Conversación apócrifa con Mircea Cărtărescu

Si Mircea Cărtărescu (1956) nos escribe desde otra dimensión, no veo por qué alguien más no pueda ingresar a esa otra realidad para conversar con él. Una dimensión paralela donde Mircea escribe cuadernos, un enorme diario o bitácora desbocada que llegará a quemar cuando el tiempo así se lo exija. Quizás sean las cenizas lo que nosotros conocemos como Solenoide.  Esa novela que llegó a nuestra realidad en 2017 para abordar la paranoia como razón de existir.

Estamos frente a un ventanal. Vemos un taller, un comedor y debajo de la ventana hay niños que juegan en un gran patio. Un patio escolar cubierto de nieve. Llegué tarde. Quiero decir que cuando ingresé a mi cuerpo de esta dimensión, la plática ya había comenzado. Al hablar con él me llega la idea que todo inicio, todo origen, es una ilusión que nos impulsa a continuar una historia inconclusa. Tengo comezón en la cabeza. Los piojos han puesto huevecillos otra vez. Él acaba de decir algo sobre un “motor metafísico” y me siento impulsado a interrumpirlo.[1]

Profesor frustrado cuyo cuerpo y mente ocupo en esa dimensión: Pero decir eso, significa que en realidad no tenemos idea de lo que hacemos, como si fuéramos pasajeros de un carro que se desliza por el camino sin saber a dónde se dirige.

Mircea: He dicho “motor metafísico”, pero pienso ahora que podría llamarle también “motor paranoico”, en la medida en que toda metafísica es, de hecho, paranoia. De repente, un buen día, ves a tres o cuatro ciegos después de no haber visto a ninguno en muchos años, ni siquiera en sueños. Conoces a una mujer llamada Olimpia y al cabo de unos minutos abres un diccionario de pintura por la página de la Olympia, de Manet y, dos horas después, en la calle, descubres la Floristería Olimpia. [2]

PFCCYMOEED: Entonces, ¿los paranoicos tienen razón de su paranoia? Es desgastante buscar tantísimas conexiones, ¿no crees? Porque si las buscas las encuentras. Ya ves lo que le sucedió al portero. Ipsas está convencido de que los extraterrestres vendrán por él. Pone a la gente nerviosa. Ser una persona obsesiva te desplaza de la vida común. Claro, tú hablas de una serie de elementos que se suman. En mi profesión sabemos que toda sumatoria dará un resultado. ¿Cómo saber si ese resultado no equivale a la locura?

M: Son nudos de significado, plexos del sistema neural del mundo que unifica sus órganos y acontecimientos, indicios que deberías seguir hasta las últimas consecuencias, y lo harías si no tuvieras los prejuicios estúpidos de la realidad. Deberíamos tener un sentido que discriminara entre el signo y la coincidencia. Ves un día, una detrás de otra, tres mujeres embarazadas: ¿qué quiere decir eso? Y si hubieran sido solo dos, ¿te habría sorprendido también la coincidencia? ¿Y si a las tres añadieras una más, que sale de repente de una casa y camina ante ti por la calle? ¿Y si esta se detuviera, se volviera de golpe y tendiera una nota arrugada en la que pone tan solo “¡Socorro!” Y luego corriera pesadamente calle arriba?[3]

PFCCYMOEED: ¿Estamos hablando de algo en particular? [Mircea mira un cuaderno que está en el escritorio. Me da la impresión de que el cuaderno lo busca a él y no al revés. Ahí debe estar el imán que retiene su estructura mental.] Dices que las casualidades son indicios pero, ¿indicios de qué? Una cuarta embarazada también podría indicar la ausencia de prácticas anticonceptivas. A lo que voy es que seguir los indicios que nos deja la cotidianidad trae consecuencias. Somos seres que caminan por el hielo. Sabemos que debajo hay algo más, pero a veces para salvarte es mejor caminar con cuidado.

M: ¿Cuánto resiste el hielo la realidad? ¿Cuándo, en qué momento, sientes su crujido bajo los pies? Atisbas al principio las grietas finas de las coincidencias que se ramifican y se ensanchan de forma alarmante, pero el hielo todavía te sostiene y no te causa problemas por el momento: es tan solo una embarazada más, la cuarta. Puede suceder. No es imposible encontrarse con todas ellas a lo largo de un solo día. Pero la embarazada te entrega una nota, lees el mensaje y de repente el hilo se resquebraja y te hundes en el agua helada, y estás debajo, buscando como una foca un agujero a través del cual poder respirar.[4]

PFCCYMOEED: Claro. Si el caso fuera ese, comenzaría a creer en un complot formado por mujeres embarazadas. No lo había pensado. Uno imagina las cosas más lindas de ellas. Es un gran disfraz para cometer crímenes. Si una cuarta mujer embarazada me diera ese papel, probablemente desconfiara de ella. Aunque tal vez ya fuera demasiado tarde. Si caemos en el agua helada, ¿no significa eso que ya todo se acabó para nosotros?

[Mircea mira por la ventana. Los niños siguen jugando. En el comedor, una de las alumnas de último grado pasa frente a un grupo de trabajadores. Escucho que el tren está cerca. Miro el reloj. Luego veo que Mircea tiene la boca abierta. Los ojos oscuros, el pelo revuelto. Sé que acostumbra llevarlo así. No parece ser alguien que se fije mucho en cómo se ve o, mejor dicho, en cómo lo vemos nosotros. Se acerca a mí y habla en voz baja.]

M: En la complicada telaraña de los raíles hay unas piezas móviles que, antes del paso de los trenes, cambian el trayecto de estos gracias a un simple y, a veces, apenas perceptible movimiento entre vías divergentes. Cada uno de los instantes de nuestra vida es una de esas agujas, en cada instante nos encontramos en una encrucijada distinta y tenemos la ilusión de optar por uno de los dos caminos que se ofrecen ante nosotros, con todas las dimensiones éticas, psicológicas o religiosas de nuestras opciones.[5]

PFCCYMOEED: ¿Una ilusión? Entonces, quién o qué tiene el control. Lo dices como sí en realidad el destino fuera algo real, algo a lo que por supuesto no tenemos acceso y que por lo mismo no tiene caso huirle.

M: De hecho, es el camino el que nos conduce, el laberinto de vías toma las decisiones por nosotros, nos construye así a lo largo del trayecto como en una placa anatómica, real y virtual, sobre la que estamos extendidos, una vez eviscerados, como las palomas y los ratones que se pueden contemplar en los museos de ciencias naturales. [6]

PFCCYMOEED: Y aún así nos esforzamos. Si estamos en esa telaraña y el único camino es el que seguimos y seguiremos, de cualquier forma nos esforzaríamos por vivir con la ilusión. Es lo único que podemos hacer contra el miedo. Si yo anduviera por ahí, desplazándome, y de pronto viera ante mí a la gran araña, lista para joderme, pensaría en alguna forma para salir de ahí. Y conociéndome, seguro me lamentaría por las oportunidades que dejé pasar, como si mi salvación estuviera en las otras vidas que no viví.

M: El trayecto –que eligen en nuestro nombre a cada instante, con cada respiración, latido, selección de insulina, pensamiento, amor, eclipse y orgasmo– por el cual avanzamos en la telaraña de la vida, como en un sueño, se solidifica y se transforma en historia, es decir, en memoria, mientras que todo lo demás, lo posible pero no realizado, toda la enorme reserva de nuestra virtualidad, todos nuestros billones de sosias (esos que, segundo a segundo, han girado a la izquierda cuando yo he girado a la derecha) forman sobre el esqueleto de la realidad, en la solidificación de nuestra osamenta de tiempo, los órganos hialinos que se nos revelan en los espejos y en los sueños, los fantasmas con nuestro rostro, el pléroma blando, abstracto, que se curva en torno a nosotros como el globo de un diente de león.

PFCCYMOEED: Entonces, ¿cómo lograr vivir con eso? Si sabemos que lo posible existe pero está lejos de nosotros, ¿cómo seguir por nuestro laberinto lleno de fantasmas?

[Se abre una puerta detrás de nosotros. Es la cara de Irina la que se asoma. Se revela entre ellos una atracción. Algo que se manifiesta en actos impulsivos. Ella lo llama. Él se va. Dejó su cuaderno sobre el escritorio. Me siento atraído a leerlo. Lo abro, eufórico y desesperado, como si ingresara en una prohibición y mi laberinto me llevara a profanarla. Leo:

Somos prisioneros en cárceles concéntricas y múltiples. Soy prisionero de mi mente, que es prisionera de mi cuerpo, que es prisionera del mundo. Mi escritura es un reflejo de mi dignidad, es mi necesidad de búsqueda del mundo prometido por la propia mente, como el perfume es la promesa de la rosa encerrada. Quiero escribir, no como un escritor, aunque fuera este un genio, sino como tocaba Efimov, con un orgullo inconmensurable y una imperfección sublime. Él encontró el camino que no se encuentra en la tradición, sino gracias a un don, porque el arte es fe, y si no hay fe, no hay nada. Soy un diletante, lo sé, no conozco los trucos milenarios de mi arte –como seguramente los conoce el otro, en ese mundo donde tiene éxito dinero y gloria y mujeres–, pero en mi oscuridad me siento libre y veo la verdad con una agudeza mil veces superior. Entiendo mejor que nadie por qué dejó Efimov que su violín se pudriera, por qué Virgilio y Kafka quisieron convertir sus obras maestras en ceniza. Porque el silencio y la ceniza son el camino recto, mientras que la música y los libros lanzados al mundo son extravíos. La ceniza es el destino final, en cualquier caso, de cualquier texto, por eso no sufriré cuando también mi manuscrito acabe en el fuego. Él no es un libro y menos aún una novela, sino un simple plan de fuga. Y tras la fuga su destino natural es la ceniza.[7]

[Mircea entra y me ve leyendo. No hay forma de fingir. No la habrá. Me mira desconfiado, toma su diario y se pierde por el otro lado de la puerta.]

 

[1] Todas las respuestas que Mircea Cărtărescu dará en esta conversación pueden encontrarse publicadas en Solenoide. España: Impedimenta, 2018. A partir de este momento, citaré solamente las páginas donde pueden leer dichos pasajes.

[2] p. 203

[3] Ídem

[4] Ídem

[5] 470-471

[6] p. 471

[7] p. 672-673

Luis Enrique Araoz (1992). Licenciado en Letras hispánicas. Viajero dimensional. Escribe ensayo y narrativa.