En busca de Marcel Proust

Para quienes somos lectores, la experiencia de llegar a la obra de Marcel Proust (1871) supone una especie de hito personal. Es verdad que para cada lector, el acercamiento a una obra es algo que se reduce a lo personal o a lo íntimo, todos los que nos hemos acercado a Proust, me atrevo a asegurar, sentimos que de alguna forma él nos ha marcado. Las grandes obras siempre saben ser un espejo del mismo lector, es nuestra propia vida la que aparece en sus páginas, nos reconocemos en aquel Narrador, en este caso, el de la obra proustiana; nos identificamos con sus situaciones, podemos asentir con alguna o la mayoría de las muchas y sucesivas máximas, sentencias o aforismos, de las cuales En busca del tiempo perdido (1913-1927) parece tener a granel —según Nábokov, Proust es una especie de Papá Noel de sentencias; podemos imaginarlo como un La Rochefocault escribiendo una novela—; somos capaces de sorprendernos ante sus múltiples hallazgos poéticos; en fin, cada lectura nueva de En busca del tiempo perdido siempre aporta algo distinto, algo que, a pesar de estar ahí, no habíamos descubierto en una lectura previa. De ahí el secreto de la eterna juventud de la obra. Siempre es enriquecedora, siempre puede darnos algo que, al mismo tiempo que da cuenta de la vida del Narrador, nos otorga los recursos para que el lector posible pueda definir y nombrar su propio yo y las circunstancias que enfrenta. Parto de la idea del lector para hacer notar que el lector posible de Proust nunca puede ser malo o mediocre, aquí retomo una idea de Nábokov de sus cursos de literatura europea en la Universidad de Cornell: para Nábokov, Proust era a prueba de lectores perezosos, una vez que el lector posible puede pasar de las primeras páginas de la obra y no ha dado el obligado bostezo ante una lectura muy densa que no parece conducir a ninguna parte, entonces podemos decir que hay buenas posibilidades de que suba las distintas cimas que el autor propone. Es una sinsentido decir que existe un mal lector de Proust y la mayoría podemos decir que somos más inteligentes luego de cerrar del último tomo de En busca del tiempo perdido.

Para empezar esta búsqueda de Marcel Proust, imaginemos una obra que no existe, una sucesión de miles de páginas en blanco que podríamos escribir si al menos tuviéramos el tiempo y la disposición de hacerlo. En este punto el lector se convierte en un escritor posible, la sustancia de su escritura sería su propia vida, sin importar que tan irrelevante sea, sin importar el fracaso de esta vida. Proust se dio cuenta de que el tema de su novela no podía ser otro. En busca del tiempo perdido es, en parte, el monólogo interior de un hombre que a mitad de su vida empieza a tratar de restituir el tiempo desperdiciado irremediablemente. Lo hace a través de la remembranza, tratando de recuperarlo para sí mediante la evocación de ese tiempo. Proust o el Narrador —que en el caso de la novela pueden ser y no ser lo mismo— piensa en una posibilidad de redención de una ausencia a través del arte literario, su diálogo es con su pasado. Pero recordemos que esta novela —en la mente del Narrador que piensa su propia vida— no se ha escrito, así que, el libro que conocemos nosotros como En busca del tiempo perdido, es la obra que el Narrador, en ese mundo que describe —parte realidad y parte fantasía— pudo haber realizado al final del su vida. Al final de la obra vemos que el Narrador se propone escribir precisamente la novela que hemos estado leyendo, es por eso que el Narrador finge no saberse leído. La obra existe en el mundo del lector, en nuestra realidad; no así en la «realidad» del Narrador. De ahí que el lector se pueda concebir a sí mismo como un instrumento de ese juego ingenioso de dimensiones alternas: una realidad en la que yo lector leo una obra ficticia: En busca del tiempo perdido  y una realidad alterna en la que un hombre piensa, monologa o vive su propia vida sin sospechar que esta vida es leída por desconocidos, todo esto sin haber escrito una sola página —el Narrador no es el escritor en la novela—. Veámoslo al revés: imaginemos que en una dimensión aparte existe una novela en la que somos los narradores. Somos leídos sin darnos cuenta.

En busca del tiempo perdido es acerca de esa novela no escrita y, desde luego, sobre el tiempo, sobre la posibilidad de restituirlo, de que ese tiempo ya ido pueda estar nuevamente con nosotros. El transcurso del tiempo supone para la mayoría de nosotros una sensación de pérdida, vemos con nostalgia los amigos que se van, las oportunidades que se pierden, las personas que nos abandonan. Al recapitular, el «hubiera» se vuelve algo más tangible. Para Proust, ese espesor de lo ya vivido y de lo ya ido es también una fuente de sabiduría práctica en que nos otorga recursos filosóficos para encontrar la paz y la felicidad que nuestra juventud nos había negado. Al hablar del tiempo, pienso que es inevitable hablar sobre el episodio de la magdalena; éste es uno de esos momentos clave de la literatura universal. Se da de la siguiente manera: el Narrador, en su madurez, siente una especie de desasosiego por el paso de su propia vida, una vida que él concibe como insignificante, llegado cierto momento en sus reflexiones, le llevan una taza de té con un bizcocho que un su pueblo natal llaman madeleine o magdalena, que es una especie de pan de dulce en forma de concha que vendían a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela y que paraban por Illiers —el Combray legendario de la novela—. Al probar la magdalena mojada en el té, el Narrador tiene un momento de revelación, de epifanía: toda su vida aparece ante sí mismo y experimenta un momento de felicidad indescriptible: «dejé de sentirme contingente, mortal», dice. El sabor de la magdalena le lleva a la restitución «en su impalpable gotita» del «edificio enorme del recuerdo». Esa experiencia lleva consigo la edificación de total de la una ciudad entera, Combray, y de su infancia, que es, en resumidas cuentas, la patria personal de cada ser humano. Toda su vida se concentra en un solo punto. Tiempo y espacio no solo son tangibles, sino que también caben en la bolsa del pantalón o en el sabor de la magdalena en el té. Este episodio le pudo agradar a los físicos: su ciencia nos dice que una enorme cantidad de materia puede ser concentrada por un campo gravitatorio en un punto relativamente pequeño. Para algunos, es posible que el Universo quepa en un balón de fútbol. Al querer repetir la experiencia, el Narrador percibe que con cada bocado la sensación de plenitud y felicidad es cada vez menor. Todo en En busca del tiempo perdido está marcado por momentos de dicha que se escapan o de formas de felicidad anheladas que no llegan a concretarse, la sabiduría es el único bien que el Narrador parece conseguir.

¿Quién es Marcel Proust? Sin duda una de las cumbres de la literatura universal, un gran escritor francés de principios del siglo XX. Se le ve como un burgués adinerado hijo de padre católico y de madre judía, socialité irremediable de los círculos del Faubourg Saint-Germain, extraordinario conversador, enfermo crónico de asma, hipocondríaco. Un homosexual activo y neurasténico. De formación clásica y estudios de Derecho. Proust fue un hombre que no tuvo nunca un empleo estable salvo algunos colaboraciones en periódicos de su época, sus constantes achaques y enfermedades reales o imaginarias lo incapacitaron para llevar una vida normal y lo obligaron a depender de muchas amistades, a pesar de que hizo su servicio militar se las ingenió para no ser llamado a filas durante la Primera Guerra Mundial, empezó a escribir su obra maestra casi entrando en la cuarentena. Su escritura se caracteriza por ser densa, preciosista, profunda, poética, filosófica, plena de alegorías y comparaciones, de monólogos interiores, de metáforas que incluyen otras metáforas.

Marcel Proust nació el 10 de julio de en Auteuil, Francia; una personalidad como la suya sólo pudo haber surgido en un mundo y un tiempo donde la nobleza y los valores de la aristocracia habían llegado a un punto culminante, donde muchos siglos de cultura social entre las clases altas habían permeado y formado la fisionomía de un linaje y un estilo de vida que el siglo XX habría de sepultar luego de la Primera Guerra Mundial. El mundo descrito por Proust abunda en lo majestuoso, lo magnífico, lo suntuoso; lo forman los oropeles del gran mundo social que habita mansiones de lujo. A este mundo de fantasía lo define también la angustia en las relaciones sociales y la dicotomía entre el mundo burgués y el mundo aristocrático; las relaciones tensas entre ciertos grupos políticos, la polarización de la opinión pública que se dio con el affaire Dreyfus, y sus consecuencias históricas; y también están, desde luego, las facetas relacionadas con el arte. La novela contempla toda clase de manifestaciones artísticas e intelectuales: pintura, escultura, música, literatura; así como también, es un eco de la tradición histórica de Francia y de la cultura universal.

Hijo de Constanze Wiel y de Adrien Proust, ambos pertenecientes a familias adineradas; el joven Marcel Proust habrá de tener contacto con el mundo que describe en su obra al frecuentar los salones de distintas damas de lo que en el futuro sería el mundo del jet set, pléyade de la vieja aristocracia y de la burguesía de capital judío de aquella época como Mme. Straus, la princesa Mathilde o los condes Greffulhe. Es imprescindible mencionar y ubicar a Proust dentro de un mundo social porque la mayoría de los personajes de En busca del tiempo perdido tienen origen en sus rasgos y personalidad dentro de las personas que a Proust le tocó conocer y tratar. La novela, que consta de siete tomos, podría considerarse —entre otras cosas— como la novela del esnobismo. El snob (del latín sine nobilitate, sin nobleza) es aquella persona que, además de pretender estar siempre al día o a la moda, le gusta presumir sus amistades, entre más importantes, mejor, y siempre buscará la forma de ser recibido en un grupo social al que admira y del cual quiere ser parte. En el caso de la novela de Proust, es el mundo de Guermantes o su contraparte real del Faubourg Saint-Germain. Este esnobismo se aprecia en la novela como una constante sed de pertenencia social. “Ser” es ser percibido y si somos percibidos socialmente, mejor. Ser percibido en el gratin del gran mundo o no serlo es determinante en la vida del personaje proustiano. La persona prácticamente no existe si no recibe en su casa o no es recibida, si no tiene o no frecuenta un salón social. El idioma francés y la cultura social van de la mano ya que el francés es una lengua conversacional. En busca del tiempo perdido debe entenderse enclavada profundamente en una cultura predominantemente gregaria y literaria en donde las apariencias importan tanto o más que las realidades que ocultan. Siempre fue así. Recordemos la importancia de los salones de Mme. de Pompadour, Mme. Du Barry o Mme. de Maintenon. Un auténtico filósofo como Descartes escribe en una prosa que podría considerarse «de salón». Los philosophes y enciclopedistas como Diderot, D’Alembert y Voltaire también surgen en un mundo social y conversacional, sus ideas son «filosofía de salón», la prosa de éstos es abundante en aforismos y agudezas verbales. Algunos escritores de los siglos XVII y XVIII también eran socialités como La Rochefocault, la Marquesa de Sévigné, el duque de Saint-Simon, o los dramaturgos Corneille y Racine. En el siglo XIX, un sine nobilitate, Honoré de Balzac, escribiría una obra copiosísima sobre una sociedad en la que, en palabras de un personaje de Proust, «él nunca fue recibido». Así, Balzac es el máximo name dropper de la literatura universal al hacer desfilar miles de personajes en La comedia humana. Como Balzac murió a los cincuenta años, no concretó una serie de novelas agrupadas en lo que se llamaría Escenas de la vida de salón. Estas novelas reflejarían una sed social y de pertenencia de una clase incipiente que estaba por consolidar su poder como banqueros, funcionarios, políticos, hablo de la burguesía. Podría considerarse la obra de Proust como una especie de «comedia humana» para un nuevo siglo y cuyo planteamiento fue incluido dentro de la vanguardia francesa en las artes de principios del siglo XX.

El joven Marcel Proust entra en un mundo de oropel y apariencias en donde la malevolencia, el buen gusto, el halago oportuno, la agilidad verbal, la capacidad de hacer frases y aforismos ingeniosos y la elegancia, marcan la pauta para quien busque ser un escalador social. Proust es una rara avis en ese mundo, no pertenece a él a pesar de haber nacido en una familia adinerada y se propone conquistar ese mundo. Es capaz de abrirse camino socialmente gracias a su cultura, su ingenio y su capacidad para la cortesía oportuna. Este es el mundo de Guermantes, la cima de todo esnob, sitio presidido por los duques de Guermantes que tuvieron una contraparte real con los condes de Greffulhe, la cima del mundo social de principios del siglo XX, de donde Proust obtuvo la inspiración para los siete tomos de su obra capital, los personajes que describe en su obra existieron, como ya lo he mencionado, fueron contemporáneos del autor.

Jacques Émile Blanche

La prosa proustiana puede no ser fácil y, para algunos, puede llegar a ser tediosa. Les aseguro que esto es una impresión errónea. El texto puede maravillar con la riqueza de sus imágenes que se asemejan mucho a un cuadro impresionista en donde no existe una delimitación marcada entre las formas entre sí; así, el cielo y el mar en una tarde nublada pueden fusionarse de tal forma que no se sabe dónde empieza uno y dónde termina el otro. En las imágenes verbales de la prosa proustiana todo el mundo exterior del que el Narrador es testigo presencial pasa por el tamiz de su subjetivismo y de su imaginación de tal forma que se comunica con los objetos y las formas dándoles una parte de su sensibilidad y asociándolo todo, encontrando relaciones insospechadas entre las cosas. Por ejemplo, un olor se asocia a momentos y espacios; un color se relaciona a una forma; los sonidos conducen a momentos en el pasado o a expectativas; un sabor puede reconstruir un pueblo entero; los objetos y las formas no se circunscriben a los límites fijados por la realidad sino que se asocian a otros para crear imágenes nuevas que a su vez se comunican con otras. Es literatura de vasos comunicantes, de intertextualidad. La obra proustiana es el equivalente literario del impresionismo. Esta prosa está hecha de metáforas y comparaciones que incluyen que pueden llegar a ser divagantes como las de la poesía homérica.

Sería interesante contar la cantidad de veces en que la frase «como si» aparece en la obra porque ningún elemento descrito por el autor existe en la obra por sí mismo, todo está comunicado entre sí. Proust no llega rápida y directamente a una idea o concepto concreto sino que, antes de llegar a él, hace una divagación lenta y de respiración larga, de múltiples comparaciones; a veces usa paréntesis o guiones largos para proponer un ejemplo o una comparación, ora aclarando un punto ora dando un ejemplo conocido o sacado de la literatura clásica, todo esto con frecuencia puede retrasar la concreción de una idea. Un ejemplo del uso de guiones largos podría ser este:

«Una persona puede gustarnos, pero — para desencadenar esa tristeza, ese sentimiento de lo irreparable, esas angustias que preparan el amor — es necesario — y tal vez lo sea así, más que una persona, el objeto mismo que intenta, ansiosa, estrechar la pasión – el riesgo de una imposibilidad.»

La concisión, al ser difícil, nos obliga a leer de nuevo y hasta eliminar mentalmente lo que está en los guiones largos:

«Una persona puede gustarnos, pero es necesario el riesgo de su imposibilidad.»

En la épica griega la metáfora divagante se justificaba ya que, al estar formada por poemas transmitidos oralmente y de forma improvisada, la redundancia en una imagen le daba al rapsoda los segundos necesarios para preparar mentalmente los versos siguientes mientras que los oyentes podían prepararse para lo que venía a continuación. El uso de comparaciones y metáforas en Proust busca facilitar y acercar la percepción de una realidad de por sí inasible y movediza, el apresamiento de lo fugaz.

¿Qué imprime ese el ritmo narrativo tan lento, tan pausado? ¿La respiración? En el caso de Faulkner, se creía que, al ser alcohólico, acompañaba la escritura de sus frases con largos tragos de güisqui. En el caso de Proust, ¿era su respiración de enfermo asmático la que delimitaba la longitud de sus frases? No lo sabemos. Lo que sí se sabe es que recibió influencia del escritor inglés John Ruskin a quien Proust leyó mucho en su niñez y además tradujo al francés. Es posible que su estilo provenga de la prosa rimbombante plagada de referencias sobre La Ilíada y La Odisea en las cartas que de niño le escribía a su abuela, ese ser tan querido, inolvidable y entrañable quien también es un personaje en la novela. Sin embargo, el Proust niño habría de dejar su prosa homérica en la voz de uno de sus personajes, Bloch, quien acompañaba la cultura a la par con la vulgaridad. Esta es una frase típica de Bloch:

«Saint-Loup, el de bronceado casco, sírvase un poco de este pato de los muslos grasientos, sobre los que ha derramado el ilustre victimario de las aves, numerosas libaciones de vino.»

Existe, en el corpus de la novela un escritor llamado Bergotte, admirado por el Narrador en su niñez y juventud, hay quien sugiere que Bergotte es una especie de trasunto del filósofo Henri Bergson con quien la familia de Proust estaba emparentada, otros consideran que es Anatole France. Como quiera que sea, la obra de Marcel Proust tiene la influencia de este filósofo para quien, las verdades de la filosofía sólo podían expresarse en un lenguaje literario. Mejor que Bergson nos lo diga:

«A esa verdad movediza no se puede llegar por medio de definiciones intelectuales, lo único que puede hacer el filósofo es sumergirse y luego volver a la superficie, toma la pluma y escribe, procurando por medio de metáforas y sugestiones de carácter artístico y literario llevar al lector a verificar esa intuición que el autor ha verificado antes que él.»

A principios del siglo XX, que es el momento en el que aparecen las obras de Proust, el descubrimiento del subconsciente por parte de Sigmund Freud, el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, o la teoría de la relatividad de Albert Einstein nos dan una nueva comprensión del mundo que nos rodea. Nada es lo que parece. Tiempo y espacio son relativos. Nuestros actos pueden estar determinados por impulsos subconscientes de los cuales no tenemos control, es el reino onírico de la rebelión, el impulso subconsciente, la libido, los deseos reprimidos, las asociaciones involuntarias, el sinsentido, el absurdo, la «voluntad» que no tiene un fin específico; como si dentro de nosotros habitara una especie de tigre agazapado esperando el momento de manifestarse, de atacar. La idea de que hubiera elementos de nuestra personalidad fuera de nuestro control llevó a muchos a rechazar las ideas de Freud —los nazis quemaron sus libros—; la concepción de un mundo en donde la verificación de un evento físico dependía del espectador llevo a Einstein al exilio. La realidad se vuelve inasible, caminamos en arenas movedizas. ¿Cómo asir una realidad que se vuelve escurridiza? La obra de Proust parece hacer eco de esas ideas que resultaban tan novedosas y controversiales al momento en que Proust empezó a escribir su novela —alrededor de 1909—. Se podría, por ejemplo, hacer de En busca del tiempo perdido una lectura psicoanalítica y no dudo que sería interesante como experiencia, la obra de Proust es una auténtica mina de oro de experiencias psíquicas como los actos fallidos, ciertos mecanismos de represión, sueños, celos edípicos, toda clase de complejos, casos de histeria, patologías psiquiátricas como la maniaco-depresión de algunos de sus personajes, casos de neurosis, perversiones, bipolaridad, neurastenia; el amor, sus motivaciones…

¿Quién es el protagonista principal de En busca del tiempo perdido? ¿El Narrador? ¿El lector? ¿El lenguaje? ¿La homosexualidad? ¿El esnobismo? ¿El transcurso del tiempo? Parece ser que el gran tema proustiano, como ya lo hemos notado, es el tiempo. Tiempo en todas sus manifestaciones y tiempo recobrado al final. En el proceso de recuperación de ese tiempo hay una vida que demanda ser vivida, la narración de esa vida se convierte en una exploración de los mecanismos de creación artística y sobre la forma en la que nuestra circunstancia influye en nosotros. El Narrador es un prisma sobre el que incide la realidad y ésta se devuelve al lector en una amplia gama de coloraciones íntimas. Esto permite que, a medida que avanzamos en la lectura de la obra, notemos el dinamismo de un aprendizaje constante, es por eso que la obra está plagada de expresiones tales como: «me di cuenta», «comprendí entonces», «pude saber», «si hubiera sabido». La perspectiva del Narrador cambiará una y otra vez ya que este es el camino de la sabiduría, hecha, según el personaje Elstir —quien no es otro que la expresión de un personaje real: el pintor inglés Whistler—, de situaciones «ridículas y embarazosas». Así, todo tiene que suceder dentro de la perspectiva del Narrador, un axioma nos dice que sólo es real lo que sucede en el espíritu. Es por eso que Proust sólo encuentra la forma de su propia narrativa y poética en sí mismo, en su experiencia de vida, una vida sólo entendida a través del arte. Él lo explica de esta manera:

«….me daba cuenta que ese libro esencial, el único libro verdadero, un escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo. El deber y el trabajo en un escritor son el deber y el trabajo en un traductor.»

Según su biógrafo, George D. Painter, En busca del tiempo perdido  «sería un vastísimo instante de recuerdo inconsciente que abarcaría todo el pasado de Proust, que extraería de él todas la verdades ocultas del tiempo perdido». Según Painter, el episodio de la magdalena en el té es real y le propone a Proust el tema de su novela. El episodio de la magdalena en el té lo imagino como si se tratara de un caso de iluminación súbita al estilo del budismo zen, un caso de memoria involuntaria. Proust lo explica así:

«Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita, el edificio enorme del recuerdo.»

Al escribir su novela, Proust la explica, la justifica, pone a disposición de todos todas las claves, nos descubre sus procesos de creación. Utiliza procedimientos que ya estarán en lo que conocemos hoy como meta literatura. Parecería como si En busca del tiempo perdido fuera una novela sobre sí misma, sobre la forma en que fue escrita. Casos de meta literatura los veríamos después en escritores como Patrick Modiano, verdadero «Proust de nuestro tiempo» como se le ha dado en llamar. Las obras de Modiano, abundantes en personajes harán del pasado el sustrato y la materia prima que alimente sus obras. Ciertas obras literarias, además de proponer un diálogo, celebran una conmemoración, una manera de recordar, de resarcir lo olvidado, de rescatar lo que el tiempo parece disolver a cada momento. La literatura es memoria, al ser ficción, se trata de un fingimiento en la manera de recordar; sus procesos, sus técnicas, los medios del lenguaje y la poesía revelarán ese histrionismo propio del escritor que tiene a exagerar la nota, a «ficcionar». Pero no nos engañemos pensando que todo recuerdo es fingido. La creación, en la medida en que sea fiel a sí misma, redundará en lo real, en lo verdadero, o como lo dijo Maurice Blanchot, en ese «peligroso poder de ir hacia lo que es a través de la multiplicidad de lo imaginario».

El tiempo parece ser una obsesión, nos extraña su plasticidad, experimentamos relaciones conflictivas con él, nos entristece la forma en la que nos cambia la fisionomía de nuestro rostro y el de nuestros conocidos como si se tratara de una especie de cirujano plástico lento e invisible. El tiempo es máximo traidor cuando nos separa de las personas que amamos, prolonga los instantes dolorosos y acorta los momentos placenteros, hace que los años pasen rápido y cada año que vivimos parezca ser más corto a medida que envejecemos. Más arriba hablaba sobre la relatividad de este tiempo, es claro que Proust sólo habla de su percepción personal de ese tiempo, su tiempo psicológico. Los nuevos tiempos llevarían el relativismo del tiempo al ámbito de lo físico. Albert Einstein señala:

«Todo cuerpo de referencia o sistema de coordenadas tiene su tiempo particular; a menos que se nos diga cuál es el cuerpo de referencia a que se refiere la declaración de tiempo; no tiene sentido hablar de tiempo de un suceso.»

Conocemos el tiempo personal de Proust, su tiempo psicológico y físico particular. Quisiera dar un ejemplo de este perspectivismo temporal: en el último tomo de la obra llamado Tiempo recobrado, el Narrador asiste a una reunión social. Al principio no le permiten entrar al salón al que ha sido citado debido a que un pianista se encuentra dando un recital así que espera en el vestíbulo; como en toda la obra, el Narrador es acompañado por sus reflexiones en las que abundan remembranzas sobre los personajes con quienes el Narrador se piensa encontrar en esta reunión, sus antiguos amigos y conocidos. Pasado cierto tiempo, una hora o más que parece ser toda una vida, alguien interrumpe el monólogo interior del Narrador. Por fin le permiten pasar a la tan ansiada reunión. Al entrar al salón se da cuenta que la mayoría de sus conocidos usa extrañas pelucas blancas, incluso el Narrador, al verse en el espejo, parece tener el cabello distinto. Asimismo, los rostros y las personalidades de los demás parecen haberse modificado. En realidad no se trata de pelucas blancas o metamorfosis repentinas. Todos los personajes han envejecido. El Narrador había perdido la noción del tiempo dentro de su mundo interior, imaginándose el mundo tal y como lo recordaba y sintiéndose a sí mismo otra vez joven como muchos años atrás.

Proust, quien hubiera podido ser visto como una especie de «perdedor», pudo tender una trampa al tiempo ido y recobrar un mundo que estaba condenado a desaparecer. Él salvo del infierno a sus conocidos del mundo social, un mundo en el que llega a entrar haciendo uso de sus don de gentes y de una amplia cultura. En busca del…causó controversia a medida que iban apareciendo los distintos tomos de la obra. Muchos se vieron retratados en ella: Robert de Montesquieu, Mme. Straus, la princesa Mathilde, Hugo y Horace Finaly, la reina de Nápoles, Sarah Bernhardt, Anatole France, Charles Haas, los condes de Greffulhe, León y Lucien Daudet… Lo cierto es que Proust no tuvo que inventar nada, las cosas y eventos que rodean al Narrador-Proust son reales, las personas que lo rodearon e inspiraron también lo son: Robert de Montesquieu, quien inspiró a Charlus, es uno de los personajes más extraordinarios y complejos de la literatura universal o Mme. Straus, quien prestó su ingenio para la condesa de Guermantes. No así las coordenadas para la representación de esta vida.

Ese perspectivismo del que hace uso el novelista no desvirtúa la esencia de esa realidad que quiere mostrar, al contrario, la enriquece, le otorga un nuevo valor y un hálito vital que la protege de su enemigo: el tiempo. La «corriente de conciencia» del Narrador es la expresión de una realidad vivida que al mismo tiempo puede ser manejada a discreción para construir una especie de «mundo idílico» en donde, por ejemplo, nadie trabaja, todos se dedican a las tareas del espíritu o de la vida social, no se tienen problemas económicos o domésticos, el lenguaje de los personajes es refinado —salvo algunas excepciones—, cada uno está en el lugar y el momento exacto para generar en la mente del Narrador las sensaciones y percepciones adecuadas al propósito de la obra. Proust toma las características de varios personajes reales y los sintetiza en uno solo, un proceso de amalgamamiento; o bien, toma de un personaje real ciertas características de incluirá en varios de sus personajes ficticios, un proceso de desintegración. Por tal motivo En busca del tiempo perdido no es una autobiografía novelada como muchos quisieran y tampoco es una novela realista. Lo cierto es que es un increíble cuento de hadas como lo son casi todas las grandes obras de la literatura y un ejemplo de cómo la narración de una vida puede convertirse en una especie de «saga» que narra la formación de una persona. Sin importar que no salgamos de casa, toda vida se antoja como viaje iniciático cuyo propósito es la comprensión de la misma existencia que tenemos, al fin y al cabo una épica de lo cotidiano que en ningún momento se debe menospreciar. Proust tomó un poco de aquí y un poco de allá para crear un personaje, puso algo de sí mismo en otro, copió el carácter y los dichos de alguien aumentando unas características y omitiendo otras, revelando aquí y ocultando allá, condensando elementos de una personalidad o ampliándolos, inspirándose en varios de sus conocidos para crear un solo personaje o desdoblando un personaje real para crear varios personajes ficticios. Proust crea una obra de ficción para habitarla como narrador, personaje y voyeur ante sí mismo —es notable la cantidad de veces que aparece en la novela un intersticio, una ventana o una puerta entreabierta—. El Narrador-Proust es el eterno fisgón ante el lector. Esta narración sólo es posible si nos vemos a nosotros mismos como un ente omnisciente y ubicuo de mano del autor. La novela se hace de complicidades, autor y lector se complementan; éste se acerca para contagiarse de los elementos de la «voluntad» de aquel, quien a través del medio artístico manifiesta su fuerza creadora. Una fuerza que para Nietzsche era creadora, poética, instauradora de diferencias. Una leyenda urbana ubica a Proust clavando alfileres a ratas como una forma de distracción en sus interminables insomnios. ¿Perversión? ¿Terapéutica? Es posible que toda la novela hubiera sido una especie de «cura» estética para expiar sus culpas, una forma de contagiarnos o contaminarnos, de transmitirnos su propia locura y hacernos uno con él, entrar en ese mundo de Guermantes, de Sodoma y Gomorra, esa especie de crucero de lujo que, como arca de Noé, salvó a sus conocidos de toda muerte y al mismo tiempo, al hacernos partícipes de su individualidad, eliminó toda separación que podía haber entre él y nosotros.

Al principio de este escrito hablaba desde mi experiencia como lector, imagino que cada uno de nosotros obtiene lo que puede de cada libro, pienso entonces que una novela como ésta nunca se puede aprovechar lo suficiente. Como lector, yo también imagino la isla de Robinson Crusoe y la posibilidad de llevar uno o dos libros a la misma, con frecuencia pienso en éste y lo adivino como una especie de Biblia de la sabiduría práctica, un deleite privado y en ocasiones, un recurso para darle nombre a nuestro dolor moral, una manera de administrar y referir nuestro sufrimiento. Sirvan estas páginas para compartir todo eso.

 

∗Noé Vázquez (Puebla). Es escritor y ensayista. Cuaderno navaja es su espacio en la pecera. Publica en la revista Crash.mx y otros medios.