Tiempo arrasado: un homenaje a la memoria

En La rebeldía de pensar, Óscar de la Borbolla aporta un análisis a propósito de la correspondencia entre el pasado y el presente en la identidad humana: «Mientras sigamos vivos, el pasado es algo que está con nosotros: […] aunque nuestra memoria lo deforme, lo adapte, lo mantenga vivo: vivo y por tanto cambiante».

Esta configuración de la memoria que sugiere de la Borbolla, consciente o no, se debate con la muerte: la evocación sirve para enfrentar al óbito. Tiempo arrasado (Revarena Ediciones, 2019), libro de cuentos del escritor mexicano Aldo Rosales Velázquez (Ciudad de México, 1986), se rige por este precepto. El autor de Linde faz emplea la temporalidad y la memoria como sus herramientas para alcanzar un equilibrio en la prosa, dándole un tempo evocativo que evoluciona, que se adapta con ligereza y que se mantiene vivo. Esta evocación resulta en la contemplación y, por tanto, en la observación de la muerte a través de los ojos de la memoria: una forma de combate contra el fin de la vida. Esta mirada se ve plasmada en un brío cadencioso que hiende la prosa de los ocho relatos. 

Con una voz muy sólida, Rosales manifiesta su virtuosismo narrativo desde un leitmotiv apenas explorado en La luz de las tres de la tarde: el lenguaje para entender al tiempo, que al final se ancla con el silencio. Si en La luz se percibe una estética sin filtros sobre el tiempo cotidiano, en Tiempo arrasado se advierte una teoría sobre el lenguaje como el tamiz del tiempo. En esta apología, los personajes departen con los segundos y los años, aunque sólo buscan escapar de ellos. Los cuentos «Mundo magia» e «Infierno número dos» implican algunas figuras esenciales: el interrogador, el interrogado y los testigos. Los primeros dos dialogan y construyen una atmósfera donde los tiempos -pasado y presente-, como deponentes, se superponen, se filtran y fluyen indistintos hasta que llega el mutismo como causa de cavilación, o de fuga.

Tiempo arrasado […] ese es el tiempo de alguien que no sabe estar vivo: nada crece en él, nada se queda, no echa recuerdos».

«Un árbol al fondo de la piscina»

El mutismo, también, se presenta como discreción. Esta reserva funciona como el raquis de «Música de fondo», donde una mujer teme por una reunión silenciosa con sus excompañeros de la universidad; de «Un gato que se llame Porvenir», la historia de un hombre y una mujer, desconocidos entre sí, que se encuentran a un par de gatos abandonados en la calle y conciertan, en diálogos breves, un plan para salvarlos; y «Vacaciones de verano», la narración de un hombre con una resaca enfadosa que intenta recordar la noche anterior, reservada por el olvido. En estos cuentos, a la duda del lector acude una respuesta parcial. Esta cautela de no revelar un evento que avanza en un futuro hipotético, encaja con el afán de crear un ambiente incierto, cercano al silencio. En ese sentido, la prosa de Rosales filtra el tiempo desde el desasosiego que, también, otorga el lenguaje. El silencio, aquí, revela.

El cuento final, «Un árbol al fondo de la piscina», parece cumplir enteramente con un adagio de Mario Bellatin, escrito en La jornada de la mona y el paciente, donde apunta que cuando se toma la decisión de escribir algo, se «tendrá que escribir sólo y únicamente sobre lo que [se] está escribiendo». En este cuento, la línea narrativa siempre sigue su camino descubriéndose. Esta historia relata las reflexiones que tienen un padre y un hijo, distanciados entre sí, en un hotel alejado en las montañas cuyo símbolo está en los azulejos de la piscina: un pez vela. De manera estilística, como temática, este cuento sobresale como un ejemplo preciso del tránsito del tiempo sin obstáculos. Tiempo que los personajes y el lector sienten, viven. Tiempo que, si se quiere, puede arrasarse con la palabra. Lo arrasado, entonces, implica una adaptación, una concordia, un estrago.

En suma, Aldo Rosales Velázquez cumple con provocar la otredad y, por lo tanto, la observación en torno al tiempo ajeno. Con su tono melódico y reflexivo. Tiempo arrasado se erige como un homenaje lacerante, deleitable y necesario, a la memoria del ser humano contemporáneo.

Los ocho cuentos exhiben un escenario desolador que puede mover a la aflicción, no obstante, también brinda una esperanza: la oportunidad de evaluar nuestra concepción de la temporalidad. Nos recuerda la importancia de notar, entre el caos, el sonido apenas perceptible de las manecillas del reloj al avanzar.

 

*Adonai Castañeda (Puebla, 2000) es columnista en la revista Neotraba. Cuenta con una colaboración en la antología de cuentos El amor en los tiempos de Internet (Fomento Editorial BUAP, 2017) que fue seleccionada para su publicación a través del concurso de textos narrativos del mismo nombre. Ha colaborado en revistas electrónicas como Los Heraldos Negros, La Santa Crítica, Clarimonda, La Cámara del Arte, Ícaro, entre otras. Actualmente estudia Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP.