Bellatin: el acto colaborativo

Prólogo

Por Geney Beltrán

La trayectoria de Alejandro Badillo en el campo de la crítica literaria ha sido al mismo tiempo anómala y generosa. Del ejercicio de estos dos adjetivos veo derivadas otras cualidades. En primer lugar, uso el término “anómalo” para referir la constancia, no sólo la pertinencia y precisión, de un andar por los espacios de la crítica —desde la tribuna periodística— que casi ningún otro autor de su generación ha mostrado. Y me apoyo en el adjetivo “generoso” porque, en sí, el comentario libresco siempre es manifestación de una postura desprendida ante el gremio de quienes escriben como ante la amplia comunidad de quienes leen.

Fuera del ámbito académico, la crítica literaria —no sólo en México— tiene cada vez menos espacios y casi ya ningún estímulo. Si numerosas plumas del pasado mostraban sus poderes exegéticos desde la primera e inquieta juventud a través de reseñas, ensayos o antologías, las promociones más recientes son, en su generalidad, alérgicas a ese compromiso de hablar de las páginas de los otros, sean coetáneos, recientes o clásicos. Las raíces del fenómeno son varias. No es este el lugar para hacer la jeremiada correspondiente, aunque los efectos en la circulación ilustrada de nuestras letras son, ni cómo negarlo, adversos.

Frente a esa retirada que, usualmente por táctica, los creadores jóvenes han decidido realizar de la esfera de la crítica, Alejandro Badillo ha compaginado su escritura de ficción narrativa con una perseverante revisión de las novedades. Ya se trate de la reseña de primeras o segundas o terceras novelas o reediciones de autores consagrados o antologías —la mayoría de narradores mexicanos—, su ejercicio asume el ejemplar y generoso didactismo de la tribuna periodística. Es Alejandro Badillo un crítico que despliega las armas del análisis formal y contextual, y que desmenuza su comentario con la exigencia del escoliasta que no halla motivo para elogiar gratuitamente ni, tampoco, para descalificar sin argumentar sus discrepancias. Y, por supuesto, un ejercicio continuado como este tiene a menudo su resabio ingrato: lo más común es que al escritor-que-también-es-crítico se le rebaje llanamente a sólo un crítico-que-también-quiere-ser-creador. Es decir, ocurre a ratos que la actividad crítica en la plataforma del periodismo literario perjudica la proyección de la propia escritura creativa.

Al asumir ese riesgo, Alejandro Badillo parecería lanzar una apuesta a largo plazo: reivindicar la convivencia necesaria —en la misma sensibilidad y la misma inteligencia— de quien narra sus mundos y quien reflexiona sobre los ajenos significa mantener vigente el perfil bifronte de tantos autores de la tradición mexicana, empezando por Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz, y siguiendo con Juan García Ponce, José Emilio Pacheco, Margo Glantz y Esther Seligson. Este perfil bifronte es irrenunciable; es de hecho consustancial a las propias búsquedas estéticas que se adviertan en las novelas, cuentos o poemas… La anomalía de Badillo, pues, lo sería respecto de las letras contemporáneas mas no en el concierto amplio de la literatura moderna.

Por otro lado, la generosidad del crítico se exhibe en el esfuerzo y tiempo que dedica a libros con los que incluso tenga reparos. Redactar un ensayo o una reseña no es trabajo de una tarde; pide lectura y relectura, reflexión, ordenamiento, reconsideración. El gremio a menudo vincula la reseña negativa con un ajuste de cuentas o el exabrupto rencoroso de un temperamento que se siente preterido. Pero, más allá de este lugar común tan ciego y tan pernicioso, sin duda el talante provocador y adversativo de buena parte de la crítica es útil para el lector común y corriente, pues le permite distinguir en el abundante caudal de lo presente lo que, a juicio del comentarista cuyo criterio respete, merece o no el tiempo de la lectura.

Pero esta generosidad va más lejos. Pues, como se ve en los textos de Alejandro Badillo, la crítica que se publica en el periodismo literario no sólo se dirige al aquí y ahora en que surgen las novedades sino que, con la gracia y distancia de los años —sean pocos o muchos—, permite tomar el pulso a lo que la misma época revelaría de sus inercias, desequilibrios, incertidumbres. Es decir, la compilación de textos críticos hace trascender este ejercicio por encima de la inmediatez para ofrecer tanto al investigador o historiador, como al lector común, un panorama de un momento histórico de nuestras letras sopesado y tamizado por la inteligencia y el rigor de un pensador de la literatura —anómalo y generoso, insisto— como es Alejandro Badillo.

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El libro uruguayo de los muertos  /  Mario Bellatin / Sexto Piso, 1era edición 2012, 276 pp.

El primer acercamiento que tuve a la obra de Mario Bellatin (Ciudad de México 1960) fue una reseña de Christopher Domínguez a la novela corta El jardín de la señora Murakami (2000) publicada en la revista Letras Libres. En el texto el reseñista destacaba el estilo concentrado de Bellatin y, sobre todo, la temática de su literatura: la muerte, sectas, la atmósfera “plácida y tenebrosa” con la que el autor rendía homenaje a los viejos maestros japoneses como Kawabata y Tanizaki. A pesar de que en aquella reseña El jardín de la señora Murakami no salía muy bien parada, sirvió como aguijón para que comprara varios libros de Bellatin. Así, corroboré la afirmación de Christopher Domínguez sobre la rareza del autor, su espíritu iconoclasta y la repetición de sus obsesiones. En aquel momento estos elementos fueron suficientes para que estuviera atento a sus nuevas publicaciones y le siguiera la pista en revistas y diarios. El exotismo del autor, sus nouvelles cada vez más concentradas y simbólicas, contrastaban fuertemente con una literatura mexicana que, a pesar de las vanguardias y su asimilación por escritores mexicanos como Salvador Elizondo y otros miembros de la Generación de Medio Siglo, seguía atada a lo tradicional y al convencionalismo de una historia efectiva que rehúye los experimentos. Después de la lectura de varios libros de Bellatin dejé de seguirlo, quizás abrumado por la reiteración de un estilo que amerita una lectura espaciada en el tiempo.

Con estos antecedentes emprendí la lectura de El libro uruguayo de los muertos. De inicio, como sucede con toda su obra, hay un problema con las definiciones: ¿novela?, ¿biografía?, ¿crónica? Si en el pasado Bellatin había explotado la nouvelle cuyos límites aún bordeaban lo tradicional: personajes, trama, escenarios; ahora presenta un libro que carece por completo de estos elementos. Así, nos topamos con párrafos pequeños, aparentemente inconexos, en los que el personaje principal -Mario Bellatin- se dirige a un interlocutor anónimo. Este elemento, el personaje-autor, es el detonante de pensamientos, recuerdos, el acucioso registro de enfermedades y la bitácora de su vida cotidiana. En este punto conviene hacer una pausa y resaltar la intención del libro: fabricar, mediante las confesiones de Mario Bellatin, el interés del lector que, ante la falta de una anécdota clara, se sumerge en los pensamientos del escritor que pueden abordar los dilemas de su escritura o, simplemente, llevar el registro de publicaciones e invitaciones a eventos en todo el mundo. Este análisis arroja varios fenómenos que conviene poner sobre la mesa para hacer una crítica más profunda de El libro uruguayo de los muertos. El más importante es la necesidad de un lector colaborativo, es decir, alguien que asuma su condición de voyeur, que parta de referencias ubicables sobre la vida de Mario Bellatin (su práctica de la religión sufí, su obsesión por los perros y la muerte, entre muchas otras) para entrar al juego de la impostura, buscar el espejismo de la ficción en situaciones identificables con su biografía como la publicación de nuevos títulos o proyectos personales como la Escuela Dinámica de Escritores que fundó hace algunos años. Este juego es interesante: parecería que estamos ante un autor cuyo protagonismo es tan excesivo que él es su personaje, su objeto de estudio, sin embargo no tenemos elementos firmes para saber si todo lo que cuenta es extraído de la realidad. Bellatin aplica a gran escala el famoso truco borgeano: mezclar realidad y ficción, ofrecer referencias imaginarias que se mimetizan en el discurso. En el caso de El libro uruguayo de los muertos se construye un personaje nuevo a partir del escritor real. Incluso podemos afirmar que este personaje proteico contiene el germen de otros personajes identificables en la narrativa de Bellatin, sobre todo en novelas como Efecto invernadero, Damas chinas o Salón de Belleza: seres narrados con parsimonia, sometidos a extraños rituales, fascinados por tradiciones secretas, fetichistas marcados por lo enfermo o lo deforme. Esta perspectiva, sin duda, es interesante, y concuerda con la visión del autor –repetida en algunas entrevistas– de dar autonomía a las obras y que éstas sirvan como pretexto para que alguien haga algo distinto con ellas. Si se entiende a cabalidad esta apuesta entonces el lector sabe que tiene que entrar en la partida que se ha abierto. El sentido de la obra, entonces, tiende a buscar lo general, una visión a distancia en la que la intención del autor se completa con la lectura que sepa las reglas del juego. Sólo de esa forma cobrarán sentido las mini-historias que pueblan las páginas del libro: un viaje de Mario Bellatin con el escritor Sergio Pitol, una enfermedad cuya naturaleza se oculta y que requiere una supervisión constante, la adopción de perros de distintas razas para después regalarlos, la escritura obsesiva, a veces infructuosa, de un libro sobre Frida Kahlo, largas jornadas en las que toma fotografías con una cámara antigua. La vida diaria del escritor famoso, solicitado en varias partes del mundo, invitado a realizar varios proyectos simultáneos, se puede entender como una ironía sobre los personajes literarios que olvidan que el arte también es reclusión y silencio. Los fragmentos que se repiten no tienen un vínculo informativo o forman parte de una anécdota, se basan en la cadencia, en hilar los fragmentos en un solo discurso hasta encontrar un ritmo hipnótico: efecto que aparentemente se queda en la superficie pero que trata de hacer una crítica o abordar lo literario desde una trinchera diferente.

Foto: Graciela Iturbide

Llegados a este punto podemos plantear un escenario contrario: el de un lector cuya colaboración sea mínima o inexistente por el desconocimiento de la obra de Mario Bellatin. La literatura tradicional, por llamarla de alguna manera, tiene sus modelos, sus fórmulas, para construir un mundo con personajes que se mueven en escenarios bien establecidos y que crean tensión con la peripecia o la aventura. Al lector acostumbrado a esta dinámica el mundo que crea Bellatin le parecerá anárquico, un tanto caprichoso: un pensamiento, una frase parecen valer por sí mismos; un camino que se esboza no tiene una continuación clara. Incluso hay pensamientos o afirmaciones que continuamente se contradicen. En este escenario quizá lo más redituable sean reflexiones que no se articulen en torno a la vida del personaje y busquen un territorio más general. Abro una página al azar y veo una frase como: “Franz Kafka daba la impresión de desear seguir escribiendo, pero poniendo como base del trabajo la propia desaparición de su escritura”; páginas más adelante leo: “Ya estoy mejor, pero he quedado algo así como calmado más de la cuenta, de repente resultan así menos malas las cosas”. La primera frase se resuelve por la reflexión en torno a Franz Kafka y su escritura. Ahí se puede encontrar una veta que funciona por sí misma y que, en el contexto que da al autor, semeja la escritura de autores como W.G. Sebald en la que el devaneo es el sustento de historias que florecen motivadas por los lugares encontrados en el camino. En la segunda frase el autor pone una interrogante, abre las posibilidades hasta convertir sus palabras en un espacio vacío donde casi todo tiene cabida: ¿un estado de ánimo que se puede relacionar con la desaparición de la escritura del autor checo? ¿Esta frase se activa, como un mecanismo de engranaje, con las demás piezas sueltas en las que el autor explora sus enfermedades, sus frustraciones, sus experiencias triviales de todos los días? El lector debe decidir cómo encajar este rompecabezas cuyas posibilidades son muy amplias.

Bosquejar estas preguntas es importante porque la problemática del lector al enfrentar El libro uruguayo de los muertos no es aislada y forma parte de los dilemas del arte contemporáneo. Francisco Goldman, en la contraportada del libro, describe la obra de Bellatin: “un juguete, oscuro, radiante y punzante, como una construcción de Marcel Duchamp hecha con palabras”. Con esta perspectiva podemos entender que esta obra trata de abrir una nueva brecha en la literatura negando sus principales atributos o usándolos de tal forma que, a un lector que busca una historia tradicional, le podría parecer poco efectiva o pretenciosa. Por esta razón la crítica que se puede hacer trasciende el aspecto técnico, la solvencia de la prosa, y debe abordar las intenciones, los vínculos que hace o que reconstruye y su significado. En Duchamp la obra de arte pierde su capacidad casi unívoca y se convierte en sólo una referencia. El ready-made, es decir, el objeto sacado de su entorno natural o colocado con una ligera variación genera distintas reacciones que muchas veces cosechan el rechazo o la indiferencia y que derrumban las antiguas convenciones sobre lo estético. En El libro uruguayo de los muertos el elemento artístico es la vida cotidiana de Mario Bellatin. El autor pone sobre la mesa su cotidianidad disfrazada de muchas formas y nos dice que eso también puede ser literatura. Podría variar el número de acontecimientos, podrían ser otras las digresiones, pero la esencia sería la misma. El contexto que intenta validar la escritura son las páginas de un libro que le dan formalidad a las palabras, las hacen desfilar en un escenario tradicional para que cobre vida la impostura y, desde ahí, cumplir su apuesta. Una pregunta interesante, entonces, tendría que abordar las posibilidades de esta escritura fuera del libro: romper el vínculo con lo conocido.

Desde hace tiempo parece que llegamos al final del camino. De la obra de arte naturalista pasando por todos los “ismos” la época actual se mueve en el caos y en una visión tan heterogénea que, podríamos decir, cada escritor funda una poética que se resiste a lo gregario y que se esfuerza en ser cada vez más distinta de los otros. Algunos se dedican al reciclaje con historias que siguen los moldes antiguos y las aderezan con referencias actuales que pueden abordar la política o problemas sociales. Otros escriben sin reflexionar mucho sobre la tradición y el acto de escribir. Bellatin opta por el truco de la impostura, por el ready-made hecho con palabras que gravitan fuera del centro ocupado por la narrativa. Toda obra literaria pasa por el filtro del tiempo, en el caso de los libros de Bellatin este juicio será aún mayor y se verá con los años si sus libros abrieron caminos nuevos en la literatura o si quedaron como un experimento valioso pero aislado, encerrado en sí mismo. Más allá de lo que pase en el futuro El libro uruguayo de los muertos queda como un eslabón más de una obra que, a pesar de su espíritu críptico, le viene bien a las letras mexicanas a veces demasiado entrampadas en lo convencional y en lo autocomplaciente.

Foto: Luciana Whitaker

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977). Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Ella sigue dormida (Tierra Adentro), Tolvaneras(Secretaría de Cultura de Puebla. Reedición Cuadrivio), Crónicas de Liliput (BUAP), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y la plaquette Ajuste de cuentas (Paraíso Perdido). También ha publicado las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Ficticia Editorial/UAN. Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo) y El último día de septiembre (Libros Magenta/Secretaría de Cultura de Puebla). Coordinador de talleres literarios.Ha participado en varias antologías de narrativa y en publicaciones como Casa del tiempoLuvina y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador dela revista Crítica y exbecario del Fonca.