De albures y otros combates

De alguna forma, incluso sin conocer el libro, todos los mexicanos hemos leído Picardía mexicana, ese compendio de modismos, dichos, refranes, rimas, albures, de Armando Jiménez (1917-2010). Toda nuestra experiencia cotidiana con la lengua de la calle se traduce en ese texto: señales en los camiones, rótulos en las tiendas, grafitis en cualquier parte. El habla cotidiana del mexicano, en su riqueza, es intuida mentalmente y compendiada de manera natural: es polisémica y brutal, imbuida de sensualidad, de  sinsentidos y dobles sentidos, permite el enmascaramiento y el engaño por su ambigüedad; nos otorga medios de defensa y ataque. Aquí no valen las argumentaciones cuando la forma de responder ya es fondo, y ahí radica su carga poética: el poema no se explica, no tiene discurso curatorial sino que se justifica y se defiende a sí mismo. Así la injuria convertida en arte, capaz de engendrar su inmediatez de pequeñas navajas.

Combatimos día a día con el lenguaje, usamos la ironía, el sentido del humor, la parodia, vamos de lo peyorativo a lo sarcástico, del doble sentido al sinsentido, de la aquiescencia del eufemismo a la brutalidad de lo directo y sin ambages; vamos de lo simple a lo pomposo, de lo poético a lo prosaico, de lo sutil hacia lo procaz, de lo virulento a lo templado. Tropezamos en pifias, equívocos, nos tragamos las palabras, combatimos al fin y al cabo. En nuestra relación con las ellas nuestra cabeza se convierte en un revolver. Quisiera recuperar un poema de Octavio Paz con respecto a nuestra relación con las palabras, un poco para ilustrar lo que acabo de decir:

Dales la vuelta,

cógelas del rabo (chillen, putas),

azótalas,

dales azúcar en la boca a las rejegas,

 

ínflalas, globos, pínchalas,

sórbeles sangre y tuétanos,

sécalas,

cápalas,

písalas, gallo galante,

tuérceles el gaznate, cocinero,

desplúmalas,

destrípalas, toro,

buey, arrástralas,

hazlas, poeta,

haz que se traguen todas sus palabras.

 

Para nosotros, la forma de hablar, sus giros lingüísticos, forman una carta de creencia hacia los demás, la impronta cultural para «estar ahí» dentro de lo social a partir de las intermitencias de una batalla que centra su poder en las significaciones. El lenguaje lumpen del albur registra en sus contenidos, sus acepciones, la idea de una derrota histórica: a lo perdido dentro de nuestra marginalidad social y económica, lo hallado en lo defensivo y ofensivo de la palabra, que también es virulencia constante, pero también, clara intención de conquistar con la retórica. La palabra se convierte en un artificio de defensa que nos permite salir al paso en respuesta hacia las invectivas contra nuestra persona.

El albur es parte de una expresión marginal destinada a la irreverencia y al vituperio; otra veces, entendido como la práctica de un deporte verbal, las más de las veces, parte de ese lenguaje popular y brutal que Parménides García Saldaña ve como «grasiento y espeso», expresiones ondeadas que «giran en el aire, explotan, caen como luces multicolores» y que Carlos Fuentes concibe como una «plegaria desarticulada» que se pierde en esto: «albur, relajo»; mientras que a Octavio Paz le conmueve la forma en la que esa exuberancia verbal «se lanza vistosa serpentina al aire». Lengua que se sorraja y es preciso exhibirla. Efervescencias que  brotan de manera espontánea,  altisonancias que dan cuerpo a la voz de la calle. El albur es astucia verbal, prontitud de respuesta, picardía, agilidad del espíritu de barrio, malicia del discurso cuando es vejatorio y beligerante. Dialogo que señala la emergencia de las palabras, la urgencia de dinamitar al contrario. En su inmediatez, se vuelve una improvisación que adquiere colmillos y garras, se aguza y se agazapa, gira para zaherir al pobre maltrecho que quiera socavarnos, a partir de una lógica que resignifica las locuciones y sus contextos para sexualizarlos, dotarlos de acepciones nuevas, entendidas en una situación de dominación por parte de uno de los hablantes.

Nada es inocente en el albur, hay un juego perpetuo de intercambios entre lo literal, lo figurado, lo metafórico, lo alegórico; gracias a la ambigüedad de sus vocablos, sus sentidos pueden ser dobles o triples. Los sustantivos pierden su inocencia, los verbos sacan de sí sus cualidades ofensivas. Sus fraseos y voces cruzan una especie de pentagrama en el que es posible saltar por las diversas acepciones de una frase o palabra. En el albur, pierde quien es derribado por la contundencia del ataque, quien queda sometido por la trampa que su misma comprensión que el texto y el contexto le impone. Entender la picardía mexicana es asumirse como atacante o victimario, no hay escape; el albur tiene algo de deportivo cuando se equilibran dos fuerzas y una de ella cae derrotada; pero también, tiene algo de violación virtual y simulada en un jaque mate que hace que el vencido asuma un rol pasivo temporal y vergonzoso: se ha quedado sin palabras. El silencio es la pasividad sexual del habla y nadie quiere quedarse callado.

Dentro de su antisolemnidad, el albur es una perturbación que rasga las monotonías de lo cotidiano y concibe moldes para construir un diálogo procaz. Si alguien usa el insultativo: «Puto», la respuesta será una rima: «Te lo zambuto»; el contragolpe viene de inmediato: «Y yo te dejo panzón y viejo», a lo que se revira: «Y con tu hermana me emparejo». Pero alguien tiene que zanjar la situación neutralizando con: «¿Mi hermana? Será la longana»; a lo que es posible rebatir con un: «Te la presto si me da la gana». Una vez dentro del marco de la significación sólo es posible zafarse devolviendo el golpe. En esta serie de modismos denigratorios, los constructos verbales tienen algo de performativo: son embestidas brutales que anonadan al contrario y funcionan como decretos de homosexualidad hacia el otro. En este juego de se privilegian las connotaciones fálicas, el encubrimiento del órgano sexual desde la autocensura —«madre de la metáfora», André Breton dixit—: fierro, macana, longaniza, vara, chile, mazacuata, pito, pelón, muñequito, pájaro, cabezona, palo, herramienta, aparato. Sus verbos sugieren las minucias de la actividad sexual: meter, jalar, sacar, poner, embarrar, empujar, colocar, regar, sacudir, agarrar, arañar, jugar, venir, rozar, ponchar, sobar, abrir, llenar, montar, empapar.

El albur es pugilismo verbal, poesía a las vivas de cualquier contingencia y circunstancia, discurso en estado de alerta, ágil y sin bajar la guardia, feroz punch para noquear al contrario; tiene algo de agresividad lúdica, de lucha como un juego pero también hay armas de contrarios que se acechan, puntas hirientes de rivales que combaten, códigos de iguales que se reconocen en el léxico; signos que se vuelven espejos, que se complementan y se atajan para equilibrar las fuerzas del habla; frases que se intercambian como santo y seña; señales de identidad idiosincrática: por lo regular, el albur se da entre iguales, retas de pelados del barrio, plebes que comparten la misma situación de marginalidad; pero eso no excluye a los curiosos, los metecos que entran en el juego por curiosidad, dispuestos a aprender sus formas y sus minucias; el albur quiere lastimar el ego del contrario, atentar contra su idea de frágil masculinidad, y también se coloca como muro de contención cuando se defiende, adquiere armaduras para defenderse otros lenguajes que serán mundo aparte: el pensamiento ñoño y pequeño burgués, catrín y derechoso, la comprensión rosa y sentimentaloide. Todo en el albur es un marcado afán de que el contrario se empache con sus palabras. El albur no se explica, hacerlo equivale a neutralizarlo; pero sirvan estas líneas como un ejercicio personal para definirlo y otro tanto, para reflexionar sobre el tema con los rústicos medios que tengo a mi alcance.

 

∗Noé Vázquez (Puebla). Es escritor y ensayista. Cuaderno navaja es su espacio en la pecera. Publica en la revista Crash.mx y otros medios.