Periodismo: formas de alimentar el presente

Si el periodismo pudiera ver su reflejo, ¿Qué pensaría al contemplarse? Seguramente, algo llamaría su atención. Algo en sus ojos. Tal vez no pudiera describirlo con palabras, ni siquiera asirlo con una emoción definida. Hubiera ira, valor, miedo, pena, alegría, humor. Más, siempre más. La visión, de cualquier forma, no duraría mucho por el hambre que en todo momento le rasga las entrañas e, inmediatamente, tendría que seguir adelante para aplacar esa necesidad de consumir el presente. Pero, ¿pasaría lo mismo todos los días o llegaría un momento en que el mismo periodismo se permitiera una reflexión prolongada sobre su propia identidad?

El ejercicio es absurdo, pero sirve para pensar en esa palabrita que hace unos días –18 y 19 de octubre– estuvo en mente de periodistas, estudiantes y público interesado durante el I Festival Internacional de Periodismo y Nuevas Narrativas. “Contar (nos)”. El evento se realizó a partir de cuatro temas fundamentales (frontera/ migraciones/ corrupción/ feminismos) y a partir de ellos se reflexionó sobre la identidad del periodismo. Una identidad que, hoy en día, suele asociarse al cambio, a la crisis y al decaimiento debido a múltiples factores que lo alteran unas veces y otras lo limitan.

Con respecto al festival, como sucede con cualquier acontecimiento, es imposible abarcarlo todo con una nota. De hecho, éste fue uno de los principales ejes en torno a los cuáles giró el evento. Se sabía de antemano que la temática del festival era amplísima y, por lo mismo, las voces de los y las periodistas afirmaron que su oficio no consistía en cubrirlo todo con un enorme abrazo informático, sino en abordarlo por medio de una narrativa particular y sensible. Una narrativa que fuera capaz de empatizar con aquellos que viven el acontecimiento noticioso y también con aquellos que lo consumen.

Esto me dice que no tiene sentido escribir sobre el evento como si se hubiera llegado a una sola conclusión. No podría dar un resumen. Lo que podría hacer es un acercamiento a sus voces. Pegar oído y conectar neuronas. En este caso, leer voces e ideas que, de igual manera, apenas presentarán un fragmento de lo que pasó.

La palabra identidad denota la presencia de un límite. A veces, una barrera impuesta por factores externos que agobian a su presa. Un ejemplo, quizás el más inmediato al momento de pensar en el periodismo en México, es el límite al cual los periodistas se enfrentan al momento de encarar a los políticos y a los narcotraficantes. Difícil, porque lo que se busca, en verdad, es exponer a una bestia que corre libremente por el territorio, una bestia despiadada, multifacética e infinitamente hambrienta que, ante cualquier molestia, busca maneras de clavar sus colmillos. Entonces, ¿cómo cubrir ese territorio, cómo combatir sus ataques?       

–Lo principal que hacemos cuando somos objeto de una amenaza –comienza Adela Navarro– es comunicarlo a nuestros lectores, decirles que estamos haciendo periodismo bajo amenaza, e inmediatamente se activan estos procesos de seguridad de las organizaciones de protección de los periodistas y algunos por parte del gobierno. Hemos dicho que no a escoltas de seguridad, por ejemplo, del mecanismo de protección de periodistas, porque son policías de la Federal que, hoy por hoy (porque no ha atravesado por una limpia), son una de las corporaciones más corruptas del Estado Mexicano. Entonces, no sabíamos si nos iban a proteger o iban a ser nuestros espías o iban a hacer nuestros verdugos.[1]

En otras palabras, la fuerza del periodismo yace en términos como: unión, alianza, seguridad, contraataque. Un periodismo que se niega a aceptar las fronteras impuestas por la bestia. Un periodismo que no permite que les roben el aliento. Al menos, no sin antes haberlo usado para señalar los crímenes, para demostrar que existe y existirá su contraataque.

 El ejemplo más próximo llega desde Sinaloa. Llega con ráfagas de pólvora, con olor a sangre, entre una mezcla biliosa de miedo e ira a causa de la incertidumbre bajo la cual viven sometidos la mayoría de los habitantes del país. La pregunta fue si el Estado era fallido o no. Si había doblado las manos. Si este doblez era algo nuevo o si correspondía con una tradición que lleva décadas entre nosotros.

–Es absurdo pensar o me parece una falacia asumir la cobertura de este tipo de situaciones desde una lógica que plantea que el Estado es un bando y el crimen organizado es otro –la separación la disuelve Pablo Ferri–, cuando es muy evidente que uno y otro son lo mismo. Entonces, cómo podemos plantear que lo de ayer (se refiere a los ataques armados entre narcotraficantes y militares en Culiacán, Sinaloa, por el arresto de Ovidio Guzmán) es una muestra de que el Estado falló y que ya no tiene la fortaleza para enfrentar al crimen organizado, cuando en realidad nunca hubo una pelea respetable entre uno y otro. [2]

–El problema viene de la impunidad –utiliza el dedo índice para señalar con precisión Luz del Carmen Sosa–. La impunidad total que prevalece; el hecho de que el Estado realmente no tiene ni la capacidad ni la voluntad de atacar este tipo de situaciones. Y no estamos hablando de confrontaciones, sino de investigación. De la capacidad de desarticular estas organizaciones. En Juárez esto es lo diario. Hemos tenido días con 19 asesinatos, casi 4 simultáneos. Entonces es la impunidad total la que está generando estas situaciones. Que desde la labor de la policía municipal no se hace una labor de prevención, que el gobierno del Estado y el Ministerio público ha sido absolutamente rebasado, pero también se entiende, ¿cómo es posible que el Ministerio Público pueda investigar un Estado con 13 mil homicidios con 50 elementos? O sea, ¿cómo? ¿En manos de quién realmente estamos?          

–Mira, yo he ido haciendo, a lo largo de los años, una pirámide –el dibujo lo traza  Alejandro Almazán–. Y me he topado con que a la mitad están El Mayo, El Chapo y abajo están los sicarios, pero arriba de la pirámide están los senadores, los gobernadores, están el presidente, está el Secretario de la Marina, están los empresarios y está otra gente con los negocios de la prostitución, de la trata de blancas, pornografía infantil, petróleo, minería, todo eso. Entonces, básicamente creo que ese es el problema: que el gobierno y el crimen nacieron del mismo vientre; eso es lo que nos ha perjudicado.

El vientre de la maldad, de la perversión, de la más lacerante ironía. Esto indica que el Estado no cuenta con los elementos necesarios para soportar su propia estructura desvencijada y uno corre el riesgo de quedar sepultado bajo su escombro. Habría entonces que señalar, arista por arista, columna por columna, para saber cuáles son las más dañadas, dónde están las grietas más profundas.

El tema de la corrupción en México, más que una columna que exhibe la derrota, es un agujero negro que yace entre sus cimientos. Las preguntas sobre cómo estudiarlo y combatirlo son infinitas. No obstante, no es el único tema que requiere atención. La necesidad de cruzar los límites adquiere muchas formas. La siguiente acepción del término podría referir a la palabra frontera. Inmediatamente después, pensamos en personas que se desplazan de un lugar a otro persiguiendo una ilusión. Un acto cuyas raíces alcanzan los orígenes de la humanidad. ¿Qué persiguen estas personas? ¿Cuál es la manera de narrar sus historias?

–Entendiendo que la migración es un asunto complicado y que tiene muchas facetas, y que también es altamente personal –el acercamiento lo inicia Elda Cantú–, creo que uno de los principales desafíos que tenemos los periodistas y los medios es el de no perder de vista a las personas. Porque, en efecto, la migración es un asunto político que, como todos sabemos, motiva a que se levanten muros, que se levanten puertas o que se enjaulen niños, y con mucha frecuencia estamos tan preocupados por esas implicaciones políticas que se nos olvida que estamos hablando de personas y que esas personas tienen nombre y apellido.[3]

–Justamente yo me he estado preguntando –se cuestiona Daniela Pastrana– si lo que hemos estado haciendo al momento de cubrir la migración ha sido bueno. Porque justamente a los periodistas nos interesa lo novedoso, lo que es excepcional, lo que no es súper común, entonces siempre estamos buscando ya sea las historias que hay detrás de una tragedia, pero también las historias de éxito. Y en estos momentos en que estamos enfrentando a la globalización y a los hiper regionalismos, no sé si este tipo de coberturas están abonando a que comprendamos mejor lo que significa ser migrante. A lo mejor si cambiamos la palabra de migración a movilidad, a lo mejor empezamos a entender mejor qué significa, porque todos nos movemos. Es algo que todavía no resuelvo.

–El problema es que estamos enfrascados muchas veces en las mismas narrativas a la hora de contar la migración. Todos los sueños de los migrantes son diferentes –el abanico de realidades lo expande Maritza Félix–. Creo que ahí, nosotros como periodistas sí tenemos una responsabilidad, pero también tenemos que sensibilizarnos porque hay muchas historias muy importantes que nos atraviesan a nosotros también. El punto es la narrativa. ¿Cómo estamos contando estas historias? Si estamos hablando de que son millones de migrantes, tenemos que son millones de historias. ¿Cómo las estamos contando? Y, ¿para quién lo estamos haciendo?

Entonces habría que contar historias reales. ¿Pero cómo relatar la realidad de otra persona? Quizás podría lograrse si se aceptara la subjetividad. El peso que tiene la cultura de quien escribe tiene que ajustarse a la necesidad de perder todo prejuicio al momento de contar los fragmentos de otra vida. Fragmentos emocionales que hablan de la necesidad de salir, de evacuar, de comenzar un exilio y perseguir una idea, una ilusión o una esperanza, y experimentar cómo se ajusta todo este proceso con la cotidianidad.

La tarea consiste entonces en ponerlo todo en duda. Volver a un periodismo que cuestiona sus propias capacidades para creer lo que ve, lo que se dice, lo que acontece. Incluso, un periodismo que dude de sus formas, que no se limite a reproducir un eco distante y ajeno, sino lo contrario: que persiga, que pregunte y que intercale nuevas formas de gritar, de decir.

–Yo he venido al desierto a perseguir el sueño más importante de todos los sueños: el sueño de la juventud. El sueño de luchar contra el tiempo. El sueño de ser capaces de tragarse la vida y escupir a la muerte –se impone contra los límites Pere Ortín–. Y eso también tiene que ver mucho con la voluntad de romper esto que hacemos. De destruir desde dentro, sistemática, activa y conscientemente eso que durante los últimos 120-130 años hemos llamado por convicción: periodismo. Siempre, por supuesto, respetando las únicas tres reglas que yo conozco de este oficio: no mentir, no inventar, no engañar.[4]

Los hechos abundan. Lo que se requiere son nuevas historias, historias contadas de forma diferente. Historias que dialoguen, que muerdan, que coqueteen con lo que está fuera del periodismo; buscar en el arte, en la poesía, en el cine, en la literatura, en los detalles que construyen el complejo manto de la realidad. La respuesta está en la pregunta, en la duda, no en la certeza.    

 –Lo que hay que renovar no es el resultado del procedimiento, sino el procedimiento en sí –la propuesta la refuerza Martín Caparrós–. Cualquier cosa que a uno le sirva para contar la realidad. Estamos para eso. El trabajo consiste en mirar, escuchar, pensar y contar. ¿Cómo se cuenta? Bueno, es infinito; lo triste es cuando uno piensa que hay una sola –o una y media– forma de contar las cosas. Eso es lo patético.[5]

Entonces, si volviéramos a ese ejercicio absurdo del principio, el periodismo contemplaría en sus ojos esa disonancia emocional, esa incapacidad de permanecer en armonía y, nuevamente –esto no puede cambiar– el hambre lo forzaría a seguir. En el camino, se daría cuenta que lo suyo no es de definir su identidad. No. Lo suyo es dudar y probar diversas formas de alimentarse del presente. Una y otra vez. Probar, dudar, probar y seguir dudando.

[1] Adela Navarro en conversación con Juan Carlos Zuñiga. “Periodismo a pesar de todo”. Disponible en: https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/138766230843375/

[2] Conversación entre Pablo Ferri, Luz del Carmen Sosa, Alejandro Almazán moderada por Silber Meza. “Narrativas de la violencia. Cómo contar un conflicto en marcha”. Disponible en: https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/139352110784787/.

[3] Conversación entre Elda Cantú, Maritza Félix y Daniela Pastrana moderada por Paty Godoy. “Contar las migraciones. Retos frente a los discursos extremistas y la desinformación”. Disponible en: https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/138921334161198/?epa=SEARCH_BOX   

[4] Pere Ortín. “Periodismo mutante, fronterizo y forajido. Nuevas formas de contar lo real”. Disponible en: https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/138951734158158/?epa=SEARCH_BOX

[5] Martín Caparrós. “¿Para qué sirve lo que hacemos? El papel del periodista en la sociedad”. Disponible en:

https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/139558200764178/

https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/139565730763425/  https://www.facebook.com/contarnos.mx.9/videos/139576240762374/

 

*Luis Enrique Araoz (1992). Escribe ficción, crónica y ensayo. Alimenta los blogs:  www.revistapiccarda.wordpress.com, www.castillitorojo.wordpress.com