La desvergüenza de los “abajofirmantes”

De los treinta “abajofirmantes” del desplegado Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia, la mayoría son hombres blancos de clase alta, lo cual, en un país como el nuestro, tiene implicaciones históricas y sociopolíticas lacerantes, heridas abiertas de las que apenas estamos tomando consciencia y que urgen sanar si queremos dar un primer paso hacia una sociedad menos desigual.

La mayoría de los treinta intelectuales que suscribe el desplegado que en estos días circula en medios de comunicación y redes sociales, pertenece a una élite que durante décadas ha gozado de privilegios exorbitantes, gracias a un sistema de compadrazgos, amiguismos y “capillismos” que, en principio, podría ser intrascendente, si no implicara un bochornoso silencio en algunos casos o una activa complicidad en otros.

Al leer algunos de los  nombres de los “abajofirmantes”, por su cercanía con los antiguos regímenes, cuesta creer que no tuvieran un conocimiento parcial o total de casos como el del ex secretario de Seguridad Genaro García Luna, la corrupta trama de Odebrecht o la vergonzosa, impune y antidemocrática forma en que la extinta PGR dirigió la investigación de las desapariciones de los estudiantes en Ayotzinapa.

Cuesta creer, sí.

En el plano de lo abstracto, la carta, tramposamente, plantea ideas de Perogrullo. ¿Quién en su sano juicio no está de acuerdo con que una democracia sin contrapesos pueda derivar en un régimen autoritario y excluyente?

Pero hay dos aspectos del desplegado que anulan todo este salpicado de buenas intenciones y advertencias apocalípticas: por un lado, el hecho de que la carta circule libremente sin que ninguno de los “abajofirmantes” esté en la cárcel por expresar sus ideas, como sí lo estuvo José Revueltas en una época no tan lejana, por poner un ejemplo.

Y por el otro, un verbo en el texto que desnuda las intenciones de estos lobos con piel de cordero: reestablecer. La carta dice así: “…una amplia alianza ciudadana que, junto con los partidos de oposición, construya un bloque que, a través del voto popular, reestablezca el verdadero rostro de la pluralidad ciudadana…”

¿Qué pretenden reestablecer estos santones de la democracia?

¿Un poder judicial que, en total complicidad con el ejecutivo, negó el derecho de audiencia a los padres de la Guardería ABC mientras se lo concedía a los dueños de la instancia, a Bours, a Karam, a Gándara? Un poder judicial, por cierto, controlado en ese entonces por Eduardo Medina Mora, actualmente bajo investigación por lavado de dinero.

¿Qué quieren reestablecer? ¿Un sistema electoral que ignoró descaradamente el desvío de recursos de instituciones públicas a campañas políticas? ¿Que solapó fraudes electorales?

¿Una democracia en el que las y los mexicanos racializados, las mujeres, la comunidad LGTBQI han contado con nula o escasa representación durante décadas?

No sean cínicos, “abajofirmantes”. Lo que pretenden reestablecer son los enormes privilegios de los que gozaban por su cuestionable estatus de intelectuales hombres blancos de clase alta. El carísimo turismo cultural o académico con el que recorrían medio mundo a costa del erario público. El absoluto control de instituciones como la Secretaría de Cultura (antes Conaculta), Bellas Artes, Fondo de Cultura Económica, Conacyt, etcétera., lo cual les permitía vivir en esa burbuja neoliberal que quieren disfrazar de democracia y pluralismo.                 

No sean desvergonzados, por favor.      

 

 

∗Imanol Caneyada (San Sebastián, 1968). Es escritor y periodista. Ha publicado Las voces de la arena (Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo, 2008). La ciudad antes del alba (Premio Regional de Cuento 2009, Instituto Sudcaliforniano de Cultura) y La nariz roja de Stalin (Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández, 2011). Es uno de los autores de novela negra más destacados de México, por obras como Tardarás un rato en morir (Suma de letras, 2013), Espectáculo para avestruces, (Arlequín, 2012) y Las paredes desnudas (Suma de letras, 2014). Fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares, que otorga la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), por su novela Hotel de Arraigo (Suma de letras, 2015). También es autor de La fiesta de los niños desnudos (Tusquets, 2017) y 49 cruces blancas (Planeta, 2018).