Despegue

Antonio le gritó a su hijo que se acercara a la sala porque el despegue estaba a punto de comenzar. Era el segundo intento, hacía un par de días el lanzamiento tuvo que posponerse debido a una fuerte tormenta. Ambos, parados frente al televisor, vieron el despegue narrado por Rodolfo Neri Vela. Papá le explicó que era un evento histórico, pues hacía más de una década que no se llevaba a cabo un viaje tripulado al espacio. Toñito no comprendió por qué lanzarían naves sin pasajeros pero aun así se sorprendió de escucharlo. Además es la primera vez que lo hace una empresa, todo eso es gracias a un gran magnate con un origen humilde, le dijo. Agregó que leyendo muchos libros se había construido un futuro y ahora incluso nos construía un futuro a nosotros entre las estrellas.

El viaje de los astronautas llegó como una tregua, un recordatorio de que no todo tenía por qué salir mal. La tranquila vida de Antonio padre y Antonio hijo se había visto impactada dos veces por la enfermedad. Si bien no padecían ningún síntoma (porque a diferencia de todos en el pueblo habían adoptado las precauciones adecuadas) el taller de Antonio caía en estado terminal. Había montado un taller de reparación de automóviles en el garaje que le daba lo suficiente para costear la primaria de Toñito e invitar a un par de amigos de la colonia los fines de semana para compartir anécdotas y cervezas. Ahora sólo se preocupaba por los estudios porque lo segundo, aunque lo tildaban de exagerado, no era una opción. Además, aunque quisiera, lo habría evitado para cuidar las finanzas, pues el virus no le permitía ningún lujo. Si las personas no salían no usaban el carro, si no usaban los carros no se averiaban y no había nada que Antonio pudiera reparar. Porque él sí los reparaba, sabía de un par de mecánicos que recurrían a maniobras tramposas para garantizar que sus clientes volvieran, pero él no era así y esa honestidad le ganaba clientes satisfechos que él consideraba amigos.

Su actitud vivaracha y dispuesta y una mirada avispada daban la impresión de que Antonio era un tipo confiable. Recibía a los clientes con un fuerte apretón de su mano encallecida, una sonrisa y un tema de conversación o chascarrillo. Algunos hasta decidían quedarse a platicar y disfrutar su compañía mientras Antonio echaba un vistazo a las tripas del automóvil.

Toñito tomaba las clases en línea gracias a un vecino quien en un acto de desinteresada solidaridad había dejado la red WiFi sin contraseña. Apreciaba tener a papá cerca en caso de que llegara a necesitar ayuda con las matemáticas que solían hacerlo batallar. Lo consideraba la persona más inteligente que había conocido en sus largos nueve años de vida y admiraba que siempre estuviera contento, no entendía cómo era posible. Sin embargo, el optimismo cayó en picada con el segundo impacto. Hacía un calor de cuarenta y cinco grados que habría puesto de mal humor a cualquiera. Veían la televisión mientras el ventilador a máxima potencia les secaba el sudor de la frente y de los brazos cuando sonó el teléfono. Antonio bajó el volumen a la voz chillona de Bart Simpson para tomar la llamada. Toñito alcanzó a escuchar la voz de la tía Amelia y por cómo su padre frunció el ceño y apretó los labios supo que eran malas noticias. Un par de mosquitos que sobrevolaban la habitación eran el complemento perfecto del clima de infierno y el bajón de ánimo.

“Tu abuelo tiene el virus y está muy grave, creen que quizá no se recupere”. Era muy raro para Toñito escucharlo tan seco y sin que inmediatamente después agregara algo como “…pero el abuelo es fuerte y siempre sale adelante” o “…pero seguro el tratamiento le surtirá efecto”. Esta vez no había frase de aliento de las que caracterizaban a Antonio y que su mujer, que los había dejado, solía decirle que eran otra forma de evadir problemas y no ver la realidad.

Tenía sentido que no informaran a Antonio de la condición de su padre hasta muy avanzada la enfermedad porque en realidad no tenían una buena relación. Antonio abuelo desde su juventud le reprochó que era un potencial desperdiciado, mientras que él, aunque no lo decía, creía que su avaricia lo había alejado de la familia. Había sido político y un personaje conocido y le hubiera gustado que su único hijo varón siguiera sus pasos pero Antonio prefirió construir un patrimonio que era modesto pero se enorgullecía de haber trabajado por él sin recurrir a su padre ni sus contactos.

El temor permeó la casa, el temor a que, en cualquier momento podría contactarlo su hermana y decirle que se había ido, que los había dejado a la deriva una vez más. Moriría solo y no recibiría un funeral apropiado, moriría como una estadística. Había sido un mes largo de un año difícil, los calurosos y húmedos días de mayo asfixiaban las ganas de vivir. Nada menor a un viaje espacial podía despegar a Antonio del incómodo sofá café de cuero que se adhería a su piel.

La tarde estaba soleada a diferencia del tormentoso primer intento y el clima no sería un obstáculo. La nave se encendió dejando atrás un torrente de fuego, humo, vítores y aplausos de los afortunados que se encontraban relativamente cerca de la plataforma. Seguro iba a una velocidad supersónica pero desde la televisión parecía lento, hasta elegante, como un yate abriéndose paso en el océano. Neri Vela, el astronauta veterano a quien ambos admiraban, describió las capas gaseosas que rodeaban el planeta y que el cohete atravesaba partiendo un cielo cada vez más oscuro. La nave se separó de su propulsor que regresaría a la Tierra y la pequeña cápsula se dirigiría al imponente infinito con rumbo a la estación espacial internacional.

Toñito imaginó por un momento lo grandioso que sería escapar con papá, aunque fuera un ratito, al espacio y mirar la Tierra desde lejos, diminuta y redonda como aparecía en los pósters de la NASA que habían pegado juntos en su habitación.

“Hagamos un cohete, uno chiquito que podamos volar desde el patio”. – Le dijo. Se le iluminó la cara al presenciar cómo nacía el interés por la ciencia en su hijo. Se entusiasmó tanto que dejó de prestar atención a la transmisión y desbloqueó su teléfono móvil para buscar algún instructivo en internet. Antonio se sentó al borde del sofá, sorprendido de la cantidad de información que había disponible. Toño estaba a lado de él asomándose para ver qué encontraba. Seleccionó los videos que parecían no exigir materiales que no pudiera conseguir en su taller.

Aunque no había recibido nunca un título formal de ingeniero la experiencia de años le bastaban para dominar las herramientas. Un par de tutoriales fueron suficientes para poner manos a la obra. Desconectaron el abanico de la sala y lo llevaron al garaje para no morir sofocados. Se instalaron en la mesa de trabajo y Antonio le pedía los instrumentos con la concentración de un cirujano solicitando un escalpelo durante una cirugía. Tomó unas láminas de hojalata y las moldeó con las pinzas sin apartar la vista del video que señalaba los pasos para construir un cohete casero. Iba explicando cada detalle a Toño que no entendía una palabra pero encontraba reconfortante escucharlo hablar sobre un tema que lo apasionara tanto. Se sintió como un ingeniero de verdad cuando lo dejó ponerse una careta y guantes para protegerse de las chispas que brotaban de la soldadura de partes. Poco a poco pasaba de ser un armatoste burdo color aluminio hasta tomar una forma cilíndrica parecida, en mucho menor escala y más rudimentaria, al sofisticado diseño de lo que habían visto en pantalla.

Toño intentó en vano mantenerse despierto hasta que su padre se percató que se le cerraban los ojos y lo mandó a dormir. Antonio pasó la noche en vela trabajando como era costumbre cuando un automóvil averiado representaba un reto para él y no podía descansar hasta encontrar la falla. Las paredes de la pequeña casa eran delgadas y Toño logró oír a su padre cantando, señal inequívoca de una felicidad que desde aquella llamada telefónica no experimentaba. Apenas podía escucharlo pero reconoció la letra. Todos necesitamos alguien que nos cubra / A veces un aplauso, a veces un juez / Todos necesitamos luz en la penumbra / Y un villano honrado en quien creer. Era su grupo favorito.

A la mañana siguiente Antonio, despeinado y con ojeras, lo despertó más temprano de lo habitual, el cielo podía verse aún rosáceo desde la ventana. Era el día del lanzamiento. Lo sacó de la cama como si estuvieran a punto de emprender un viaje hacia Houston, Texas para ver en persona la cúspide de la tecnología aeroespacial. En el garaje le dijo que hacía falta lo más importante y que le correspondía a él la responsabilidad de nombrar el cohete. Toño se quedó boquiabierta al ver la obra terminada reposando majestuosa y reluciente sobre la mesa. Se despejó la cara de los rizos oscuros que caían sobre la frente humedecida y sus ojos amenazaban con salir disparados, incluso se le escapó una palabrota que hizo reír a Antonio. Recuperándose del asombro preguntó si podía tomarlo, quería observar los detalles que había agregado durante la noche. Era mejor que los productos terminados de los tutoriales que habían visto. Incluso se había tomado la molestia de pintarlo de un azul metálico brillante y añadir una cabina en la punta, tripulada por un par de juguetes de Toño que serían los astronautas de la misión. Antonio le pasó un plumón indeleble para que bautizara la nave y giró los ojos pensando cuál sería un nombre digno.

“¡Ya sé!” Exclamó y se alejó para que no pudiera ver lo que escribía, quería sorprenderlo. Había escrito en letras gruesas el nombre “COVID19”. “Queremos que se vaya lo más lejos posible, ¿No?” Antonio respondió con una carcajada.

No perdieron tiempo y corrieron al patio, que en realidad era un pequeño espacio cubierto de grava detrás de la casa donde se guardaba la maquinaria oxidada o vieja. Un gato curioso los miraba desde la cima de la barda de bloque sin pintar que dividía el terreno con el del vecino. Unieron un par de bloques y colocaron encima el cohete. Antonio le pidió a Toño que hiciera los honores y le dio la caja de fósforos. Prendió uno y acercó la mano temblorosa a la mecha hasta que después de un par de segundos se encendió. Ambos se apartaron hasta lo que consideraban una distancia segura. Antonio tomó un desatornillador que estaba en suelo y la usó como si fueran un walkie talkie, imitando la distorsión del sonido. “Psst … diez segundos para el lanzamiento … Psst … cinco segundos para el lanzamiento … Psst … tres, dos, uno. ¡Despegue!”.

El cohete se elevó con fuerza pero en la dirección incorrecta. La centella que salió de la parte trasera lo llevó a una velocidad vertiginosa a estrellarse contra la pared. El gato huyó maullando del miedo. COVID19 había quedado destruido en pedazos regados en la grava.

Sin dar oportunidad de reaccionar a su padre, Toñito le arrebató la herramienta y la llevó cerca de su mejilla. No iba a permitir un tercer impacto. “Pssst pssst… Debido al mal tiempo se pospone el lanzamiento… Psst… El golpe de calor derritió las turbinas….’’ Volteó a ver a su papá. “…pero nuestro mejor mecánico ya está trabajando en eso”.

 

*Jesús Ernesto Guevara Villarreal (Mexicali, Baja California). Disfruta escribir narrativa pero fue necesaria una pandemia para por fin disciplinarse. Ha colaborado con revistas como ERRR Magazine y Marabunta.