Mi abuela es una nube

Noventa y uno, me llega al hombro. ¿Quieres un chicloso?, me pregunta diario, risita atorada, a media tarde. Galletas en la mañana y en la noche. Abundancia de azúcar. 

No sé si ponerle azúcar o sal a la piña, me dice.

Abundancia de sal en el huevo cocido en el microondas, en los frijoles refritos, en la coliflor tatemada. Partículas cristalinas revoloteando siempre sobre su plato. Nunca ha cocinado ni sacado la basura.

Pobrecita, ¿verdad?, me dice.

En la pantalla está una bailarina en corpiño en un cabaret. Mi abuela trae lentes oscuros y la silla la tiene a un metro de la intriga del detective Maigret.

Enseñan las pompis para ganar dinero, dice. Ni lo disfrutan.

Horas antes y ayer y antier y desde hace tres semanas compactadas en un día largo, largo, largo, la pantalla transmite al Papa desde  la basílica de San Pedro vacía.

Ven, Fernanda, a escuchar cómo vocalizan, me dice.

Hay una monja que quiero volver a encontrar, estaba en el cuadrito al lado de la misa en YouTube, también me dice.

YouTube pronunciado con énfasis en la “y” y en las “u”, una “u” francesa, para ese sonido tuerce los laterales de la lengua y junta los labios en un nido de surcos.

Lee sentada en el sillón frente a la ventana grande de su cuarto que da a la calle y a los mastuerzos rojos, naranjas, amarillos.

Ven a ver los mastuerzos, Fernanda, me grita, sus dedos chuecos de artrosis en la cortina.

Tallos que persiguieron diferentes soles.

No sabes este libro, me dice, hasta me dan ganas de llorar.

Cuentos de Tolstoi. En audiolibro escucha Ana Karenina.

Ya me trae harto este hombre que no se decide, me dice.

Solitario y Sudoku en el iPad, sobre su tocador, espejo ovalado, dos cajitas con joyas, dos portaretratos plateados, ella de joven en uno, mi abuelo de joven en otro y un hombre y una mujer en porcelana coquetean sobre una banca. Hasta que le hablan mis tías, una de California, una de Connecticut.

Coronavirus, coronavirus, coronavirus, coronavirus, coronavirus, uno que juntó a quinientas o doscientas personas en oración en Miami ya está en la cárcel. En Hong Kong están teniendo una vida más normal, el noventa y nueve por ciento de la población usa tapabocas, cuatro muertos en dos semanas. El nieto allá, bien, la esposa, bien. El negocio de él más o menos, pero ahí van. Una nieta y su marido sí perdieron el trabajo. Él preparaba cócteles en un bar y ella dirigía una obra de teatro que iba a hacer una gira por el este del país. Ellos marcan por FaceTime. Él está jugando videojuegos y ella ve un documental de la Segunda Guerra Mundial en un departamento en Seattle. Los periódicos decían que Hitler se había rendido el día que mi abuelo se graduó del Palacio de Minería. Días después le pidió matrimonio a mi abuela, que conocía desde que ella tenía siete y él quince, ella saltaba la cuerda con las dos hermanas de él, la falda fajada en bragas blancas, encaje en las perneras, abombadas con el aire, algodón etéreo, hasta que una gritaba ¡hombre a la vista!, y todas se desfajaban, cachetes colorados.

Ay, abuela, acá más o menos, pero bien, bien, trabajo desde casa.

Ahora habla con la nieta californiana que se fue a vivir a Montevideo y que decidió, después de veintinueve años de acento sonorense, cambiarlo al uruguayo.

Abuela, contame, ¿cómo te sentís?

Fíjate que yo nunca pensé que me iba a tocar algo así, contesta mi abuela, alzando el mentón desde donde unas olas de piel se columpian hacia el cuello.

Carne colgada del tiempo.

Si yo le rogaba a Dios no llegar a los ochenta y ocho, dice mi abuela, se ríe y sigue hablando: Ahora ya le digo que lo que Él quiera.

Me alejo de la conversación por la estancia, la cocina, la lavandería, el pedazo de pasto, pasos memorizados. Marometas, brincos de rana, grillitos, brazos en círculo, vueltas de carro, lagartijas, abdominales para ver el cielo y las dos palmeras que entran en mi campo de visión, pájaros volando cerca, otros pegados a las nubes, seres libres henchidos de prepotencia sigilosa, pasan de un techo a otro, se burlan de las hojas débiles de los árboles que siguen el mismo viento y sin los mismos privilegios.

Ilustración: Venecia López

 

Fernanda Ballesteros (Hermosillo, 1991). Ha publicado Arigatou goza-y-más (Elefanta) y artículos en VICE y en Capitel