendrá fases de lucidez, pero cuidado con las recaídas”.

En otoño, Gérard consiguió permiso de salir temporalmente del sanatorio, seguido en secreto por un enfermero. El costo le pareció muy alto: reconocer formalmente su supuesta enfermedad, llamada teomanía o demonomanía, una rara variedad de la melancolía religiosa que, se decía entonces, ataca espíritus débiles, ignorantes y crédulos, en el primer caso convencidos de ser dioses o profetas y en el segundo de estar poseídos por demonios.

Fue hasta 1854 que Jules Baillarger presentó en París su hipótesis de una forma de locura doble, caracterizada por la oscilación entre polos de depresión y manía. En 1864, Jean-Pierre Falret identificó una enfermedad circular en la que se repetían tres etapas: manía, melancolía y lucidez. El psiquiatra alemán Krapelin identificó la psicosis maniaco-depresiva en 1899, y Emil Blauer diagnosticó la esquizofrenia en 1908.

Durante su estancia en la Maison de Santé, Gérard hablaba todo el tiempo en verso, escribió sus Quimeras y realizó un documento para uso personal, llamado en ocasiones Genealogía Fantástica, hoy resguardado por la Biblioteca del Instituto de Francia. En esta hoja de 21 x 26.3 cm, doblada en dos, reemplazó la línea paterna con una ascendencia mítica. A la derecha relató el final de la epopeya napoleónica y dió constancia de su parentesco con la familia Bonaparte y con los caballeros del emperador Otón I, fundador del Sacro Imperio Romano Germánico. A la izquierda dibujó el árbol genealógico con la ascendencia materna en un sentido y paterna del otro.

Gérard Labrunie recibió su alta el 21 de noviembre. El registro no indica si estaba o no curado. Al dejar el sanatorio, Gérard había asumido la identidad de Gérard de Nerval.

  1. Aurelia

En 1842, Gérard de Nerval soñó con la mansión de su abuelo, donde estaba con tres mujeres que a la vez eran parientes y amigas de la juventud. De pronto se encontró en un parque. Seguía a la mayor. Ella, como una diosa de la naturaleza, transformó el paisaje en un jardín de malvarrosas, se fusionó con él y desapareció. El poeta la buscó desesperado hasta dar con un busto que yacía en el suelo, en  el que reconoció el rostro de la mujer. Cuando levantó la vista, el jardín se había transfigurado en cementerio. Gérard supo más tarde que Jenny Colon había muerto.

Para escapar de la pena, Nerval viajó a Cairo y Alejandría, y estudió la historia y religiones de Oriente. En ellas reconoció las visiones que tuvo durante su primer periodo de locura. Regresó a París en 1844, y durante la década siguiente alternó entre la locura y una intensa producción literaria. En 1853 escribió Sylvie, “una de mis mejores novelas. Sin embargo, la escribí penosamente, casi toda a lápiz, sobre hojas sueltas, siguiendo el azar de mis ensueños o de mis paseos […] Pocos días después de haberla publicado, fui presa de un insomnio persistente”. En sus paseos, Nerval conversó con obreros, arrojó monedas de oro y plata, se tornó violento, lloró, temió que una lluvia se convirtiera en un diluvio universal. Poco después fue ingresado a la Maison de Santé, esta vez en Passy, al cuidado del Dr. Émile Blanche, hijo del Dr. Esprit Blanche. Su diagnóstico: “delirio furioso”. La terapia propuesta: escribir su camino a la cordura. Así nació el proyecto de Aurelia, que publicaría en la Revue de Paris. (Stephenson 8). Nerval permaneció ahí durante nueve meses, hasta que logró salir contra de los deseos del Dr. Émile Blanche. Sabemos poco de su estadía en el sanatorio, ya que se perdieron los archivos del sanatorio de los años 1851-1855.

En Aurelia de inmediato llaman la atención el descenso a la locura y la lucidez con la que Nerval describe sus visiones. Es poderosa la descripción que hace de paisajes ultraterrenos, mensajeros divinos, el dios guardián del fuego de la vida y la Madre eterna. Como Dante, Nerval tiene un guía en el Más Allá, y tiene en Aurelia a su propia Beatriz.

No fue un viaje seguro.

Aurelia está lleno de culpa y dolor. En sus páginas vemos a Nerval ir y venir del éxtasis y la esperanza a una pulsión suicida. En 1838 Nerval ya estaba listo para quitarse la vida, pero en sus visiones encontró la prueba de un Más Allá maravilloso, que significaba la derrota de la muerte, la posibilidad de redención. “Cada uno puede buscar en sus recuerdos la emoción más lacerante, el golpe más terrible asestado por el destino; es preciso resolverse entonces a morir o a vivir: más tarde diré por qué no escogí la muerte”. Las visiones –lo que él llamó “efusión del sueño en la vida real” y no locura– lo mantuvieron vivo. En su viaje al Inframundo encontró una familia “primitiva y celeste, cuyos ojos sonrientes buscaban los míos con dulce compasión”. Al recuperar la conciencia, el éxtasis le fue explicado científicamente. La gente lo atribuía a una aberración del espíritu, con la excepción de algunos amigos. Esto le provocaba cólera, pero lo que había visto le permitió continuar. “No más muerte, no más tristeza, no más inquietud. Los que amaba, parientes, amigos, me daban signos precisos de su existencia eterna, y ya no estaba separado de ellos sino por las horas del día”.

En 1854 aún luchaban en él la pulsión de muerte y la fe en la inmortalidad. “¡[Aurelia] Perdida por segunda vez! ¡Todo ha terminado, todo ha pasado! ¡Ahora soy yo quien debe morir y morir sin esperanza!” Es un ir y venir; desesperación y esperanza. Un día algo en su interior le dijo que “La Virgen ha muerto y tus plegarias son inútiles”, y otro soñó con una diosa que le dijo: “Soy la misma María, la misma que tu madre, la misma también que bajo todas las formas has amado siempre. En cada una de tus pruebas he abandonado una de las máscaras con las que cubro mi rostro, y pronto me verás como realmente soy”.

Al final ganaría la desesperación. “El 1º de enero de 1855 se publicó la primera parte de Aurelia. Tres semanas después, en las primeras horas del 26 de enero, se encontró a Nerval ahorcado en el cuarto distrito de París, cerca de la torre de Santiago, del siglo XV, en la Rue de la Vieille-Lanterne. En febrero 15, La Revue de Paris publicó la segunda parte de Aurelia”. Leer Aurelia asombra y duele; provoca admiración y piedad.

  1. Aurelia en la lectura de C. G. Jung

El 9 de junio de 1945, casi un siglo después de la publicación de Aurelia, Carl Gustav Jung dictó la “Conferencia sobre Gérard de Nerval” en el Club Psicológico de Zurich, que él mismo fundó en 1916. En ella hizo una lectura de Aurelia, en la que intentó dilucidar el estado psicológico de su autor.

 Jung encontró una definición del inconsciente en las primeras líneas del relato de Nerval: “El sueño es una segunda vida. […] Es un subterráneo vago en el que poco a poco, donde se desprenden de la sombra y la noche las pálidas figuras gravemente inmóviles que habitan la mansión de los limbos. Luego el cuadro se forma, una claridad nueva ilumina y pone en juego esas apariciones extravagantes; el mundo de los espíritus se abre ante nosotros”. Señaló también uno de los supuestos del poeta: sus sueños y visiones no eran una enfermedad, sino un viaje ultraterreno como el que hicieran Dante y Orfeo, sin dejar de lado que el suyo también lo motivó el amor por una mujer que trascendía su condición humana. Nerval fue consciente de la apoteosis, lo que le provocó desasosiego: “Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas y me he hecho una Laura o una Beatriz de una persona ordinaria de nuestro siglo”. Como le revelaría después “la misma María”, Jenny Colon era una de las máscaras de la divinidad.

En vez de encontrar a Aurelia en la realidad, señaló Jung, lo hizo en una experiencia mágica, en la que vio a una mujer fantasmal con las facciones de Aurelia. Para Nerval el encuentro fue una premonición de muerte: la de Aurelia o la propia, la próxima medianoche. Esa misma noche, un sueño –que Jung analizó en cuatro partes: espacio, desarrollo, peripecia y lisis o solución– le confirmó sus temores.

“Erraba por un vasto edificio compuesto de muchas salas, [busqué] mi alcoba en una especie de hostería con escaleras inmensas, llenas de viajeros atareados. Me perdí varias veces por los largos corredores y, al atravesar una de las galerías centrales, fui sorprendido por un extraño espectáculo. Un ser de estatura desmesurada […] revoloteaba penosamente arriba del espacio y parecía debatirse entre nubes espesas. Falto de aliento y de fuerza, cayó en medio del patio oscuro, desgarrando y ajando sus alas a lo largo de los tejados y balaustradas. […] Estaba coloreado por tintes rojizos, y sus alas brillaban con mil reflejos cambiantes. […] No pude contenerme y lancé gritos de terror, que me despertaron sobresaltado”.

En la conferencia, Jung llamó la atención sobre la búsqueda de la alcoba, que hace extraviarse a Nerval. “Su existencia individual parece haber sido un supuesto, y no un hecho. De ahí la búsqueda de su cuarto. El clímax del sueño, su peripecia, en este caso es también la catástrofe. Es la caída del daimon o genio en las galerías del edificio. Es notable que el sueño no tiene lisis. He llegado al supuesto […] de que hay algo fatal en esos sueños”. El daimon es el sí mismo de Nerval. Por eso está en el patio interior del edificio. El sí mismo desea volar, realizarse en su abundancia de cualidades y colores, pero sólo puede hacerlo si el hombre le da acciones a realizar, pues sólo aparece en lo que hacemos. En caso contrario, permanece invisible, prisionero, sin ímpetu. “La vida, por así decirlo, se retrae a la profundidad del cuerpo. Al exterior sólo quedan inhibiciones, de hecho la inhibición de todas las actividades vitales, y nada más sucede –con la excepción del suicidio”.

Antes del plazo en el que creyó que encontraría la muerte, Gérard se despidió de sus amigos y se echó a andar al oriente (“para Gérard el Oriente es la Tierra del Inconsciente” [Jung]), siguiendo una estrella, entre la melancolía y el éxtasis. Estaba convencido de que en ella lo esperaban sus ancestros y Aurelia, en un Más Allá más antiguo que el Paraíso cristiano. “Me puse en camino dirección de la estrella en la que no cesaba de fijar los ojos. Cantaba, al andar, un himno misterioso que creía recordar como habiéndolo oído en alguna otra existencia, y que me llenaba de una dicha inefable. Al mismo tiempo, abandonaba mis vestidos terrestres y los dispersaba alrededor”. Simbólicamente, señaló Jung, al desnudarse descarta su cuerpo, pues en la ascensión a la estrella está la muerte.

Luego de su arresto e ingreso al sanatorio, continuaron las visiones. Gérard visita la casa de sus ancestros; entra a una habitación adornada con un reloj cucú y con pinturas, una de las cuales representa a un hada de la ribera. Su tío abuelo aparece bajo la forma del pájaro de reloj; le habla de sus familiares vivos y muertos. Nerval está en el cuarto del inconsciente. De pronto contempla el abismo y se siente “arrebatado sin sufrimiento por una corriente de metal fundido, y mil ríos semejantes [que] surcaban el seno de la tierra […], y tuve la sensación de que esas corrientes estaban compuestas de almas vivas, en estado molecular”. Luego de la identificación alquímica entre metal y espíritu, Nerval se encuentra en una costa bañada por el sol; una “isla de paz que existe entre el monstruoso caos de movimiento” (Jung). Ahí está el viejo, ahora con forma humana. Lo guía por paisajes conocidos hasta una casa desconocida, llena con los fantasmas de cuerpos y de cosas. Dentro hay un salón lleno de ancestros; muertos recientes y antiguos, que se comunican con Gérard sin necesidad de palabras. “¡Eso es cierto! –decía yo con fruición–, somos inmortales y conservamos aquí las imágenes del mundo que hemos habitado. ¡Qué dicha pensar que cuanto hemos amado existirá siempre en torno nuestro!… ¡Estaba muy cansado de la vida!”. Pero aún no es su tiempo; todavía pertenece “al mundo de arriba”. La conversación continúa y su guía le revela que “la tierra es por sí misma un cuerpo material del cual forma el alma la suma de los espíritus […]. Vivimos en nuestra raza y nuestra raza vive en nosotros”. Entonces el salón se llena de hombres y mujeres de todas las épocas y de todos los tiempos, “en quienes yo estaba y que eran yo mismo”.

El viejo se convierte en joven y juntos parten en una peregrinación a una ciudad desconocida, en la falda de una montaña en cuya cima habita un pueblo primigenio, una utopía. Entran a una de las casas de la montaña y descienden nuevamente, por su interior, en donde encuentra la huella de eras incontables. Al final encuentra a aquella familia primitiva y celeste; es la isla de la felicidad.

Todo se desvaneció. Gérard recuperó la conciencia. El siguiente sueño le confirmó las revelaciones de esa visión. Entra en la casa ancestral y se encuentra con las tres mujeres, sigue a la mayor. Jung vio en la casa del Ancestro el lugar donde habitan las tres Parcas. Gérard está vestido con ropas de tela de araña. Se dirige al jardín, que se transforma a un estado natural, salvaje. Esta es la peripecia del sueño. La muchacha es el jardín: la mater natura. “¡No huyas! –grité–, ¡porque la naturaleza muere contigo!” El mundo morirá si ella vuelve a su estado original.

Gérard seguía en la Maison de Santé. Tras la muerte de Jenny Colon, hizo dibujos al carboncillo en los muros; Aurelia aparecía divinizada una y otra vez. Las visiones continuaron, pero finalmente Nerval consiguió su alta.

Por un tiempo estuvo bien, pero un día cayó por las escaleras. Nerval se percató de que en el paisaje que miró antes de caer estaba el cementerio donde yacía Aurelia. Los delirios reiniciaron. “Parecía como si toda una raza fatal se hubiera desencadenado en medio del mundo ideal que había visto otras veces y del cual ella era la reina”. La utopía que visitó antes está perdida. Nerval oye hablar de una ceremonia que sucede lejos; es la boda mística de Aurelia y el otro, el doble del propio Gérard. 

Otras visiones lo llevan nuevamente al pueblo de la montaña. Ahí oye hablar de una boda y cree que es la de su doble con Aurelia. Nerval se violenta, y los habitantes de la montaña se vuelven contra él. Un grito desgarrador lo regresa al sanatorio. Fue a la vez un grito de Aurelia y de alguna paciente.

Gérard había perdido a Aurelia una vez más. Sin embargo, la vio una vez más en un sueño. Nerval conversaba con un amigo muerto, cuando ella apareció triste y pensativa y le habló. “Nos volveremos a ver más tarde… en casa de tu amigo”. Para Nerval fue el último intento de Aurelia para salvarlo, pero él perdió la oportunidad.

El manuscrito de Aurelia, refirió Jung al final de su conferencia, fue encontrado en el cadáver del autor. “Este es el final de una personalidad que nunca entendió cómo abrir el estrecho círculo del “Yo” y permitir la entrada de la sombra, ese heraldo ambiguo de otro orden de cosas” (Jung).

*Rodrigo Garva (Saltillo, 1980) es egresado del Diplomado en Creación Literaria de la SOGEM y de la Maestría  en Literatura Aplicada de la Ibero Puebla. Ha publicado en los géneros ensayo y cuento en distintas revistas como Picnic, Inventio y Ablucionistas.

OBRAS CONSULTADAS

Arago, Jacques. Une maison de fous (Maison du Docteur Blanche). Liagran, 2015. eBook.

Goldstein, J. “Moral Treatment”, History of Psychiatry. International Encyclopedia of the Social & Behavioral Sciences, 2001. www.sciencedirect.com/topics/nursing-and-health-professions/moral-treatment.

Jung, C. G. On Psychological and Visionary Art. Notes from C. G. Jung’s Lecture on Gérard de Nerval’s Aurélia. Edición e introducción de Craig E. Stephenson. Princeton University Press, Phelemon Series, 2015.

Lécuyer, Silvie. “Les Laurent”, Gérard de Nerval. sylvie-lecuyer.net, http://www.sylvie-lecuyer.net/leslaurent.html.

—. “La généalogie fantastique – Labrunie et Bonaparte”. sylvie-lecuyer.net, http://www.sylvie-lecuyer.net/leslaurent.html.

Murat, Laure. La maison du Docteur Blanche. Histoire d’un asile et de ses pensionnaires de Nerval a Maupassant. Éditions Jean-Claude Lattès, 2001. eBook.

Nerval, Gérard de. Aurelia o El sueño y la vida. Traducción de Agustín Lazo. Era, 2010.

Whitmore, Janet. “Jacques-Emile Blanche – Biography”, Rehs Galleries, Inc., 2019. https://rehs.com/Jacques-Emile_Blanche_Bio.html.