40°

Dicen que cuando yo nací mi apá se fue a pistear tres días y cachito, mi madre recuerda con terror justificado lo que fue la soledad en esa ciudad de hormigón y hielo, sobretodo tras haber parido un osezno que lloraba las 24 horas, tal vez por eso ya de grande me sentía tan cansado todo el tiempo.

altoaltoaltoSTOP

¿Por qué iniciar esta reseña con un arranque confesional? Tuve la opción de removerla en las últimas vueltas al texto, pero quería mostrar la imagen desnuda que brotó en mi mente al terminar el poemario:

Aziz Córdova y sus padres

El hecho de que esta memoria haya sido el catalizador atmosférico para empezar a escribir delata los nervios en los que Verano Desnudo (Tres Perros, 2019) se infiltra. El poemario es como esas fotos viejas quemadas de sol, donde está uno y uno es irreconocible y están los que conocemos como una impresión leve, sonrisas lánguidas en instantes prisioneros por tanto tiempo como resista este mundo y el material de la foto y las manos que las resguardan. Precisamente estas fotos viejas siempre desafortunadas, pero con un encanto innegable, son una maravilla, si lo piensan, en este planeta lleno de jets supersónicos y bombas de un chingotrón de megatones. Por eso me resisto a depurar esta reseña, o lo que sea, en honor al espíritu fragante que el poemario encierra. Me resisto a adjuntar estas hojas a otra cosa que no sea el plasma viscoso y mosqueado de nuestro aire en los meses corrientes.

Dice Luca Bocci en su canción 40° “los que se aman en verano se aman de verdad”.

Yo propongo entender eso de amar como cualquier acto que perpetue la vida y el verano me atrevería entenderlo como la hostilidad inherente al cosmos, que la neta no es saña sino las condiciones naturales a las que nos hemos enfrentado desde siempre. Dejándonos de poner tan ancestrales creo que para Verano Desnudo amar en verano es escribir sí, con este calor, pero también en esta tierra y sus tradiciones ásperas, frente a las rulas, las mamás, los vaqueros, las mineras, el calor otra vez y otras diez mil veces, el frío de la sierra, el despojo de sentido a cada uno de nuestros actos, la adolescencia que golpea como marro el patio de cristal de las infancias, el punx, la ideología que se asoma en el horizonte.

Gente, esta poesía no es un exótico espécimen importado para sus matcetitas, esta poesía es malahierba de flor despeinada, es zacate picudo, esta poesía tiene los pies bien plantados en la tierra, esta poesía se lanzó de chapuzón al mundo, esta poesía no se refugia en las tinieblas hasta convertirse en algo irreconocible, esta poesía vive de la luz, presume su morenito, pasea entre las calles con nosotros, nos muestra instantáneas de recuerdos tiempo atrás perdidos, esta es una poesía audaz que crece en los concretos y en los tatas, que besa y muerde a la vez, que siembra y despedaza.

Pero sería injusto hablar de este poemario y solo hablar del aura chucatoso que emana, sería injusto ignorar la chamba, el mastique, los raspones. Sería injusto no reconocer la búsqueda de una voz, el regocijo en cada desaire, la tenacidad aprendida, la virtud heradada (remito a evidencia los epígrafes). Sería injusto no darle el tiempo merecido a tantas imágenes calidas y preciosas, preciosas y terribles, cálidas y bobas, bobas y preciosas, cálidas y terribles, terribles y bobas, sería un crimen dejar que la ternura, como siempre, sea relegada detrás del urdimbre y las referencias, la ternura, señores, catapulta estos poemas a lugares insospechados, la ternura hace carne a lo que nosotros hemos hecho polvo y Carolina Reséndiz (Hermosillo, 2001), con una sensibilidad que nuestro tiempo y contexto nos ha imbuido, esgrime la ternura como principal vehículo parte hocicos para su poesía. También si hablo de ternura automáticamente hay otro dedo que señala la angustia, trending topic de nuestros tiempos, el parasitaje, el robo de calcio, la abrumación , la inflación de poetas, uno no puede morder esta poesía sin sentir sus minerales, uno no puede andar sobre ella sin tropezarse con el cerro, uno no puede salir ileso de estas líneas si es que aún nos queda algo en la coraza. Como la ternura, la angustia es omnipresente, la angustia es un recordatorio constante de que este mundo no está erigido sobre cimientos de enchiladas sino de sangre y hierro. El ojo crítico de Carolina, su corazón de pararrayos, abundan y ahondan en imágenes y temas sintomáticos de la decadencia a cuestas, decadencia que ella y sus compañeros han heredado de nuestras generaciones.

Entonces ¿qué imagen hacernos del poemario cuando el cabrón nos habla de modernidad fallida y bigotes de chockomilk calientito AL MISMO TIEMPO? Tal vez sinceridad, calidez, ritmo, audacia, la búsqueda y el ansiado encuentro. Este Verano desnudo deslumbra y creo exhumará algún recuerdo antiguo a cada uno de sus lectores, su fantasma perseguirá a Carolina en cada paso de una, me atrevo a afirmar, brillante carrera, siempre con la condición de asumir y enfrentar el trabajo titánico que todos los que escribimos tenemos por delante.

¿Qué haremos entonces, Caro, con la angustia y la ternura? ¿con todas estas palabras frente a todo este mundo? ahora que entre tubas y tarolas salió tu poemario chingón has entrado al diálogo que pretende responder a estas preguntas que nos acosan, esperamos nononono sabemos que no le huirás, porque eres banda, se nota en cada verso y nosotros nunca nos rajamos.

Ilustración: Caro Palafox

Rezo, y rezo relativamente pegado al cerro de la campana para que todos puedan escucharme, por que a pesar de buscar los cielos, a pesar de Icariar y recostarte en las nubes, regreses siempre o de vez en cuando aquí a nuestro lado, al paisaje y el pan, a la poesía de todos. No porque te vaya a ir mejor, de hecho 0/10 nunca recomendado, sino porque los que luchan por la vida (igual los que la sufren), apaleados, deshechos, abandonándose a sí mismos, tu palabra viva necesitamos.

 

∗Aziz Córdova (Agua Prieta, 1995). Es poeta. Recientemente publicó el libro Como siempre llego tarde (o me vengo muy pronto).