Orfandad y máscara: Juan Marsé (1933-2020)

“El Pijoaparte tenía, como ciertos croupiers de las mesas de juego, cierta nostalgia manual, digital.
Nada de cuanto tocaba era suyo, excepto, tal vez, la muchacha.”

-Últimas tardes con Teresa

 

Rendido al ejemplo de su amado Stevenson, el viejo aprendiz de relojería trazó para las novelas de su Barcelona de la Posguerra, más que un mapa mítico, un territorio moral. Un país que no existe más, donde nada ni nadie es lo que aparenta. Ni la iglesia, la patria, la familia, el amor o el barrio se salvaron de su cruel disección.

Así, no fue gratuita la obsesión en sus relatos con la figura del padre ausente, hombres a veces puros y con sueños pero sin sentido práctico, fugaces sombras que dejaban tras de sí legiones de huérfanos, aquellos mismos que, en medio de las ruinas, intentaban lidiar con el hambre contándose historias. Porque Marsé puso a novelar a sus personajes; sobre lo que tal vez pasó, sobre lo que pudo haber pasado… echando mano de un recurso maravilloso: las aventis, técnica estrenada en Si te dicen que Caí (1973), novela proscrita en España y finalmente editada en México, donde narró con una brutalidad pasmosa el desmoronamiento de la resistencia armada contra la dictadura, la diáspora, la orfandad; las amas de casa obligadas a prostituirse, los niños con sarna, el olor a pobreza y coles hervidas.

Porque al también comentarista cinematográfico y guionista en publicaciones de humor, nunca le importó quedar bien ni con las corrientes en boga de su época ni con las vindicaciones o deudas de la historia. Así, para Últimas tardes con Teresa (1965), en vez de desbarrancarse hacia el panfleto político y esbozar el obrero heroico que tanto reclamaran las causas del socialismo en la decadencia franquista, prefirió retratar con deslumbrante agudeza las correrías de un chulo ladrón de motos; un trepador social que buscaba desertar de la miseria subido de polizón a los sueños de revuelta de una aburrida y hermosa burguesa. Manolo Reyes, El Pijoaparte: un personaje que se proyectó hacia la posteridad, tan bello como obtuso, mezcla de Julián Sorel y Marlon Brando. En el universo marsiano las clases sociales no sólo luchan y se desgarran, sino que se gangrenan por mutua fricción.

Mentiras verdaderas

Pérez-Reverte dijo de sus libros que eran más bien novelas de aventuras. En sus relatos siempre hubo un padre ausente o vencido; la España de la posguerra, un árido territorio poblado de ausencias, verdades a medias y funestos rumores, niños y viejos aprendiendo el cinismo o la desmemoria. O, asumiendo lo que el autor declarara en su autorretrato escrito: “pertrechado para irse en cualquier momento al infierno”, el esquivo ganador del Premio Juan Rulfo 1997 estalló también en El amante bilingüe (1990) contra el nacionalismo y la obsesión por la pureza cultural, a través de la farsa de un marido cornudo obligado por un amor infernal a disfrazarse para reconquistar a su propia mujer. Marsé gustaba bucear en verdades incómodas y profundas, la nostalgia de ser otro; todas las  otras vidas que somos y fuimos: la brecha entre aquel hombre que hemos sido y el que quisimos ser. Además, sabedor del poderío inscrito en el acto narrativo, en La muchacha de las bragas de oro (Premio Planeta 1978), el también guionista de cine desenredó el laberinto de un intelectual orgánico que re escribe sus memorias, torciendo gestos y fechas, en el afán inútil de quedar bien con la Historia; un mentiroso profesional al que el destino encarnado en los duendes de la literatura le empieza a cobrar factura, al cumplirse funestamente todas y cada una de sus invenciones.

El primer deslumbramiento

Aunque la crítica fue unánime con respecto a la naturaleza cumbre de Si te dicen que caí (1973), casi toda la narrativa del nacido como Juan Faneca Roca es una lección de altos vuelos; basten anécdotas simples y puro músculo de verdadero narrador, como el desplegado en el cuento “Teniente Bravo” hasta obras cuasi desconocidas como el imaginativo cuento erótico “Una liga roja en un muslo moreno”. Sin ser un súper ventas o un personaje mediático, el reconocimiento como narrador absoluto le vino con el Premio Nacional de la Crítica por Rabos de lagartija (2001), esa cruenta memoria imaginada, donde, con un diabólico derroche de técnica, propone un narrador soñando historias desde la ambigüedad de un punto de vista amniótico.

Sus últimas dos décadas las cerró con por lo menos cinco libros donde su oficio jamás decayó, sino que derivó en la más absoluta transparencia: Caligrafía de los sueños (2011); donde ficcionó su verdadero origen, de bebé abandonado en un taxi y recogido por su padre adoptivo: algo de lo que se enteraría ya siendo adulto. Los guiños a la nueva Europa, cínica, nacionalista y violenta en Canciones de amor en Lolita´s Club (2005) o más vueltas a un pasado mítico como en Esa puta tan distinguida (2016), Noticias felices en aviones de papel (2014) y Un jardín de verdad con ranas de cartón (2002).

Y por si quedara duda alguna del contundente poder de la ficción sobre la realidad, parece leyenda, y como el mismo autor de Los detectives salvajes lo rememoró en alguna entrevistas, Bolaño eligió vivir en la ciudad costera de Blanes, a raíz de la descripción que Marsé hiciera para la última parte de Últimas tardes con Teresa: la misma playa donde un ladrón velara el sueño de una doncella. Un espacio donde el sueño y la realidad, la literatura, el lenguaje y la vida podían ser una misma cosa.

 

∗Alejandro Pérez Cervantes (Coahuila, 1973) es periodista cultural y narrador. Maestro en diseño editorial por la Universidad de Monterrey y Doctor en Arte y Teoría Crítica. Premio Nacional de Cuento Julio Torri 2007 con Murania, es autor del libro de textos periodísticos El muro y la grieta y el libro de ensayos sobre fotografía Los estatutos de la mirada. Profesor Investigador en la Universidad Autónoma de Coahuila y coordinador de estudios literarios en la Universidad Iberoamericana Campus Saltillo. Su novela Lengua de plata (2020), fue finalista del Premio Internacional de Novela Lipp en el año 2017.