«Capernaúm», la ciudad olvidada: un recorrido a través del túnel

La RAE define esperanza como el estado de ánimo que surge cuando se presenta asequible lo que se desea. En un sentido más práctico podemos considerarla como una luz que brilla al final del túnel, ese sentimiento favorable hacia el porvenir en los momentos de oscuridad. Capernaúm (2018), (Capharnaüm – título original) toma su nombre del pueblo bíblico que fue maldecido y destruido por la falta de Fe de sus habitantes. En lengua francesa la palabra ha derivado en un sinónimo de caos; así mismo en ciertas culturas del continente africano.

Capernaúm es la producción más reciente de la directora libanesa Nadine Labaki (Beirut, 1974), en la cual se aborda, desde la perspectiva de un niño, una temática extremadamente cruda. Zain (Zain Al Rafea, 2004) es un menor de doce años que vive con sus padres y hermanos en una preocupante situación de ignorancia, pobreza e indiferencia. Las condiciones de vida lo han orillado a ser más despierto, afianzándose a su instinto de supervivencia. En el filme Zain trata de ocultar la situación actual de Sahar, su hermana de once años que acaba de convertirse en una señorita. Zain hace lo que está en sus manos para protegerla pero la suerte está echada y sus padres han cerrado trato con un comerciante para desposarla a cambio de unas monedas y así, liberarse de la carga económica que esta representa.

Zain estalla impotente y toma sus pocas pertenencias del hogar para aventurarse a la casa de su abuela. Viaja en el transporte público y comparte asiento con un anciano, mismo que despierta su interés por tan osada vestimenta: el viejo emula ser una especie de superhéroe con una cucaracha impresa en su disfraz. El anciano desciende del bus en un parque de diversiones, suponemos un lugar inexplorado por el joven protagonista que momentos después se baja del camión ante avasallador descubrimiento. Desconocemos si realmente existía la abuela del pequeño o sólo es una maquinación iconográfica, pero tenemos la certeza que a raíz de este acontecimiento iniciará una aventura que no tendrá vuelta atrás.

Uno recuerda su primer experiencia en la rueda de la fortuna con cierta nostalgia: una sonrisa, una memoria grata, pero en el caso de Zain es distinto. Su rostro es inexpresivo, consumido por sus pensamientos, una realidad que ha tomado su inocencia, su infancia… casi inhumano. Hay ciertas cosas que no podemos ocultar por mucho que lo intentemos, como la educación o el hambre; esta última manifestándose en el vientre del protagonista, quien encuentra apoyo en la presencia de Rahil (Yordanos Shiferaw), una mujer indocumentada de origen africano que trabaja en el parque de diversiones. Rahil a su vez tiene conflictos por su situación migratoria y lleva oculto a su bebé al trabajo por temor a ser arrestada, separada de su criatura y finalmente deportada. Pronto forman una familia brindándose apoyo mutuo, creando una especie de codependencia simbiótica: ella provee para el hogar, el menor cuida de su nuevo hermano lactante. Eventualmente, la mujer es arrestada y llevada a prisión, motivo por el cual Zain se ve obligado a sobrevivir por su cuenta ahora con la responsabilidad de un infante.

Lo consecuente es inaudito: la fortaleza de un espíritu fragmentado, las ganas de prevalecer hicieron que la producción se convirtiese en un homenaje a la esperanza de manera automática. La historia está estructurada por medio de recursos retrospectivos donde Zain ha cometido un crimen violento y está cumpliendo una sentencia de cinco años. Desde prisión decide enfrentar a sus padres Selim (Fadi Fousef) y Souad (Kawsar Al Haddad) en un juicio por negligencia, donde les exige a sus padres que dejen de traer gente a este mundo miserable, mientras Souad la madre, está esperando un bebé. Nadine Labaki, la directora del proyecto hace un pequeño papel como Nadine, la abogada defensora del protagonista.

Para Labaki era imprescindible realizar esta producción puesto que el argumento se fraguó con historias de las calles de su natal Beirut, documentando el material de mano propia en el transcurso de cuatro años. El personaje de Souad está basado en una señora que dio a luz a dieciséis criaturas y vive en las mismas condiciones que las expuestas en ficción. Seis de sus descendientes han muerto, mientras otros se encuentran en orfanatos por la falta de cuidado. Es una realidad preocupante la que se vive en todas las ciudades del mundo, dicho sea de paso, superan la ficción, lo que hace motivante que se realicen este tipo de producciones para sensibilizarnos y obsequiarnos una radiografía policromática del ambiente que habitamos. No podemos percatarnos de lo afortunados que somos si desconocemos la vulnerabilidad de los demás.

Es un hecho que el instinto maternal surtió efecto en la directora del proyecto, razón por la cual Labaki decidió trabajar con gente de las calles de Beirut, interpretando situaciones similares a sus respectivas realidades sin la necesidad de recurrir al talento profesional que quizás pusiera en riesgo las intenciones (y calidad) del proyecto.

El reconocimiento del film fue automático y su legado abrumador. El equipo de producción sigue trabajando con los colaboradores del proyecto: algunos de los actores de nacionalidad extranjera recibieron carnets que validaran su residencia en El Líbano. Vale la pena resaltar el caso de Zain, que a pesar de interpretar a un niño libanés era en los momentos de rodaje un inmigrante sirio, motivo por el cual las Naciones Unidas intervinieron y le ofrecieron residencia en Noruega, país donde habita con su familia y donde actualmente asiste a la escuela. Sin duda es una producción que vale la pena experimentar. La escena final es gratificante, por lo que recomiendo caminar por este túnel.

Capernaúm fue nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera (2018), los Golden Globes, los premios BAFTA, así como la Palma de Oro en Cannes. Recibió el Premio del Jurado en este último festival después de una ovación de pie que duró aproximadamente quince minutos. A la fecha de esta publicación, Capernaúm cuenta con 29 galardones y 36 nominaciones en festivales de talla mundial.

 

*César A. Ochoa Sáenz (Hermosillo, 1981). Participó como asesor y segundo director en el cortometraje: Interrupción Continua en el Espacio – Tiempo. Colabora con varios proyectos cinematográficos y de producción audiovisual.