LA NOCHE DEL TERREMOTO

El confinamiento es horrible pero desde antes todo estaba mal.

            No solo la vida en general era precaria, llena de inseguridad e incertidumbre, a eso había que agregarle el temor a la naturaleza que parecía cada vez más despiadada. Estaba por cumplirse una década del terremoto y los primeros meses del año no se hablaba de otra cosa en la ciudad. Que si el cambio climático, que si el hielo de los polos, la extinción de las especies, los incendios en Australia. Que si las fallas tectónicas, que si el invierno duraba cada vez menos, la temporada de lluvias se adelantaba y los vientos no parecían querer llegar. Una ciudad de meteorólogos, de expertos en interpretar la mínima variación del aire y predecir el estado del tiempo. Propios y extraños tenían sus pronósticos y los más previsores alardeaban de elaborados planes de contingencia para cuando ocurriera el nuevo temblor. Uno que otro místico decía que si algo debía aprenderse de las desgracias del pasado era que estas son cíclicas, y por regla, siempre vendrán infortunios peores de reacción en cadena.

            Aunque en el fondo nadie creía realmente en aquellas discusiones, nos volcamos con fervor al tema quizá porque daba para llenar el hueco de los días, para darnos algo de qué hablar en la sobremesa, en la fila del banco, del mercado, para poblar los periódicos de artículos retrospectivos que analizaban el suceso y entrevistaban a los damnificados a la luz de estos diez años. Fue casi gracioso que la epidemia nos alcanzara a la espera de un terremoto imaginario. Tan ocupados estábamos revisando alertas sísmicas y haciendo simulacros que bajamos la guardia. No pusimos atención. Se escuchaban noticias aisladas pero era algo demasiado distante, demasiado exótico, no había forma de que pudiera llegar. Para nosotros existían peligros inmediatos, serios, como la posibilidad de que un temblor regresara a conmemorar su aniversario. Además, el advenimiento de la enfermedad fue tan discreto que para cuando nos dimos cuenta de la realidad del riesgo, nos tomó por verdadera sorpresa.

Banksy / Náufrago Bambino

Melisa y yo nos jactábamos de no ser como los otros, de no participar de la desinformación y de las teorías conspirativas, ni del terremoto ni de la supuesta pandemia. Entre nosotras no hablábamos de eso y si podíamos evitar la conversación con otras personas nos daba un orgullo secreto, nos invadía un dejo de superioridad moral que nos unía más. Al principio hicimos bromas sobre lo bien que nos venía el aislamiento social. Qué ganas de que nos hubiera ocurrido de adolescentes, hubiera servido para alejar a nuestras madres de nuestros asuntos, para dejar de asistir a una escuela llena de gente igual a nosotras, que ansiábamos tanto la singularidad y la diferencia. Más que un lugar o un momento, qué sensación tan peculiar la de la adolescencia y qué decepción resulta que sus sentimientos sean universales cuando una peleó tanto por la unicidad. Ahora los chistes iban de los paranoicos de oficina o de los que hacían compras de pánico de papel de baño.

            El asunto fue perdiendo la vis cómica conforme el virus se expandía. El primer golpe bajo fue que nos llamaron de una aerolínea para informarnos sobre las restricciones y cambios en los viajes. Melisa y yo ahorrábamos todo el año para salir juntas cada verano, cómo podían esos buitres sumar tarifas a un viaje planeado con anticipación, pagado meses antes y que ocurriría meses después de colgar a la pobre telefonista del centro de llamadas. “Working class aspiring to middle class problems”, se burlaba Melisa. Después se cancelaron los eventos más importantes del semestre. Reuniones laborales, conciertos, se prohibieron los grupos de más de cinco personas. Se decretó la cuarentena y se suprimieron las clases. Luego, las actividades no esenciales. Por último se anunció el confinamiento indefinido que suponía tratar de llevar una vida normal sin salir de casa. Trabajaríamos por medio de plataformas digitales, se impondría un nuevo modo de relacionarnos, que al no acatarse seriamente por la población en las primeras semanas llevó a la instauración del toque de queda y la guardia nacional ocupó la calle.

             Dejamos de reírnos. Solo podía salir una persona por familia, una vez por semana, con guantes y cubrebocas, en un horario puntual que era regulado con cartillas de entrada y salida que sellaban los uniformados en traje bacteriológico. La ropa usada para salir a la calle debía ser lavada de inmediato, por lo que la persona en cuestión se desnudaba en el umbral de su casa para proceder a bañarse siguiendo un protocolo estricto que contemplaba tiempos específicos para tallar y desinfectar algunas áreas del cuerpo. Los productos de limpieza escaseaban y los víveres que se podían comprar estaban limitados a ciertas cantidades o piezas de acuerdo al número de integrantes por familia. Melisa y yo vivíamos juntas así que nos turnábamos la salida y no teníamos las dificultades de desabastecimiento que tenían la mayoría de los vecinos, incluso mi familia.

Primera celebración «El día de la tierra». 22 de abril de 1970. / FOTO ASSOCIATED

En la casa de mi madre se habían quedado mis dos hermanas con sus hijos. Un error común que se cometió a destajo al iniciar el problema. La regla era clara y, como la gran mayoría de las medidas extraordinarias de la estrategia de protección civil, bastante arbitraria. En el momento en que las llamadas fuerzas del orden se instalaron, las personas se quedaron donde estaban, lo que acarreaba a la neurosis colectiva otros problemas de índole práctica. Mis hermanas y mis sobrinos no pudieron regresar a sus propias casas y, aunque por lo menos cuidaban de mi madre, tuvieron que adaptarse a quedar hacinados y a los racionamientos. Yo agradecía tanto no estar con ellos en esa casa de locos. Y conforme se intensificaban las medidas sanitarias, más.

            Melisa era mi mejor amiga desde la secundaria. Estaba mucho más unida a ella que a mis hermanas, que eran prácticamente de la misma generación y siempre estuvieron demasiado ocupadas haciendo cosas juntas como para incluirme a mí, que era menor y por más que me esforzara no las entendía, no me reflejaba en sus gustos e intereses, así que hallamos el modo de convivir en paz con el acuerdo tácito de que yo me alejara. Encontrarme con Melisa en ese momento fue trascendental. Éramos dos desadaptadas de nuestro entorno familiar. Descubrimos que ambas nos sentíamos extrañas, sin identidad y sin cabida en esas familias que, por entonces, creíamos excepcionalmente disfuncionales. Mi papá no figura en el mapa salvo en los cumpleaños y en las navidades, mi mamá trabajaba tres turnos como enfermera y sería por el cansancio permanente pero era una mujer dura, poco dada a las expresiones de cariño.

            Si mi casa materna se distinguía por el sosiego de la organización que presidían mis hermanas y que yo debía acatar sin chistar, la de Melisa era el reverso absoluto. Era hija única, su madre era tan joven que parecía su prima. Cuando nos conocimos, Melisa había tenido ya ocho padrastros, convivido en diversa medida con aproximadamente quince hermanastros y se había mudado a siete lugares distintos en tres países. Había vivido en selvas, fronteras, playas y metrópolis. Me encantaba pasar las tardes es su casa escuchando las historias de su mamá, que era amorosa y parecía cantar cuando conversaba. Se ponía la ropa de Melisa, la dejaba maquillarse, fumaba mariguana y salía de fiesta con muchachos con los que nosotras apenas soñábamos con hablar. Pero Melisa se sentía una desarraigada, no podía seguirle el paso a un espíritu tan libre. Rechazaba esa independencia y ansiaba la estructura, la seguridad.

            De hecho, Melisa tenía una fantasía en la que su madre era una madre normal que la castigaba. Anotaba en una libreta las reprimendas y frases correctivas que otras madres imponían a sus hijos. Tenía de por lo menos tres culturas diferentes. Provenir de esos contextos nos complementaba y pasamos de ser dos chicas solas a dos solitarias que se acompañaban. Sin embargo teníamos confianza en el futuro, nos embriagaba la certeza de que había algo más que podíamos forjarnos para nosotras y queríamos salir a buscarlo. Trazamos un plan y lo seguimos. En cuanto pudimos tomamos trabajos de medio tiempo y aprendimos a ahorrar. Para el tercer semestre de la preparatoria Melisa ya vivía sola, emancipada emocionalmente de su madre, completando la renta con mi parte, que siempre contribuí puntual, aunque yo tuve que esperar a cumplir los dieciocho para salir de la casa de mi mamá.  

            Recuerdo con claridad lo límpido y prometedor que se presentía el porvenir. No perdimos el impulso durante un tiempo, soportamos los embates de una realidad que muchas veces, como suele suceder con las mujeres jóvenes, nos escupió en la cara. Pero Melisa y yo seguimos juntas, creyendo.

            El confinamiento se llevó esa esperanza.

            Nos convirtió en dos veinteañeras sin futuro preocupadas solo por asegurar la renta. Ambas teníamos trabajo estable y hacíamos home office. Mientras no hubiera recortes estaríamos bien. Melisa decía que debíamos dejar de ser tan retraídas socialmente e integrarnos a una red comunitaria, de vecinos, de otras amigas. Lo decía por mí. Ella no tenía problemas de socialización pero yo nunca había necesitado a nadie más que a Melisa. Además, poco antes del ardor del terremoto y la propagación de la epidemia me obsesioné con una serie documental de asesinatos reales y cualquiera me parecía un criminal en potencia. Quién decía que ese chiquillo de fleco alborotado, el de la casa con cerco eléctrico, no torturaba animales. O que su madre no era una de esas mujeres en cuarentena con su agresor. Que el tipo de la esquina, el del Doberman, no era un perverso que se pasaba las noches viendo porno de bestialidades. Que la mujer del tendero no tenía una doble vida licenciosa. Que el gringo veterano no había matado sirios y afganos por placer. O que el anciano con el que compartíamos el patio trasero no tenía deseos torcidos por las niñas. Sobre todo tenía recelo contra los policías y los soldados. Recelo y asco.

            De alguna manera entendía que no estaba bien quedarnos solas, pero estábamos en comunicación regular con nuestras familias y en la salida semanal nos proveíamos de lo necesario. Para qué podíamos querer a otras personas. El consenso general es que todo se fue al demonio al segundo mes de encierro. Las ventas de alcohol se dispararon y las autoridades tuvieron que regularlas. No sé cómo hacíamos pero nosotras bebíamos cada vez más y Melisa se encerraba en su habitación a tener sexo virtual con desconocidos. Me daba un poco de envidia porque yo era una mojigata. No me atrevía. A Melisa, lo mejor que le había enseñado su madre aunque renegara de ella, fue a no tener prejuicios. Antes del confinamiento tuvo varios novios y cuando no estaba emparejada, no tenía problemas con los encuentros casuales. Muchas veces tuve que esperar afuera del baño hasta que a alguno de sus ligues le daba la gana salir después de haberse terminado el agua caliente o la pasta dental.

            De repente llegaba con dos chicos o más chicos y se improvisaba una especie de espectáculo que terminaba con ellos enredados en una Durga donde no se sabía de quién eran los brazos. Yo me encerraba en mi cuarto y los dejaba hacer. No era que los hombres no se fijaran en mí, era solo que había varias cosas que me gustaba vivir a través de Melisa, que se sentían mejor a través de Melisa, como los viajes y aventuras de su infancia, y el sexo era una de ellas. Según mi humor, la escuchaba cuando todo estaba ocurriendo o al día siguiente cuando me lo contaba con detalles. Por mí así estaba bien. Era algo natural sobre todo viviendo en lugares de paredes tan delgadas. Ni siquiera me excitaba. No me sentía para nada voyerista ni fetichista ni había dobles intenciones. Solo no tenía interés en hacer pero era divertido saber.

            Así, más rápido de lo que esperábamos, los días se nos iban entre las alteraciones de los hábitos de sueño, las redes sociales, series, películas y las entregas cada vez más laxas de nuestros trabajos. Era aburrido, no se veía el final y no parecía que algo pudiera cambiarlo hasta que pasó lo del huerto casero. Claro que se le ocurrió a la mamá de Melisa. En una de las video llamadas que hicimos para saludarla nos contó que en el retiro de Burbank donde pasaba el confinamiento, unos californianos excéntricos habían organizado un jardín comunitario. Sembraban frutas y verduras y cultivaban mariguana y hongos, y en los meses que llevaba ahí ya habían tenido las primeras cosechas. Nos explicó acerca de las compostas y con eso fue suficiente, resolvimos el resto de nuestras dudas en internet. Era emocionante involucrarnos en un proyecto que no fuera dormir hasta el atardecer y pasar días sin bañarnos.

          Como nadie estaba comprando tierra para jardín no tuvimos problemas en conseguir lo más importante. Nos preparamos siguiendo las indicaciones de seguridad y salimos al patio de atrás a acondicionar el terreno para el huerto. El anciano se asomó por la puerta mosquitera. Conversamos, nos prestó herramientas y nos dio consejos, siempre detrás de la rejilla, porque formaba parte del grupo de riesgo. El viejo no nos acompañaba pero corrió la voz. Al día siguiente llegaron la esposa del tendero y el gringo veterano, y respetando las distancias, trabajamos juntos hasta el anochecer. Después, el chico del fleco que era un bufoncillo muy bien educado y uno de los policías que hacía las rondas, que también resultó bastante simpático, se hicieron asiduos. Todos aportaban restos orgánicos, semillas, lo que hiciera falta. Parecíamos una estampa de ciencia ficción labrando la tierra con cascos de astronautas. Con disfraces que nos protegían. Máscaras, mascarillas, guantes, capas y más capas de ropa.  

Pronto, las sesiones de trabajo de jardinería y horticultura se han convertido en extrañas fiestas en las que tomamos elaborados cocteles que prepara el gringo. Las bebemos con popotes que introducimos por un pequeñísimo agujero en los cubrebocas. No nos arriesgamos con las secreciones, usamos vasos diferentes que cada quien saca de su alacena. Los traen y los llevan al terminar, tropezando por el buen humor de la borrachera y procurando no ser vistos por los agentes que nos resguardan. Cuando nuestro amigo el policía nos acompaña no hay inconvenientes, pero cuando lo envían a patrullar debemos ser cuidadosos. Y aunque lo somos hasta el trastorno, la verdad es que infringimos flagrantemente la ley. Pronto, también, Melisa ha tenido sus primeros encuentros con el gringo. Primero se masturbaban uno al lado del otro, por separado, y después el gringo, al fin y al cabo un veterano, se las ingenió para confeccionar dos trajes herméticos de la cabeza a los pies, con aberturas en la zona genital. Melisa dice que es estimulante no poder tocarse directamente y que le gusta mucho no tener que besarlo. Yo los miro escabullirse a su habitación y los imagino estableciendo esa nueva costumbre de apareamiento extraterrestre.

            A veces el tipo del Doberman se queda y me ayuda a limpiar. Se llama Esteban. Esteban es amable y habla mucho de Pepe, el perro, al que quiere tanto que da ternura y un poco de pena. Pero quién soy yo para juzgar. Cada uno se apega a lo que puede, como puede, porque es evidente que a esto no vamos a sobrevivir solos. A Esteban le gusta mostrarme imágenes y notas de prensa sobre animales salvajes ocupando las ciudades vacías. Ciervos sika de Japón deambulando por las estaciones del metro. Los mapaches panameños jugueteando en la playa. Los jabalíes de las montañas españolas adueñándose del centro desolado de Barcelona. El oso asturiano paseándose en la gran avenida. Zorros y pumas zigzagueando en San Francisco, por Lombard Street. A Esteban le emociona la posibilidad de que la fauna silvestre se apropie de lo que le pertenece por derecho. Es la naturaleza restableciendo el equilibrio perdido. Hace muy poco le habría dicho “Chau, jipi, andate a comer flores”, así, con falso acento rioplatense. Ahora me conmueve su vehemencia. Antes era muy fácil burlarme, renegar de lo cotidiano, rechazar, desde mi burbujita de persona especial, lo que consideraba algo dado, obvio, normal. Quizá en este punto incluso empiece a extrañar a mis hermanas y sus ruidosos hijos. A mamá.

            Esta noche Esteban me habla y lo escucho. A lo lejos, el rumor del plástico de Melisa y el gringo frotándose debería provocarme risa o sonrojo pero me da tranquilidad. Esteban habla y pienso en su voz distorsionada por el material del tapabocas. En su aliento húmedo que en estas circunstancias podría resultar letal, y me turba un escalofrío agradable. Pienso si se le marcarán los huesos de los hombros o si por el contrario, los tendrá forrados de una piel suave que recorre su curvatura. El viento sopla pero enfundada en esta indumentaria de carnaval apocalíptico no puedo apreciarlo, lo sé porque los carrillones del porche del anciano tintinean. Esteban está de pie delante del huerto y me llama por mi nombre. Cuando me acerco señala el centro de uno de los surcos que aramos. Me inclino para ver mejor. Los dos sonreímos detrás de las mascarillas. Se quita los guantes y lo imito en un impensable arrebato de optimismo. Me toma de la mano y nos quedamos así, admirando el primer brote: una hojita débil, muy verde, que pende de un tallo delgado. La mano de Esteban es tibia y envuelve cuidadosamente la mía. Es una temeridad y me reconozco irresponsable pero voy a quedarme aquí, no importa que más tarde deba quemarme las huellas dactilares con sanitizante.

            Se siente bien, se siente como debería sentirse la vida.

            No hay sacudida. Nada se cimbra, pero estoy segura de que bajo nuestros pies, algo se ajustó en el centro de la tierra.

 

*Elma Correa. Es narradora. Siempre miente sobre su edad y desde 2008 coordina un encuentro internacional de escritores en Baja California. Ella y sus amigas gestionan Habitaciones Propias, una comunidad virtual donde las mujeres del mundo comparten los espacios donde crean (Ig: @habitaciones_propias, Tw: @HPropias). Cursó el diplomado en Creación Literaria UABC-INBAL, es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana y Maestra en Estudios Socioculturales. Actualmente hace malabares para terminar un Doctorado en Sociedad, Espacio y Poder mientras da clases en las facultades de Artes, Pedagogía y Ciencias Humanas de la UABC e imparte talleres de escritura creativa. Ha sido becaria del PecdaBC y del Fonca. Sus textos se han publicado en revistas como Vice, Punto en Línea, Grafrógrafxs, Pez BananaShandy, El Septentrión o Tierra Adentro. Aparece en el libro de entrevistas Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras de Óscar Alarcón y su trabajo está incluido en compilaciones como Sólo cuento IX, Breve colección de relato pornoLados B, Cuadernos del Periodismo GonzoNarrativa del nortePan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice y otras que nunca menciona porque una tipa fea la llamó “Miss Antología”. Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) es su primer libro de relatos. Tiene tres gatitos de nombres pretenciosos: Calypso, Perec y Molloy.