Las (in)visibles huellas del sistema del tacto

Alejandra Costamagna. El sistema del tacto. Barcelona: Anagrama, 2018, 182 pp.

El tacto involucra la gestualidad de tocar y, a veces, puede contener la de adivinar. Tocar va más allá de un mero acto corporal para transformarse en un intento de proyectar y, sobre todo, de imaginar. Mímica del conocimiento, el tacto alude a todo un sistema de elaboración física e imaginativa, un saber de los dedos, de corporalidades que se tientan y también, definitivamente, es un ademán más de la memoria.  

La reciente novela de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970), El sistema del tacto (2018), resulta un inmenso juego de rayuela donde se acomodan, casi siempre a las escondidas o perfiladas, historias que, metafóricamente, pudieran tocarse con los dedos de tan vívidas que se sienten: la de Ania Coletti, “la chilenita”, una joven en una búsqueda incesante de sí misma y a quien su padre envía al pueblo argentino donde creció para que acompañe al primo Agustín en sus horas de agonía, “[c]omo si ella tuviera alguna responsabilidad en la extinción de la familia” (Costamagna 41); la de este y su madre migrante Nélida, que trajo con ella sus relatos y los de otros que, como ella, cruzaron el océano y que, a manera de espectros, se sitúan detrás de casi todos personajes; y la mayor, la que rodea como una montaña a las demás: la de Campana, pueblo fantasmagórico, con su estación de trenes vacía e inoperante, símil de lo irrecuperable y que se ha cerrado sobre sí mismo, mirando su pasado como a través de las fotografías que Ania va encontrando en su visita obligada.

Si bien la escritura denota una madurez dada fundamentalmente por proyectar un pulso escritural muy definido, que ya se asomaba con fuerza en sus libros de cuentos desde 2011 a la fecha, sobre todo en Animales domésticos (2011), considero que el logro contundente de esta novela reside en la construcción de un relato que deja atrás la denominada “literatura de los hijos” –aquella elaborada a partir de las experiencias sobre la dictadura militar chilena escuchadas a los adultos porque los acontecimientos no fueron vividos (en el sentido más amplio de comprendidos) por los entonces pequeños hijos y, como bien acota la investigadora Lorena Amaro en La pose autobiográfica (2018), se trataría, entre otros aspectos, de “cuestiona[r] […] la autoridad paterna, su verdad y su decir” (245)– para centrarse en una sujeto testigo cuyas premuras coinciden con subjetividades más a tono con las interrogantes sobre el presente que con preguntas insistentes sobre un pasado que no le perteneció. Aclaro: el trabajo de reconstrucción de la memoria está, late vital, pero ha variado para posicionarse como el eslabón que sutura identidades entre América del Sur y Europa, entre la infancia que va olvidándose y la adultez como espacio que separa y diluye (con esa prima Claudia irreconocible) y entre los resquicios íntimos y colectivos, los primeros de unas casas devenidas ruinas –físicas y morales– y los segundos del pueblo, también restos pero marcados con otro carácter: la falta de oportunidades y la fagocitación del más débil, en este caso un lugar de provincia, que ha impuesto la globalización.

Así, la memoria se apuntala mediante recursos que sobrepasan (y también complementan) la propia escritura: fotografías familiares, manuales para aprender a escribir a máquina o para comportarse en el país adonde se migra –el Manuel del Inmigrante Italiano (1913) merecería un análisis aparte–, fragmentos de correspondencia, entradas a la Gran Enciclopedia del Mundo (edición 1981) o ejercicios reiterativos para practicar mecanografía: todos constituyen el enorme vaciadero para recuerdos tajados, rotos y dispersos, para acoger cual receptáculos las “Vivencias personales directas” (Los trabajos de la memoria 18) a las que se refirió Elizabeth Jelin, las cuales suturan “todas las mediaciones y mecanismos de los lazos sociales, de lo manifiesto y lo latente o invisible, de lo consciente y lo inconsciente” (18).

Otro punto a destacar en la novela radica en la recurrencia a la sutileza y a lo que se enuncia de soslayo, solapadamente, quedando a medias pero conteniendo, sin embargo, un inmenso sentido que se despliega inclusive sobre el elemento explícito, por ejemplo, en la relación entre Agustín y Gariglio, tan extraña y mediada por frases que siempre desembocan en momentos o en situaciones incomprensibles.    

Adicionalmente, lo que a todas luces pareciera terminar en una tabla de salvación para la sujeto Ania, la escritura, se transforma en un pesado fardo, un vano impulso sobre una vieja máquina de escribir en la que teclea palabras y apuntes y frente a la cual se obligaría a “ponerse en el pellejo de los demás” (Costamagna 128), sin integrar “su historia minúscula” (128). Literalmente, un tacto que instala una escritura del desastre.

Esta obra de Costamagna resulta la metáfora de un viaje emocional por geografías pespunteadas por los entresijos de una modernidad a todas luces líquida, como validaría Zygmunt Bauman, de la memoria como pasaje ficcional, de los secretos que atraviesan a sujetos sin importar contextos, identidades o épocas. Es una novela para que el lector busque y que, a su vez, ella lo encuentre, en una simbiosis de tanteos y riegos, “como si se tratara de un corazón desfalleciente” (Costamagna 181), ambos haciendo de la lectura un sistema del tacto, un sistema del placer.

*Daniuska González González (Cuba, 1967). Doctora en Humanidades (Universidad Central de Venezuela, 2008), investigadora, docente universitaria y poeta venezolana. Actualmente es profesora en la Universidad de Playa Ancha (Valparaíso, Chile) y durante 12 años ejerció como docente e investigadora en la Universidad Simón Bolívar (Venezuela). Ha publicado más de veinte artículos en revistas internacionales indizadas, el libro de investigación La escritura bárbara. La narrativa de Roberto Bolaño (Lima, 2010) y cuatro poemarios. Ganadora del Fondart de Creación 2019 (Fondo del Libro y la Lectura 2019, Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Chile) con el poemario inédito Estadías y el Fondecyt Regular de Investigación 2019 titulado “Los nudos de la memoria. El testimonio chileno y venezolano contemporáneo”. Coordinadora del Grupo Internacional de Investigación de la Violencia de su universidad.