El bache y el abismo

El hombre muerto al final del periférico fue famoso en algunas redes sociales cerca de una semana o dos, cuando subieron un video con él denunciando a Obras Públicas Municipales porque el bache de enfrente de su casa había sido rellenado, en lugar de asfalto, con tierra. No era el primer agujero en el pavimento rellenado con tierra; tampoco fue la primera persona que denunció algo como eso. A esas alturas nadie esperaba nada del gobierno en turno, aunque sin esfuerzos seguía decepcionando a todos. El hombre, consciente de que las protestas y denuncias causaban el mismo efecto que el té de manzanilla al alivio de las pulmonías, no protestó iracundo, con un mensaje apenas articulado entre la denuncia, la lástima y el coraje, sino que sacó su hielera, en ese momento repleta de cerveza por lo que se alcanza a ver en el video, una silla y una sombrilla playera que clavó justo en medio del bache y en bermudas se sentó como si estuviera a la orilla de la playa. Al verlo, su vecino se solidarizó con la causa, si bien la esposa supo que se estaba solidarizando con la cruda con la que acababa de levantarse después de un viernes de borrachera obligada nada más por ser viernes. Se presume que fue esta persona la que grabó al hombre con el celular para compartirlo a todos los ciudadanos hartos de estar hartos. Sin darse cuenta, desde un par de sillas playeras en medio de una calle con más polvo que asfalto, un movimiento acababa de nacer, uno que hoy todavía no se comprende.

La vecina recién divorciada jaló la mecedora para completar la tercia infalible. Las esposas de los dos hombres, al darse cuenta de que la alicusada vecina había colocado su mecedora en medio de los dos, sacaron los taburetes y se unieron a la, a esas alturas, protesta silenciosa. Sus chamacos, y algunos más, al ver a sus papás copando la calle, hicieron un par de porterías con piedras y armaron las retas de futbol rápido playejero. La calle estaba tomada y el tráfico se estranguló, pues era la única del rumbo con pavimento, ya que, según los usos y costumbres respecto al manejo de los presupuestos para obras municipales, si se liberaba un monto para pavimentar una colonia, pavimentaban una, cuando mucho dos calles de alto flujo, y el resto…, bueno, ya sabemos a dónde va a parar el resto.

Pronto, alguno que no quiso rodear por terracería y no quemar más gasolina y contribuir al calentamiento global, se aventó a cruzar, esquivándolos por un pelito pero sin subirse a la banqueta, y el resto de carros que se acumulaban lo siguieron en interminable, ruidosa y saltarina fila india. El hombre les protestó al principio, pero aún no había pisteado lo suficiente para adquirir superpoderes e interponer su cuerpo a la lámina y fibra de vidrio en movimiento; todavía no olvidaba las inexorables leyes de Newton. En ese momento, el video ya había sido compartido y reproducido decenas de veces, más que por la sanación del bache, por la fiesta que armaron en un dos por tres.

Con eso basta, pensó, y jalando a su tribu con un siempre cortés: no son invisibles, pendejos, súbanse a la banqueta, se reubicó bajo la plaga gusanera de los tabachines de su casa. La fiesta siguió, porque esta no habitaba en la calle y sus problemas, sino en el corazón del hombre y el resto de vecinos. Como si hubiera sido navidad, pero en plena canícula.

En videos que se fueron agregando, asumimos que por el vecino golletero o algún otro columpio, se destaca cómo la cara del hombre se va tornando sería, sombría, como si supiera que la cerveza no tarda en agotarse y nadie más pondrá un solo peso para rellenar la hielera. Es en este momento cuando descubrimos que las cumbias han perdido su poder. En la imagen final del último video se observa al hombre al pie del bache, mirándolo fijamente, como pieza de museo.

Esto a nadie le habría importado, imágenes que se suben y se pierden en el tumulto de la red, en las prisas del algoritmo, pero como dijimos al comienzo, al día siguiente el hombre apareció muerto al final del periférico.

El ruido, la queja, la indignación, la protesta desde la comodidad de los celulares no se hizo esperar. Claramente, evidentemente, indudablemente, alevosamente, al hombre lo habían mandado silenciar definitivamente, los poderosos de Navojoa, los amos del ayuntamiento, la siempre peligrosa mafia que nunca quiere que le calienten el terreno. Nunca, en la historia reciente de las redes sociales en la ciudad, se habían dado tantos Me gusta, Me indigna, Me divierte, Me encorazona, Me entristece; tantos comentarios señalando a los culpables y destacando las virtudes angelicales del hombre; tantos compartidos, retrinados y agregados a las historias, que la red por momentos se saturaba y, como en nochebuena y año nuevo, dejaba esperando y en suspenso a todos, en la orfandad de la incomunicación. Algo iba a pasar, se sentía en el ambiente, se respiraba como se respira la sangre de la gallina antes del caldo.

Al mediodía, la presidenta municipal salió a dar su comunicado de manual: indignación, investigación, nadie por encima de la ley, últimas consecuencias, tope donde tope (esta última metáfora justiciera lastimó de forma especial, pues Obras Públicas no se tomaba el trabajo de rellenar los baches, pero sí de multiplicar los topes hasta en calles sin pavimento o encharcadas). Hizo como que hizo un puchero, apretó los ojos para ver si exprimía una lágrima, reprimió un gesto y regresó a su quehacer, o sea, a hacer nada.

En investigación relámpago, y después de que les rechazaran la confesión de un burro claramente torturado, los policías presentaron al tercer día a un tirante de barrio, un zombi del foco que habló de deudas con la Coppel, atrasos en los abonos, y que le habían embargado la Mortálika en la que se movía para distribuir su merca, eso sí, miapá, de mejor calidá que la de la competencia, con más ácido de batería que ni las LTH.

La red se dividió: que sí era, que no era, que nunca lo sabríamos, y los estados se volvieron a actualizar con los memes de siempre. La teoría de la conspiración había vuelto a ganar. O eso creíamos. La siguiente noche, la siguiente semana, no está claro con qué fin u objetivo, se empezaron a subir videos donde entrevistaban a los familiares del hombre y a los vecinos que estuvieron en la fiesta. Los testimonios quizás nos ayuden a esclarecer su muerte o a entender aquello que lo condujo a sus horas finales.

Cuando se fue a parar a mitad de la calle -habla la vecina divorciada-, fue por pudor, se puso a miar en el bache porque no quiso salpicarnos…, ni antojarnos. Pobrecito, se veía que necesitaba una mano, porque murmuraba cosas que no alcanzaba a entender. Quise levantarme, pero me fulminaron con la mirada, ustedes ya saben quién…, pobrecito, no lo merecía… -A pregunta directa de si qué era lo que no merecía, la muerte, suponemos, responde retando a la cámara-: la esposa, claro, ella no lo merecía.

Se levantó y me hacía señas pa´que me acercara -habla el vecino golletero-, desde hace rato quería ir al expendio y por un perico, pero yo me había gastado la lana la noche anterior y no traía ni un peso, faltaba una semana para la quincena, y la verdad, como que ya se me habían quitado las ganas de pistear, no sé, bien loco. Se me hizo gacho dejarlo ahí en medio de la calle, y cuando me acerqué me dio miedo (no es albur, para los que dicen que estaba miando) porque estaba hablando raro, como si orara en lenguas. No le entendí, la verdad, pero sentí una rara energía y eso me terminó de convencer para mejor irme a dormir.

No sé, no sé, teníamos problemas desde hace tiempo, pero nada que no se pudiera arreglar -habla la esposa-, las envidiosas estaban al no te muevas porque te quito.  Sí, es cierto que se paró y se fue pa´la calle, pero eso de que estaba hablando solo, no; tampoco es cierto que le estaba hablando al de la moto. Mi viejo se cuidaba, en quince días tenía prueba de antidoping en el trabajo y estaba comiendo mucho ajo. Si viera qué peste…, pero cuando hay amor… Tampoco le estaba hablando a ninguna gata, como andan diciendo. Me marcó a mí, a veces tenía esos detalles, de repente se ponía querendón. Yo dije, este ya me quiere ablandar pa´ orita que se vayan los vecinos, pero lo voy a hacer sufrir un ratito. Y le desvié la llamada, oiga, cómo me puede eso, cómo me puede -aquí se interrumpe un momento y moquea un poco-, esas hubieran sido sus últimas palabras para mí, ahora tendré que estar imaginando siempre su mensaje de amor.

Era bien borracho y sonsacador –habla la esposa del golletero-. Tempranito le fue a hablar a mi esposo dizque pa´organizar una protesta para que arreglaran la calle. Pero no es cierto, sólo quería invitarlo a tomar. Si lo conocía yo. Ya le había dicho a mi esposo que no se juntara con él, pero tampoco puede uno estar peleado con los vecinos, ¿verdad? Además, verá, ¿esto no se va a saber mucho, verdad? –hay una pausa y prosigue-. Hace rato que me andaba molestando, pos oiga. Yo no quise decirle nunca a mi esposo, porque ya sabe las tragedias como son y uno prefiere evitarlas. Pero ahí nomás andaba, que vecina pa´ allá, que vecina pa´acá, ¿le ayudo?, ¿no ha llegado su marido? Ay, si viera cómo insistía. Ese rato, antes de irse pa´la calle, me hacía pst, pst, pero yo no quería voltear, porque me daba miedo que mi marido se diera cuenta. Y no le hice caso. Y estoy segura que desde la calle seguía mandándome señales, pst, pst, si sabré yo.

Estaban bien pedos todos ya -habla el hijo mayor-. El viejón se ondeaba bien gacho y había pisteado todo el día. Andaba bien flameado. Y luego le daba por ponerse profundo y hablar dizque cosas importantes, de otra relevancia. Ojalá le hubiera dado por jotear, como a la mayoría de los viejones, pero no. Por eso todos los del barrio me pegaban un carrillón, porque decían que mi jefe estaba piratón. Es cierto que se fue pa´la calle, como andan diciendo, pero a nadie se le ocurrió que lo iban a atropellar. Ni que cancelaran el tráfico en las noches. Le pasó un Onapafa rozándole y me dejé ir por él para meterlo. Ya ni la chinga, le quise reclamar, pero se volteó y poniéndose el dedo en la boca me calló. Guacha, mira, me dijo, y casi suelto las curas porque pa qué me calla si no quería que oyera sino que viera. Qué, le dije, porque tenía la cabeza casi metida en el pinche bache ese y no sabía qué mirar. Pensé que quería que me pusiera a rellenarlo otra vez, porque la tierra que él le había echado ya la habían dispersado los carros. El bache como si nada, pues, tiernito todavía. Qué, le volví a decir. Mira, me dijo. ¿No sientes nada? No sabía qué mirar, mucho menos qué sentir, oiga. Mira, no le saques, eso no supe si me lo dijo a mí o a quién, porque enseguida dijo, y es neta: si miras fijamente el abismo, el abismo te devuelve la mirada. Ya se ondeó otra vez, pensé, cuál pinche abismo, si no tiene ni quince centímetros de hondo el bache, y antes de ponerle la mano en el hombro, para quitarlo porque se acercaba un carro enfierrado, agarró paso recio rumbo al periférico. ¿Quieres que le hable al de la moto, o que yo vaya?, le pregunté pa que esperara aquí al tirante, ya ve que lo ven solo a uno y luego-luego te quieren bajar. Pero no me escuchó ni hice que se devolviera.

 

Alfonso López Corral (Navojoa, 1979). Narrador. Autor de los volúmenes de cuento La noche estaba afuera (Tres Perros, 2011), Musiquito del Talón (Tierra Adentro, 2013) y Cien caballos en el mar (Paraíso Perdido, 2017).