Dulce Porvenir: la lírica del dolor, el odio y la culpa

Tras haberse cumplido diez años de la tragedia en la Guardería ABC, inevitable revivimos los momentos de angustia y desesperación que experimentaron los padres de aquellos niños aquella infernal tarde en la ciudad de Hermosillo. Los medios locales se actualizaban al instante manteniendo informada a la sociedad acerca del incidente: algunos testigos narraban los hechos por la radio, mientras el saldo de inocentes aumentaba. Las autoridades no tenían opinión alguna al respecto y lo rescatable fue el heroísmo de varios ciudadanos. Al día siguiente el incidente era tema internacional. Sin embargo, tras una década de marchas, protestas, movimientos cívicos y demandas legales, la justicia sigue ausente y la llama se desvanece a la sombra de 49 cruces.

Soy padre de dos singulares criaturas, que sin lugar a dudas son el motivo por el cual veo menos películas (entre cientos de otras cosas que he dejado de hacer), pero son el pilar que me sensibiliza y permite comprender aspectos inalienables de la condición humana (antes inimaginables). Fue en 1997 (año de estreno) cuando me tocó presenciar Dulce Porvenir o The Sweet Hereafter (Atom Egoyan – CAN, 1997), película que sin duda ha marcado mi vida de manera avasalladora. Esto debido a su temática, sus analogías, la interpretación de los actores y la inigualable maestría de Egoyan (1960)  para dirigir realismo social.

La pregunta obligada: ¿qué tiene que ver una tragedia real con una película? La respuesta es sencilla, la historia está inspirada en un acontecimiento ocurrido en Alton, Texas, donde veintiún adolecentes perdieron la vida en un accidente de autobús escolar. Dulce Porvenir emplea una estructura narrativa poco convencional que se desliza entre el presente y pasado (y viceversa), usando como marco de referencia la leyenda germánica del Flautista de Hamelín (siglo XIII), dándole contexto a la historia en un sentido subliminalmente exquisito, revelador.

Desde la escena de apertura, la cámara se desplaza lentamente permitiendo ver únicamente reflejos de luz con textura en lo que pareciese ser la veta característica de la madera. La secuencia de créditos termina y nos encontramos en una habitación que pudiera ser el interior de una cabaña, donde sólo hay un colchón al centro de la recámara sobre el cual duermen una mujer, una niña (entre dos y tres años) y un hombre. Aparentemente todo es armonía y tranquilidad. Volveremos a esta escena más adelante.

Ian Holm (1931) interpreta a Mitchell Stevens, un abogado en sus cincuentas, que aparece en una comunidad remota de Canadá con la intención de representar a los padres de las víctimas que perecieron en el camión escolar tras ocurrir un catastrófico accidente. El hermetismo está presente en cada encuadre, en cada hogar; el dolor es tangible (incluso para el espectador), sin embargo, el mundo sigue girando y el litigante continúa tocando puertas.

El reto primordial que representaría un juicio colectivo en contra de la Municipalidad y/o la conductora del autobús Dolores Driscoll, interpretada por Gabrielle Rose (1959), sería recabar información fidedigna y concreta que pudiese exponer lo que realmente sucedió antes que el autobús perdiera el control y terminara en el fondo de un lago congelado. Son pocos testigos los que alimentarían la presunción de inocencia de la demanda: Dolores, la conductora.  Nicole: una estudiante, parapléjica a consecuencia del accidente, y Billy: el padre, interpretado por Bruce Greenwood (1953) que escoltaba religiosamente el autobús, brindándole tranquilidad a sus hijos cada día que iban a la escuela. Cabe destacar que en el juicio realizado sobre el caso, que tuvo lugar en Texas tres décadas atrás, los abogados litigantes recibieron alrededor de 50 millones de dólares por sus cuotas y honorarios. Ahora entendemos el interés del señor Stevens por construir un caso justo donde nadie lo ha llamado a hacerlo.

Una vez establecido el conflicto surge la interrogante: ¿a quién hay que culpar y por qué motivo? No sería posible encontrar la respuesta sin adentrarnos a las peculiares historias de cada uno de los personajes, observando detalladamente, como imagino a Dios observándonos: hormigas amplificadas a través de una lupa gigantesca. Primeramente tenemos a Nicole, una adolescente de 15 con aspiraciones de convertirse en estrella de rock. Una chica que recibe todo el apoyo por parte de su padre (quizás el señor se proyecta en su hija). Cuando le es posible, Nicole cuida a Mason y Jessica mientras el padre de ambos: Billy Ansel sale por la tarde a tener encuentros amorosos con Risa Walker, una mujer casada. A fin de cuentas, Mason y Jessica acaban de perder a su madre a causa del cáncer. La noche antes del accidente, los niños se van a la cama mientras Nicole los arrulla con la historia del Flautista de Hamelín, despertando curiosidad y dudas en la inocente personalidad de Mason:

 

Mason: Nicole, ¿el flautista se llevó a los niños molesto porque  la gente del pueblo no le quiso pagar?

Nicole: Así es…

Mason: Entonces, si sabía de magia, ¿por qué no hizo que la gente le pagase por liberarlos de las ratas?

Nicole: Porque… quería que fueran castigados.

Mason: ¿Entonces era malo?

Nicole: No, no era malo. Sólo estaba muy molesto.

 

No existe un planteamiento ordinario tal como se expone en las escuelas de estructura narrativa: no hay debate, sólo existe el conflicto y el arqueo de los personajes mientras se desarrolla la historia. No hay héroe (s), no hay villanos y no hay diversión y juegos; sólo existe un catalizador: la realidad (cruda en su máxima expresión) y la esperanza de ver salir el sol una vez más. Dolores (la conductora) demuestra desde un principio del filme su amor por los niños y la pasión que tiene por su trabajo. Quizás se ve obligada a trabajar debido a las limitaciones físicas que padece su esposo tras haber sufrido un derrame cerebral, motivo por el cual está confinado en una silla de ruedas y tiene problemas del habla. A fin de cuentas, la razón que provocó el accidente es incierto y qué rayos importa eso una vez que estamos sumergidísimos en la trama, aunque sea ella, Dolores, la única portadora de la verdad absoluta. No obstante, Mitchell (el abogado) sigue buscando la manera de construir un caso y brindar justicia a las familias quebrantadas, ya que entendemos a través de la distante y complicada relación que mantiene con su hija: es él quien ha perdido la batalla más grande, el cariño de su hija (Zoe), actual víctima de las drogas, razón que nos lleva a suponer: ¿será suficiente pretexto por el cual desea redimir a los oprimidos?

Retomemos la escena de apertura. Podemos percatarnos que la familia que descansaba sobre el colchón en aquella cabaña era Mitchell, su esposa y la pequeña Zoe. La criatura comienza a presentar problemas respiratorios al ser picada por una araña que anidaba en el interior del colchón. Al encontrarse lejos de la ciudad, Mitchell se contacta con un médico vía telefónica que le aconseja llevar a Zoe a la clínica más cercana y la trate de mantener lo más calmada posible para evitar que el veneno provoque estragos fatales en la criatura. El médico le recomienda que Zoe vaya al cuidado del padre que le brinde mayor confianza, en este caso los brazos de Mitchell. Ahora, debe estar dispuesto de llegar hasta las últimas consecuencias y eso implica llevar a la mano una navaja esterilizada para realizar una traqueotomía en el trayecto, en caso de que fuese necesario. Quizás nuestro amigo abogado se vio en la misma situación en la que Abraham se vio comprometido con su hijo Isaac, miles de años atrás en aquel monte de la tierra de Moriá.

Esta cinta es sin duda una pieza singular que recorre la escala de grises de la condición humana, que puede o no contestar dudas existenciales y nos obliga a una introspección moralista, religiosa y políticamente correcta. Sin embargo, algo sí que logra: tatúa agresivamente los nervios más sensibles del corazón y la memoria, prometiéndonos como espectadores la esperanza incierta: el dulce porvenir.

                                                                                                          In Memoriam +49

 

*César A. Ochoa Sáenz (Hermosillo, 1981). Participó como asesor y segundo director en el cortometraje: Interrupción Continua en el Espacio – Tiempo. Colabora con varios proyectos cinematográficos y de producción audiovisual.