Poligrafía, destrucción y ciudad: 80 años de José Emilio Pacheco

Sumario:
El presente texto propone tres ejes de exploración ensayística en torno a la obra del escritor mexicano José Emilio Pacheco (1939): en primer término, el recuento de su labor como periodista cultura y cronista; en segundo, su recurrencia temática en torno a la noción de la ciudad y su relación con la destrucción debido al progreso, el paso del tiempo o las catástrofes naturales: su fragilidad. Finalmente, un recuento de los tópicos más importantes de su obra narrativa, así como su auto noción de autor, centrando el análisis –donde finalmente se entrecruzan todos estos ejes–  en su novela Morirás lejos, publicada en 1967. Entre el material bibliográfico relevante para la concepción y redacción de este análisis –además de una gran parte de la obra del autor estudiado– han sido dos libros: La hoguera y el viento. José Emilio Pacheco ante la crítica (Era. UAEM. UV, México, 1987) de Hugo J. Verani y algunos estudios de Serge Zaitzeff. Asimismo, considero que el aporte teórico de este texto vuelve a la pertinencia de la lectura de Pacheco sobre la ciudad –destruida por el tiempo o por la naturaleza- como un elemento de absoluta vigencia, además de una cierta revisión a su inmensa obra narrativa, que a juicio de este texto, ha sido muchas veces eclipsada por su obra poética. Y en el caso particular de la novela que se reseña, un hecho aparentemente banal pero significativo: la publicación de la primera edición Morirás lejos, que se da casi de manera simultánea al gigantesco fenómeno que fue Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez, en el año de 1967.

Rogelio Cuellar

Dicen que chocó contra una pila de libros y cayó golpeándose la cabeza. Que estuvo horas en el suelo sin fuerza suficiente en sus piernas para poder levantarse. Que se mantuvo consciente unas horas y luego de terminar su última columna para la revista Proceso –dedicada a despedir a su amigo Juan Gelman, fallecido apenas hacía unos días– entró en un sueño del que ya no despertó jamás. Concibo la figura de José Emilio Pacheco como relevante para el panorama de las letras mexicanas por encarnar en su quehacer el perfil y la tradición de un modo de ser escritor cada vez más escaso: la poligrafía. Porque el autor de Las batallas en el desierto (1981) fue minucioso ensayista lo mismo que solventísimo poeta. Narrador de temáticas dispersas o traductor ensimismado que se demoró décadas en textos (como el de su famoso abordaje a la obra de T. S. Eliot) Pacheco fue también un generoso profesor y ubicuo periodista cultural: se propuso hacerlo todo y lo hizo muy bien. En su obra late el pulso de lo frágil, de los insuficientes límites humanos, pero a la vez  en el fervor de sus trabajos una ambición de la totalidad.

Hoy, en un tiempo y una idea de la vida literaria en que a muchos nos basta para asumirnos como escritores un librito de poemas o algún modesto ensayito suelto, este miembro de la Generación del Medio Siglo nos recordó que el quehacer literario es algo serio: una tentativa de confrontar lo inabarcable: un ejercicio y una búsqueda que siempre será insuficiente, la literatura como un misterio y un territorio cuasi infinito. Aprendiz junto con Monsiváis y Poniatowska del legado de Fernando Benítez, Pacheco convocó en su columna “Inventario” los demonios y los resplandores no sólo de la literatura, sino del transcurrir nacional durante décadas: lo mismo hablaba de T. S. Elliot que del narcotraficante Rafael Caro Quintero.

Hoy, tiempo volátil en que gran parte del periodismo cultural actual se fabrica desde la prisa y la improvisación, o de plano desde la ignorancia; o la narrativa desbarranca por los territorios del facilismo experimental, la obra de Pacheco nos recordó que para ser verdadera vanguardia bastaba con fundirse en serio, a fondo, con la tradición.

Miro la tierra

Poeta del Apocalipsis y el desencanto -Poeta del Tiempo- en sus versos el mundo, el amor y las cosas son un callado derrumbe; un desmoronamiento lento donde apenas se atisba el fulgor efímero de la belleza y de las esperanzas humanas.  Pacheco fue como pocos también Poeta de la Ciudad. El paso del tiempo, la confrontación con el ayer, el amor como perpetuo desencuentro, los cataclismos íntimos de los seres comunes o los laberintos del lenguaje, su obra vuelve siempre a un mismo punto: la ciudad y el tiempo como una maquinaria de demolición de las almas.

Con el poeta Rubén Bonifaz Nuño y Arreola


Poeta que funde la experiencia en la fragilidad, en él la metáfora recurrente es la figura del polvo, como una suerte de resumen de las esperanzas humanas. De manera literal y explícita, los propios trabajos del poeta y del hombre se resumen a mota, partícula flotante o dispersa, vaguedad, atmósfera, nada.
Hoy, que el desastre se ha cernido nuevamente sobre la Ciudad de México, su libro Miro la tierra (1987) toma un peso contundente, o textos como su “México: vista aérea”, de uno de sus primeros poemarios, Irás y no volverás (1973):
“Somos una isla de aridez  / y el polvo / reina copiosamente / entre su estrago / sin embargo / la tierra permanece / y todo lo demás / pasa / se extingue/ se vuelve arena / para el gran desierto”.

Irás y no volverás

Por otro parte, eclipsada muchas veces por su poesía, su quehacer como cronista o la inmensa popularidad de su novela Las batallas en el desierto, la obra narrativa de Pacheco es una de las más interesantes, amargas y sólidas del último medio siglo. 30 años antes de Volpi y el Manifiesto del Crack, veinteañero apenas -lejos de sus tempranas imitaciones de Borges en su primer libro La sangre de Medusa– nos propuso una joya para muchos desconocida: la novela Morirás lejos (1967). Obra donde se entrecruzan el acecho y la mirada del otro, la presencia del nazismo en México, el peso de la culpa, el crucigrama que suponen los demás, van conformando esta pieza desmontable, precursora en muchos sentidos (Cuentan que una académica norteamericana le escribió una larga carta explicándole el modelo matemático supuestamente erigido debajo de la obra). Asimismo, sus libros de cuentos El Viento Distante (1963) o El Principio del Placer (1972) volvieron sobre el reverso negro de nuestra historia nacional, la soledad cósmica del niño que abre sus ojos a la maldad del mundo, o las siempre filosas y deslumbrantes aristas del amor.

Y por si todo lo anterior fuera poco, Pacheco incursionó como guionista en el mundo del cine: escribió para Arturo Ripstein el guion de “El castillo de la pureza” y “El santo oficio”. Tímido más no misántropo, esquivó con gracia los homenajes: es famoso el suceso en Alcalá de Henares que supo enfrentar con humor antes de recibir el premio Cervantes. O su elipsis a una entrevista que respondió al entonces estudiante norteamericano George B. Moore, con un poema que se volvió manifiesto: “Defensa del anonimato”:

No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos
una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable es que sucumba en la tempestad y el abismo.

Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.
(…)

‘Escribo y eso es todo’. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.

No leemos a otros: ‘nos leemos’ en ellos.
Me parece un milagro
que algún desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales son de verdad muy poco interesantes.

Extraño el mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto más otro ‘entertainer’.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tiene asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.

De Los trabajos del mar (1983).

Por otra parte, un dato curioso: el primer cuento mexicano donde aparece el Metro de la Ciudad de México es un cuento policiaco titulado “La Fiesta Brava”, de finales de los sesentas. Adivinen quién es el autor… Ahora, quizá esa voz que tanto cantó y lamentó a su querida y odiada Metrópoli persista en su vagar por esa su Ciudad de la Memoria, junto a Carlos Monsiváis, su compañero desde la temprana juventud, o junto a sus poetas inventados: el atormentado Andrés Quintana, vendiendo un cuento para una revista auspiciada por la CIA, para luego huir a través de los subterráneos de la capital de un sangriento culto azteca, o el oscuro y reaccionario poeta nacido en Saltillo: Julián Hernández, o su enemigo, el poeta siempre ausente, Fernando Tejada.

Con Borges, uno de sus primeros ideales narrativos.

Desde Heráclito o Buda, Catulo revisitando la obra de Ernesto Cardenal, la derrota de los persas en Vietnam –un tiempo condensado en todos los tiempos- la visión de poeta novohispano o de los poetas-guerrilleros de la Guerra de Reforma, así quedará para nosotros la obra de Pacheco, luminoso poliedro, gota de ámbar, permanencia:
Cada poema,

Epitafio del fuego.

 

∗Alejandro Pérez Cervantes (Coahuila, 1973) es periodista cultural y narrador. Maestro en diseño editorial por la Universidad de Monterrey y candidato a doctor en Arte y Teoría Crítica. Premio Nacional de Cuento Julio Torri 2007 con Murania, es autor del libro de textos periodísticos El muro y la grieta y el libro de ensayos sobre fotografía Los estatutos de la mirada. Profesor Investigador en la Universidad Autónoma de Coahuila y coordinador de estudios literarios en la Universidad Iberoamericana Campus Saltillo. Su novela Lengua de plata, de próxima aparición, fue finalista del Premio Internacional de Novela Lipp en el año 2017.