Rigo Tovar en Abbey Road

Sumario:

El presente año el icónico álbum cumplió medio siglo, así como la imagen realizada por el fotógrafo norteamericano Ian MacMillan, un 8 de agosto de 1969. Lo que casi no se sabe es la profunda relación del músico tamaulipeco con el género del rock, y cómo una extraña casualidad lo llevó a grabar una de sus piezas más logradas en el mítico estudio londinense.
La historia, en estos 12 tracks:

1.- Su voz es nasal, desafinada y a veces tartajosa. Rigo no fue un intérprete virtuoso, mucho menos el dueño de una gran voz, pero sí dueño de un talento performer. Su tono era el de la gente común, o como diría Musil: el hombre sin atributos. Incluso tenía cierto problema de dicción que lo hace cambiar la “r” por la “d”; lo cual no importa, porque fue un fabulador nato; inventó mitos, su propio manual de zoología fantástica, donde su cohorte es una nereida, su vástago no un tritón, sino un “sirenito”; constructor de auto mitologías, esculpió su propia imagen: melena y trajes con estoperoles, camisa abierta donde a veces había una estrella de David o un gran ojo egipcio, muy parecido al de Alan Parsons Project. Las abuelitas de los ochenta decían que tras sus lentes Ray Ban sus ojos escrutaban al público para tasar las muchachas a las que, como un Zeus, al final del concierto habría de llevarse con él. Empuñaba el pedestal del micrófono con gesto rockero: era un Jim Morrison a la mexicana.

2.- Siempre se soñó rockstar: hacer cumbias con guitarra eléctrica, bajo, batería y sintetizadores Moog. Urdir la parafernalia: vestir trajes de terciopelo azul o de imitación cuero. Beber coñac a pico de botella. Ser el ídolo perseguido por multitudes, aquel que en el futuro sería dueño de un Rolls Royce blanco con asientos de piel y vivos dorados, el conductor del único Ferrari color rosa mexicano en todo el país: hacedor involuntario de un delirio popular, sacerdote de un culto masivo al altar de lo kitsch.

3.-  La apoteosis. En una época muy anterior al Internet y los ídolos prefabricados, llegó a tener más de 500 clubs de fans a lo largo y ancho del país. Lo perseguían por nuestra geografía en autobuses rentados. No fue a festivales, ni los necesitó; justo una década después de Woodstock, tuvo su Avándaro personal: el récord –superando la misma visita del Papa Juan Pablo II que en el mismo lugar juntó apenas 300 mil y el festival gringo 400- de reunir a casi medio millón de personas en un baile masivo al aire libre, en el lecho del Río Santa Catarina, un tumulto de polvo que en Monterrey la gente recuerda mucho más que al concierto de Queen en el Estadio Universitario.

4.- El sincretismo. Sus raíces en el sur de Texas, trabajando como soldador y oyendo a Janis Joplin, Ted Nugent, Black Sabath, Scorpions, y sobre todo, a la reina. Meterle guitarra eléctrica a la cumbia. Hacer bolero con mariachi. Versionar a Consuelo Velázquez –en versos casi de Darío- (“Muñequita linda / de cabellos de oro / de dientes de perla / labios de rubí”) con alusión sicotropical. Oír y asimilarlo todo: hay un disco donde versionó “Las estepas del Asia central”, de Borodin, con guitarra eléctrica y en clave de cumbia. Los más viejos cuentan que una vez, en un concierto en la Arena México intentó versionar a Haydn y fue abucheado.

5.- El cosmopolitismo. Tocó en la Vegas, Chicago, Hollywood, San Francisco; pero también pequeñas ferias, palenques, baldíos, pequeños casinos, fiestas de pueblo, arenas de box y lucha. Como criatura fantástica, oficiaba su canto –incluso- en el lecho de los arroyos. Dejó su huella en la racista Texas, donde pulió su inglés, mientras se acababa la vista faenando como soldador. Antes, había trabajado como tapizador, albañil, barman, limpiador de letrinas, cuidador de camellos, botarga. En el estado de la Estrella Solitaria y los tiroteos por racismo, hasta nuestros días pervive un día en el que se festeja al ídolo, día de culto unánime: 31 de agosto, Día de Rigo Tovar.

6.- La caída. Dicen que el principio de la debacle –en el vicio, la irresponsabilidad, la locura y en el alcohol- empezó con la muerte de la madre, a quien idolatraba. En su honor llevaba un tatuaje: “Mamá Sarita, jamás te olvidaré. XI-VII- MCMLXXIV. Junto a una mariposa y una flor en el brazo izquierdo.

7.- Infancia es destino. Artista del hambre. Artista de la desesperación. Equilibrista en el vaivén de la fortuna y las emociones. En Matamoros, cerca de las vías del tren. “De niño vi a un artista en un circo. Era un alambrista. A mi mamá se le grabó el nombre, porque le gustó y por eso me puso así.” Y el mito fronterizo del selfmademan: “Yo fui muy pobre. Mis padres no tenían para comprarme zapatos. No tenían para comprarme libros. Cuando llegaba a la escuela, la maestra me los regalaba porque yo no llevaba, sólo un cuaderno. De grande, llegué a Estados Unidos con treinta centavos. Ahí empecé a trabajar en una pizzería, después en la soldadura. Ahí empecé a enfermar mis ojos”.

8.- A los 40, así como Lucho Gatica y Germaín de la Fuente perdieron la voz, a la manera del mismo Borges, Rigo empezó a quedarse ciego paulatinamente: “no el negro total, sino un gris amarillo, un rosa pálido como la encía de un jaguar”. Llegaba al escenario apoyado por uno de sus asistentes. En las iglesias, los clubes de fans le organizaban masivas misas. Su médico le dijo, como a un Tiresias: “Malas noticias. Tienes retinitis pigmentosa”; ante el silencio del cantante, el galeno le replicó “Pero tienes a tus fans”.

9.- En la salud y la enfermedad el mito creció: la disquera que lo promovía tuvo que vender los derechos de sus discos, ante la imposibilidad de maquilar al ritmo de la demanda. Sus ventas rompieron todos los récords. Los derechos de su música fueron absorbidos por un consorcio internacional. Aún no existía el fenómeno ni la industria de lo que hoy conocemos como “música grupera”. Él fue su precursor indiscutible. Sin ápice de maquillaje, promoción o relaciones públicas, statement político, ni arte conceptual, sus discos llegaron a vender más de 30 millones de copias.

10. El sonido. Hay ecos del piano de la Santanera en los compases de Rigo. Hay boleros como aquél famoso de Osvaldo Farrés (“Quizás, quizás, quizás”) que evolucionan hacia otra cosa en sus versiones: arreglos sicodélicos a lo Esquivel, congas y güiros. Su sonido bordea peligrosamente el rock latino: hay un momento de “Mi Matamoros querido” en que los timbales y la guitarra casi casi son como en Carlos Santana.  En el futuro lo versionarán los rockeros mexicanos; de lo más pop a lo más experimental: ninguno logrará arañar su registro inatrapable. Su capacidad de mezcla es inclasificable, bastarda, digresiva: Rigo no sólo es Amor, Rigo es desmesura.

11. Preludio final. La última década de su vida es todo cuestabajo. La ceguera, la diabetes, enfermedades de la piel.  A Principios de los 90 se somete infructuosamente a una operación de los ojos en Cuba, por parte de un equipo checoslovaco, al que paga 6 millones de pesos de aquel entonces… Todo es en vano. La depresión lo atrapa. Comienza a alucinar. Afirma en entrevista para la televisión que sus males son resultado de una conjura internacional, menciona nombres entre el desvarío: los extraterrestres, Boris Yeltsin, Fidel Castro.

12.- Pero es la ceguera la que también lo acerca al mito. Una de sus múltiples viudas cuenta en un video que el 8 de diciembre de 1980, al saber del asesinato de John Lennon, Rigo comenzó a llorar. No era extraño. Tres años antes, buscando una posible solución a su mal, por recomendación médica, viaja a Londres en busca de un tratamiento. Lo acompañan los miembros de su grupo: el Costa Azul. Una oftalmóloga australiana le recomienda una estancia de meses y un tratamiento experimental, basado en piquetes de abeja. Compone algunas canciones. Se conserva una foto con chamarra café, una medalla con la estrella de David y una playera con la leyenda “Make love, not war” en un acceso al tube. Junto a su grupo afina los arreglos para “En las estepas del Asia central”, su extraña versión a Borodin. Y aunque el disco se concluiría en Hollywood, solicita trabajar en uno de sus últimos éxitos: “Dos tardes de mi vida”, disco homónimo de la sentida balada que grabará en el legendario estudio de la manzana. 

 

∗Alejandro Pérez Cervantes (Coahuila, 1973) es periodista cultural y narrador. Maestro en diseño editorial por la Universidad de Monterrey y Doctor en Arte y Teoría Crítica. Premio Nacional de Cuento Julio Torri 2007 con Murania, es autor del libro de textos periodísticos El muro y la grieta y el libro de ensayos sobre fotografía Los estatutos de la mirada. Profesor Investigador en la Universidad Autónoma de Coahuila y coordinador de estudios literarios en la Universidad Iberoamericana Campus Saltillo. Su novela Lengua de plata, de próxima aparición, fue finalista del Premio Internacional de Novela Lipp en el año 2017.